Limerencia 14
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Estoy segura de que nada puede joderme el día cuando despierto el martes por la mañana y veo el amanecer a través de las cortinas azul marino de mi habitación.

No tengo que asistir a ninguna clase.

Ningún pensamiento sobre mi futuro me reconcome por dentro.

No recibo ninguna mirada extraña cuando salgo de la habitación con unos pantalones de chándal bastante raídos y una sudadera tan grande que me llega hasta la mitad de los muslos.

Y no tengo que enfrentarme a ningún asesino que me sonríe mientras me amenaza.

La vida es maravillosa y, si tuviera treinta dólares extra, seguramente me compraría una camiseta con ese lema y lo proclamaría al mundo entero.

Incluso la caminata de dos kilómetros a la cafetería más cercana no parece causar estragos en mi sistema cardiovascular como pensaba que sucedería, y nadie me echa una ojeada aparte de para comprobar si mi pedido está correcto. Es maravilloso volver a sentirse invisible.

Mientras regreso al campus, la sudadera no me protege del todo contra el frío que comienza a hacer en otoño, pero al menos siento algo de alivio con el calor que proviene del café que llevo entre las manos y que se filtra por el recipiente de cartón.

Por un segundo pienso que mi situación es casi tan buena como encontrarme en París, Dubái o una casa en el lago.

Al menos es mucho más pacífica que pasarme las vacaciones de otoño en Mobile. Solo pasé unas únicas vacaciones en casa, durante el primer semestre de mi primer año, y me arrepentí profundamente.

Al parecer, el dinero que usó mi madre para comprarme el billete de avión (se lo cogió a Rick del dinero que usaba para comprar tabaco) era un préstamo. Al menos eso fue lo que me dijo Rick cuando aparecí en Mobile. Después se pasó toda la semana rumiando sobre el poco dinero que tenía.

Cuatro años después, todavía no parece olvidar el préstamo de esos trescientos treinta y ocho dólares, así que solo regreso a casa en Navidad y en verano.

Sigue siendo demasiado tiempo para la responsabilidad parental que mi madre insiste que siente Rick conmigo.

Atravieso el patio, pero, cuando el camino de piedra se divide en dos, me debato hacia dónde debería dirigirme.

¿Regreso a mi habitación para ver la televisión de forma compulsiva hasta que la pantalla me dé dolor de cabeza?

¿O me paso la primera mañana de mis vacaciones siendo productiva y terminando el ensayo de Historia para poder pasarme el resto de los días viendo la televisión?

Finalmente, me dirijo hacia la biblioteca.

He visto la biblioteca de muchas formas distintas. La he visto desde totalmente vacía a completamente llena, pero no hay punto de comparación con la sensación de caminar por el suelo de madera tan antiguo solamente escuchando mis propios pasos resonar sobre los techos abovedados.

Hay varias filas de escritorios en la primera planta, mientras que unas estanterías de varios metros de altura ocupan la segunda y la tercera.

Algunos estantes están tan altos que solo se puede acceder a ellos desde una escalera con ruedas.

Según tengo entendido, la biblioteca es uno de los edificios más antiguos del campus.

No suelen hacerle muchas reformas para tratar de proteger la increíble colección de libros que esta posee.

Incluso a plena luz del día, casi tengo que entrecerrar los ojos para ver algo en la luz tenue que se filtra en su interior.

Hago una pausa en el mostrador para revisar el catálogo de la biblioteca. Es un libro tan grande y pesado que seguramente me rompería un par de huesos si me cayera en el pie por accidente.

Intento resistir el impulso de estornudar cada vez que paso una página y aparece una tormenta de polvo a mi alrededor.

Estoy segura de que el decano Robins se ha tirado la última década rogándole a la señorita Juno a que acceda a crear una interfaz digital del catálogo en físico, pero ella siempre se niega.

Pasados unos minutos encuentro lo que he venido a buscar. La sección que busco se encuentra en la segunda planta. Subo la escalera de caracol de caoba con los ojos bien abiertos, girando la cabeza de vez en cuando.

—Estantería D —murmuro para mí misma—. Estantería D, estantería D, estantería D, estantería…

Me detengo de forma abrupta y parpadeo un par de veces para asegurarme de que no estoy alucinando.

—¿Adrian?

La figura que se encuentra delante de mí se tensa y después se gira para mirarme cara a cara. Parece igual de sorprendido que yo de verle.

—¿Qué haces aquí? —Entorna la mirada, como si fuera yo la que ha venido a molestarle. Y, a juzgar por la forma en la que está apoyado contra una estantería, con un libro abierto sobre el regazo, parece que lleva aquí un buen rato, así que sí, supongo que soy yo la que le está molestando.

Me remuevo, inquieta, sin saber cómo salir de esta. Adrian es la última persona a la que me esperaría encontrar en el campus. A veces se quedan algunos profesores o alumnos por aquí, pero nunca nadie del calibre de Adrian.

—Estoy buscando recursos para mi ensayo de Historia —le digo y hago un gesto hacia la estantería contra la que está apoyado, que es, para mi desgracia, la estantería D—. ¿No se supone que deberías de estar en Nueva Orleans? ¿O en Nueva York?

Alza una ceja y yo me sonrojo al instante.

—Escuché tu conversación en el pasillo el otro día.

—No —dice tajantemente y centra de nuevo la atención en el libro que estaba leyendo. Un libro de texto sobre medicina con un corazón anatómico dibujado en la cubierta.

—En fin… —Puedo notar cómo mi buen humor va desapareciendo a cada segundo que pasa—.

Tan solo necesito un libro para mi ensayo.

El mismo ensayo para el que me has conseguido una extensión.

—No puedo llegar a imaginarme cómo de oscuras deben de verse mis mejillas—.

Por cierto… gracias. No hacía falta que hicieras eso, y tampoco sé por qué lo hiciste, pero gracias de todas formas.

Lista de cosas que jamás pensé que haría en la vida: darle las gracias a Adrian Ellis.

Él no me mira, sino que continúa concentrado en su libro, y el silencio incómodo se instala entre nosotros.

Yo me aclaro la garganta.

—Eh… el libro que necesito. Está justo… —Señalo hacia la estantería donde tiene apoyada la cabeza.

Sus rizos cubren la mitad del lomo—. Justo ahí.

Si me dejas que… —No me apetece entrometerme en el espacio personal de Adrian al igual que tampoco me gustaría hacerlo con una cobra, pero doy un paso hacia él de todas formas.

Él se echa hacia delante, extiende el brazo y agarra justo el libro que necesito.

—Primeros asentamientos coloniales, ¿no?

Asiento.

—Sí.

—Toma. —Sigue sin mirarme a pesar de que me está extendiendo el libro.

Se lo quito de las manos.

—Gracias.

La única respuesta que recibo es el ruido cuando pasa de página. Está claro que quiere que me vaya.

No puedo llegar a entender por qué, pero Adrian está completamente trastornado. Retraído y casi podría decir… ¿deprimido?

Casi puedo asegurarlo porque me he pasado toda la vida acompañada de personas deprimidas. Lo sé reconocer en los pasos tristes de mi madre o sus largos suspiros que se escuchan por toda la casa.

Y normalmente sus episodios depresivos suelen venir acompañados de alguna ruptura. Quizá por eso Adrian parece tan sombrío, pero…

Podría ser.

Tan solo porque rechace a Sophie no significa que no pueda tener una novia capaz de romper con él.

Mi mente intenta completar los huecos en blanco antes de darle un par de vueltas.

Me lo imagino dándole mimos a una chica alta y guapa con el cuerpo de una modelo de Victoria’s Secret y la inteligencia de un catedrático.

Quizá esa chica no tenga ni idea de la oscuridad que alberga Adrian en su interior.

O quizá sí lo sepa.

Quizá le guste. Quizá se ponga cachonda al saber que por dentro es un chico violento.

No sé por qué esa posibilidad hace que me duela el pecho. Esto no es asunto mío. Debería rezar por tener un último año tranquilo y sin eventos, lo que significa que debo alejarme de Adrian, sobre todo cuando parece que quiere que lo dejen tranquilo.

Y, sin embargo, en lugar de darme la vuelta y marcharme como debería hacer, me quedo quieta en el sitio y le pregunto:

—¿Estás bien?

Me proporciona una mirada rápida y afilada que hace que me arrepienta al instante de haberle hecho esa pregunta.

—¿Necesitas algo más de la estantería, Poppy?

Vale… Mensaje recibido.

—Eh… no. —Me giro con intención de dirigirme directamente a mi habitación y fingir que esta interacción nunca ha ocurrido justo cuando un fuerte gorgoteo resuena por toda la biblioteca.

Puede que Adrian no quiera hablar, pero su estómago sí.

—Tienes hambre. —Me quedo mirándole, totalmente anonadada de que haya podido producir un sonido tan… normal.

Tan humano.

Después de todo, Adrian tiene una obsesión con controlarlo todo en su vida y no me esperaba que con su estómago fuera a ocurrir lo contrario.

—Qué observación tan astuta —murmura. Cierra el libro de texto sobre medicina y comienza a guardar todas sus cosas.

—¿No has comido nada todavía? —No sé si es mi propia curiosidad autodestructiva o la procrastinación por no querer hacer el ensayo lo que me impulsa a seguir hablando.

La verdad es que yo tampoco he comido nada todavía. Si no fuera por el café que me he bebido hace unos minutos, mi estómago estaría entonando una melodía junto al suyo.

—Voy a pillar una barrita de proteína de la cafetería —me dice, pero su estómago vuelve a emitir un rugido grave como si estuviera protestando ante la idea de que lo alimenten con una de las barritas de proteínas rancias y con sabor a cartón de la cafetería.

Adrian pasa por mi lado y yo lanzo un suspiro profundo.

No es mi problema. Si Adrian quiere deprimirse, que se deprima. Si quiere comerse una barrita de proteínas que seguramente caducó antes de que naciera, tendrá que ocuparse él de la consecuente indigestión.

Pero, cuando sus hombros anchos comienzan a desaparecer por la escalera, abro la boca antes de que mi cerebro pueda procesarlo.