8 #2
Tengo que terminar mi parte de la presentación de la beca antes del fin de semana.
No es que importe mucho, ya que Poppy siempre espera hasta el último momento para hacer su parte y después se pasa toda la presentación ocupando un segundo plano para que yo muestre mis buenas notas y ella pueda lamerle el culo al decano.
No sé cómo no se ha dado cuenta todavía, pero no es que me importe mucho. Así no tengo que hablar tanto con ella.
Suelto una risita ahogada y silenciosa. Supongo que Mickey sí estaba al tanto de nuestro trato silencioso.
Giro la página y, de pronto, se me sube el corazón a la garganta.
Es la última entrada.
Y solo tiene una frase escrita.
Una frase que parece confirmar todos los malos presentimientos que he tenido hasta el momento… incluso peor. Está escrita en medio de la página y puede que estas sean las últimas palabras de Mickey.
CREO QUE ADRIAN ELLIS ME VA A MATAR.
Podría ser una broma.
Alguna especie de broma desesperada o la venganza de un chico que sabía que no viviría lo suficiente para ver cómo llegaba a desarrollarse esta.
Esa sería la conclusión más lógica que se podría sacar de esto, ya que Mickey no ha indicado las tendencias homicidas de Adrian Ellis más veces en estas páginas.
Pero hay algo dentro de mí que sabe la verdad y dicha verdad ha quedado expuesta con la letra horrible de Mickey.
—Lo que sea que estés leyendo debe de ser absolutamente fascinante —dice una voz baja y suave detrás de mí.
Me quedo helada y el pánico hace que se me cierre la garganta.
Cierro la libreta, pero no estoy del todo segura de poder ocultar el terror en mis ojos y en la voz cuando me giro para enfrentarme a él.
—Adrian. Hola. Eh, yo… No te he visto en la fiesta.
Está apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión incomprensible. De nuevo, vuelvo a darme cuenta de lo alto que es. Es imposible que consiga escabullirme sin que esos hombros anchos me atrapen.
Las palabras de Mickey vuelven a repetirse en mi cabeza: Creo que Adrian Ellis me va a matar. Creo que Adrian Ellis me va a matar.
¿Acaso Adrian Ellis va a matarme a mí por haber leído eso?
—Lo siento —le digo de pronto—. No debería haber entrado aquí. Ha sido totalmente inapropiado. Tan solo quería un poco de aire fresco lejos de la fiesta. —Intento sonreír, pero hago una mueca tan forzada y extraña que no me molesto en mantenerla mucho tiempo.
—¿Y bien? ¿Lo era?
—¿El qué?
—¿Era fascinante? —Sus ojos oscuros hacen un gesto hacia la libreta que tengo agarrada con fuerza—. El diario.
Me pregunto si podrá escuchar cómo está a punto de salírseme el corazón del pecho ahora mismo.
—No mucho —le respondo. Me esfuerzo mucho en intentar mantener un tono neutro. Estable—. No he leído mucho. Solo las primeras entradas, las cuales no debería haber leído siquiera.
—¿Por qué lo has hecho entonces? —Intento escanear su rostro para ver si encuentro enfado, culpa o una rabia asesina, pero, de nuevo, Adrian mantiene una expresión inescrutable y frustrante.
—He visto el nombre en la cubierta… —Trago saliva y le proporciono un poco de la verdad—. Supongo que esperaba encontrar alguna pista que me indicara por qué se suicidó Mickey.
Un espionaje bien intencionado. Eso es creíble, ¿verdad?
Bueno, al menos lo sería si no le hubiera acusado ya de ser un mentiroso y no hubiera causado que una inspectora se le echara encima.
La mirada de Adrian es tan intensa que me paraliza. Es como si estuviera sopesando mi explicación para ver si se la cree o no. Durante unos instantes muy largos, el único sonido que invade la sala es el crepitar de la chimenea.
Tras eso, él asiente y la tensión se disipa como el humo en el aire.
—Todo el mundo quiere encontrar una explicación cuando ocurren estas cosas —dice y curva los labios hacia arriba—.
Al menos, eso es lo que el doctor Patel le ha estado diciendo a todos los estudiantes que han acudido a él para recibir ayuda para superar el duelo.
Parece ser que ha estado repartiendo muchos libros de colorear para adultos.
Si hubiera sido cualquier otro día, habría creído que podría llegar a derretirme como un helado al sol ante su encanto. Adrian posee una de esas sonrisas que esboza sin esfuerzo alguno y que te hacen pensar que algo puede ir mal si no le sonríes de vuelta.
Y, además, tiene hoyuelos.
¿Cómo es que no me he fijado nunca antes en sus hoyuelos? Parecen dos pequeños mordiscos en unas mejillas que parecen manzanas. Tiene unos pómulos perfectos y bien afilados y necesito concentrarme muchísimo para no bajar la guardia.
Tiene el diario de Mickey.
Hizo que despidieran a la inspectora Mills.
Su belleza, su sonrisa, su ingenio y sus malditos hoyuelos están ahí para solo distraerme.
Me estoy dando cuenta de eso ahora.
Es un frente diseñado para atraerte y hacerte bajar la guardia. Una sonrisa bonita para esconder los dientes afilados que tiene por debajo.
—¿Por eso tienes su diario? ¿Porque quieres una explicación? —le pregunto.
Me pregunto si Adrian habrá leído la última página.
¿Puede que sea posible que leyera las primeras páginas, asumiera que no había nada ahí que pudiera incriminarlo y simplemente lo guardara en la estantería? Seguramente habría lanzado el diario a la chimenea si supiera lo que hay escrito dentro.
—Algo así. —Se encoge de hombros.
Me aclaro la garganta.
—Bueno, supongo que debería ir yéndome ya.
Se está haciendo tarde y tengo que estudiar mucho este fin de semana, así que tengo que…
ponerme a ello. De nuevo, siento mucho haberme colado aquí.
No ha estado bien. No volverá a ocurrir.
—Suelto esas palabras rápidamente mientras cruzo toda la longitud de la oficina e intento salir sin rozar a Adrian en ningún momento.
Pero él no se mueve ni un centímetro, tan solo ladea la cabeza para mirarme desde arriba, y me pregunto cómo puedo incluso seguir respirando con lo sofocada que estoy por ser el centro de su atención en todo momento.
—Si me disculpas —le digo y vuelvo a intentarlo, pero sus anchos hombros, cubiertos de cachemira de un color alabastro, no se mueven de su sitio.
Su mirada recae sobre lo que llevo entre las manos.
—Todavía sigues sosteniendo el diario.
Bajo la mirada. Lleva razón. Estoy apretando con tanta fuerza el diario de Mickey que se me han puesto los nudillos blancos.
—Ah, cierto. —Se me escapa una risita nerviosa—. Perdona. Voy a… devolverlo a su sitio.
Me tiemblan las manos cuando vuelvo a colocar el diario en su lugar entre Anatomía de Gray y Las leyes de la naturaleza humana .
Estoy segura de que después me arrepentiré de haberme dado por vencida con tanta facilidad y por haberme deshecho de la única prueba que puede demostrar que no estoy loca, pero nada de eso parece importarme ahora mismo.
En este momento lo único que me importa es salir de aquí con vida.
Me tiemblan tanto los dedos que me cuesta bastante volver a colocar el libro en su sitio.
Una mano enorme cubre la mía y yo me quedo de piedra.
Adrian coloca los dedos sobre los míos y me ayuda a devolver el diario a su lugar.
—¿Sabes qué es lo que creo, Poppy? —Su aliento helado me acaricia el lóbulo de la oreja. Su voz es suave, casi seductora.
No me atrevo a responderle.
—Creo que me estás mintiendo.
El temblor se me contagia al resto de las extremidades, pero trato de mantenerme lo más quieta posible.
—No te estoy mintiendo.
—¿No? Entonces, ¿no has leído todo el diario de Mickey? ¿No has llegado a la parte en la que me acusa de ser su asesino?
Se me congela el aire en los pulmones.
Se ha acabado la fiesta.
Yo lo sé.
Él lo sabe.
El temblor se intensifica, pero me obligo a girarme y a mirarle a los ojos.
—¿Y qué pasa si lo he leído? ¿Vas a matarme a mí también?
Se encuentra a unos cuántos centímetros de mí y veo cómo tiene el rostro bañado por la luz de las llamas.