Limerencia 12 #2
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12 #2

—Todo cambió este verano —me explica—. Fue… un cambio repentino. Mickey cambió de actitud por completo. Ya no le gustaba Lionswood, sino que lo odiaba. Al igual que a todos sus estudiantes. Pensaba que solo eran niños ricos y mimados que no se merecían todo lo que tenían.

Yo también frunzo el ceño.

—Entiendo.

Jamás llegué a ver con mis propios ojos el cambio de actitud al que se refiere Liz. Mickey almorzaba junto a esos niños ricos y mimados todos los días, incluido el de su propia muerte.

—Supongo que se cansó de ser el chico de los recados de todo el mundo —continúa—.

Pero unas semanas antes de que muriera, las cosas se pusieron…

extrañas. Empezó a hablar sobre el futuro.

De que no teníamos que preocuparnos por el dinero porque él se iba a encargar de todo.

Que teníamos la vida resuelta. Fue muy raro.

—¿Te contó cómo iba a hacerlo?

—No. Le pregunté varias veces, pero él solo me sonreía y me decía que él se iba a encargar de todo.

—Frunce todo el rostro—. Pero, cuanto más intentaba acercarme a él…

—Traga saliva como si le doliera físicamente pronunciar las palabras—.

Sé que estaba nervioso por algo, pero nunca me dijo qué era.

Empezó a decirme que las cosas podían salir mal.

Insistió en que dejáramos de seguirnos en redes sociales.

No quería que le asociaran públicamente conmigo si la cosa se ponía peligrosa.

Me siento como si estuviera intentando resolver un puzle con tan solo la mitad de las piezas.

Puedo entender que Mickey estuviera nervioso por que Adrian fuera a hacerle daño o a matarle, ya que esas mismas declaraciones aparecen en su propio diario.

Pero lo que me falta es el porqué.

—¿Realmente creía que ibais a tener la vida resuelta? —le pregunto.

Ella asiente.

—Sí. Y no es que ninguno de los dos tuviéramos mucho dinero. Ambos somos de clase media, pero un día llegó y me soltó eso totalmente convencido de sí mismo. Fuera cual fuera la idea que tenía en mente, estaba seguro de que resultaría en él consiguiendo muchísimo dinero.

No sabría decir qué tipo de negocio podría hacer que un adolescente no tuviera que volver a preocuparse por el dinero nunca más.

Al menos, no se me ocurre ninguno que sea legal.

¿Acaso estaba trabajando para Adrian? ¿Acaso Adrian le prometió mucho dinero si hacía algo para él?

Adrian sin duda dispone de los medios para conseguirlo, pero no sabría decir qué tipo de trabajo peligroso podría necesitar que hiciera Mickey Mabel, de entre todos nuestros compañeros, y por qué decidió matarlo después.

Quizá se trataba de un trabajo que salió mal.

O de un chantaje.

Me doy cuenta de ello en cuanto lo pienso.

Chantaje.

Quizá Mickey había descubierto algo sobre Adrian. Algo muy gordo con lo que poder chantajearle para conseguir una gran suma de dinero de parte de la familia Ellis.

Y Adrian lo mató por ese mismo motivo.

—¿Estás bien? —me pregunta Liz—. Te acabas de poner muy pálida.

Asiento con torpeza.

—Sí. Estoy bien. Toda esta situación es… demasiado.

—Bueno, tú al menos te lo estás tomando mejor que la mayoría de la gente —me dice—. Se lo he contado a mis padres y a mis amigos, pero todos creen que el comportamiento extraño de Mickey solo es una muestra de que tendría alguna enfermedad mental que acabó en… ya sabes.

—¿Le has contado a la policía algo sobre esto?

Tampoco es que importe mucho.

—Lo he intentado —me responde—. No me interrogaron al principio, pero les llamé por mi cuenta hace unas semanas. Me dijeron que el caso estaba cerrado y que se había declarado que había sido un suicidio.

Pues claro que le dijeron eso.

Ella se frota la frente.

—No sé, quizá el resto tenga razón. Quizá solo esté buscando otra explicación porque no quiero llegar a creer lo que ocurrió de verdad.

Trago saliva. Desearía poder decirle que tiene razón, pero sé que si lo hago nos pondré a ambas en el foco de mira de Adrian.

—No parecía él —continúa—. Solo hablaba de dinero y sobre un diario…

Me quedo de piedra.

—¿Un diario? ¿Suyo?

—No, no lo creo —suspira—. Sí que conseguí que Mickey empezara a escribir su propio diario este año, pero creo que se trataba de otra cosa.

—¿El diario de otra persona?

—Quizá. No estoy segura. Lo mencionó muy por encima, pero, fuera lo que fuera, creo que tenía algo que ver con el dinero que él pensaba recibir.

Me da un vuelco el estómago. La posibilidad del chantaje parece cada vez más realista.

Me inclino hacia adelante con más apetito de nuevo.

—Pero ese diario… ¿Lo tenía él?

Ella sacude la cabeza.

—No, según tengo entendido.

—¿Y no sabes nada sobre él?

Algo le cruza por el rostro a Liz.

—No… pero parece que tú sí. O, al menos, pareces muy interesada en el tema.

Intento arreglar la situación antes de que Liz siga sospechando de mí.

—No. Tan solo me parece extraño, al igual que a ti. —Intento cambiar de tema a uno menos peligroso—. ¿Por qué has venido a la competición de hoy? Me has dicho que nunca habías conocido a ninguno de los amigos de Lionswood de Mickey.

Sus sospechas parecen desaparecer y, en cambio, la sombra del luto le vuelve a cubrir el rostro.

—Supongo que me lo he tomado como una especie de terapia de choque. Quería caminar por el campus y ver la competición para terminar de asimilar que se ha suicidado de verdad. —Suspira—. Pero lo único que he conseguido es ponerme triste.

Por fuera, extiendo la mano sobre la mesa hacia ella.

—Siento mucho tu pérdida.

Por dentro, mi cerebro no para de sopesar todas las posibilidades. La mayoría terminan en preguntas más que en respuestas.

¿Acaso Mickey estaba chantajeando a Adrian sobre alguna especie de diario o libro?

No sé qué hacer con esa información. Son más teorías que hechos y no estoy segura de haber descubierto nada más de lo que ya sabía antes de acceder a cenar con ella.

A no ser que descubra por qué Mickey estaba intentando chantajear a Adrian, esta información no me sirve de nada.