Limerencia 14 #3
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14 #3

—Ha sido un poco injusto por mi parte.

Sacudo la cabeza.

—La verdad es que no. Si no quieres mostrarte vulnerable, no tienes por qué hacerlo. Es tu elección. Al igual que es la mía marcharme ahora mismo.

—Estoy intentando disculparme contigo. No es algo que suela hacer a menudo. Al menos, no de forma genuina.

—Y me parece que lo estás haciendo genial —le digo en un tono cargado de sarcasmo.

Suelta otro suspiro.

Intento volver a salir de la mesa, pero esta vez es la voz de Adrian lo que me detiene.

—Bueno, si tanta ilusión te hace saberlo… Me he peleado con mi padre —dice tan en voz baja que casi no lo escucho.

—¿Qué?

Baja la mano y, cuando me giro, le pillo mirando por la ventana, con los ojos fijos en los coches bajo la lluvia.

—Por eso no he ido a casa estas vacaciones. No quería tener que enfrentarme a él. Ni a mi madre.

Vuelvo a colocar la chaqueta en su sitio.

—¿Por qué te has peleado con tu padre?

—Por mi tiempo —admite—. El de la semana pasada en la competición de natación. No fue lo suficientemente bueno.

Me quedo parpadeando en su dirección.

—¿A qué te refieres? Si quedaste en primer lugar.

—Ya, pero fue uno de mis peores tiempos de la temporada.

—Pero ganaste.

Todavía recuerdo cómo la multitud se volvió loca cuando Adrian tocó la pared.

Él pone los ojos en blanco.

—A ver si así lo entiendes. Cuando estoy compitiendo, ya sea nadando, en clase o en cualquier otro sitio, no estoy compitiendo solo contra el resto. Estoy compitiendo conmigo mismo.

Siempre había asumido que la obsesión con la perfección de Adrian era un rasgo distintivo suyo, pero si lo que me cuenta sobre su padre es cierto…

—Suena a que es un gilipollas —le digo.

Adrian sonríe de lado.

—Lo es, pero ahora que ya soy una persona adulta no tiene sentido que lo siga soportando. Puede gritar y chillar todo lo que quiera, yo no tengo por qué estar presente para escucharlo.

—Parece que no soy la única a la que le gusta fingir que sus padres no le han jodido la vida.

Adrian aparta la mirada de la ventana y me mira de los pies a la cabeza.

—Al contrario. Todo lo que soy es por mis padres. Ellos me han convertido en el hombre que soy ahora.

No sé si es por la forma en la que su tono de voz decae o por cómo se le endurecen los ojos de color obsidiana, pero esa afirmación me produce un escalofrío.

Tengo el presentimiento de que no solo está hablando del perfeccionismo o de la competitividad.

La oscuridad desaparece de su expresión tan rápido como apareció, y yo hago mi mejor intento para fingir que no me he quedado un tanto desconcertada.

—Se siente diferente a cómo creía que sería —me dice.

—¿El qué?

—Abrirse con alguien —me explica—. Creía que la vulnerabilidad solo servía como herramienta.

Una debilidad que puedo utilizar contra alguien cuando lo necesite.

No sabía que podía hacerme sentir… —hace una pausa como si no pudiera encontrar la palabra para describirlo, o quizá no quiera decirlo en voz alta—… bien.

Trago saliva.

—Sé lo que quieres decir.

Es extraño. Sus palabras no deberían de calarme tan hondo, pero lo hacen. Quizá nunca haya usado las vulnerabilidades de otras personas como armas que pueda blandir en su contra (al menos, no desde hace mucho tiempo), pero sí he usado las mías de esa forma.

Necesitaría más de dos manos para contar la cantidad de veces que he explicado la historia de mi triste infancia para conseguir un descanso por parte de los profesores o del decano Robins.

Y ahora que estoy aquí sentada, no consigo recordar cuándo fue la última vez que me mostré vulnerable y ya está, en lugar de tratar de sacarle algún tipo de ventaja.

Adrian tiene razón. Se siente… bien.

—¿Sabes esto que estamos haciendo ahora mismo? —le digo—. Estoy segura de que se llama «conexión humana».

Se le escapa una risita de los labios.

—Cariño, no creo que yo sea capaz de tener ninguna conexión humana.

Trato de ignorar ese mote alzando una ceja.

—Pues parece que sí estás conectando conmigo ahora mismo.

Cuando vuelve a mirarme, no veo diversión en su mirada, sino algo completamente nuevo.

Interés.

No es curiosidad, sino interés.

Un interés sin adulterar que me hace contener la respiración.

—Sí, supongo que estoy conectando contigo —murmura, y soy incapaz de apartar la mirada de él. Algo está ocurriendo aquí. Algo grande. Algo nuevo. Lo siento en las entrañas.

—¡De acuerdo! —La voz estridente de Dixie corta nuestro pequeño momento. Aparto la mirada de Adrian para ver cómo nuestra camarera ha llegado con la comida—. Dos platos de patatas fritas y una tortita de chocolate. ¿Queréis algo más?

—No, gracias —le digo.

—¡Que lo disfrutéis! —Nos lanza una última sonrisa antes de desaparecer.

Adrian agarra el tenedor y es el primero en pinchar una patata frita, totalmente escéptico a probarla.

Pero veo cómo la sombra de la duda le desaparece de los ojos conforme los va abriendo poco a poco y escucho cómo suelta un ruidito de placer que hace que el corazón me dé tumbos como nunca antes lo había hecho.

—Tenías razón. Estas patatas fritas están increíbles.