16
En algún punto entre el final de la clase de natación y darme cuenta de que las duchas en el vestuario femenino no funcionaban, termino en la habitación de Adrian.
Desnuda.
Sin embargo, esa última parte no tiene mucho que ver con Adrian y sí con su ducha termostática de última generación, que tiene no uno ni dos, sino seis cabezales de ducha diferentes que disparan, vibran y emiten vapor con solo girar un poco el grifo.
Es muy diferente de la ducha tan simple que tengo en mi habitación y por la que siempre sale agua caliente sin importar cuántas veces gire el grifo en dirección contraria.
Así que me tomo mi tiempo para maravillarme con los lujos del control de la temperatura del agua mucho después de haberme quitado el olor a cloro del cuerpo.
Y, tras eso, empiezo a cotillear.
Para sorpresa de nadie, la estantería de la ducha está repleta de productos caros que parecen hechos a media para el pelo y la piel de Adrian.
El armario que hay debajo del lavado de madera pulida no es mucho más interesante, aunque sí que me encuentro con un difusor para el pelo, lo que me confirma que los increíbles rizos de Adrian no son solo obra de Dios.
El siguiente armario que abro es el que está encima del lavado. Espero encontrarme más productos caros para la piel o el pelo, pero…
Esto es más interesante.
Es un bote de pomada para las cicatrices.
No es exactamente lo que esperaba, pero supongo que Adrian también tendrá cicatrices por el acné al igual que el resto de la humanidad. Me dispongo a mover el bote, para ver qué más puede tener por ahí escondido, pero se me entrecorta la respiración al ver lo que hay detrás.
Más pomada para las cicatrices.
Y no solo hay uno o dos botes, sino al menos diez geles y sérums diferentes, de varias marcas y composiciones.
«Hace desaparecer todo tipo de cicatrices corporales», pone en uno de los botes.
Así que no es para las cicatrices producidas por el acné.
Durante un instante no entiendo qué tipo de cicatriz corporal podría tener Adrian de la que quiera deshacerse con tanto ahínco, hasta que finalmente caigo en la cuenta.
Las cicatrices del tobillo.
No les había prestado demasiada atención a esas pequeñas y casi difuminadas cicatrices en el tobillo izquierdo desde que se las vi por primera vez en el piscina, pero ahora me producen bastante curiosidad. ¿Para eso utiliza toda esta parafernalia?
Sé que no es asunto mío, pero me parece que está haciendo un esfuerzo desmesurado para deshacerse de algo de lo que nadie llegaría a darse cuenta a menos que te quedes observando esa zona durante un buen rato.
Pero estamos hablando de Adrian, cuyo perfeccionismo parece haberse instalado en todos los aspectos de su vida, así que supongo que su cuerpo no es una excepción.
Una vez he saciado mi curiosidad, cierro la puerta del armario.
No sé muy bien en qué momento ocurre esto, pero sigo pasando tiempo con Adrian.
El miércoles tenemos otra clase de natación y esta vez no sucede ninguna experiencia cercana a la muerte.
El jueves me convence para ir con él a ver una película de cine negro extranjera que dura tres horas y que echan en el cine de Cedarville.
No estaba entre mis planes pasarme toda la tarde entrecerrando los ojos para tratar de leer los subtítulos en una sala oscura, pero la verdad es que no tengo nada mejor que hacer, así que acepto la invitación con la única condición de que él pague las entradas.
A las dos de la tarde en un día entre semana, lo único que hace que el cine no esté completamente vacío es un chaval de quince años y con aspecto más bien grasiento trabajando en el puesto de la comida.
Nunca había estado en este cine, pero parece tener el mismo encanto que el resto de los cines que se encuentran en localidades pequeñas.
El olor a mantequilla artificial se filtra por todas partes y la alfombra grisácea está llena de palomitas de maíz.
Me he puesto una de mis camisetas favoritas, una azul de manga larga con botones en el cuello y que se me ajusta a la cintura y al pecho, pero, como siempre, parece que he elegido la peor opción al lado de Adrian, que lleva un jersey de color verde bosque.
Me pregunto si en su armario habrá una sola camiseta.
Mientras el chico imprime las entradas, Adrian me pregunta:
—¿Quieres palomitas?
—No, no, estoy bien.
Él alza una ceja.
—¿Segura? Llevas mirando hacia la máquina desde que hemos entrado.
—Tan solo me gusta ver cómo se hacen —le miento, porque la verdad es que sí quiero palomitas, pero si mi madre ha conseguido que se me grabe a fuego una sola de sus órdenes durante los últimos 18 años es esta: no se pueden comprar los aperitivos carísimos que venden en los cines.
Ese cartón de palomitas de ocho dólares podría ser un paquete de huevos y un cartón de leche.
O un paquete de los cigarrillos favoritos de Rick.
—Lo que tú digas. —Adrian se encoge de hombros y vuelve a hacerle una seña al trabajador—. Queremos también un paquete de palomitas grandes.
Yo frunzo el ceño.
—¿Qué estás…?
—Mientes fatal —me corta—. Cuando quieres algo, se te nota a leguas.
—Eso no es verdad —discuto antes de volver a fruncir el ceño—. ¿No?
El chaval nos pasa las palomitas y las entradas antes de murmurar:
—Que disfrutéis de la cita.
No puedo evitar el rubor que me sube por el cuello mientras nos alejamos del mostrador.
¿De verdad cree que estamos en una cita?
Bueno, supongo que esa es la conclusión más lógica al ver a dos adolescentes en el cine por la tarde.
Si Adrian le ha escuchado, no hace ningún comentario, así que nos dirigimos a buscar nuestros asientos en la sala de cine oscura y vacía.
¿Por qué iba a querer comentar nada? Estoy segura de que sus citas actualmente serán con modelos y famosas.
Nadie en Lionswood, y mucho menos nadie del estatus de Adrian, me ha mirado nunca de esa forma.
Y sí, soy muy consciente de que Adrian me atrae físicamente, pero tan solo se trata de eso: de una reacción física. Unas cuantas hormonas descontroladas.
Porque preferiría mil veces abrazar a una víbora antes que intentar salir con Adrian.
Adrian se pasa la mayor parte del camino de vuelta al campus deconstruyendo los temas y motivos de la película, y yo le ofrezco los asentimientos en el momento exacto para que crea que estoy entendiendo algo de lo que está diciendo.
—Creo que los planos eran demasiado obvios, pero… —Deja de hablar a mitad de frase, hace una pausa para sacarse el móvil del bolsillo y frunce el ceño hacia la pantalla.
—¿Va todo bien? —le pregunto.
Adrian gira el móvil en mi dirección, el último modelo de iPhone, por supuesto.
Lo recojo y alzo las cejas al ver lo que aparece en la pantalla.
—Es Sophie. —Más bien es un selfi de Sophie con los labios fruncidos, las pestañas extendidas y con las uñas con la manicura recién hecha sosteniendo entre los dedos unos pendientes en forma de rosa.
El mensaje que hay debajo de la imagen dice: «¿Crees que estos me quedarán bien?
Tan solo necesito una ocasión especial para ponérmelos».
—Deja que lo adivine. ¿Esta es su forma de preguntarte si vas a llevarla al baile?
—Casi has acertado —me dice con el fantasma de una sonrisa divertida—. Es su forma de preguntarme si la llevaré al baile después de comprarle esos pendientes. E, independientemente de la respuesta, estoy seguro de que espera verlos en su taquilla el lunes por la mañana.
Le hecho un vistazo de nuevo a los pendientes. Son preciosos, pero seguramente sean carísimos a juzgar por los diamantes que tienen incrustados en el centro.
—¿Y vas a hacerlo?
No sé por qué me da un vuelco el estómago al pensar en Sophie apareciendo el día del baile de San Benedicto del brazo de Adrian y con un par de esos pendientes brillándole en las orejas.
Estoy segura de que tan solo siento preocupación. Por ella. Porque no sabe lo peligroso que es.
—No lo sé. ¿Debería? —me pregunta Adrian.
Jugueteo con el borde de mi camiseta.
—Bueno… Eh… No sé. A Sophie parece que le gustas mucho y quizá a ti te guste ella, así que no sé…
—Yo no le gusto a Sophie —me corta.
Yo giro la cabeza.
—Estamos hablando de la misma Sophie, ¿no?
Él pone los ojos en blanco.
—Sophie quizá pueda llegar a pensar que le gusto, pero es la idea de salir conmigo lo que le gusta. La posibilidad de lo que podría ofrecerle. Lo que significaría para ella tener una conexión directa con una familia como la mía.
—Ya veo. —Unas hojas secas me crujen bajo los zapatos en la acera.
Pues claro que le gusta la idea de salir contigo.
Seguramente saldría corriendo en dirección opuesta si supiera cómo eres de verdad.
—La gente como Sophie, como yo, ha crecido sabiendo que debe dedicarse a establecer conexiones.
Nuestros amigos y nuestros socios solo nos sirven según lo que puedan ofrecernos a nosotros y a nuestras familias.
Y eso es lo único que soy para ella: su mayor conexión.
Aparte de descubrir la cura del cáncer, estoy seguro de que lo mejor que puede llegar a hacer Sophie para enorgullecer a su familia es llegar a casarse conmigo.
No estoy segura de por qué siento pena por Sophie. Quizá sea porque, dejando a un lado la cantidad de problemas que tengo con mi madre, ella nunca me ha puesto bajo tanta presión.
En mi caso, el listón está bastante bajo.
—No has respondido a mi pregunta. —La voz de Adrian interrumpe mis pensamientos—. ¿Debería llevarla al baile? —Hay un cierto tono juguetón en su voz, lo que me hace sospechar que ya ha tomado una decisión.
—Depende. ¿Quieres tú establecer una conexión con ella? —Finjo no mirarle a los ojos para conocer la respuesta cuanto antes.
Él suelta una risa ahogada como si le hubiera insultado.