Limerencia 16 #2
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16 #2

—Venga ya. No tengo ningún tipo de interés en establecer una conexión con Sophie ni en llevarla al baile.

Todo el mundo sabe que la familia de Sophie es poderosa y a nadie le sorprendería si acabáramos juntos, pero…

—Sus ojos oscuros acaban sobre mí—. Creo que ya has podido darte cuenta de que no me importa mucho la gente.

Sus presencias no significan nada para mí.

A veces solo son una mera obligación y otras veces son un problema que toca resolver.

—No lo dice claramente, pero tampoco tiene que hacerlo.

Mickey fue un problema que tuvo resolver.

Tengo muchas preguntas, empezando por: ¿qué hizo Mickey para acabar en la segunda categoría? Y terminando con: ¿cómo puedo evitar yo terminar en la segunda categoría?

—Además —continúa Adrian—, no podría importarme menos encontrar la conexión adecuada para complacer a mi familia. Tengo mayores aspiraciones que pasarme medio año en Santorini o gastarme mi herencia en alcohol.

—¿Estás seguro? Porque esos planes a mí me parecen geniales.

Vuelve a poner los ojos en blanco.

—Quizá para ti, pero yo quiero ser médico.

No puedo evitarlo, me pongo a reír.

—Estás de coña.

Él arquea una ceja.

—No.

—Acabas de decirme que no te importa la gente. ¿Estás seguro entonces de que te apetece dedicarte a salvar vidas durante el resto de la tuya?

Supongo que todos los libros de texto sobre medicina que tiene apilados en su habitación ahora tienen sentido, pero la idea me sigue haciendo gracia.

—No se trata de ayudar a la gente —me explica—.

Si ese fuera el caso, entonces me pasaría el día firmando cheques en la oficina de mi padre.

Lo que me gusta de ese campo es que es objetivo.

No importa lo que la gente haga en la vida real.

Cuando nos abren en canal y nos arrancan la piel, todos tenemos la misma masa de músculos, sangre y nervios en el interior.

Eso es lo que me gusta. Y también me gusta saber que, durante unos instantes, la vida de alguien depende completamente de mi pulso de acero.

No estoy segura de si son sus palabras o la oscuridad que desprende la voz que las acompaña, pero noto cómo me recorre un escalofrío por toda la espina dorsal.

Supongo que es una buena señal que esté canalizando su ambición en ocho años de carrera universitaria.

A saber qué es lo que podría llegar a hacer si se pasara la mitad del año en Santorini completamente borracho.

Aun así, solamente Adrian puede conseguir que una de las profesiones más nobles del mundo suene a la descripción del trabajo perfecto para un asesino en serie o un adicto a la adrenalina.

Lo peor de todo es que, cuanto más lo pienso, más me lo imagino siendo un buen médico. Más que bueno, excelente. Es inteligente, preciso y encantador, cualidades que a todo el mundo le gusta ver en un médico. Asumiendo, claro, que llegara a salvar de verdad las vidas que acabaran en sus manos.

—¿Y tú? —me pregunta.

—¿Yo qué? —Una ráfaga de viento me alborota el pelo y me lo coloco detrás de la oreja. La piel ya ha empezado a ponérseme roja por el frío.

—¿Qué ambiciones tienes para el futuro? —Parece muy interesado en la respuesta. No podría decir lo mismo del mentor de Lionswood que se dedica a orientar a los alumnos sobre las distintas carreras universitarias que existen.

Me rasco el cuello por detrás mientras empiezo a sentir una sensación de incomodidad repentina.

—Quiero ir a Pratt. Espero que una educación en Lionswood pueda conseguirme una beca allí el año que viene.

—¿Y después?

—Quiero graduarme en Bellas Artes. Intentaré hacer algunos contactos. Y trabajar en trabajos de mierda hasta que pueda permitirme ser artista a tiempo completo.

Para mi sorpresa, Adrian no me mira al igual que el resto cuando les cuento mis planes de futuro, ni como si acabara de sugerir que quiero unirme al circo.

—Ya veo.

—Puedes decirme que suena totalmente ridículo. Sé que es así.

—No creo que suene ridículo.

Le ofrezco una mirada escéptica.

—¿No?

—No. —Se encoge de hombros, pero no se molesta en continuar hablando.

—Pensaba que sí sería ridículo para ti —admito, y no quiero soltarle la siguiente parte, pero termino haciéndolo de todas formas—.

Y lo entiendo. Entiendo el escepticismo.

Se supone que debería aspirar a algo más práctico.

No voy a heredar ninguna herencia, ni mi familia tiene conexiones con nadie, ni…

nada. Tan solo puedo confiar en mí misma para lograrlo.

—Respiro hondo con fuerza—. Si fracaso, sé dónde voy a acabar, pero…

sé que puedo hacerlo. Nadie más confía en mí, pero yo sí sé que puedo.

Su expresión es más contemplativa que crítica.

—¿Sí?

—Sí. —Asiento con sinceridad—. Porque también estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo.

A la gente le suelen entrar muchas dudas, le tienen miedo al fracaso, pero, cuando no tienes nada que perder…

—Siento cómo se me ensombrece la expresión—.

El futuro es mío y no tengo miedo de ir a por él.

Mi momento de determinación dura unos tres segundos antes de que desaparezca y entonces aparece la vergüenza cuando me doy cuenta de que acabo de confesarle a Adrian una parte de mí que no pretendía soltar en voz alta.

El silencio se instala entre nosotros y, de repente, me siento como si fuera una de sus futuras pacientes. Abierta en canal. Con los órganos expuestos y a plena vista.

—Mírate. —Me dice con un tono suave y yo contengo la respiración.

Sus ojos son… Me atrevería a decir que cálidos. Como una salpicadura de rojo o verde en un fondo negro.

—Parece que te has sincerado conmigo. Como si fuéramos amigos.

Amigos.

Esa palabra me propina un puñetazo en el estómago.

¿Es en eso en lo que nos hemos convertido? La verdad es que sí lo parecemos. Yendo a desayunar juntos. Dando clases de natación. Yendo al cine. Hablando sobre nuestros planes de futuro…

Lo que significa que he hecho algo mucho peor que tan solo apartarme y permitir que un asesino ande suelto.

He decidido por mi propia cuenta pasar tiempo con él.

Me he reído con él. Le he tratado como si fuera cualquier otro chico de dieciocho años totalmente inofensivo cuando sé perfectamente que es de todo menos eso.

Y la peor parte, la más terrible de todas, es que lo he disfrutado.

Hace no mucho temía por mi vida cada vez que estaba cerca de mí y ahora casi me divierto cuando estoy con él.

La culpa se me instala en el estómago, en el mismo lugar en el que residen las palomitas repletas de mantequilla, pero enseguida me preocupa llevar demasiado tiempo en silencio, así que me aclaro la garganta y suelto uno de mis comentarios cargados de sarcasmo.

—Según tú, las personas solo ocupan dos categorías: obligaciones o problemas. ¿Eso significa que me acabo de convertir en una amiga de la sección de obligaciones?

A medida que la acera se inclina hacia arriba y las puertas de hierro de Lionswood aparecen a la vista, siento todo el peso de su mirada sofocante sobre mí.

—No sabría decirte en qué te acabas de convertir.

Yo tampoco estoy segura.