13
Tal y como había dicho Liz, regresamos a la competición de natación antes de que el último grupo de nadadores se prepare para empezar. Me deslizo en las gradas como si nunca me hubiera ido. Mi asiento sigue vacío y la pancarta enrollada parece aguardar mi regreso.
Estoy un tanto nerviosa de que Adrian haya podido notar mi ausencia, pero cuando escaneo toda la sala, me doy cuenta de que está enfrascado en una conversación con su entrenador. Está demasiado concentrado como para prestarme atención.
Bien.
—¡Buena suerte, Adrian! —grita Sophie desde primera fila. Parece que ella no se ha perdido ni un solo segundo de la competición.
—Al fin —suspira Penelope—. Adrian siempre sale el último.
—Eso es porque es el mejor —le suelta Sophie—. Los nadadores más rápidos siempre salen los últimos.
La verdad es que los nadadores que se están colocando en sus marcas sí que parecen los más rápidos.
No se parecen en nada a los alumnos de primer año escuálidos que se lanzaron al agua hace unas horas.
Estos chicos se suben a sus marcas como si lo hubieran hecho cientos de veces ya.
Con los pies en punta y los dedos extendidos.
El entrenador le da unas palmadas de ánimo en la espalda a Adrian antes de que este se dirija a su marca.
La cháchara de la sala se apaga al instante.
Todo el mundo se coloca el móvil bocabajo sobre el regazo.
Al igual que apartan a un lado los aperitivos.
Esta es la competición que todos han estado esperando.
Suena el silbato y, en un abrir y cerrar de ojos, los nadadores ya se encuentran en el agua, a metros de distancia de la pared. La gente aúlla y silba a su nadador preferido desde ambos lados de las gradas, pero, como es obvio, yo fijo la mirada en Adrian y…
Ay, madre.
Por muy rápido que vayan los otros, él consigue alejarse del resto con unas brazadas muy potentes. Su cuerpo se mueve a través del agua con tanto poder que ni siquiera parece humano. Me inclino más hacia delante para poder apreciarlo mejor.
En la segunda vuelta, es obvio que el resto no tiene forma alguna de alcanzarlo. Adrian forma un arco simétrico y perfecto con los brazos. Tan solo saca la cabeza hacia la superficie para tomar pequeñas bocanadas de aire.
¿Habrá algo en lo que no sea perfecto?
Vuelve a sonar el silbato en cuanto Adrian toca la pared más lejana por segunda vez, lo que indica el final de la competición, y la multitud se vuelve loca. Todos gritan, aúllan y le felicitan. La emoción es tan contagiosa que incluso me sorprendo a mí misma aplaudiendo.
Adrian sale del agua y le muestra a todo el mundo su cuerpo esbelto y tonificado que le ha otorgado la victoria mientras se quita las gafas de nadar.
—¡Adrian! —grita Sophie—. ¡Ha sido increíble!
Se escuchan varios silbidos de acuerdo.
Adrian mira hacia nuestra grada con una sonrisa, pero no es Sophie quien le llama la atención.
Soy yo. Me está sonriendo a mí.
Odio la amplia sonrisa que me lanza. Odio la forma en la que se le sonrojan las mejillas por el esfuerzo. Odio sus ojos oscuros, brillantes por la victoria.
Porque con ese aspecto y esa sonrisa, a veces olvido que es un asesino.
El sol ya se está poniendo en el horizonte cuando salgo del complejo de natación y, a pesar de que he estado sentada todo el día, mi conversación con Liz y la ansiedad crónica que aparece siempre que estoy cerca de Adrian comienzan a pasarme factura.
Estoy exhausta. Y todavía tengo un montón de preguntas de examen y un ensayo de Historia por hacer antes del lunes.
Parece que alguien va a pasarse toda la noche en vela.
Hago un cálculo mental para calcular cuántas preguntas de examen puedo saltarme sin que eso afecte gravemente a mis notas antes de escuchar una voz familiar.
—¿Tienes prisa?
Me da un vuelco el estómago.
Ya decía yo que no iba a poder escaquearme tan fácilmente.
Gracias a sus increíbles largas piernas, tan solo tiene que dar un par de pasos antes de que termine de frente mirando al capitán del equipo de natación recién duchado y con ropa limpia.
Intento con todas mis fuerzas no pensar en cómo su camiseta de compresión de manga larga se le adhiere a cada músculo.
—No te has quedado para felicitarme —dice con un puchero.
—La verdad es que no me apetecía hacer cola toda la noche —le respondo, pensando en la cantidad de estudiantes que decidieron esperarlo fuera de los vestuarios—. Pero, si te apetece oírlo, enhorabuena. Eres…
—¿Un asesino en la piscina? —termina la frase por mí. Su tono me indica que no debería soltar ningún comentario sarcástico más.
Alzo las manos en señal de derrota.
—Me dijiste que trajera una pancarta.
—Ya. —Entorna la mirada, pero parece más impresionado que decepcionado. Una señal que me indica que puedo relajarme.
Un par de estudiantes pasa por nuestro lado y nos lanzan (bueno, más bien me lanzan) unas cuantas miradas de curiosidad conforme se alejan. Casi puedo oír las preguntas que se les forman en la mente.
Me enderezo.
—Debería ir yendo a…
—¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —me interrumpe con un tono divertido—. ¿Ni siquiera un «has estado increíble, Adrian» o un «nunca he visto a nadie nadar tan rápido, Adrian»?
¿Qué tal un: «¿Por qué intentó chantajearte Mickey?», «¿Qué llegó a descubrir sobre ti para que llegara a pensar que podía extorsionarte y conseguir una suma de dinero con la que tendría la vida resuelta?»?
Intento ocultar mi interacción con Liz en el fondo de mi cerebro. Me da miedo que Adrian pueda descubrir que tengo nueva información sobre él.
—Dudo que tengas que escuchar eso de mi parte. Estoy segura de que ya lo habrás escuchado una docena de veces de parte de una docena de personas hoy.
Él se encoge de hombros.
—Quizá.
No estoy segura de qué es lo que me hace decir lo siguiente.
—Lo has hecho genial hoy, Adrian, pero ¿sabes quién lo ha hecho fenomenal?
Le veo alzar una ceja.
—¿Quién?
No puedo evitar esbozar una sonrisa.
—Tu compañero de equipo, Cam. En serio, no podía apartar la mirada de él. Ha sido increíble. Parecía el mismísimo Michael Phelps.
Y también es el único miembro del equipo de natación cuyo nombre recuerdo.
Espero el momento en el que Adrian me llame mentirosa o que suelte también un comentario sarcástico, pero su sonrisa decae en un ceño fruncido de incredulidad.
—¿Cam? ¿Cam Buchan? ¿De verdad crees que Cam Buchan ha estado increíble? —Cruza un brazo sobre el otro y veo cómo su bíceps tensa la tela de la camiseta.
Tengo de nuevo esa sensación de estar caminando sobre la cuerda floja, pero decido arriesgarme de todas formas.
—Sí… —Intento soltar algo que suene creíble—. La forma en la que ha nadado en estilo mariposa… Fue increíble.
Él estrecha la mirada.
—Nadó en estilo libre.
—Bueno… Lo hizo tan rápido que ni me di cuenta.
—Su tiempo fue de 3:40. El mío ha sido de 2:20. ¿En qué cabeza cabe que su tiempo promedio y mediocre haya sido «increíble»? —Adrian se cierne sobre mí y soy consciente de cada centímetro de su alta estatura.
Aun así, me encojo de hombros.
—No sé… Desprende algo en el agua. Algo…
—¿Increíble? —Veo cómo aprieta la mandíbula y cómo aprieta los labios en una fina línea.
Está mosqueado. Cuando me doy cuenta de ello algo dentro de mí grita «¡Peligro! ¡Detente ahora mismo!», pero tan solo siento un leve estremecimiento. Porque parece que he encontrado su punto débil. Algo con lo que puedo meterme con él.
Adrian siempre se hace el modesto cuando termina el semestre sacando todo sobresalientes o cuando termina las competiciones con los mejores tiempos, pero sé que esa humildad es falsa. Todo un espectáculo para su público.
Empiezo a pensar que no puede soportar ser otra cosa que no sea ser siempre el mejor, incluso aunque la opinión provenga de alguien tan insignificante como yo.
Me giro, contenta de haber conseguido irritarlo al igual que él siempre hace conmigo y comienzo a dirigirme a mi dormitorio desordenado y a la noche en vela que me espera, pero no sin antes girarme y exclamar:
—Dale la enhorabuena a Cam de mi parte, ¿vale?
Adrian no me responde.
Según mi madre, en la vida hay que hacer sacrificios.
Un consejo que suele venir acompañado de una historia sobre lo mal que lo pasó siendo madre soltera y algún comentario del tipo: «Solo tenía diecinueve.
Podría haber ido a la universidad y haber conocido a un buen chico.
Podría haber sido actriz. Podría haber vivido en una casa grande en la costa si las cosas me hubieran ido diferente».
Con «cosas» normalmente se refiere a mí. El bebé llorón y necesitado que dio a luz en la cocina de alguna amiga, que la obligó a bajar el listón a salir solo con chicos con tatuajes en el cuello y que le jodió su brillante futuro.
Pero sigue siendo un consejo importante: hay que aprender a hacer sacrificios.
Este fin de semana he sacrificado dos noches en vela para ponerme al día con los deberes. Parece que no hay ninguna cantidad de café ni de corrector de supermercado que pueda ocultar ese hecho.
Y, esta mañana, estoy sacrificando mi nota de Historia.
Incluso después de pasarme dos noches en vela, no he tenido tiempo suficiente para escribir el ensayo que el profesor Ayala tiene intención de recoger esta mañana. Pero, si saco buena nota en los exámenes parciales, estoy segura de que mi nota podrá sobrevivir a ese suspenso.
—Bien, escuchadme todos. —El tono de barítono bajo del profesor Ayala resuena por toda el aula—.
Sacad los ensayos. Iré pasando mesa por mesa para recogerlos.
—Es uno de los pocos profesores en Lionswood que sigue pidiendo que hagamos los ensayos a papel, así que no puedo soltarle ninguna excusa sobre errores de red o mala conexión del wifi.
El aula se llena de los sonidos de las cremalleras de las mochilas abriéndose y del papel mientras mis compañeros sacan los ensayos. Yo jugueteo con el lápiz.
Ayala desciende lentamente de la tarima. La esencia de su colonia de bergamota se vuelve más intensa con cada paso que da hacia mí.
Siento la ansiedad en la garganta.