11
Puedo contar con una sola mano y ningún dedo las veces que me he aventurado en la gran piscina que hay en Lionswood. Un récord que, por desgracia, estoy rompiendo ahora mismo.
Y no precisamente porque me apetezca.
Dios sabe bien que lo último que quiero hacer ahora mismo es entrometerme en la práctica del equipo de natación de Lionswood y tener que enfrentarme a Adrian Ellis de nuevo.
Después de lo de anoche, después de la forma en la que me miró a los ojos y confesó haber cometido un asesinato con la sangre bien fría, estaría más que dispuesta a pasar el último curso sin tener que volver a hablar con él nunca más.
Pero, por desgracia, se ha quedado con mi cuaderno de dibujo.
Y ese cuaderno tiene un valor sentimental muy especial para mí. Lo necesito si pretendo crear un portfolio físico para solicitar una beca para el Instituto Pratt.
Así que aquí me encuentro, caminando por las baldosas resbaladizas que conforman la piscina de interior de tamaño olímpico de Lionswood. Intento ir con cuidado, sobre todo para asegurarme de que no me resbalo y me caigo al agua de un planchazo.
Las instalaciones son enormes.
Los techos son muy altos y veo unos trampolines de al menos veinte metros de altura y las gradas vacías a cada lado de la piscina.
Estoy empezando a entender por qué muchos de mis compañeros deciden pasar las tardes de los sábados aquí viendo las competiciones.
Bueno, por eso y por la razón más obvia: por la persona que acaba de salir de los vestuarios, con una toalla colgada alrededor del cuello y flanqueado por sus compañeros de equipo.
Sin camiseta. Tampoco es que ese dato sea demasiado relevante.
—¡Vas a clavarlo en la competición de este finde, Adrian! —El halago viene de parte de Cam Buchan, un chico pelirrojo con pecas que se encuentra a la derecha de Adrian—. En serio, tienes un físico perfecto. Sin embargo, el mío… —Sacude la cabeza.
—Tan solo tienes que mantener los codos en alto, Cam. Siempre dejas que tu codo lidere demasiado a la mano. —Suena más como un consejo amable en lugar de una crítica al venir acompañado de la sonrisa carismática de Adrian.
Adrian le recuerda a todo el equipo que tienen otra práctica mañana a las cinco de la mañana. Un anuncio que no viene acompañado de gruñidos u ojos en blanco.
Me pregunto cómo debe sentirse saber que todo el mundo se toma tu palabra al pie de la letra.
Me aproximo a ellos mientras el equipo comienza a dispersarse para recoger sus cosas de las gradas. Cam es el primero en darse cuenta de mi presencia.
—¡Oye! Esto es una práctica privada —me dice—. No puedes estar aquí.
Siento el momento exacto en el que la mirada de Adrian recae sobre mí cuando un escalofrío me recorre toda la espalda.
—No pasa nada, Cam —dice Adrian—. Está conmigo.
No estoy segura de dónde aparece el nervioso revoloteo que comienzo a sentir en el estómago, pero intento ignorarlo con todas mis fuerzas, al igual que las miradas de curiosidad que empiezo a recibir. Que piensen lo que quieran. Yo solo he venido a por mi cuaderno.
El resto del equipo de natación tarda unos cuantos minutos en desaparecer por la puerta, mochilas en mano, y, tras unos instantes, solo quedamos Adrian y yo.
A solas.
De nuevo.
—Vaya, menuda sorpresa —me dice con una sonrisa que sugiere que no está para nada sorprendido. Sabía que tarde o temprano acudiría de nuevo a él para buscar mi cuaderno.
—Ah, ¿sí? —Mantengo la vista clavada en su rostro y no en las gotas de agua que le caen del pelo recién salido de la ducha sobre su torso esculpido—. Quiero que me devuelvas mi cuaderno.
Él frunce el ceño a modo de confusión, a pesar de que sé que se está riendo de mí.
—No sé de qué me estás hablando.
No le respondo, sino que me enderezo y me cruzo de brazos.
Él hace una mueca tratando de imitar un puchero.
—Creo que estás siendo un poco borde conmigo, Poppy. ¿No quieres hablar un poco antes? ¿No me vas a preguntar qué tal me ha ido el día? —Hace un chasquido con la lengua—. Si te soy sincero, esperaba más después de la forma en la que me abrí contigo anoche.
Se está mofando de mí, sé que lo está haciendo, pero no estoy de humor para tonterías.
—Vamos a ahorrarnos esto, ¿vale? Anoche tenías razón. Sé cuando alguien me ha ganado. Solo quiero que me devuelvas mi cuaderno y no tendrás que volver a preocuparte por mí nunca más.
Se me queda mirando como tratando de discernir si lo digo en serio o no.
Y es verdad.
Por mucho que me produzca curiosidad descubrir cuál fue el motivo real por el que Adrian mató a Mickey, nuestro encuentro de anoche ha demostrado que jugar a los detectives no va a llevarme a ninguna parte.
La familia Ellis es demasiado poderosa y posee demasiados recursos, y la verdad, la parte que me peor me hace sentir de todas es que no quiero morir por culpa de Mickey, sin importar lo inocente o culpable que este fuera.
Me doy cuenta de que eso me convierte en una cobarde y una mala persona y probablemente en toda una lista de sinónimos más, pero ya he sobrevivido muchas veces al hecho de que me odio a mí misma.
No estoy segura de poder decir lo mismo de Adrian.
—Bueno, lo sepas o no —dice Adrian—, creo que no estás en la posición de exigir nada, ¿no crees?
Suspiro. Como me esperaba, no iba a ponérmelo fácil.
—¿Qué quieres?
—Ven a la competición de natación el sábado.
Se trata de una petición muy sencilla, una que podría cumplir cualquier otra semana menos esta.
—No puedo. —Sacudo la cabeza—. La semana que viene empiezan las vacaciones de otoño, lo que significa que tengo que entregar un ensayo, tres exámenes tipo test y un PowerPoint antes del domingo.
El ensayo de Historia en particular va a ser todo un quebradero de cabeza.
—Y eso que pensaba que eras una niña prodigio que había decidido no esforzarse —se ríe de mí—. Parece que alguien está en apuros. —Y ahí está de nuevo esa expresión en su rostro. Esa que me hace querer contarle todos mis secretos.
Suspiro con fuerza.
—No estoy en apuros. Tan solo tengo muchas cosas que hacer. —Miro hacia las gradas—. Pero supongo que podría traerme algunos deberes y hacerlos durante la competición.
—No.
Alzo una ceja.
—¿No?
—No —repite—. ¿Para qué vas a venir a la competición si te vas a pasar todo el rato con la nariz metida en un libro de texto?
Suelto una risa ahogada.
—Vale, entonces estoy abierta a otro tipo de peticiones. Solo quiero que me devuelvas mi cuaderno para que podamos terminar de una vez con esto.
Para poder terminar contigo de una vez.
Él parpadea en mi dirección.
—Ya te he dicho lo que quiero. Ven a la competición. Sin distracciones.
Siento la furia como si me acabaran de abrir una lata de refresco en el interior.
Este idiota quiere hacer un trato conmigo con algo que es mío.
Me masajeo las sienes.
—¿Sabes qué? No tengo por qué hacer esto. Puedes quedarte el cuaderno otra semana más. Volveré a preguntarte cuál es tu «petición» después de las vacaciones de otoño, cuando no esté hasta el cuello de deberes.
Puedo sobrevivir a otra semana sin mi cuaderno.
Me giro sobre los talones y estoy a punto de llegar a la salida cuando oigo de nuevo su voz.
—¿Estás segura?
Estoy a punto de responderle «Sí, estoy segura» hasta que miro hacia atrás y noto cómo todos los músculos de mi cuerpo se ponen rígidos.
—¿Qué estás haciendo? —digo casi sin aliento con los ojos bien abiertos.
Está de pie justo al borde de la piscina, con mi cuaderno sobre la mano y el brazo extendido sobre esta.
—¡Adrian! —Noto el pánico por todo el cuerpo—. ¿Qué estás haciendo?
Me apresuro para acortar la distancia entre nosotros, pero, en cuanto estoy a un par de metros de él, Adrian extiende la otra mano para indicarme que me detenga.
—No creo que tu cuaderno vaya a sobrevivir a las vacaciones de otoño —me dice, sonriendo.
—Adrian —le ruego—. Por lo que más quieras, no lo sueltes. Lo necesito para crear un port… —El resto de la frase se queda en el aire cuando veo cómo recoge tres dedos y sujeta el cuaderno por el anillado en espiral solo con el dedo índice y pulgar.
Siento el corazón en el esófago.
Él continúa sonriéndome, sin importarle el hecho de que está a dos dedos de dinamitar mi futuro.
—Si lo soltara podrías salvar la mayor parte de los dibujos… en caso de que saltes justo detrás de él.
Me quedo mirando hacia la señal de cerámica que hay en la pared que me indica que esa parte de la piscina tiene dos metros y medio de profundidad.
Me habría arriesgado si hubiera sido de metro y medio, pero mi metro setenta no puede competir contra esa profundidad.
—Iré a la competición, ¿vale? No tienes por qué arruinar mi cuaderno. Iré.
Veo un brillo juguetón en sus ojos oscuros.
—Bueno, dicho así, parece que te esté obligando a asistir.
Tomo una respiración profunda.
Estoy calmada.
Estoy zen.
No estoy a punto de empujar a Adrian (y a mi futuro) a una piscina de dos metros y medio de profundidad.
—Lo siento —le digo. El sarcasmo se deja entrever en cada palabra—. Permíteme que me vuelva a expresar. Mi asistencia a la competición de natación del sábado será completamente voluntaria. No me he sentido coaccionada en ningún momento.
Su sonrisa se ensancha.
—¿Traerás una pancarta para mostrarme tu apoyo?
Me quedó observándole con incredulidad.
—¿Quieres que te haga una pancarta?
La sonrisa en su rostro me demuestra que está disfrutando de esta conversación.
—No creo que seas la única que traiga una, si eso es lo que más te preocupa. Normalmente suelo ver unas tres pancartas en las que pone «¡Nada hasta la victoria, Adrian!» en cada competición.
—Y eso que yo pensaba que eras el tipo de persona a la que le molestaba la atención en vez de disfrutarla.
Él se encoge de hombros.
—Eso es cierto, pero es que me gusta meterme contigo.
Miro de nuevo hacia mi cuaderno balanceándose todavía sobre el agua y noto la resignación en los huesos.