Limerencia 15 #2
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15 #2

Él parece ignorar la forma en la que he acabado con la cara pegada a su torso.

—Estás demasiado tensa. Así no vas a aprender nada. Te hundirás como una piedra.

Eso es algo en lo que estoy totalmente de acuerdo.

—Tienes que respirar —continúa.

—Ya estoy respirando.

—No. —Sacude la cabeza—. No con el pecho.

Con el diafragma. Así. —Me hace una demonstración colocándose una mano debajo del ombligo e inhalando a través de la nariz.

Puedo ver cómo se le expande el abdomen, no el pecho—.

Así activas el nervio vago y todo el sistema nervioso parasimpático. Eso hará que te calmes.

A pesar de que mis notas en Anatomía nunca han superado el aprobado, entiendo lo más esencial de lo que me está contando e intento imitar el movimiento por mi cuenta, pero es más difícil de lo que parece.

Lo intento al menos tres veces, pero no lo consigo.

—Mira —dice Adrian y, en un abrir y cerrar de ojos, me coloca una mano sobre el estómago. Ahora sí que he dejado de respirar—. Inhala por la nariz y suelta el aire lentamente por la boca. Concéntrate. Piensa en la presión que ejerce mi mano, ahí es donde quieres que vaya el aire.

Claro. Su mano. Presionada contra mi estómago. Lo suficientemente grande para cubrirme la cintura por completo. Puedo sentir el calor que desprende (su calor) irradiando el fino bañador de poliéster.

Para nada me va a costar el doble concentrarme con su mano encima.

—Exacto. Ahí lo tienes —murmura, y es entonces cuando me doy cuenta de que ha funcionado. Estoy respirando a través de mi diafragma—. Buena chica.

Siento un calor repentino dentro de mí y espero que no se dé cuenta de ello.

Adrian me quita la mano del estómago y, cuando alzo la mirada, espero encontrármelo sonriéndome. Haciendo una mueca triunfante al haberse dado cuenta de lo mucho que me han afectado esas dos palabras.

Pero no está sonriendo.

Tan solo me está mirando con la misma emoción en los ojos con la que le he visto antes en el restaurante: interés.

Y no sé qué hacer con eso.

Tan solo sé que debo poner la mayor distancia posible entre nosotros.

Me aclaro la garganta y me aparto un poco de él.

—Ya estoy mucho más relajada. En serio. Gracias. Ya estoy lista para aprender.

Sigue manteniendo la misma expresión incluso cuando asiente en mi dirección.

—Bien. Empecemos.

Adrian es un profesor muy estricto.

No suele ofrecer elogios (tampoco es que quiera que lo haga, dado lo que ha ocurrido antes) y me lanza muchas críticas constructivas.

No le vale con que haga bien los movimientos.

Tengo que hacerlos a la perfección. Se explaya explicándome los detalles hasta que consigo una forma inmaculada, algo que cada vez parece importarme más cuanto más tiempo paso con él.

Porque los detalles sí importan.

No en todo, pero sí importan en el campo de las artes. Una mancha de lápiz o una mala elección de color puede acabar arruinando muchas horas de trabajo.

Lo único es que yo no tengo a ningún alumno novato al que fastidiar con mi toque especial y perfeccionista al igual que él está haciendo conmigo.

Aun así, Adrian es probablemente mucho más eficiente que yo. En una sola hora he aprendido a patear y mover los brazos en un ángulo de noventa grados. A usar la técnica de respiración adecuada y mantenerme a flote con los pies rígidos. Todo eso en menos de medio metro de agua.

—Creo que ya estás preparada para nadar —dice finalmente Adrian.

Ahora que ya sé patear los pies a la misma vez que muevo los brazos, se retira hacia el final de la piscina, lo suficientemente cerca como para alcanzarme y corregirme los brazos y las piernas en caso de necesitarlo, pero no tan cerca como para que pueda salpicarlo.

Detengo mis movimientos para ofrecerle una mirada de confusión.

—Pensaba que ya estaba nadando. Me acabas de enseñar el estilo crol.

—O, al menos, eso es lo que creo que ha hecho.

Se ha tirado diez minutos explicándome todos los estilos de brazadas que hay en natación y sus diferencias, aunque yo estaba más concentrada en las gotas de agua que le caían por los pectorales.

—Has aprendido a cómo debes colocarte para nadar al estilo crol —me responde—. Pero para nadar hay que moverse. Desplazar el cuerpo de un lado de la piscina al otro.

Me encojo de hombros.

—Vale. Puedo hacer eso. Empezaré en la parte menos honda y nadaré hasta la parte que cubre medio metro.

Él sacude la cabeza.

—Tendrás que nadar mucho más si quieres que compruebe cómo de bien o mal lo haces.

Empiezo a ponerme nerviosa.

—No. —No hay ningún tipo de duda en mi voz, tan solo una negativa firme—.

Ya lo habíamos acordado. No más de medio metro.

No voy a nadar más de eso. —Miro hacia mi derecha—.

¿Podemos quitar estas cosas de aquí? Podría nadar hacia el final de esa pared y seguir estando en una zona con poca profundidad.

—Mientras se lo estoy preguntando sé que la respuesta va a ser que no.

Los separadores de carriles de la piscina están atornillados en los extremos más alejados de la piscina, así que es totalmente imposible retirarlos a mano.

—Y yo que pensaba que estabas empezando a superar tu miedo al agua.

—Y eso estoy haciendo. Tan solo… —Echo una mirada al fondo de la piscina.

—No vas a poder quedarte en la parte menos honda para siempre —me dice—. Para eso hemos venido. Para sacarte de aquí. Dispones de todas las herramientas necesarias para no ahogarte. Ya sabes cómo nadar. Tan solo tienes que hacerlo.

Sé que tiene razón, pero de solo pensar en aventurarme hacia la parte más profunda hace que toda la confianza que he ido ganando durante la última hora desaparezca como por arte de magia.

Podría marcharme ahora mismo. Podría decirle que ya hemos terminado por hoy.

Pero si lo hago, no estoy segura de si algún día regresaré a esta piscina o a algún lugar con agua para terminar lo que he empezado hoy. Es ahora o nunca.

Al menos tiene razón en una cosa. Ya sé cómo nadar.

Incluso aunque entre en pánico, mi cuerpo sabrá qué hacer, ¿no?

Y quizá (y esta es la peor parte) una parte terriblemente vergonzosa de mí no quiere decepcionar a Adrian.

Exacto: siento vergüenza.

Pero también me sirve para autoconvencerme.

—De acuerdo —le digo finalmente—. Iré al final y volveré una única vez y ya.

Me lanza una mirada que casi podría decir que es de orgullo.

Regreso a la parte menos profunda de la piscina y la pateo de la forma en la que me ha enseñado. Espero hundirme como una roca en el momento en el que mis pies abandonan la pared de la piscina.

Pero eso no ocurre.

Al principio tiemblo un poco, pero con cada brazada mi cuerpo avanza hacia delante, no hacia abajo, y entonces me doy cuenta de que estoy nadando.

Si el ochenta por ciento de mi energía no estuviera concentrado en respirar, seguramente me echaría a reír. Me siento triunfante.

Lo estoy haciendo. Realmente lo estoy haciendo.