Limerencia 8
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—Solo para que lo sepas, Locke, la entrada eran dos mil. En efectivo. No me importa cuántas botellas de Macallan me hayas prometido.

—¿Quién quiere jugar a los chupitos corporales?

—¿Alguien sabe cuántas calorías hay en una lata de refresco? No me puedo permitir saltarme la dieta.

No estoy del todo segura de haber visto antes tantos cuerpos sudorosos y borrachos en el mismo lugar. Este sitio parece una lata de sardinas. Y, teniendo en cuenta el gran tamaño del dormitorio de Adrian, es todo un reto haber logrado eso.

Bueno, llamar a esto «dormitorio» sería un término adecuado si consideramos que el Titanic era un simple barco. No tenía ni idea de que se les permite vivir a algunos estudiantes en habitaciones tan grandes.

¿Acaso «habitación» sería también la palabra adecuada?

Esto parece más bien un apartamento de dos habitaciones.

De hecho, creo que sí tiene dos habitaciones.

Cada centímetro de este lugar está ocupado por algún cuerpo, así que es difícil poder apreciar los muebles oscuros y eclécticos que hay dispuestos por todas partes.

Mientras me muevo entre el mar de estudiantes, el calor de los cuerpos hace que el vestido se me pegue a la piel. Es el mismo vestido negro y apretado que me puse en el velatorio; el único vestido formal que tengo en el armario.

Estuve a punto de arrepentirme de la decisión impulsiva de acudir a la fiesta cuando el enorme alumno de primer año que estaba en la puerta comprobando las invitaciones me echó un vistazo condescendiente para después preguntarme si era nueva. Pero ahora sí que me estoy arrepintiendo de verdad.

A mi izquierda se está llevando a cabo una partida de strip poker y parece que les da igual estar justo al lado de unos ventanales que se alzan desde el suelo hasta el techo. Todos los concursantes llevan ya el torso desnudo y…

Vaya, parece que BeeBee Landis sí se hizo un aumento de pechos el verano pasado.

A mi derecha, un grupo de estudiantes de último año se han apropiado de los sillones reclinables que se encuentran alrededor de la chimenea y parecen estar discutiendo sobre qué familia tiene el yate más grande mientras intercambian puros cubanos y whisky que vale más que el salario anual de mi madre.

Veo una figura de bronce de mediados de siglo sobre una repisa de mármol y calculo durante un instante qué probabilidades hay de que pueda metérmela debajo del vestido y después venderla en una subasta en línea sin que nadie se dé cuenta.

No creo que sea una buena idea.

Será mejor que le robe el Rolex a alguien.

El resto del mobiliario parece ocupado, ya sea por el equipo de natación metiéndose rayas de coca en una mesa o por una pareja (o trío) semidesnuda aprovechando el colocón de lo que sea que les esté corriendo por las venas.

Al fin puedo experimentar de primera mano una de las tan famosas fiestas de Adrian Ellis.

Es abrumadora.

Y asquerosa.

Yo seguramente estaría más que preocupada por que el olor del humo de los cigarrillos y el perfume pudiera quedarse impregnado en los muebles, pero Adrian parece ser el tipo de chico que habrá contratado a un servicio de limpieza profesional para que lo deje todo impoluto antes del amanecer.

Porque, aunque este lugar parece un caos, es un caos controlado.

Alguien choca el hombro contra el mío y yo me tambaleo, pero unos dedos me agarran antes de que pueda caerme y termino cara a cara con Penelope Lawson. Tiene las pupilas tan dilatadas que casi no puedo distinguir el color de sus ojos.

—¡Lo siento! —se ríe. Es mucho más alta que yo y lleva el pelo del color de la miel en una coleta de caballo muy repeinada hacia atrás. No estoy segura de haberla visto alguna vez lejos de Sophie. Casi parece antinatural ver a una sin la otra.

—No pasa nada —le digo, e intento alejarme de sus manos sudorosas, pero Penelope está tan drogada que no parece darse cuenta.

—Me suenas un poco —me dice—. ¿Nos hemos enrollado alguna vez?

—Eh… No. No nos hemos enrollado. —Mis mejillas sonrojadas no parecen fuera de lugar en esta sala repleta de gente drogada—. Oye, ¿sabes dónde puedo encontrar a…?

—¡Vaya! —Me agarra un mechón de pelo y se queda traspuesta—. Tienes el pelo súperrubio. Casi blanco. ¿A qué peluquería vas?

Alguien la llama antes de que me dé tiempo a responderle, así que me escabullo mientras está distraída. No tengo otro remedio que pasar entre una pareja toqueteándose en una silla de cuero y ambos me echan una mirada muy sucia cuando le doy sin querer al botón para que esta se recline.

—Lo siento —murmuro.

No hay ningún asiento libre, a no ser que me una al strip poker o que intente convencer a la pareja del asiento de cuero de que me apetece hacer un trío con ellos.

Todos estos cuerpos drogados y torpes están empezando a parecerme una pesadilla claustrofóbica y no consigo avistar a Adrian por ninguna parte.

Necesito escapar de todo este calor corporal.

Es un milagro que consiga llegar al otro lado del salón sin chocarme con nadie más, pero, en cuanto paso de largo a Ava Chen y a otra chica del club de debate, no, del club de ajedrez, ambas detrás de una estantería, me doy cuenta de que la estancia está dividida en secciones.

El pasillo más allá de las cuerdas rojas que hay en el travesaño contiene un par de puertas cerradas y, para mi sorpresa, está libre de drogadictos.

A pesar de lo mal que van, esta gente sabe bien que debe mantenerse alejada de la habitación de Adrian, de su estudio o de lo que sea que esté protegiendo de un puñado de adolescentes borrachos.

Con el corazón en un puño, me introduzco entre las cuerdas antes de que pueda arrepentirme de nuevo de esta decisión.

Hay tres puertas, todas cerradas, pero, en la tercera, justo al fondo, se puede ver cómo la luz se filtra por el pequeño hueco que hay abajo.

La tensión se apodera de mí.

Debería marcharme.

Debería darme la vuelta e irme. Debería intentar robar esa figura de bronce y salir pitando de aquí.

Pero ya que he llegado hasta aquí… Me dirijo hacia la tercera puerta, la empujo y…

Es un estudio.

Un estudio vacío.

Cierro la puerta detrás de mí. Es como si pudiera volver a respirar.

A pesar de las cuerdas, estoy bastante sorprendida de que nadie se haya aventurado a entrar en esta sala todavía. No es tan grande como el salón, pero es un lugar de trabajo mucho más impresionante que el escritorio de pino barato que se encuentra en mi habitación.

Incluso tiene una chimenea hecha de ladrillos a la derecha, como si no fuera suficiente la que tiene en el salón.

Paso los dedos por el majestuoso escritorio de caoba, totalmente ordenado y sin deberes pendientes.

Incluso paso los dedos por la parte trasera del escritorio y no consigo encontrar ni una sola mota de polvo.

Esta sala está impecable.

La silla está hecha de cuero de verdad, y es suave y flexible. No es como el material sintético y rígido de la mía, que da la sensación de ser de plástico.

Intento pensar en Adrian sentado ahí haciendo deberes, pero me cuesta imaginármelo esforzándose por algo y mucho menos por los deberes de la escuela. Pero sé que tiene que hacerlo. Es el número uno de clase y lleva siéndolo desde primer año.

En el estudio hay una gran ventana desde donde se ven los jardines del campus (porque, por supuesto, Adrian Ellis tiene vistas al jardín), pero es la estantería que hay en la pared lo que más me llama la atención.

Paso los dedos por una infinidad de títulos sobre anatomía, cirugía cardiotorácica, psicología e incluso una primera edición de Anatomía de Gray en perfectas condiciones.

Parece que a alguien le interesa la medicina.

Me pregunto cuánto costará esa primera edición en internet.

El único libro que parece fuera de lugar es una pequeña libreta de cuero que se encuentra al final del estante. No le veo ningún título en el canto, así que, ya que ya he cruzado la línea invisible del espionaje, decido sacarlo de su sitio.

Tampoco tiene título en la cubierta.

Lo abro por la primera página y contengo la respiración.

Es un diario.

Pero no es el de Adrian.

La primera página escrita con un bolígrafo emborronado me confirma que el diario le pertenece a Mickey Mabel.

Se me encoge el estómago.

No debería estar leyendo esto. Esto es de Mickey. Debería tenerlo sus padres o su familia. Pero no es así. Lo tiene Adrian.

Ese hecho hace que comience a pasar las páginas antes de que pueda darme cuenta de lo que estoy haciendo.

Y sé que quizá sea todo un pecado rebuscar entre los objetos personales de un fallecido, pero no creo que sea peor que tener sexo antes del matrimonio, que es justo lo que está pasando en esta fiesta ahora mismo.

La mayor parte del diario sigue en blanco.

Lo cual tiene sentido, ya que, según las fechas que se indican al comienzo de cada entrada, Mickey lo había empezado este mismo año.

No estoy del todo segura de qué estoy buscando, así que leo por encima las pocas páginas que sí están escritas y son…

Muy aburridas.

¿Acaso llamar a un fallecido aburrido no es también un pecado?

Mickey pasó mucho tiempo escribiendo sobre sus deberes, los profesores y lo emocionado que estaba por terminar su solicitud a la universidad de Yale.

Se me encoge el corazón cuando llego a esa última parte. Mickey ya no podrá asistir nunca a Yale.

Menciona a una novia una o dos veces, pero nunca por su nombre. Me hago una nota mental para investigar más sobre ese cotilleo cuando tenga tiempo.

Pero lo que me parece más sorprendente que las novias sin nombre o lo mal que le caía a Mickey el profesor Ayala es que el chico que escribió esas páginas, por muy aburridas que sean, parece contento.

Incluso feliz, se podría llegar a decir.

Ninguna entrada muestra signos de una depresión o incluso que estuviera pensando en cometer un suicidio. Supongo que si Mickey hubiera querido compartir esos pensamientos en alguna parte, habría sido en su diario.

Doy un salto hasta la última semana de entradas del diario. En otra vuelve a mencionar a su novia y, por raro que parezca, en un párrafo incluso habla sobre mí.