Limerencia 15
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—Creo que esa es la chaqueta más lamentable que jamás había visto. —Adrian se mete conmigo en el camino de vuelta al campus.

Tengo que girar completamente el cuello hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.

—Al menos me mantiene caliente —le miento. La chaqueta no está haciendo su trabajo para protegerme del frío que hace que me castañeen los dientes. Tengo las manos en los bolsillos y casi no las siento.

Otra ráfaga de viento azota los árboles desnudos de Connecticut, hace que se me sonrojen las mejillas y remueve un revoltijo de hojas secas que hay en la calle.

—Pobrecita —canturrea Adrian—. Te estás congelando.

Antes de que pueda volver a protestar, noto algo pesado sobre los hombros y me doy cuenta de que Adrian me ha colocado su chaqueta por encima. La chaqueta beis es el doble de grande que yo, casi arrastra por el suelo si no llevo cuidado, pero es tan suave como una manta.

Y caliente, lo que me hace replantearme si devolvérsela o no.

Si le apetece tener un gesto caballeroso, ¿quién soy yo para quejarme y más con este tiempo?

—¿Mejor? —me pregunta. Sin su chaqueta, puedo ver cómo se le tensan los músculos bajo la camiseta negra de cuello alto.

—Sí. Gracias.

La colonia de Adrian, de un aroma a madera y cedro, está impregnada en la tela, y huele tan bien que tengo que hacer un esfuerzo consciente para no enterrar la nariz en ella.

Aun así, me acomodo al sentir la calidez que transmite, a sabiendas de que esta chaqueta es la pieza de ropa más cara que llevaré puesta en mi vida. Cuando llegamos a la entrada del ala oeste, me quito la chaqueta a regañadientes.

Se la extiendo, pero Adrian no la recoge.

—¿Qué haces?

—La quieres de vuelta, ¿no? —le pregunto—. Además, no la voy a necesitar en mi habitación. Tengo que estudiar sobre los primeros asentamientos coloniales, ¿recuerdas?

—Tienes toda la semana para escribir ese ensayo —responde—. Hoy vas a pasar el día conmigo.

—En serio, tengo que ir a escribirlo ahora mismo —contraataco—. Cada vez los deberes me motivan menos, así que, si no me pongo con el ensayo ahora mismo, estoy segura de que conseguiré procrastinarlo hasta el domingo por la noche. Muy probablemente hasta el lunes por la mañana.

Él pone los ojos en blanco.

—Pareces ser muy poco disciplinada para haber obtenido una beca completa para la escuela más prestigiosa del mundo.

Sí, lo sé.

—Exacto —le digo—. Por eso mismo necesito ponerme ya con el ensayo.

—Pasa el día conmigo —me dice, con más firmeza esta vez.

Me enderezo.

—No puedo.

—Pasa el día conmigo —repite—. O conseguiré que no te concedan la extensión.

Sacudo la cabeza.

—No puedes hacer que me denieguen una extensión que ya me han otorgado.

—Le diré al profesor Ayala que estabas mintiendo para no tener que hacer los deberes.

Suelto una risita ahogada, la frustración comienza a abrirse paso en mí.

—¿Acaso todas tus conversaciones tienen que terminar con una amenaza?

—Si así consigo salirme con la mía, sí —me dice antes de dar un paso hacia delante.

—Prefieres manipular la situación antes que simplemente pedir las cosas con amabilidad.

—Manipular. Convencer. ¿Acaso importa el término si el resultado termina siendo el mismo? —Vuelve a dar otro paso hacia delante—. Y sí que te lo he pedido antes.

—Sí que importa. —Alzo la barbilla para mirarlo a los ojos. Mi semblante firme comienza a desaparecer poco a poco.

Adrian se me queda mirando. Esperando.

Yo suspiro.

—Bien. De acuerdo. Podemos pasar el día juntos.

Él me lanza una mueca en forma de sonrisa y me hace un gesto para que lo siga.

Por dentro me digo a mí misma que he accedido a hacer lo que me ha pedido porque no quiero fastidiar la extensión de la fecha de entrega que he conseguido obtener y no porque haya una pequeña parte de mí, aunque muy microscópica, que haya disfrutado desayunando con él y quiera descubrir cómo puede desarrollarse el resto del día.

—No. Ni de broma. Ni de coña pienso hacer esto.

—¿Por qué no?

—Creo que la respuesta es bastante obvia. No pienso hacerlo.

Me giro para marcharme, pero Adrian me coloca las manos sobre los hombros con un fuerte agarre.

—¿Confías en mí?

Me quedo mirándole con las cejas casi rozándome el pelo.

—¿Se supone que eso es una pregunta trampa? —Sigue con las manos plantadas en mis hombros, manteniéndome anclada al suelo.

Adrian me dedica una sonrisa amable que casi cumple con su función.

—Estoy aquí, a tu lado. No te va a pasar nada, ¿vale?

Trago saliva.

—Eso sería mucho más tranquilizador si viniera de cualquier otra persona que no fueras tú. —E, incluso aunque lo fuera, seguiría sin acceder a hacerlo.

El agua repleta de cloro de la piscina de Lionswood resplandece bajo la luz tan solo a unos metros de distancia. Me dan ganas de todo menos de meterme en ella. Si esa agua estancada pudiera hablar, me imagino que diría algo como: «Vamos, entra. Hoy hace un día estupendo para que te ahogues».

—No —repito—. No quiero que me enseñes a nadar. Así no. Y mucho menos tú.

Adrian parece impasible ante mi rechazo.

—El capitán del equipo de natación de Lionswood y campeón nacional te está ofreciendo una clase privada. Te lo juro, estás en buenas manos.

Suelto una risita ahogada sin llegar a creérmelo.

—Ya. Que sepas que hace poco estuve en el agua y casi me ahogo, y que tus buenas manos casi lo permiten. No me apetece repetirlo. —Me estremezco. El recuerdo de sentirme atrapada y no conseguir impulsarme hacia la superficie sigue vívido en mi mente.

—Te prometo que no voy a dejar que te ahogues esta vez —me asegura—.

Solo tendrás que pasarlo mal un ratito para lograr aprender una habilidad que te servirá toda la vida.

¿Acaso no ha habido alguna vez en la que hayas querido nadar, pero no has podido?

Piénsalo así: podrías hacer surf en la playa.

Nadar en la piscina. Hacer kayak en un río.

Así le perderás el miedo al agua de una vez por todas.

Quiero decirle que no creo que lo pase mal solo «un ratito», pero la verdad es que no puedo evitar pensar en el viaje que hicimos en el colegio a la bahía de Mobile, en el cual me quedé observando cómo todos mis compañeros hacían surf sobre las olas mientras yo me quedaba sentada en la arena, fingiendo que me apetecía más dedicarme a buscar conchas que unirme a ellos.

Pero se trata de Adrian.

Puede prometerme todo lo que quiera, pero confío en él tanto como confío en mi habilidad de que me salgan branquias y pueda respirar debajo del agua.

Me quedo mirando hacia la piscina, hacia la misma agua transparente en la que casi pierdo la vida.

No quiero que vuelva a ocurrir eso nunca más.

Él ya me estaba observando con curiosidad cuando vuelvo a conectar la mirada con la suya.

—De acuerdo. Pero con una condición —le digo—. Me meteré solo en la parte que menos cubra de todas. Quiero hacer pie. —Una sonrisa victoriosa le aparece en el rostro, pero yo alzo un dedo antes de que pueda abrir la boca—. Y, si dejas que me ahogue, pienso atormentarte desde la muerte.

Sus ojos obsidiana resplandecen.

—Me parece justo. Ve a cambiarte.

Tan solo necesito cinco minutos para encontrar los trajes de baño escondidos en los vestuarios femeninos.

El bañador de una pieza de color azul marino se me ajusta como si fuera una segunda piel y las cintas de este me cruzan la espalda que llevo al descubierto.

Un conjunto perfecto para ahogarse, supongo.

Respiro con profundidad y trato de convencerme de que esto valdrá la pena. Tan solo tengo que sobrevivir a los métodos de enseñanza de Adrian.

Empujo las puertas que conducen de nuevo hacia la piscina y casi me detengo a medio camino cuando veo lo que me espera.

Adrian ya se encuentra en la piscina, en la parte menos profunda, como hemos acordado, y tiene los brazos apoyados en el borde. Y está sin camiseta.

Alguien podría llegar a pensar que ya he llegado a desarrollar cierta resistencia a ver el abdomen cincelado y desnudo de Adrian, pero es todo lo contrario, cada vez me afecta más.

—Pareces alterada —me dice, inclinado la cabeza—. ¿Tan nerviosa estás?

Nerviosismo. Sí. Por eso estoy tratando de evitar que mis mejillas cojan el mismo tono rosa petunia con el que mi madre intentó pintar la cocina hace un par de años, y no porque ahora mismo tengo sus músculos poderosos delante de mí.

—Muy nerviosa —le digo, acercándome con cuidado a las escaleras que conducen al agua.

Puedo hacer esto. No me voy a ahogar.

A pesar de que me repito esa frase una y otra vez, no puedo evitar que me lata rápidamente el corazón con cada paso y, cuando llego al lado de la escalera de metal, hago una pausa.

—¿Sabes? No sé si estoy segura de…

—Si no te metes en el agua en menos de cinco segundos, pienso tirarte yo mismo.

La amenaza de Adrian es más que suficiente para que me meta y el agua me cubra por la cintura. Planto bien los pies en el suelo y aprieto con las dos manos el borde de la piscina hasta que los nudillos se me ponen blancos, todo esto antes de que haya terminado de hablar.

—¿Ves? ¿A que no ha sido tan difícil?

Adrian se da impulso y comienza a caminar los pocos metros que nos separan, pero yo extiendo una mano.

—Espera un momento. Necesito un segundo. —Aprieto los ojos y tomo varias respiraciones por la nariz.

Sé que no puedo ahogarme si el agua solo me cubre un metro, pero mi cuerpo no parece pensar lo mismo. Siento un nudo en el estómago y mis brazos y piernas parecen gomas elásticas.

—Tienes que relajarte. —No sé en qué momento Adrian ha llegado a colocarse detrás de mí, pero casi pego un salto cuando me coloca las manos sobre los hombros. Su voz se vuelve un murmullo reconfortante.

—Hazme caso, lo estoy intentando —le respondo antes de girarme y chocarme contra su pecho firme. No tenía ni idea de que estaba tan cerca, así que aparto la nariz de su esternón mientras se me oscurecen las mejillas—. Lo siento.

A pesar de que parece que me hayan pegado con pegamento al borde de la piscina, estamos a menos de treinta centímetros de distancia y soy muy consciente de todos y cada uno de ellos.