Limerencia 10 #2
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—Y un notable alto —me corrige—. Fue en segundo año. En un examen sobre Cumbres Borrascosas . En mi defensa diré que el profesor Smyth siempre consigue que me duerma en clase.

Casi me río (casi), hasta que me doy cuenta de que lo está volviendo a hacer. Está utilizando su sonrisa y su encanto para desarmarme.

Y está funcionando.

Ahora mismo no parece un asesino. Se encuentra justo al otro lado de mi habitación y está bromeando conmigo.

«Pero lo es», me repito a mí misma.

Así que no puedo bajar la guardia, sobre todo ahora, si quiero que termine confesando.

Una serpiente sigue siendo una serpiente, a pesar de lo hermosas que puedan ser sus escamas.

—Toma —le digo mientras agarro mi cuaderno de dibujo y prácticamente se lo lanzo a las manos—. Todos mis dibujos están ahí. —Sé que Adrian ha podido notar el cambio en mi actitud, pero no parece comentar nada mientras abre el cuaderno por la primera página.

La mayoría de mis bocetos llevan fecha y firma, un hábito que me pegó la señorita Hanson, así que Adrian podrá darse cuenta de que comencé el cuaderno en mi primer año en Lionswood.

No comenta absolutamente nada, algo que me pone más ansiosa conforme va pasando por los diferentes bocetos. Ni siquiera me está mirando a mí, pero me siento como si fuera yo la que está expuesta en ese cuaderno, totalmente abierta en canal para que él pueda ver de lo que estoy hecha.

Vulnerabilidad. Eso es lo que estoy sintiendo ahora mismo.

—Que conste que nunca dije que mis dibujos fueran buenos —murmuro cuando ya no puedo soportar más el silencio.

No levanta los ojos del cuaderno.

—Tienes razón. No son buenos.

Se me cae el alma a los pies.

Sé que debería archivar la opinión de Adrian en la lista de cosas que no me importan, pero el comentario me duele de todas formas.

—Bueno, has sido tú el que ha insistido tanto en querer ver mis dibujos. No es mi culpa que tuvieras las expectativas altas.

—No son buenos —repite y, finalmente, alza la mirada hacia mí mientras una sonrisa le aparece en el rostro—. Son increíbles.

Se me corta la respiración.

—¿Qué?

Le da la vuelta a otra página.

—Ya te lo he dicho. Tus dibujos son increíbles.

—Te estás quedando conmigo.

—La verdad es que no, y no soy ningún ignorante en el campo del arte. —Alza un boceto de las azaleas del jardín botánico de Mobile—. Como este, por ejemplo. Podría estar perfectamente en el Louvre. Encajaría muy bien en el octavo departamento.

Suelto un suspiro sin poder llegar a creérmelo.

—Vale, definitivamente te estás quedando conmigo. Es imposible que hayas estado en el Louvre.

—Pues claro que sí. —Se encoge de hombros—. A mi familia le gusta veranear en Europa. Mi madre suele llevarme allí una vez al año por lo menos.

No puedo discutir esa lógica.

Si he podido aprender algo en Lionswood, es que la palabra «veranear» es un verbo de lo más común una vez que alcanzas cierto nivel de riqueza.

Adrian sigue pasando páginas y se me vuelve a cortar la respiración cuando me doy cuenta de la cantidad de dibujos que ha visto ya.

—Espera, no hace falta que veas ese… —Intento alcanzar el cuaderno, pero él lo aparta de mí sin ningún esfuerzo—. Ese no es muy bueno que digamos.

—Este me interesa —me corta. Se queda mirando el boceto que terminé hace un par de días con los ojos bien abiertos—. ¿Se supone que son…?

—No, claro que no —le corto. Aunque él sigue fijo en el boceto.

—Son mis ojos —me dice—. No es mi rostro, pero estos sí son mis ojos.

—Señala hacia los ojos oscuros y sombreados que no parecen encajar con el resto del dibujo—.

Me has dibujado. —Su tono de voz deja entrever el ego que está demostrando ahora mismo, mientras yo intento buscar alguna excusa para defenderme.

Podría mostrarle la foto de referencia, pero eso solo confirmaría su hipótesis.

—Siento tener que ser yo la que te lo diga, pero no eres la única persona en el mundo con los ojos marrón oscuro —le digo con las mejillas muy sonrosadas.

Adrian da un paso hacia mí de forma inesperada y noto cómo me tamborilea el corazón como un tambor de guerra.

Se agacha hacia mí, con su rostro tan solo a unos centímetros del mío, mientras pone una sonrisa de suficiencia.

—Pero estos son mis ojos —me dice—. Los ojos nunca mienten. ¿Sabes que los iris humanos son más únicos que las huellas dactilares? ¿Ves todos estos patrones y sombras que has dibujado a la perfección? Son los míos.

Se me corta la respiración cuando alza una mano hacia mi rostro, pero es solo para poder pasarme el pulgar por la piel de debajo del ojo. Su roce es suave. Amable.

—Como tus ojos —continúa, con un tono dulce—. Marrón claro moteado con unos tonos más oscuros. —Hace una pausa antes de bajar más el pulgar—. Y tus pecas. Casi únicas. Son como constelaciones.

Abro la boca sin saber qué decir por la forma en la que me está mirando y tocando. No tengo ni idea de qué debo hacer ahora. Su pulgar contra mi piel es un roce tierno, no parece el de un asesino.

Pero lo es.

Me aparto lo más rápido posible y mi espalda baja se topa con el escritorio. Cuando su pulgar deja de tocarme el rostro siento que puedo volver a respirar.

—Querías ver mis dibujos —le digo, aclarándome la garganta—. Pues ya está. Ya hemos terminado. Ya los has visto. Es hora de que cumplas con tu parte del trato. Me dijiste que me contarías la verdad. Qué le ocurrió realmente a Mickey.

Siento como si mi teléfono me estuviera haciendo un agujero en el bolsillo.

Algo parecido a la confusión le cruza el rostro.

Mantengo las manos detrás de la espalda para tratar de esconder el hecho de que me están temblando.

—Quiero saber por qué lo hiciste. Por qué mataste a Mickey. —Me aseguro de ser lo más específica posible porque no creo que vuelva a tener una segunda oportunidad.

La tensión se puede rasgar con un cuchillo. Es una sensación muy diferente a lo que sea que haya ocurrido hace tan solo unos momentos.

—Eres muy persistente, ¿lo sabías?

—Quiero saber por qué mataste a Mickey Mabel.

Él ladea la cabeza.

—¿En serio quieres saberlo?

—Sí, tú…

No termino de pronunciar la frase porque Adrian se mueve rápidamente y me atrapa entre su cuerpo y el escritorio, eliminando el poco espacio que nos separaba.

—¿Adrian? —suelto, insegura. Aterrorizada.

Ay, Dios.