Limerencia 11 #3
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Alzo la vista cuando me doy cuenta de que la otra parte de las gradas está repleta de alumnos del instituto público más cercano, el de Cedarville.

No he tenido mucha interacción con los alumnos de Cedarville desde que llegué a Lionswood, pero parecen…

Normales.

Del tipo de normal que lleva unos simple vaqueros y una camiseta.

La mayoría están ocupados boqueando al ver los chándales y la ropa deportiva de diseñador que llevan nuestros estudiantes, y a mí me entran ganas de alzar las manos al aire y gritar: «¡Mirad! Soy una de los vuestros. No soy como ellos».

Pero en lugar de hacer eso me siento en una de las últimas filas de las gradas.

La competición todavía no ha empezado, pero el equipo de Cedarville parece estar calentando en la piscina mientras que el de Lionswood está sentado en una sillas dentro del agua.

Es imposible no darme cuenta de dónde está Adrian.

Está sentado de espaldas a nuestras gradas con el pelo remetido en un gorro de natación. Se gira para decirle algo Cam, el chico pelirrojo del otro día, y los músculos bronceados de su espalda se contraen con ese movimiento.

—Dios, Adrian está guapísimo sin camiseta.

No estoy segura de qué chica es la que hace el comentario o de dónde provienen los suspiros de admiración, pero lo cierto es que no se equivocan.

—No deberías cosificar así a los miembros del equipo, Marcie —le espeta Sophie. Está sentada en la primera fila de las gradas, rodeada de sus amigas y vestida con un conjunto de deporte de color oliva—. Están aquí para competir, no para darte una alegría a la vista.

¿Por qué no me sorprende que la verdadera fan número uno de Adrian haya asistido a la competición?

Marcie, la chica de pelo negro que ha soltado el comentario, cierra la boca. Parece muy avergonzada de que Sophie le haya respondido.

Como si hubiera notado que es el centro de atención, Adrian se gira hacia las gradas y busca entre la multitud.

Sophie se alza de forma abrupta para saludarle y casi está a punto de tirar a Penelope al suelo, pero la mirada de Adrian la pasa de largo y se clava en…

Oh.

Me está mirando a mí.

Siento un revoloteo en el estómago justo aquí, delante de todo el mundo.

Adrian me mira a los ojos y veo cómo curva los labios en una sonrisa cuando ve la pancarta que tengo enrollada sobre el regazo. Me hace un gesto con la barbilla para que la desenrolle.

Durante un instante, siento la boca seca y la ansiedad hace acto de presencia.

Me sentía mucho más valiente mientras creaba este acto de rebelión en mi habitación, pero, ahora que estoy aquí, me pregunto si no me habré pasado de la raya. O si tan solo ha sido una idea estúpida.

Aun así, tomo una respiración profunda, me trago los nervios y alzo la pancarta por encima de la cabeza.

Su sonrisa desaparece al instante.

Porque no estoy sosteniendo una pancarta en la que pone «¡Nada hacia la victoria, Adrian!».

Sino que, en letras grandes, mi pancarta dice: «Adrian Ellis es un asesino…».

Algunas personas que están sentadas cerca de mí se quedan mirándola, confundidas, y algo oscuro me inunda los huesos al ver la expresión en el rostro de Adrian.

Noto cómo me late el corazón en el pecho, pero le lanzo un guiño, esbozo mi sonrisa más cursi y giro la pancarta para revelar la parte trasera: «¡En la piscina!».

La oscuridad desaparece de su expresión, pero veo cómo entorna la mirada.

Yo se la sostengo.

Has querido humillarme , quiero decirle. ¿Crees que no iba a intentar arrastrarte conmigo?

El sonido de un silbato interrumpe nuestro pequeño momento y los entrenadores reúnen a los equipos para separarlos. Un puñado de nadadores se colocan en sus marcas, la mayoría parecen menores.

Adrian no se encuentra entre ellos.

La competición comienza cuando suena la campana y los nadadores se lanzan al agua. Pierdo el interés cuando finaliza la primera vuelta, y parece que no soy la única.

Los estudiantes de Lionswood se dedican a hablar entre ellos o a mirar la pantalla del móvil, completamente distraídos de la competición.

Está claro que no han venido a ver a los alumnos de primer año.

Paseo la mirada hacia el otro lado.

Los estudiantes de Cedarville no parecen mucho más interesados que nosotros. Veo cómo se pasan unas botellas de té helado un tanto sospechosas de unos a otros. Los que reciben las botellas parecen demasiado emocionados como para estar recibiendo un simple té verde con azúcar.

Un grupo de tres alumnos de Cedarville se dirige a la salida y yo entrecierro los ojos, ya que la chica del medio me resulta demasiado familiar.

Espera. Es…

La última que la vi estaba demasiado oscuro y había mucha gente, pero cuanto más la miro, más estoy segura de que es ella.

Está llorando. Al igual que hace unas semanas cuando asistió al velatorio de Mickey y se marchó a mitad de la ceremonia.

Noto cómo me late el corazón.

Es de aquí. Es una alumna de Cedarville.

Y estoy segura de que conocía a Mickey.

Veo cómo desaparece por la salida seguida por sus amigos y, antes de haber decidido conscientemente si debo seguirla o no, ya me he puesto en pie.