10 #3
Se inclina hacia mí hasta que casi me roza la nariz con la mía. Coloca las manos a ambos lados de mi cuerpo sobre el escritorio.
—¿Acaso crees que soy idiota? —murmura mientras entorna la mirada.
Se ha desprendido de la máscara amigable y ahora parece molesto.
—Parece que sí debes creerlo —continúa.
Pasa una mano por la mesa, la introduce en mi bolsillo y…
Oh.
Mierda.
Me pongo a temblar como la hoja de un árbol mientras saca el teléfono y puedo ver cómo la grabadora sigue su curso. El aparato parece muy pequeño entre sus grandes manos.
Podría romperlo en un abrir y cerrar de ojos.
Se queda mirando hacia mi teléfono.
—Cariño, tengo que serte muy sincero. No creo que se te dé bien esto del espionaje.
La palabra «cariño» no suena para nada como un cumplido en sus labios, sino más bien como una advertencia.
Siento un cosquilleo en los dedos que parecen estar pidiéndome que agarre la navaja, pero no hay forma alguna de que no se dé cuenta de ese movimiento, lo que significa que estoy bien jodida si no consigo arreglar la situación.
—Adrian. —Vuelvo a intentarlo. Con calma y sinceridad—. Fui sincera contigo la otra noche. Deja que lo sea ahora también.
Veo cómo sus labios se convierten en una fina línea, pero no parece objetar nada.
—No iba a enseñárselo a la policía —le digo—. Al menos, ese no era mi plan principal. Tan solo… —Trago saliva—. No es que las cosas quedaran muy bien entre nosotros el otro día.
No puedes culparme por esto , quiero decirle.
Pero sí puede matarme por ello.
Sopesa mis palabras durante unos segundos en los que el corazón me va a mil por hora. Su expresión no me transmite nada. Mi teléfono continúa grabando el silencio que hay entre nosotros.
Entonces, cuando vuelve a hablar, utiliza el mismo tono que usaría si estuviera hablando del tiempo.
—Me llamo Adrian Ellis y yo maté a Mickey Mabel.
Alzo muchísimo las cejas.
No parece dudar ni parece preocuparle la grabadora que sigue encendida entre sus manos.
—El martes quedé con Mickey en su habitación a las seis de la tarde, después del entrenamiento de natación.
Hablamos durante unos minutos y después abrí la ventana y le empujé para ver cómo su cerebro se aplastaba contra la acera.
Tras eso, volví a mi habitación, terminé de hacer los deberes y me fui a dormir como un bebé.
Me quedo mirándole con la boca abierta.
No hay remordimiento, vergüenza o arrepentimiento en su tono. Veo cómo esboza una sonrisa ladeada.
Parece regodearse de mi expresión de sorpresa.
—¿Te ha parecido una buena confesión? —Pulsa un botón en la aplicación para detener la grabadora—.
Ya está lista para que se la lleves a la policía.
—Me ofrece el teléfono de vuelta—. Estoy seguro de que volverán a abrir el caso cuando les digas que has conseguido engañar al asesino de Mickey para que confiese.
—Hace una pausa—. De hecho, estoy seguro de que al inspector al que se lo enseñes irá directamente al jefe de la policía, quien no tardará en llamar a mi padre.
Tras eso, esta grabación desaparecerá y mi padre volverá a donar una gran suma de dinero al departamento de policía de Cedarville.
Así que… —Vuelve a sostener el teléfono en mi dirección de nuevo—. Adelante. Es toda tuya.
No digo nada.
No extiendo la mano para recoger el teléfono.
Su arrogancia es más que palpable mientras agita el teléfono con la confesión de asesinato inservible en él delante de mis narices de nuevo.
—¿No? ¿Estás segura?
Intento tragarme el terror que siento y que no para de subirme por la garganta.
—Estoy segura.
Parece muy contento mientras borra la grabación de mi móvil.
—Muy buena elección.
No le miro, ni siquiera cuando vuelve a colocar el móvil en el escritorio y da un paso hacia atrás.
—¿Sabes, Poppy? —me dice—. Eres mucho más inteligente de lo que demuestran tus notas.
Me tiembla la voz. Me tiembla todo.
—¿Qué?
Él sigue sonriendo.
—Sabes perfectamente cuando alguien te ha ganado. Me parece una cualidad admirable. Muchas personas no la poseen.
Aprieto tanto el escritorio con las manos que se me ponen los nudillos blancos. Pero, cuando se gira en dirección a la puerta, yo vuelvo a dirigirme a él.
—Todavía no has respondido a mi pregunta.
Adrian se gira de nuevo hacia mí.
—Yo he satisfecho tu curiosidad —le digo—. Así que te toca a ti satisfacer la mía. Dime por qué lo hiciste.
Es una jugaba arriesgada, teniendo en cuenta lo que acaba de ocurrir hace tan solo unos momentos, pero…
Adrian alza una ceja.
—¿Debería preocuparme por alguna otra grabadora secreta que tengas escondida por ahí?
Sacudo la cabeza.
—No. Solo para mí. Necesito saberlo.
—¿Necesitas saberlo?
—Sí. —No estoy segura de dónde proviene el tono desesperado con el que se lo pido.
Adrian abre la puerta y me dirige una sonrisa que me hiela la sangre.
—Es bastante simple. Lo maté porque me desperté el martes por la mañana con ganas de hacerlo.
Cierra la puerta detrás de él y tardo exactamente diez segundos, uno por cada paso que resuena en la lejanía, en darme cuenta de que no le creo.
Y otros cinco segundos más en darme cuenta de que se ha llevado mi cuaderno de dibujo con él.