Limerencia 10
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Estoy lavándome las manos en el baño de chicas cuando veo una sombra pelirroja a través del espejo.

Me pongo tensa.

—Perdona, ¿necesitas usar el lavabo?

A menos de un metro y medio de distancia se encuentra Sophie Adams sobre sus tacones, con los brazos cruzados y el pelo rojo enmarcándole el rostro en forma de corazón. Me muerdo la lengua para no preguntarle qué productos usa para tener unas ondas tan voluminosas.

—Me gusta tu mochila —me dice—. Es de Burberry, ¿no?

Asiento sin saber muy bien hacia dónde puede ir la conversación.

—Es muy mona. —Por su rostro cruza el fantasma de una sonrisa de suficiencia—. Algunos creen que es muy cutre llevar cosas de la temporada pasada, pero… —La suficiencia se intensifica—. Me alegro por ti. Alguien tendrá que usar las sobras que ya nadie que ponerse, ¿no?

Se me encienden las mejillas.

No me importa lo que piense Sophie Adams.

Su opinión no importa.

Me repito ese mantra al menos tres veces hasta que me siento lo suficientemente segura para girarme y enfrentarme a ella.

—No sabría decirte. La mochila fue un regalo.

Se le desvanece la sonrisa, aunque solo sea un instante, y casi puedo oír los engranajes de su cerebro dando vueltas y tratando de descubrir quién podría haberme regalado una mochila de diseño.

—¿Sabes? —me dice con un tono demasiado agudo como para que suene educado—. Me suenas mucho, pero creo que nunca nos habíamos visto.

—Sí que nos hemos visto —le digo.

Puede que ella tenga memoria a corto plazo, pero yo no. Conocí a Sophie el primer día de nuestro primer año y su interés por mí desapareció cuando se dio cuenta de que era una alumna con beca y de que las zapatillas que llevaba puestas eran de un centro comercial cualquiera.

Lo primero parecía ser un crimen perdonable para ella, pero lo segundo no.

Sophie frunce el ceño.

—¿En serio? Qué raro. Suelo ser muy buena con los nombres. Incluso con los menos memorables.

Aprieto la mandíbula. He escuchado bastantes comentarios con segundas de Sophie en esta vida, pero esta es la primera vez que van dirigidos hacia mí.

Creo que estoy empezando a apreciar la paciencia de Penelope y Ava.

Un silencio incómodo se extiende entre nosotras y, finalmente, termino rindiéndome.

—Me llamo Poppy.

Ella me mira expectante.

—¿Poppy…?

—Davis.

Parece animarse de inmediato.

—¡Anda, Davis! ¿Como el gobernador Davis? ¿O los Davis que llevan la industria del aceite?

—Ninguno de los dos.

—Ah, como el senador Davis, entonces.

Mi sonrisa es tan tensa que hasta me duele.

—Davis a secas.

Se le apaga el rostro al darse cuenta.

—¡Ah, claro! Pobrecita. Estudias aquí gracias a una beca, ¿no? ¿Al igual que Mickey? —La expresión de pena en su rostro es casi tan convincente como ella cree que es.

Sé distinguir la satisfacción cuando la veo.

—No sé si lo sabes —continúa—, pero a mi madre le encanta hacer donaciones a la caridad.

Podría preguntarle si no le importaría prescindir de algunos alimentos enlatados.

La verdad es que algunos llevan cogiendo polvo en la despensa mucho tiempo y quizá a tu familia le vengan muy bien durante el invierno…

—No necesito tu caridad —le espeto.

Me sale más borde de lo que pretendía y los ojos de Sophie brillan con victoria.

Ha conseguido tocarme la fibra sensible.

Se pasa un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.

—Bueno, en caso de que sí necesites acudir a la caridad, te recomiendo que no acudas a Adrian. Ya es bastante generoso de por sí y nunca ha sabido decirle que no a la clase trabajadora. —Me lanza una última sonrisa condescendiente antes de marcharse del baño haciendo ruido con los tacones.

Me quedo de pie junto al lavabo casi hirviendo de ira, más bien dirigida hacia mí que hacia ella.

Un golpe bajo a mi situación financiera, eso ha sido todo.

Debería de haberlo visto venir después de estos cuatro años.

En cualquier otro lugar o instituto esto no importaría tanto. Nadie pestañearía al ver mi mochila o saber mi apellido.

Este tipo de cosas solo importan aquí, donde los nombres van siempre acompañados de qué lugar ocupas en la pirámide social.

Supongo que Sophie ahora ya sabe cómo me llamo.

Por desgracia, los comentarios condescendientes de Sophie son la última de mis preocupaciones.

Esta noche tengo planes con un asesino.

Me replanteo brevemente esconderme en la biblioteca o en el laboratorio durante toda la noche, pero tengo el presentimiento de que dejar plantado a Adrian no es una buena idea.

Así que, cuando terminan las clases, vuelvo a mi dormitorio y resisto el impulso de limpiar mi escritorio como haría normalmente para recibir a cualquier otro invitado.

Pero Adrian no es ningún invitado.

En cambio, lo que hago es sacar la navaja barata que me regaló Rick hace cuatro años cuando se enteró de que me habían aceptado en Lionswood.

«Tu madre no para de comerme la cabeza para que me asegure de que estás preparada para ir a esa escuela o algo así», me dijo mientras me ponía la navaja en las manos.

En ese momento me pareció un regalo ridículo (y totalmente en contra del código de conducta de la escuela), pero decidí meterlo en la maleta de todas formas.

Ahora, mientras paso el dedo por el mango de aluminio, termino experimentando una oleada inesperada de gratitud hacia Nick.

El filo es fino y pequeño, seguramente sea más adecuado para cortar fruta que la piel de una persona, pero tampoco es que pretenda usarla contra nadie.

A menos que lo necesite de verdad.

Sin embargo, hay otro componente crucial en los planes de esta noche que sí estoy dispuesta a usar. Un añadido de último momento que, si las cosas van bien, podría llegar a cambiarlo todo.

Alguien toca a la puerta de repente y me hace salir rápidamente de mis pensamientos mientras me meto de nuevo la navaja en el bolsillo.

Tras eso, meto la mano en el otro bolsillo, donde se encuentra mi móvil, y presiono en silencio el botón de iniciar grabación de la aplicación que me acabo de instalar hace menos de media hora.

«No hay mejor prueba que la confesión en audio de un asesino».

Respiro un par de veces para tratar de calmarme los nervios que hacen que me dé vueltas el estómago antes de abrir la puerta.

Parece que no hago un muy buen trabajo porque las primeras palabras que salen por su boca cuando me ve son:

—Pareces aterrorizada. ¿Acaso doy tanto miedo?

«Sí».

Adrian se apoya contra el marco de la puerta y parece a punto de empezar una sesión de fotos para Vogue.

Sigue llevando el uniforme de la escuela al igual que yo, pero él se ha quitado la americana, se ha desabotonado los primeros botones de la camisa blanca y se ha subido las mangas que revelan unos brazos bronceados.

—No hace falta que hagamos esto aquí —le sugiero—. Puedo llevarme el cuaderno a la biblioteca o…

El resto de la frase muere en mis labios mientras él me pasa de largo y entra en mi habitación sin que lo invite antes. Cierro la puerta de mala gana.

Vale, lo mismo debería de haber recogido un poco.

Hace una pausa al lado de la cama de matrimonio y aparta mi peluche en forma de león del edredón arrugado.

—Qué peluche tan mono —dice para meterse conmigo.

Siento cómo me suben los colores por el cuello.

—Lo tengo desde que era pequeña.

Adrian le acaricia la melena al león, un tanto áspera por el paso del tiempo.

—Parece que asistir a Lionswood era tu sueño.

Me cruzo de brazos sobre el pecho.

—Se podría decir que sí.

—Un sueño un tanto ambicioso para una chica de un pequeño pueblo de Alabama, ¿no?

Entorno la mirada.

—No estoy segura de si podríamos decir que Mobile cuenta como un pequeño pueblo.

Él se encoge de hombros antes de mirarme a los ojos.

—¿Sabes lo que me parece más interesante sobre ti, Poppy?

Comienzan a sonarme miles de alarmas en la cabeza, pero intento reunir toda la confianza posible.

—¿El qué?

Adrian aparta el león a un lado y me proporciona toda su atención.

—De los miles de estudiantes que hicieron el examen para intentar entrar al programa de becas de Lionswood o cualquier otra escuela privada, tú sacaste la nota más altas de todos.

Siento como si me colocaran una piedra en el estómago.

No puede saber eso. No hay forma alguna de que lo sepa.

Me aclaro la garganta.

—En realidad saqué la segunda mejor nota.

Me lanza una sonrisa completamente libre de remordimiento.

—Parece que eso hace poco que ha cambiado.

No me digno a responderle.

—De todas formas —continúa—, estamos hablando de miles de estudiantes. Y tú les ganaste a todos. En todas las asignaturas.

Mi ansiedad no para de crecer, pero me mantengo firme.

—No me queda claro si pretendes hacerme una pregunta o solo felicitarme.

—Tan solo me parece extraño —me dice—. Teniendo en cuenta las notas que sacaste, deberías de ser una prodigio. Todo un portento. Y, sin embargo, tus notas han bajado muchísimo desde que estás en Lionswood. Tu media apenas roza el aprobado.

Me mira a los ojos y, durante un segundo, me preocupa el hecho de que si abro la boca pueda terminar confesándole todos mis secretos.

Es muy preocupante.

Pero me recuerdo a mí misma que él no sabe nada, no puede saberlo, y sonrío como si no estuviera a una sola pregunta de implosionar del estrés.

—Bueno, ya sabes lo que dicen. Con un simple aprobado consigues pasar de curso.

Y los aprobados también me han puesto entre la espada y la pared, ya que he estado a punto de perder la beca.

Se me queda mirando durante un segundo demasiado largo como para me llegue a creer que he logrado convencerle, pero ya estoy harta del interrogatorio académico.

—Creía que habías venido aquí a ver mis dibujos. —Alzo la barbilla hacia el cuaderno de dibujo que reposa sobre el escritorio.

Él alza las manos en señal de derrota.

—No puedes culparme por querer satisfacer otros aspectos de mi curiosidad. Se supone que eso es lo que vamos a hacer esta noche, ¿no?

—Yo también tengo preguntas que hacerte —le respondo.

—Adelante —me dice—. Puedes echarle un vistazo a mis notas si quieres.

—No creo que haya nada interesante que ver en un expediente repleto de sobresalientes.