Limerencia 12
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El pasillo que se encuentra fuera de la piscina está vacío. Me preocupa haberles perdido la pista hasta que escucho unas voces distorsionadas que provienen del baño.

Me acercó hacia allí, esperando que sea ella.

—… quizá demasiado pronto —dice una voz femenina—… si es que esto ha sido una buena idea.

Me acerco más para tratar de no oír solo retazos de la conversación.

Después escucho un sollozo.

—Tan solo pensé…

—Lo sé. Pensaste…

¿Pensaste qué?

Me acerco más, casi tengo la oreja pegada a la madera, justo cuando la puerta del baño se abre y termino cara a cara con tres estudiantes de Cedarville que me miran con el ceño fruncido.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Me enderezo de inmediato, pero el daño ya está hecho.

Me rasco el cuello por detrás.

—Yo solo… —mi rostro comienza a ponerse de un color tan rojo como el marcador— venía al baño.

Todos fruncen más el ceño, y una chica asiática y alta que está a la derecha se cruza de brazos sobre el pecho.

—Eso es mentira. Estabas tratando de escuchar a escondidas nuestra conversación privada.

Echo un vistazo a la chica de en medio. Es ella.

Ella también está con el ceño fruncido, y sus ojos grandes y marrones, parecidos a los de Bambi, resplandecen por las lágrimas. Está demasiado triste para dirigirse igual de borde a mí como el resto de sus amigos.

—Syd tiene razón. Estábamos teniendo una conversación privada —dice el chico de la izquierda. Unas trenzas de caja le caen por la frente y tiene la espalda apoyada en la pared más cercana—. Vete a buscar otro baño. Estoy seguro de que esta escuela tan pija debe de tener millones.

Alzo las manos en señal de derrota.

—Vale, sí, estaba escuchando a escondidas. Sé que está mal, pero… —Me quedo a mitad de la explicación. No he pensado en qué podría decirle si la veía.

No he pensado en nada.

La chica de la derecha, Syd, se mueve como se estuviera a punto de sacarme del baño por su cuenta, así que suelto lo primero que se me pasa por la cabeza.

—Te vi. La noche del velatorio.

Syd se detiene y la chica del medio frunce el ceño en señal de confusión.

—¿Me viste?

Yo asiento.

—Sí. Brevemente. Hicimos contacto visual durante dos segundos antes de que te marcharas.

La chica abre mucho los ojos.

—Eras tú.

—Sí. —Miro hacia sus amigos—. De nuevo, siento mucho lo de antes, pero te he reconocido cuando has salido de la piscina y solo quería hablar contigo. —Trago saliva—. Sobre Mickey. Quizá a solas.

El nombre de Mickey parece ser una bomba, ya que los tres se tensan a la vez.

Syd es la primera en recomponerse y entornar la mirada en mi dirección.

—No sé quién demonios eres, pero me parece fatal que te presentes así como si nada para preguntarle a Liz si quiere hablar de la reciente muerte de su novio.

Me quedo congelada.

¿Novio?

El diario de Mickey había mencionado vagamente a una novia, pero nunca habría atado cabos.

Porque se supone que ya no debo jugar a los detectives.

Se supone que debo agachar la cabeza para poder tener un último año tranquilo y sin eventos.

—Tienes razón —le digo—. Lo siento. No debería haber hecho eso. Ha sido muy inapropiado. Mejor me voy y os dejo para que podáis seguir vuestra conversación privada. De nuevo… lo siento mucho.

Syd suelta un quejido.

—Sí, será mejor que hagas eso.

Me giro con el rabo entre las piernas, pero en cuanto toco el manillar de la puerta, alguien me llama.

—¡Espera!

Cuando vuelvo a girarme, Liz ha dado un paso al frente.

—¿Conocías a Mickey? —Junta las manos mientras me pregunta.

—Un poco. No diría que éramos amigos, pero sí le conocía. Ambos estudiábamos aquí con una beca —admito.

Liz suelta un suspiro y asiente.

—Podemos hablar.

Alzo las cejas, sorprendida.

—Liz —dice el chico—. ¿Estás segura? No tienes por qué hablar con ella.

Liz le ofrece una sonrisa tímida.

—Estoy segura.

Sus amigos me siguen mirando con cautela, pero Liz vuelve a avanzar hacia mí.

—Has dicho que mejor a solas. Conozco un buen restaurante para cenar cerca de aquí. ¿Te apetecen unas patatas fritas?

Escucho el marcador de fondo y me lo pienso un par de veces.

—Se supone que debería estar viendo la competición ahora mismo. No sé si debería salir del campus.

Liz asiente.

—Por experiencia te digo que estas competiciones suelen durar mucho. Estaremos de vuelta antes de que empiece la última ronda.

Tomo una inhalación profunda.

Esto es una mala idea.

Se supone que debería dejar de ahondar en la muerte de Mickey.

Pero puede que Liz sepa algo que pueda usar contra Adrian en caso de que la parte tranquila y sin eventos relevantes no termine sucediendo este año.

Y, a pesar de que Rick me ha enseñado muy pocas cosas en la vida, tengo una de sus lecciones grabadas a fuego en la mente: es mejor tener a mano una navaja que no necesitas que no que te terminen hiriendo porque no tienes una.

Así que sonrío.

—Lo de las patatas fritas suena genial.

Estas deben de ser las mejores patatas fritas que he probado en la vida.

Después de pasarme cuatro años comiendo patatas fritas de coliflor, de boniato, bajas en calorías y sin grasa, parece que he terminado con las papilas gustativas tan alteradas que hasta se me había olvidado cómo sabe una patata frita de verdad.

Pero estas, recubiertas de queso y con beicon, son la leche.

—Parece que las estás disfrutando —comenta Liz mientras inunda su gofre de arándanos con sirope.

—Están buenísimas.

—Me sorprende que no hayas estado aquí antes —me dice—. Está justo al final de la calle. Mickey y yo solíamos venir mucho aquí. —Las luces fluorescentes del bar Caboose’s le iluminan la expresión fantasmal.

El local se llama así por Caboose, un perro (según parece, por la foto de un sabueso de aspecto rechoncho que hay en la pared). Es un bar pequeño y chapado a la antigua con asientos de plástico rojo y una señal con letras en neón que dice: «¡Abierto las 24 horas!».

Me imagino que tendrán más clientes por la noche porque, justo ahora, por la tarde, el lugar está desierto. Incluso la camarera desaparece por la puerta trasera a fumarse un cigarro en cuanto nos sirve lo que le hemos pedido.

—Sí, es un lugar muy acogedor —le digo—. No tenía ni idea de que existía.

Eso es una verdad a medias. Las luces neón de Caboose’s se pueden ver desde el campus, pero comer fuera es todo un lujo para mí.

Un lujo que normalmente significa saltarme la hora del almuerzo durante toda la semana siguiente e intentar robar la mayor cantidad de pretzels y barritas de proteína de la cafetería sin llamar la atención.

Aun así, este lugar es encantador.

Merece totalmente toda la pena tirarme una semana entera alimentándome de barritas de proteína con sabor a tiza.

Cuando se instala un silencio incómodo entre nosotras, me aclaro la garganta para comenzar con las preguntas.

—¿Cuánto tiempo llevabais juntos?

—Un año más o menos —me responde—. Solía trabajar en una librería de segunda mano.

Mickey apareció un día para intentar empeñar sus antiguos libros de texto.

Le metí mi número de teléfono en uno de ellos.

Nunca había hecho algo parecido, pero me pareció un chico monísimo.

—Se sonroja como si hubiera ocurrido ayer—.

Mickey es, o, bueno, fue mi primer novio de verdad.

—La sonrisa en su rostro se desvanece—. Todavía no me acostumbro a hablar sobre él en pasado.

—No ha pasado suficiente tiempo —le digo.

Frunce el ceño.

—Me has dicho que no erais amigos, así que, ¿cómo de bien conocías a Mickey? No recuerdo que mencionara nunca a ninguna Poppy.

—Seguramente no —confieso—. Solamente quedábamos para planificar juntos las presentaciones de la beca. Se podría decir que nos movíamos en diferentes círculos sociales.

Más bien, Mickey pertenecía a un círculo social, yo no.

—Jamás lo habría adivinado —dice Liz—. No conozco a nadie en Lionswood.

—¿En serio?

Ella asiente.

—Solía pensar que era porque le avergonzaba salir con una chica de Cedarville, pero… —Veo cómo traga saliva y pasea la mirada hacia el mostrador del bar, que está vacío, y después de nuevo hacia mí.

—¿Qué ocurre?

—¿Por qué me has seguido antes?

Jugueteo con una de las pajitas de papel.

—No estaba segura del por qué cuando lo hice. Tan solo sabía que debías tener algún tipo de conexión con Mickey.

—Alguien a quien apenas conocías —me corrige—. Así que, ¿es de Mickey sobre quien quieres hablar o sobre su muerte?

Veo cómo endurece las facciones, pero esos ojos grandes y marrones transmiten un gran pozo de dolor. La herida todavía sigue demasiado abierta.

Una herida que estoy apretando ahora mismo.

La culpa se instala en mí de inmediato.

No estoy haciendo esto para buscar justicia, sino que me estoy entrometiendo en el luto de Liz porque quiero obtener algo que pueda usar contra Adrian.

—No tenemos por qué hablar sobre su muerte —le digo en voz baja—. Ha ocurrido hace poco. Sigues de luto. No quiero empeorarlo aún más.

Ojalá lo hubiera pensado mejor antes de sacar a Liz de la competición de natación.

Ella sacude la cabeza.

—No. No pasa nada. Quiero hablar de ello. Ya no puedo seguir hablándolo con mis amigos o mi familia, así que… creo que necesito esto. —Me mira directamente a los ojos—. Y sea cual sea la razón por la que me has seguido, parece que tú también lo necesitas.

No se lo niego.

Le da un sorbo a su café.

—Mickey tenía muchos amigos de los que solía hablarme.

Solo tenía buenas palabras para Lionswood y sus estudiantes.

Era encantador… hasta que dejó de serlo.

Empezó a cancelar nuestros planes para revisar ensayos de inglés o para recogerle prendas de la tintorería a alguien, así que empecé a preguntarme por qué los tan preciados amigos de Mickey le trataban más como un sirviente que como a un amigo.

Me parece poco adecuado tener que admitir delante de ella que Mickey era el lacayo que ella creía que era, así que simplemente asiento, incómoda.

—Era muy… apasionado cuando se trataba de sus amigos.

Pero ella sacude la cabeza.

—Yo no estoy tan segura.

—¿A qué te refieres?