9 #2
—¿Te marcharías si te digo que sí? —le respondo más borde de lo que pretendía. No puedo evitarlo. No me gusta que me pongan entre la espada y la pared.
Su sonrisa no hace más que ensancharse mientras empuja la silla hacia atrás emitiendo un chirrido y se me pone la piel de punta por dos motivos: no solo porque un asesino quiera almorzar conmigo, sino porque todos los pares de ojos presentes en la cafetería están puestos sobre nosotros.
—¿Con quién se ha sentado Adrian?
—Espera. ¿Es nueva? No sé si la había visto antes…
—Quizá solo esté intentando poner celosa a Sophie.
Esto es justo lo contrario a ser invisible. Ahora mismo soy demasiado visible.
Los susurros comienzan a alzarse por todas partes, pero puedo escuchar una voz aguda por encima del resto.
—Adrian —le llama Sophie—. Te hemos hecho hueco. Ven a sentarte con nosotras. —Le está sonriendo, pero puedo ver que es una sonrisa tensa.
Adrian mira a Sophie con pereza.
—Quizá la próxima vez. Estoy bien aquí.
Toda la cafetería parece colapsar, pero Adrian simplemente le da un mordisco a su manzana (el único almuerzo del que dispone) sin que parezcan importarle las miradas curiosas.
Intento decirme a mí misma que toda la atención que estoy recibiendo es buena señal, una especie de cinta de protección. No va a poder matarme si hay doscientos testigos en la sala, ¿no?
Por eso no tengo ningún problema en acercarme a él y sisear:
—¿Qué demonios quieres?
Su sonrisa se vuelve burlona.
—La otra noche me hiciste pensar. Quizá necesito ser más sincero en mi día a día.
Me enderezo.
—¿Estás seguro de que conoces la definición de esa palabra?
No sé qué es lo que me pasa.
Normalmente suelo controlar bastante bien lo que suelto por la boca, pero Adrian tiene algo que me hace querer disparar las palabras como si fueran cañones, algo que sé que es muy peligroso enfrente de un asesino.
Adrian tan solo sigue sonriendo.
—Aprendo rápido.
Extiende una mano, yo me tenso y aprieto el agarre sobre el tenedor de metal que venía con la comida, pero no se lanza a por mí, sino que se estira a por una servilleta.
—Parece que estás bastante tensa. —Arquea una ceja en mi dirección sin ningún esfuerzo, al igual que el resto de sus movimientos.
Siento la urgencia de lanzarle un tomate uva marinado a la cara tan solo para demostrarme a mí misma que su camisa se ensucia al igual que la del resto—.
No voy a hacerte daño. Ya te lo dije en la fiesta.
—La verdad es que no dijiste eso. Dijiste que no ibas a matarme de momento.
Le da otro mordisco a la manzana y se encoge de hombros.
—Exacto. Así que no me des más razones para que cambie de opinión.
Qué tranquilizador, quiero decirle, pero no lo hago. No tengo forma de calcular cuántos comentarios sarcásticos más va a poder aguantar hasta que decida cambiar de opinión de verdad. Es impredecible. Un cartucho de dinamita a punto de explotar en cualquier momento.
—¿Sigues dibujando?
—¿Cómo? —Hace esa pregunta de forma tan repentina e inesperada que el tenedor de metal que estaba sosteniendo entre las manos como un arma se me escurre de entre los dedos.
—Ganaste el segundo puesto en un concurso de arte en sexto de primaria —me explica para después acercarse más a mí como si me estuviera contando un secreto—. Que esto quede entre tú yo, pero para mí el tuyo era el mejor. Deberías de haber ganado.
Se me seca la garganta.
—¿Cómo sabes eso?
No he pensado en ese concurso de arte ni en la composición natural de grafito que me hizo ganar el lazo azul que le daban al segundo puesto desde… bueno, sexto de primaria.
—Ya te lo dije el viernes. Ahora mismo eres lo más interesante del campus —me responde como si nada—. Así que he estado investigando. Quería saber más cosas sobre ti.
—Querías saber si supongo o no una amenaza para ti —le corrijo.
Qué divertido. Parece que nos hemos pasado el fin de semana haciendo exactamente lo mismo.
Puedo ver sus dientes blancos cuando sonríe.
—Pensaba que eso se sobreentendía.
No hace falta que me cuente qué conclusiones ha sacado de su investigación, que parece haber sido bastante exhaustiva, ya que ambos sabemos que no supongo ningún tipo de amenaza.
No tengo dinero, ni conexiones, ni recursos a mi disposición.
Dios mío, ni siquiera tengo amigos en los que confiar.
Si sabe lo de ese concurso de arte aleatorio que tuvo lugar hacer tanto años, ¿qué más habrá podido descubrir?
¿Acaso sabrá lo de…?
No.
Se me hiela la sangre.
No, es imposible.
Aun así, intento leerle la expresión para tratar de averiguar algo que me indique lo contrario.
—No has respondido a mi pregunta. ¿Sigues dibujando? No hay ninguna clase de arte en tu horario este año.
No estoy seguro de por qué parece que le esté a punto de revelar un secreto oscuro y profundo cuando asiento con la cabeza.
—Sí sigo dibujando. Tan solo es que no he podido añadir ninguna en el horario de este año.
—Bien. Quiero ver tus dibujos.
Se me escapa una risa incrédula.
—¿Qué?
De todas las cosas que me esperaba que salieran por su boca, esa petición precisamente no era una de ellas.
Él tan solo parpadea en mi dirección.
—Quiero ver tus dibujos.
—¿Por qué? —le pregunto, aunque más bien me gustaría decir: Hace un par de noches pensaba que ibas a matarme y ahora me pides que te enseñe mis dibujos. Como si fuéramos amigos. Como si estuviera dispuesta a volver a meterme en una habitación a solas contigo por voluntad propia.
—Porque me da curiosidad —me responde—. Tú has husmeado en mis objetos personales. ¿Acaso no voy a poder hacer yo lo mismo? —dice como si nada, aunque utiliza un tono que hace que me piense un par de veces si negarme o no.
—No los tengo aquí —le digo simplemente—. Y… no suelo enseñárselos a nadie.
Esa última parte no es ninguna excusa. No recuerdo cuándo fue la última vez que saqué mi cuaderno de dibujo y dejé que alguien, aparte de la señorita Hanson, fuera pasando las páginas, y no tengo ningún interés de que esa primera persona sea justo Adrian Ellis.
—Bueno, eso no es del todo cierto, ¿no? Le enseñaste tu dibujo a todo el condado en sexto de primaria. Incluso dejaste que lo juzgaran.
—Eso fue hace mucho tiempo —casi tartamudeo—. Ya no. No se los he enseñado nunca a nadie.
—¿Por qué? ¿Acaso dibujas pornografía? ¿Te gusta experimentar con figuras desnudas?
Se me pone el rostro colorado.
—¿Qué? No. No me gusta enseñar mis dibujos y punto.
—Podría ser un buen modelo. Puedo sentarme completamente recto. —Le da otro mordisco a la manzana y me guiña el ojo—. Y tampoco soy tímido. Podrías vestirme o desvestirme como te plazca. Lo que sea que tu visión artística te indique.
Abro la boca y me quedo muda.
¿Acaso está intentando… ligar conmigo?
Si el contexto fuera diferente y se tratara de cualquier otro chico, podría llegar a asumir eso.
Pero me está mirando de la misma forma en la que lo hizo el viernes por la noche: con curiosidad. Y no creo que esa curiosidad tenga nada que ver con sexo.
Creo que lo que le produce curiosidad soy yo.
Me está provocando para ver cómo reacciono, para comprobar si me sonrojo y me pongo completamente roja o si termino enfadándome.
Al darme cuenta de eso, me enderezo en la silla y el calor de las mejillas se me apaga.
—Puedes hacerme perder el tiempo durante la hora del almuerzo, pero no pienso enseñarte mis dibujos. Tendrás que vivir con esa curiosidad para siempre —le respondo con un tono mucho más estable de lo que me esperaba.
Él suspira como si le hubiera decepcionado.
—Y eso que esperaba que pudiéramos ser amigos.
Yo suelto una risa ahogada.
—Tú no quieres ser mi amigo.
Él entorna la mirada y baja la voz.
—Ahora mismo no sé qué es lo que quiero hacer contigo, Poppy. Sabes algo que se supone que no deberías saber.
Trago saliva.
—No voy a decírselo a…
—Y yo que pensaba que estábamos empezando a ser sinceros el uno con el otro —me corta y sus palabras parecen peligrosas—. Me decepcionaría mucho que empezaras a mentirme justo ahora.
Cierro la boca por completo y me coloco las manos sobre el regazo.
No puede hacerme nada aquí. Estamos en público.
Pero no es que esté a salvo porque nos encontremos en una sala repleta de gente o de miradas indiscretas. Tan solo Dios sabe que si Adrian se acercara a mí y me rompiera el cuello ahora mismo, la mitad del alumnado probablemente diría que me resbalé y me caí sin querer.
Y la única razón por la que todavía no lo ha hecho es porque siente curiosidad.
Suelto un largo suspiro.
—Está bien, dejaré que satisfagas tu curiosidad y veas mis dibujos. —La curva de sus labios comienza a alzarse—. Pero primero tendrás que satisfacer tú primero la mía. Quiero saber por qué lo hiciste.
Podría ser producto de mi imaginación, pero juraría que he visto cómo la sorpresa le cruzaba el rostro. Ha sido una expresión tan rápida que casi no me doy cuenta.
Le miro con el rostro en alto e intento hacer todo lo que puedo para no titubear bajo el peso sofocante de esos ojos vacíos.
—¿Y qué pasaría si te digo que no hay ninguna razón? ¿Que no hay ningún porqué?
—Que no te creería.
—¿Por qué no?
—Porque no eres la clase de persona que hace algo sin un motivo.
—Tienes razón. No lo soy.
—Entonces ¿por qué? ¿Por qué Mickey?
Él se apoya en la silla y le desaparece la sonrisa del rostro.
—No quiero hablar sobre Mickey. Mickey no me parece interesante. Pero tú sí.
—Bueno, no tienes por qué responderme —le digo—. Al igual que yo no tengo por qué enseñarte mis dibujos.
No logro discernir la mirada que me echa cuando suena el timbre y todos los estudiantes comienzan a tirar las sobras del almuerzo y a salir de la cafetería.
Él se levanta.
—Esta noche. Tú satisfarás mi curiosidad al igual que yo haré con la tuya.
La luz azul y verde de las vidrieras de las ventanas de la cafetería se refleja en su rostro y, por un instante, me quedo impactada de lo hermoso que es. Pero eso ocurre tan solo durante un instante, un instante espantoso y atroz.
Tras eso, se dirige en dirección contraria antes de que pueda procesar las repercusiones de a lo que acabo de acceder: más tiempo a solas con Adrian Ellis.