Limerencia 11 #2
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Si quiere que me pinte «Soy la fan n.º 1 de Adrian» en la frente, lo haré. La pancarta, la humillación pública… Nada de eso me importa. En menos de un año conseguiré mi diploma y la comunicación con todas estas personas se reducirá a una mera consulta en Facebook.

—De acuerdo. Te haré una pancarta.

Siento el alivio cuando aleja el cuaderno del agua y me lo tiende.

Me extiendo para alcanzarlo, pero me tropiezo hacia delante y me resbalo con las baldosas de cerámica húmedas que hay justo al borde de la piscina. Hay un breve instante en el que me encuentro en el aire y agito los brazos para tratar de aferrarme a algo.

Y, tras ese instante, caigo al agua.

El agua helada repleta de cloro me entra por la nariz y noto cómo me quema. Comienzo a hundirme en el agua como una piedra, a pesar de que no paro de agitar las piernas y los brazos.

El pánico me azota el corazón.

Tienes que subir a la superficie.

Tienes que llegar a la pared.

Muevo todas las extremidades tratando de imitar a la gente que he visto alguna vez nadar, pero mi cuerpo no coopera con el agua como a mí me gustaría.

Tienes que subir a la superficie.

¡Tienes que conseguir aire!

Consigo sacar brevemente la cabeza a la superficie y abro la boca para intentar recopilar el mayor oxígeno posible, pero por esta solo me entra más agua con cloro.

Me ahogo y vuelvo a sumergirme mientras el pánico me atenaza.

Ay, Dios.

Voy a morir.

Me voy a ahogar.

Parece que paso una eternidad atrapada en ese horrible limbo. Noto como si los pulmones me gritaran, me pican los ojos y las extremidades se niegan a hacer nada que no sea hundirme más.

Voy a morir.

Alguien sacará mi cuerpo de la piscina como si solo fueran escombros y usarán una foto horrible en mi funeral.

Voy a morir antes de tener la oportunidad de hacer algo de provecho con mi vida.

Con la cantidad de patadas y brazadas que estoy dando, no siento los fuertes brazos que me rodean la cintura, al menos no al principio.

Después noto cómo me sacan del agua sin esfuerzo alguno y me depositan sobre las baldosas húmedas.

Mis pulmones no parecen querer decidir si quieren respirar aire puro o toser el agua de la piscina, así que hago ambas cosas y termino pareciéndome a un gato que intenta expulsar una bola de pelo.

Al menos no estoy muerta.

Me doy cuenta de ello y siento el alivio mientras estoy tumbada sobre el estómago, agradecida por la sensación de la cerámica fría contra mi uniforme empapado.

—Creo que nunca había conocido a ningún adulto funcional que no sepa nadar. —Necesito tres segundos para darme cuenta de que la persona que me ha hablado es Adrian, quien parece totalmente despreocupado por mi estado.

Reúno la fuerza necesaria para apartar el rostro del suelo y mirarle. Y quizá se deba a la pérdida de oxígeno, pero lo primero que se me cruza por la mente es que me gustaría dibujarle.

Es más delgado de lo que pensaba, a pesar de que tiene unos hombros anchos que terminan en unos pectorales bien esculpidos y unos músculos abdominales definidos.

Descansa las manos sobre las caderas, mostrándome unos bíceps fuertes y redondeados con los que me ha sacado del agua como si no pesara nada.

Sí, la verdad es que me gustaría mucho dibujarle.

Podría pasarme horas dibujando las venas que le bajan por los antebrazos o las sombras de sus abdominales. Podría…

—¿Te gusta lo que ves?

Cambia el apoyo de los pies y la luz de la sala ilumina unas pequeñas cicatrices que tiene en el tobillo izquierdo. Estas aparecen entrecruzadas, como si le hubieran cortado en el mismo lugar más de una vez. Parece que las cicatrices se han ido desdibujando con el tiempo.

Alzo la mirada de nuevo a su rostro.

—Nada en particular.

La sonrisa en su rostro me sugiere que no me cree.

Me levanto, tratando de recopilar la poca dignidad que me queda y le miro. Sigo temblando, aunque no sé si se trata de mis prendas empapadas o el susto que llevo encima por casi haber muerto ahogada.

Probablemente ambas.

Adrian me evalúa con la mirada.

—Ahora es cuando se supone que deberías darme las gracias por haberte salvado la vida.

—Has esperado al menos un minuto antes de saltar a por mí —le digo con los dientes castañeándome.

Él tan solo se encoge de hombros.

—He de admitir que sí he considerado la posibilidad de permitir que te ahogaras, pero… —sacude la cabeza— habría sido demasiado complicado para mí. Buscar una coartada, tener que volver a hablar con la policía… Tengo mejores planes para esta noche.

—Eres muy considerado, ¿lo sabías?

—Ya me lo habían dicho, sí.

Y la peor parte es que sí se lo habrán dicho.

Probablemente cientos de veces.

Estoy demasiado asustada, o quizá demasiado traumatizada, para que me importe algo más que el hecho de que estoy viva, así que me quito los zapatos repletos de agua, agarro mi cuaderno de dibujo completamente seco y me dirijo hacia la salida.

Detrás de mí, Adrian grita:

—¡Nos vemos el sábado!

He oído que las experiencias cercanas a la muerte hacen que la gente sea más propensa a afrontar riesgos (se supone que se dan cuenta de que la vida es muy corta y todo ese rollo), pero, en mi caso, ocurre todo lo contrario.

Me parece muy triste que el mundo nunca sepa qué le ocurrió de verdad a Mickey, pero no pienso entrometerme en el camino de un psicópata peligroso tan solo para que la policía termine descubriéndolo.

No me importa admitir mi cobardía.

Solo quiero que el resto de mi último año en Lionswood sea tranquilo, que no suceda ningún evento demasiado remarcable y que, dentro de diez años, decida donarle un riñón a un desconocido para volver a equilibrar la balanza del karma.

Sin embargo, parece que todavía tengo que sacrificar un último sábado antes de volver a la normalidad.

La mañana del sábado me meto en un par de vaqueros usados, me hago una coleta de caballo y agarro la pancarta gigantesca que hice anoche antes de dirigirme hacia la piscina.

La competición está a rebosar de gente.

La cháchara es casi contagiosa, a pesar de que de solo ver la piscina siento escalofríos por todo el cuerpo.

«No pienso volver a tocar el agua en mi vida».

La mitad del estudiantado de Lionswood está apretujado en las gradas y puedo ver a un puñado de profesores entre ellos. No veo a ningún padre en las gradas, teniendo en cuenta que la mayor parte de los estudiantes de Lionswood no reside aquí.

Lo que sí veo son muchas pancartas. Veo cinco «¡Nada hacia la victoria, Adrian!», tres «¡Dalo todo, Adrian!» y un «¡Me casaré contigo si ganas, Adrian!» que sostiene una alumna de primer año.

Al menos parece que yo no destaco entre la multitud.