Limerencia 8 #3
18%

8 #3

No le costaría nada llegar hasta mí y romperme el cuello como si fuera un hueso de pollo o golpearme la cabeza contra los ladrillos que conforman la chimenea.

Si quisiera que fuera una muerte poética, podría llevarme hasta la ventana, empujarme por ella y volver a hacer un velatorio en mi honor donde se mostrarán fotos mías horribles en una presentación muy cutre.

Pero Adrian no hace ninguna de esas cosas.

Se mantiene justo en el mismo lugar con la misma sonrisa juguetona en los labios.

Tan solo son sus ojos los que han cambiado. Siguen igual de oscuros que siempre, pero parecen brillar con algo distinto.

—Supongo que esa es la pregunta, ¿no? —La mano que ha utilizado para guardar el diario se mueve de sitio. Me la coloca alrededor de la garganta.

El terror me invade como un cubo de agua fría, pero no aprieta. Sus dedos parecen un collar alrededor de mi cuello y tan solo presiona lo suficiente para que no pueda irme a ningún lado. Tiene unos buenos dedos. Fuertes, ágiles y capaces de romperme la tráquea sin ningún esfuerzo.

—¿Vas a suplicarme que te deje vivir? —Lo suelta como si nada. Como si volviera a estar aburrido de nuevo.

Quiero hacerlo. Cada músculo de mi cuerpo me grita que lo haga. Que suplique. Que ruegue. Que ponga ojos de corderito. Que me deshaga en lágrimas.

—¿Es eso lo que hizo Mickey antes de que le empujaras por la ventana? —le pregunto en voz baja. Siento el peso de su mano con cada palabra que pronuncio y cada respiración entrecortada—. Parece que a él suplicar no le sirvió de mucho.

Una sonrisa perezosa le transforma todo el rostro.

—No, supongo que no le sirvió de nada.

Ay, madre.

La desesperación se me instala en la columna al darme cuenta de que tenía razón. Sus ojos oscuros sí están vacíos. No hay humanidad ni compasión en ellos. No hay nada a lo que pueda aferrarme para tratar de hacerle cambiar de idea.

Él mató a Mickey.

Le mató y ahora va a matarme a mí también.

Voy a morir, igual de aterrorizada e invisible que el día en el que entré en esta escuela.

No sé si se trata de coraje o de una determinación muy estúpida lo que logra que supere durante unos instantes el pánico y el miedo, pero, sea lo que sea, es responsable de lo que sucede a continuación.

—No voy a suplicarte —le digo con un tono de voz mucho más calmado de lo que me esperaba—.

Pero si tan solo… —Juraría que su mano me aprieta un poco más—.

Si tan solo me escuchas durante un segundo, puedo ofrecerte otra cosa.

—Se me acelera el pulso—. Seguramente sea más entretenido que escucharme suplicar por mi vida.

Adrian alza una ceja espesa.

—Siento tener que decirte esto, pero no me interesa tu cuerpo.

Se me encienden las mejillas con tanto fervor como el fuego y, a pesar de la situación en la que me encuentro, balbuceo:

—¡No! No es eso. Te iba a ofrecer sinceridad.

Parece más bien impresionado por esa respuesta.

—No sabía que habías matado a Mickey —le digo—.

Sospechaba que habías tenido algo que ver, pero no lo sabía a ciencia cierta.

No hasta que he leído el diario. No he venido aquí esta noche a rebuscar entre tus cosas.

He venido a hablar contigo sobre la inspectora Mills. Sé que has conseguido que la despidan.

Él no para de apretar, así que continúo hablando como puedo.

—Quiero decirte que no pienso decir nada —continúo—.

Y lo digo en serio. Porque, por mucho que me haya gustado jugar a los detectives estos últimos días, soy demasiado egoísta para morir por un tío que ni siquiera quería hablar conmigo.

Pero supongo que eso no importa ya porque, dejando la sinceridad a un lado, supongo que soy un lastre para ti y que vas a matarme de todos modos.

Un cóctel de miedo y de adrenalina me corre por las venas mientras espero a que vuelva a apretarme con la mano. Adrian me mira con una expresión vacía e incomprensible, y después…

Afloja el agarre.

¿Qué?

Sigo sin sentir que puedo volver a respirar de nuevo, a pesar de que retira los dedos y da un paso hacia atrás. Me quedo observándole con cautela y no me atrevo a abrir la boca hasta que no está a una buena distancia de mí.

—¿No vas a matarme?

«¿No voy a morir ahora mismo?».

Algo parece centellear en sus ojos. Emoción, anticipación o…

Curiosidad.

Eso es.

—No —dice finalmente y casi parece una pregunta, como si estuviera comprobando cómo suena esa palabra en su lengua—. No creo que lo haga.

Da otro paso hacia atrás y coloca los dedos sobre el picaporte de la puerta de la misma forma en la que antes los tenía puestos alrededor de mi cuello.

—De momento no. Te acabas de convertir en la persona más interesante de todo el campus, Poppy Davis. —Me lanza una última sonrisa demasiado afilada. Me muestra una hilera de dientes perfectos y blancos antes de volver a unirse a la fiesta.

Cierra la puerta con suavidad detrás de él y yo caigo al suelo, jadeando, como si acabara de correr una maratón.

Estoy viva.

Estoy viva.

Estoy viva.

No pensaba que fuera a estarlo hace dos minutos.

Ahora mismo, me recuerda una voz que suena igual que la de Adrian.

No sé cómo, pero he conseguido acabar la noche peor de lo que la empecé: con una amenaza de muerte y llamando la atención de un asesino.