14 #2
—Conozco un buen sitio para desayunar, por si te interesa.
Él se detiene.
—Solo si accedes a invitarme —añado.
Se gira hacia mí y parece muy interesado.
Culpo a mi madre de este ataque de locura repentino.
Se tiró dieciocho años condicionándome como si fuera uno de los perros de Pavlov cada vez que escuchaba un «No, estoy bien.
No te preocupes por mí» hasta que me di cuenta de que esa frase realmente significaba «Si no descubres qué me pasa en los próximos diez minutos, pienso culparte a ti y a castigarte con mi silencio durante la próxima semana».
Así que por eso probablemente estoy aquí, sentada en uno de los asientos de plástico del Caboose’s con ganas de pasarle a Adrian un cigarro y un paquete de pañuelos.
Le echa un vistazo al menú, cada vez más escéptico.
—Creo que nunca antes había visto un menú con imágenes —me dice—. ¿Todos los platos vienen acompañados con beicon o acaso lo fríen todo en grasa?
—La grasa del beicon es lo mejor de todo —respondo. Ya estoy salivando de solo pensar en otro plato de patatas fritas recubiertas de queso y todo lo que pueda comer a costa de Adrian.
Intento no pensar mucho en que hace unos días me senté en este mismo restaurante, a tan solo dos mesas de distancia, para comer con la novia de Mickey, que sigue de luto, para ahora venir acompañada por su asesino.
Miro hacia la foto de Caboose, el perro, que sigue colgada en la pared. Lo siento, Mickey. Pero estas patatas fritas están demasiado ricas.
Una chica guapa y universitaria con el rostro lleno de pecas viene a tomarnos nota.
—¡Bienvenidos a Caboose’s ! ¿Qué os pongo? —Su mirada se clava en nosotros. Imagino que Adrian y yo debemos de parecer una pareja de lo más extraña.
Adrian está totalmente impecable con un chaquetón beis, unos pantalones y una camiseta de cuello alto negra. Cuando cierra el menú, el Rolex que lleva en la muñeca izquierda resplandece bajo las luces fluorescentes.
Yo sigo llevando la misma sudadera y pantalones de chándal con los que salí del dormitorio. Llevo el pelo rubio y liso metido detrás de las orejas.
La camarera, Dixie, según indica el pin que lleva en el pecho, parece demasiado amable para hacer ningún comentario.
—¿Os pongo algo de beber? ¿Café? ¿Agua?
—Café, por favor —digo yo.
—Agua —le pide Adrian—. Que no sea del grifo.
Ella asiente y se marcha a ponernos las bebidas mientras Adrian mira al restaurante antiguo y de mala muerte con suspicacia.
—¿Acaso no podrías haber elegido algún otro sitio con menor probabilidad de que nos intoxiquemos con la comida?
—Qué tranquilizador por tu parte. Pues que sepas que hay muchas más probabilidades de que te intoxiques con las barritas de proteínas caducadas de la cafetería que aquí, si es que eso te hace sentir mejor
No me responde.
Dixie vuelve a aparecer con mi café y el agua de Adrian.
—¿Le habéis echado un vistazo al menú?
—Por desgracia, sí —murmura Adrian y yo le doy una patada por debajo de la mesa, lo que provoca que esboce una pequeña sonrisa torcida.
Dixie no comenta nada, si es que lo ha llegado a escuchar, así que pido yo primero antes de que Adrian pueda soltar algún otro comentario condescendiente.
—Yo quiero las patatas fritas con queso y un extra de huevos. Revueltos, por favor.
Ella asiente y se gira hacia Adrian.
—¿Y tú?
—Quiero lo mismo, pero en vez de huevos, quiero una tortita de chocolate —dice y esboza la misma sonrisa amigable que le he visto usar cientos de veces. Encantadora y un tanto coqueta.
Veo cómo Dixie se sonroja.
—Genial. Enseguida os lo traigo.
En cuanto estoy segura de que está lo suficientemente lejos como para no oírme, le digo:
—Finalmente has elegido las patatas fritas. Qué valiente por tu parte, teniendo en cuenta lo mucho que te preocupa intoxicarte con la comida.
—Ha sido todo una estrategia. Si veo que empiezas a encontrarte mal, quizá pueda parar de comer y salvarme a tiempo.
Pongo los ojos en blanco.
—Genial.
La conversación muere en ese instante y, de nuevo, el silencio incómodo se instala entre nosotros. El sonido de los platos y de la encimera de la cocina sirven como ruido de fondo y yo me arrepiento al instante de haberle invitado.
Esto ha sido un error.
He traído a desayunar a un asesino. Como si fuéramos amigos.
Me aclaro la garganta.
—Eh… no has respondido a la pregunta que te he hecho antes. ¿Por qué no estás con tu familia? ¿Tu vuelo sale esta noche o algo?
Él arquea una ceja.
—No sabía que el desayuno iba a venir acompañado de un interrogatorio.
Necesito hacer mucho esfuerzo para no volver a poner los ojos en blanco.
—No es un interrogatorio. Tan solo era por hablar de algo.
—Bueno, en ese caso… —dice, descansando la barbilla sobre la palma de la mano—. ¿Por qué no estás tú con tu familia?
Le doy un sorbo al café y me encojo de hombros.
—Nunca vuelvo a casa de mi madre durante las vacaciones de otoño. Es demasiado caro. —Por extraño que suene, no me importa admitir mis problemas económicos delante de él. Él no es como Sophie, que siempre presume de sus riquezas delante de todo el mundo.
—¿Y qué hay de tu padre? —me pregunta.
Hago una pausa con el café todavía entre las manos.
—No es de tu incumbencia.
Veo cómo algo le brilla en los ojos.
—Pensaba que simplemente estábamos hablando.
La tensión me forma un nudo en el estómago.
—No me gusta hablar sobre mi padre. —Me quedo fija mirando una mella en el borde de aluminio de la mesa, pero puedo sentir su mirada casi agujereándome la cabeza. Adrian es como un sabueso, no puede dejar marchar un aroma hasta que haya conseguido rastrearlo hasta el final.
Le pillo inclinándose hacia delante por el rabillo del ojo.
—Hagamos una cosa —me dice—. Cuéntame lo de tu padre y yo te diré por qué no estoy con mi familia ahora mismo.
Alzo la mirada, un tanto sorprendida.
Adrian es probablemente la última persona del mundo con la que me gustaría compartir mi pasado, pero la oferta ha logrado despertar mi curiosidad, así que finalmente me rindo.
—No me hablo con él —admito—. Nunca le he conocido. Renunció a mi custodia cuando tenía menos de un año. Eso es todo. —Le cuento la historia con la misma emoción que si estuviera recitando la lista de la compra. Una habilidad que llevo practicando durante muchos años.
Los segundos pasan antes de que diga:
—Lo sé.
Suelto una risa ahogada.
—¿Cómo que lo sabes?
Le da un trago a su agua y una sonrisa divertida le curva los labios.
—Te investigué, ¿recuerdas?
Siento el fastidio dentro de mí.
—Entonces, ¿por qué querías que te lo dijera?
—Porque me parece interesante —me explica—. Cómo actúan las personas ante una situación de vulnerabilidad. Algunas suelen llorar o mentir, pero tú, sin embargo, has fingido que no te afecta en lo más mínimo.
—Porque no me afecta. Ya no.
—Ya, claro.
—Es cierto —le digo, pero sé que sueno a la defensiva y lo odio.
Odio que me haga sonar así—. Quiero decir, sí, me afectó mucho cuando era pequeña, pero ya lo he superado.
Vive en Mississippi. Lo sé desde los catorce.
Si siguiera enfadada con él, me habría presentado en su puerta hace años, pero no lo he hecho. Ya lo he superado.
Adrian no parece creer ni una sola palabra que sale por mi boca, así que solo puedo tomar una respiración profunda y recordarme que su opinión no me importa.
—Ya he respondido a tu pregunta. Te toca.
La diversión desaparece un poco de su rostro, pero finalmente me responde.
—Es sencillo. No he vuelto a casa con mi familia porque no he querido. —Le da un largo sorbo al agua mientras yo me quedo esperando a que continúe, pero no lo hace.
—¿Y…? —pregunto.
Él se encoge de hombros.
—Eso es todo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí —me responde—. No estoy en Nueva York, ni en Nueva Orleans, ni en ningún otro lugar con mi familia porque no quiero. En ningún momento te he dicho que fuera a entrar en detalles.
—Pero teníamos un…
—Trato, que era solo responder a la pregunta —me corta con dureza—. Tan solo porque tú hayas elegido explayarte y darme información sobre la situación con tu padre no significa que yo tenga que hacer lo mismo.
Suelto una risa ahogada sin poder creérmelo.
Pues claro que sí.
Supongo que es culpa mía por haber esperado que se abriera conmigo como cualquier ser humano habría hecho solo porque yo lo hiciera.
Sus palabras me duelen más de lo que deberían, probablemente porque he bajado la guardia el tiempo suficiente creyendo que Adrian se merecía mi amabilidad.
¿Por qué estoy volviéndolo a hacer?
—Tienes razón —le digo con el tono de una piedra mientras me pongo la chaqueta que me compré en un supermercado y que tengo abandonada en una esquina—. Creo que se me ha quitado el hambre. Pero gracias por el café.
Intento salir de la mesa, pero los dedos bronceados y firmes de Adrian me bloquean la salida antes de que dé un solo paso.
—Espera.
No le miro.
Él suspira.