Limerencia 13 #2
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13 #2

Como esperaba, se coloca al lado de mi escritorio vacío, y veo cómo se empuja las gafas sobre el puente de la nariz.

—Poppy.

—Lo siento, profesor…

—No tienes de qué disculparte —me corta con un tono suave—. He de decir que no soy el típico profesor que permite a sus alumnos que entreguen los deberes pasada la fecha límite, pero también entiendo que tus circunstancias son especiales.

Me quedo parpadeando en su dirección.

«¿Qué?».

Me proporciona una sonrisa de pena que pretende ser amable, a pesar de que lleva siendo un profesor muy estricto durante todo el año.

¿Acaso se está confundiendo con otra persona?

No estoy muy segura de qué está ocurriendo ahora mismo, pero si esto me ayuda a evitar un suspenso… A caballo regalado, no le mires el diente.

—Sí, justo, mis circunstancias son muy especiales.

Él asiente.

—No tienes que explicarme nada. Adrian ya me lo ha contado. Puedes entregarme el ensayo el primer lunes después de las vacaciones.

Continúa caminando antes de que pueda responderle nada y se me cae la mandíbula al suelo.

¿Adrian?

¿Adrian Ellis?

Durante un segundo, repaso la lista de todos los Adrian que asisten a esta escuela. Hay un alumno de primer año muy delgado que se llama Adrian y que suele dar las noticias por megafonía, pero dudo mucho que él sea el responsable de lo que acaba de suceder.

Lo que significa que…

Trago saliva y, de repente, tengo la garganta tan seca como la arena.

Recuerdo haberle mencionado a Adrian que los deberes me estaban sobrepasando, pero de solo pensar que haya podido ser él el que ha hecho esto…

Estoy muy confundida sobre qué puede haber ocurrido para que haya actuado como un buen samaritano, pero noto otra emoción extraña en el pecho. Una que jamás creí que fuera a sentir hacia Adrian Ellis.

Gratitud.

La cercanía de las vacaciones de otoño pone de buen humor a todo el mundo, incluso a mí, a pesar de que no me voy a pasar los próximos seis días tomando el sol en un yate en algún país tropical, sino más bien recuperando horas de sueño.

Estoy demasiado cansada como para sentir envidia por que un gran porcentaje de mis compañeros de clase vayan a hacer lo primero.

Cuando termina la última clase del día, navego por el mar de estudiantes que inunda los pasillos para depositar unos libros de texto en mi taquilla. En medio de todas las conversaciones, una voz destaca sobre las del resto.

—No os hacéis una idea de cuánto necesito estas vacaciones —le dice Sophie a Penelope y Ava, mientras el trío camina por los pasillos—.

He tenido que mandarle una foto a mi dermatólogo esta mañana.

Me ha dicho que estoy a punto de que me salga un brote de acné.

Me ha recomendado que elimine todos los componentes que me generan estrés ahora mismo.

Ah, y también que me eche ácido glicólico.

—Intenta relajarte lo máximo posible en París. No sabes la envidia que me da que tu madre te vaya a llevar allí de vacaciones —le responde Penelope—. Mis padres quieren pasar las vacaciones en la casa del lago. Va a ser aburridísimo.

—La casa del lago de tu familia es muy bonita —dice Ava—. Es perfecta para hacer unas buenas fotos.

—Fotos que no voy a poder enseñarle a nadie por culpa de la mala cobertura —responde de nuevo Penelope y se gira hacia Sophie con un haz de esperanza en la mirada—.

Deberías llevarme contigo. Estoy segura de que podría convencer a mi madre de que me compre el billete de avión si le ruego durante un tiempo.

Prefiero mil veces ir a París que una semana en el lago.

Incluso estando al otro lado del pasillo, puedo ver cómo Sophie deja de sonreír durante un instante.

—Me encantaría que vinieras, Pen… Pero ya sabes lo quisquillosa que se pone mi madre con pasar tiempo en familia.

Además, vamos a ir a ver a Camilla cuando estemos allí y no se permiten visitas que no sean estrictamente familiares.

No podemos poner en peligro la seguridad de la duquesa.

—Oigo cómo suspira—. La verdad es que no me apetece mucho ir a París…

pero tengo que hacerlo. Tengo que comprarme un vestido para el baile de San Benedicto y ya sabéis que no hay nada mejor que ir de compras por París.

Daría todos mis ahorros (una fascinante cantidad de trescientos cinco con veintiocho dólares) solo para ver a Sophie probarse ropa en la tienda de ropa de segunda mano de Mobile.

Cuando era pequeña siempre me compraba ahí la ropa nueva (o lo más parecido a nueva) para el nuevo curso cuando sacaban una oferta de cinco dólares por toda la cesta.

Ese era mi París.

De solo pensar en Sophie tratando de sortear los grandes contenedores de ropa, tan solo separados por género y no por talla, me hace sonreír.

—No me recuerdes el baile de San Benedicto —gruñe Penelope—. No tengo cita ni vestido.

—Mi madre está trabajando en lo último —comenta Ava—. Y estoy segura de que habré conseguido el primero antes del lunes.

—¿Crees que Adrian te lo pedirá a ti, Soph? —le pregunta Penelope.

Sophie pone los ojos en blanco.

—Pues claro que sí. Espero tener una única rosa en mi taquilla cuando regresemos de las vacaciones.

—Venga ya —dice Ava—. Conociendo a Adrian, seguramente te comprará un ramo entero.

Continúan especulando sobre qué gran gesto se sacará Adrian de la manga para pedirle ir al baile a Sophie. Sus teorías van desde ramos de flores caros hasta rosas con diamantes.

El baile de San Benedicto, reservado únicamente para los estudiantes de último año de Lionswood, o para aquellos con la suerte de haber sido invitados por un estudiante de último año, es una tradición muy simple: si quieres invitar a alguien al baile, tienes que dejarle una rosa en la taquilla.

Es la versión que tienen en Lionswood para proponerte ir al baile, pero con un poco más de clase.

No me extrañaría que la taquilla de Sophie se convierta en un jardín de rosas el lunes por la mañana, aunque no estoy segura de si la rosa de Adrian estará entre ellas.

Hace un año, habría sido lo primero que habría pensado. Dos personas guapas, esculpidas por la misma estirpe elitista y adinerada. En otra vida, seguramente habrían tenido unos hijos pelirrojos con ojos oscuros y pelo rizado con muy poca conciencia de clase.

Ahora mismo, estoy muy segura de que la oscuridad que se esconde bajo la sonrisa de Adrian atraparía a Sophie Adams y se la tragaría por completo.

Como si pudiera llegar a sentir que estoy pensando en él, Adrian gira la esquina y se abre paso sin esfuerzo alguno por el pasillo. Nuestros compañeros se separan como si fueran el mismísimo océano. Adrian se dirige hacia mí.

Me da un vuelco el estómago.

¿Acabo viene a decirme por qué ha pedido una extensión de la fecha de entrega de mi ensayo en mi nombre?

Antes de que pueda llegar hasta mí, Sophie se interpone en su camino y le estira de la americana de color azul marino.

—¡Adri!

Él baja la mirada, veo cómo el fastidio le cruza el rostro durante un milisegundo antes de enmascararlo con una sonrisa anodina.

—¿Qué tal, Soph?

Sophie no se da cuenta del fastidio momentáneo (nadie parece hacerlo), pero yo estoy empezando a convertirme en una experta en reconocer las grietas en la máscara de Adrian.

—Tan solo quería verte antes de que empiecen las vacaciones de otoño —le dice ella—. Todavía no me has dicho a dónde se va a ir de vacaciones tu familia este año. No me digas que os vais de nuevo a Dubái o me pondré muy celosa.

Él se encoge de hombros.

—No, este año no. Creo que mi madre está sopesando si vamos a ir a la finca en Nola o a la casa de Nueva York.

—Oh, qué maravilla —comenta Sophie—. Ya sabes que estás más que invitado a venir a París conmigo si te apetece pasar las vacaciones en un lugar más exótico.

—No creo que pueda —Adrian declina la oferta con educación—. Mi madre me mataría si me perdiera su preciado tiempo en familia.

Sophie se ríe y yo utilizo ese preciso instante en el que lo tiene retenido para desaparecer entre la masa de estudiantes que se dirige hacia la salida. La mayoría de ellos se montarán en aviones y trenes en menos de una hora.

Si entrecierro los ojos, ya puedo ver el campus vacío y seis días libres del caos al alcance de mi mano. Tengo muchísimas ganas.