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No pego ojo en toda la noche del viernes.
Ni del sábado.
Sé que Adrian no va a entrar en mi habitación con una máscara de esquí para asesinarme en medio de la noche, pero las sombras que se forman en mi habitación a las tres de la mañana parecen querer hacerme creer lo contrario.
El domingo consigo echarme una siesta bastante irregular después de crear un barricada en la puerta con mi escritorio, lo que me proporciona la energía suficiente para hacer una lluvia de ideas.
Necesito un plan; da igual las pocas opciones de las que disponga.
Opción uno: podría ir a la policía y acusar a Adrian del asesinato de Mickey. El problema es que no tengo el diario y, ahora que Adrian sabe que lo he leído, seguramente se haya deshecho de él para eliminar todas las pruebas posibles que lo incriminen.
E incluso aunque me dirija al departamento de policía de Cedarville mañana con el diario en mano, esos polis de pacotilla no podrán hacer nada contra la familia Ellis. Una de las inspectoras ya ha perdido su trabajo.
Si quiero delatar a Adrian voy a necesitar hacer uso de la artillería pesada. El FBI, la CIA, el Departamento de Seguridad Nacional, alguien que no se le caiga la boca al suelo ante la mera mención de ese apellido.
Pero, claro, ¿cómo voy a conseguir que alguna de esas organizaciones esté dispuesta a investigar un caso de suicidio ya cerrado con la única palabra de una chica de dieciocho años?
Tengo que darle una vuelta a eso.
La opción dos es mucho menos efectiva, pero me concierne a mí personalmente: irme de Lionswood. Hacer las maletas y terminar el último año en un instituto local de Mobile. Rendirme y decirle adiós a mi sueño de entrar en Pratt. Quizá decirle adiós por completo a dedicarme a estudiar arte.
Me autosabotearía estos últimos cuatro años de esfuerzo, pero…
Podría vivir.
Podría tener un futuro.
Que es más de lo que podré llegar a tener si me quedo aquí, donde me convertiría en una diana a la que Adrian podría disparar en el momento que le plazca.
Te acabas de convertir en la persona más interesante de todo el campus, Poppy Davis. Sus palabras me siguen atormentando a pesar de que nuestro encuentro tuvo lugar hace unos días. Si mi capacidad para respirar depende de lo interesante que soy, entonces creo que estoy condenada.
Ahora mismo, Adrian es una variable incontrolable. Peligroso e impredecible, una combinación que tiene todas las de ganar.
Y por eso decido pasar el resto del domingo recopilando toda la información que consigo reunir sobre el heredero de los Ellis. Si quiero idear un plan que no sea inútil, necesito saber a quién me estoy enfrentando.
Necesito hechos. Números. Información con más credibilidad que los rumores del campus.
Así que bebo más café del que un adulto razonable debería consumir en un período de 24 horas, agarro mi portátil y me pongo manos a la obra.
Por desgracia, mi búsqueda me otorga unos resultados muy deprimentes: la familia de Adrian tiene más poder del que pensaba.
Su riqueza ha ido pasando de generación en generación y parece que está dividida en todas las industrias posibles.
Más de un artículo especula sobre que deben ser la familia más rica del mundo, con unas cifras que hacen que se me caiga la boca al suelo, y dicha investigación no hace más que incrementar mi paranoia.
Pero aparte de los artículos en Forbes y en la revista Times , la familia Ellis parece haber hecho un muy buen trabajo en mantenerse lejos de la prensa. No hay ningún escándalo jugoso ni se les vincula con ningún grupo político extremista en todo internet.
Tienen muy poca presencia en redes sociales.
El padre de Adrian, Edward Ellis, es probablemente la figura más pública de la familia, pero todo lo que encuentro es pura palabrería sobre el ojo que tiene para los negocios y fotos de él estrechándose la mano con otros titanes de la industria.
Mary Ellis, la madre de Adrian, es incluso más elusiva.
Utiliza su tiempo libre como anfitriona de eventos para la caridad y parece que solo ha hecho una única entrevista en su vida, una exclusiva para Us Weekly sobre su encantador matrimonio y de más de 30 años con Edward y cómo la maternidad ha sido el mayor regalo de su vida.
Me pregunto si sabrá lo que su «mayor alegría» hace en su tiempo libre.
Me encuentro unas cuántas fotos de Adrian de unos paparazzi en sus años de preadolescente, con las mejillas sonrosadas, y unos cuantos artículos donde lo nombran el niño prodigio y el «legado prometedor» de la familia Ellis.
El único legado.
No tiene ningún hermano, lo que lo convierte en el único heredero de toda la fortuna de la familia cuando sus padres mueran. Parece que a la familia Ellis no les va lo de tener muchos hijos. Edward Ellis también es hijo único. Al igual que su madre. Y su abuelo.
Supongo que así no tenían que pelearse con nadie por la herencia.
Cuando el sol sale por el horizonte decido dejar a un lado la búsqueda, más desanimada que nunca. A no ser que pretenda derrocar el imperio de los Ellis con fotos de un Adrian de doce años con un corte de pelo horrible y un poco de acné, parece que he vuelto a la casilla de salida.
La paranoia parece convertirse en una segunda capa de piel para mí
La única buena noticia es que han cancelado la clase que usamos para preparar las solicitudes a la universidad, la única clase que ambos compartimos.
El profesor Kane está de viaje. Así que, mientras mantenga la cabeza gacha en todo momento, no tendría que haber ningún motivo para que mi camino se cruce con el de Adrian.
Sin embargo, parece que no consigo escapar de él totalmente, teniendo en cuenta que la última fiesta de Adrian está en boca de todos.
Los cotilleos se hacen especialmente notorios durante el almuerzo del lunes, pero consigo encontrar una mesa vacía al lado del cubo de la basura.
El olor de los guisantes y la ensalada de pasta en estado de descomposición es un pequeño precio que tengo que pagar para mantenerme lejos del foco social.
—No recuerdo nada —dice Penelope gimiendo en dirección a Sophie y Ava, que se encuentran dos asientos al lado del suyo—. Creo que bebí demasiado en la fiesta.
—Sí, al igual que la mitad de los invitados —comenta Ava con sorna.
—Como si tú no te hubieras pasado la mayor parte de la noche en una esquina liándote con una chica del equipo de ajedrez.
Ava les lanza una sonrisa socarrona.
—Cara me estaba enseñando a jugar al ajedrez. Fue una partida muy intensa, he de decir.
Penelope pone los ojos en blanco y se gira hacia Sophie, que está dándole vueltas a un zumo de color verde.
—¿Y tú dónde estuviste metida, Soph? No te vi en toda la noche.
Sophie le da un gran sorbo al zumo.
—¿Yo? Estuve con Adrian.
Penelope y Ava alzan la mirada, al igual que yo.
—¿Y cómo no nos has dicho nada hasta ahora? —dice Penelope con un gritito ahogado, acercándose más hacia la pelirroja—. Cuéntanoslo todo.
—No pasó nada en especial. —Sophie se encoge de hombros—. Estuve un rato hablando con Roddy Locke, pero luego Adrian y yo estuvimos todo el rato juntos. Parecía que lo habían unido a mí con pegamento.
Si eso fuera cierto, mi vida ahora sería mucho más sencilla.
Penelope y Ava le suplican que les cuente más detalles, pero Sophie les lanza una sonrisa socarrona y les dice que no puede decir ni una sola palabra nada más. Sus amigas estallan en risitas y yo me planteo durante unos instantes la pena que me da.
Sophie no tiene ni idea de la persona por la que está colada.
Pero entonces recuerdo que esa chica no ha hecho nada más que marginarme socialmente desde que llegué y ese instante de pena se me pasa.
Unos jugadores de lacrosse pasan al lado de mi mesa riéndose de algo y yo aparto la botella de agua inmediatamente por acto reflejo para evitar que ocurra un accidente parecido al de la última vez.
Pero esta vez Freddy Rook hace una pausa a mitad de camino para saludarme.
—Hola, Poppy —dice antes de continuar el camino hacia su mesa.
Casi me ahogo con el bocado de ensalada de pasta que estaba masticando, pero consigo responder un «Hola, Freddy» un tanto ronco.
Es un simple saludo, un saludo que le he visto pronunciar cientos de veces, pero es la primera vez que me saluda a mí, y me siento mucho más rara de lo que debería.
Mi sorpresa se ve aplacada cuando se abren las puertas de la cafetería y aparece la última persona a la que quiero ver.
La respuesta a la presencia de Adrian es particularmente ruidosa hoy y, mientras mis compañeros de clase hacen un corro a su alrededor, no puedo evitar mirarle. Mirarle de verdad.
No estoy segura de qué es lo que estoy buscando.
¿Algún tatuaje enorme debajo de la camiseta en el que ponga: «Soy un asesino»? ¿Que le sobresalga un cuchillo del bolsillo de los pantalones?
No sabría qué decir exactamente, pero no hay ninguna señal que indique que es un asesino al igual que tampoco la hubo la semana pasada. Lleva el nudo Windsor de la corbata más impoluto que el del mismísimo decano. Su camisa blanca parece recién planchada. No lleva ni un solo rizo oscuro despeinado.
No hay ni una sola cosa fuera de lugar y, sin embargo…
Ha conseguido engañar a todo el mundo desde vete tú a saber cuánto tiempo. Solo porque mi visión del mundo haya cambiado no significa que la del resto lo vaya a hacer también.
Así que me giro e intento imitar a un fantasma que está a punto de desaparecer por el suelo.
Por desgracia, estoy segura de que oigo cómo se me cae el estómago a ese mismo suelo cuando pillo a Adrian mirándome y, sobre todo, cuando comienza a caminar con confianza en mi dirección.
No, no, no vengas aquí.
Me siento como un cervatillo cegado por los faros de un coche. Me veo incapaz de moverme hasta que Adrian coloca los dedos en la silla que hay frente a la mía.
—¿Está ocupado este asiento?
Está sonriendo.
Me está sonriendo a mí.
Me está sonriendo a mí como si fuéramos amigos. Como si no me hubiera colocado las manos alrededor de la garganta y como si casi no hubiera estado a punto de matarme hace unos días.
Y ahora, por su culpa, soy el centro de atención.