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Normalmente me gusta pensar que no soy una chica para nada estúpida.
Una arriesgada, eso seguro. Mi vida ha sido una serie de riesgos cuidadosamente calculados y casi siempre he conseguido engañar al destino.
Pero no pienso arriesgarme esta vez.
Cuando más miro la invitación y la letra cursiva asquerosamente perfecta de Adrian en la parte trasera, más siniestra me parece.
Porque solo puedo pensar en una razón por la que Adrian Ellis querría enviar no una, sino dos invitaciones para su fiesta: para humillarme.
Y ya que no me apetece nada acabar esa noche cubierta en sangre de cerdo o en algún otro tipo de espectáculo público por haber cometido el único crimen de decirle la verdad a la policía, no pienso asistir.
Me niego a morder el anzuelo, por eso decido pasar la noche del viernes de la forma correcta: en pijama, con una taza de té caliente y con mi cuaderno de dibujo sobre el regazo. Me pongo una comedia antigua y un tanto cursi en el portátil de ruido de fondo mientras dibujo.
Técnicamente, debería de estar estudiando, ya que mis notas no es que estén mejorando mucho, pero necesito dibujar. Los dedos me duelen cuando paso mucho tiempo sin abrir el cuaderno de dibujo, ya que necesito expresar mi creatividad con frecuencia.
El arte es mi zona de confort.
No importa cuántos exámenes suspenda o cuántos conceptos de química no entienda, el arte es lo único que sé que se me da bien. Disfruto mucho más de mis gomas moldeables que de las ecuaciones de termodinámica.
Cuando era pequeña, mi madre solía reírse de mí (bueno, de hecho, lo sigue haciendo) cuando le decía que quería vivir en un pequeño apartamento en Manhattan y dedicarme a dibujar.
Quiero dedicarme a aceptar encargos y exponer mis obras en galerías para que la gente pase por delante de estas y abra mucho los ojos al reconocer mi nombre en ellas.
Supongo que no puedo culparla por que se ría de mí.
Es el tipo de sueño al que solo pueden acceder mis compañeros de clase, cuya energía creativa nunca se verá bloqueada por las facturas o el seguro médico.
La gente como yo solo puede tener sueños prácticos. Becas. Una carrera de economía. Un trabajo de nueve de la mañana a cinco de la tarde que te succione el alma.
Se supone que debemos dejar que sean los niños ricos los que aspiren a soñar a lo grande.
Pero yo tengo mucha práctica en no hacer lo que se supone que debo hacer.
Suspiro y busco en el móvil imágenes de referencia. Esta noche me estoy centrando en dibujar rostros. Encuentro el retrato de un hombre con el rostro alzado en un ángulo muy interesante.
Primero dibujo las formas más básicas y el contorno de su rostro para que parezca lo suficiente humano antes de pasar a los ojos.
Siempre dibujo los ojos primero.
Difumino sus ojos azules, pero cuando termino, no estoy del todo satisfecha con el resultado.
Así que añado más sombras. Un poco más de contraste.
Pero sigue sin parecerme bien, así que los oscurezco más. Más sombras, más contraste.
No me doy cuenta de que he dejado a un lado la imagen de referencia hasta que me inclino hacia atrás y me quedo mirando a unos iris oscuros muy familiares.
Los ojos vacíos de Adrian me devuelven la mirada, aunque parecen fuera de lugar en un rostro que no es el suyo.
Dejo el lápiz a un lado, un tanto alterada por que Adrian haya conseguido filtrarse en mi lugar más preciado sin siquiera haberme dado cuenta.
Supongo que ya he dibujado bastante por hoy.
Escucho una estampida de tacones al otro lado de la puerta.
Sin duda serán las alumnas de último año dirigiéndose a la fiesta de Adrian.
Si miro por la ventana sé que veré al equipo de lacrosse entrenando en la pista.
La emoción del campus es contagiosa y una parte de mí (pequeña y diminuta) quiere unirse a la fiesta.
Me pongo a toquetear los hilos sueltos del edredón.
Quizá tan solo lo esté exagerando todo.
Quizá la nota en la invitación de Adrian no sea para tener una conversación conmigo. Ha tenido toda la semana para hacerlo. Quizá solo quiera saber por qué fui a hablar con la inspectora Mills. Quizá solo quiera arreglar las cosas. O decirme que no tengo de qué preocuparme.
O quizá debería sacármelo de la cabeza y hablar con otra persona sobre lo ocurrido.
Mis dedos están marcando un número en el móvil antes de haber tomado conscientemente esa decisión.
El teléfono hace un tono, luego otro y otro más hasta que me redirige al buzón de voz.
Chasqueo la lengua.
No me ha servido de mucho.
Pruebo con un nuevo número y, esta vez, una voz humana chirriante me responde.
—Departamento de policía de Cedarville, recepción al habla. Si se trata de una emergencia, por favor, cuelgue y llame al 911. Si no es así, ¿en qué puedo ayudarle?
Trago saliva.
—Eh, hola. Querría hablar con la inspectora Mills. Soy Poppy Davis. Ella sabe quién soy.
Hay una pausa antes de que la recepcionista responda.
—Por desgracia, la inspectora Mills ya no trabaja en nuestro departamento, pero puedo pasarla con otro de nuestros inspectores si así lo desea.
La mujer no puede verme, pero se me cae la boca al suelo.
—¿Qué quiere decir? ¿Ya no trabaja allí?
—No, señorita.
—Pero la semana pasada sí que trabajaba allí.
—Sí, señorita.
—No entiendo… ¿Qué ha ocurrido?
—No estoy autorizada a compartir esa información —me responde.
—No entiendo —repito—. Estaba investigando un caso hasta hace unos días. ¿Cómo es que ya no trabaja allí?
—Como le acabo de decir, señorita, no estoy autorizada a compartir esa información —dice con un tono más firme—. Puedo pasarla con otro de nuestros inspectores.
Suelto un largo suspiro y tras eso utilizo un truco totalmente genético.
—Lo siento —le digo—. No quiero molestarla, pero es que…
—añado con la voz rota—. La inspectora Mills estaba investigando la muerte de uno de mis compañeros y me ayudaba mucho hablar con ella.
No sé qué es lo que voy a hacer ahora… —sollozo—.
Pero no pasa nada. No es su problema. Supongo que tienen sus propios protocolos, lo entiendo.
El numerito termina siendo un poco más exagerado de lo que me esperaba, pero al final parece surtir efecto.
La recepcionista suelta un suspiro.
—Han despedido a la inspectora Mills por utilizar prácticas de investigación inapropiadas. Eso es lo que único que puedo decirle. Ahora, si necesita algo más, tendré que redirigirla con otra persona.
—No, no pasa nada —le aseguro—. Bueno, de hecho, una cosa más.
—Señorita, no puedo…
—¿Podría decirme si la investigación de la inspectora Mills sobre Mickey Mabel sigue abierta? —le suelto de repente—. Por favor.
Hay otra pausa y escucho el sonido de varios papeles antes de que la recepcionista vuelva a hablar.
—Parece que esa investigación se ha cerrado después del despido de la señorita Mills. Se ha concluido que fue un suicidio en toda regla. Todos los objetos personales del fallecido se han devuelto a la familia. —Escucho el sonido del papel de nuevo—. ¿Eso es todo?
—Sí, gracias.
Soy yo la primera en colgar. La cabeza me va a mil por hora y termino caminando de un lado a otro de la habitación.
¿Prácticas de investigación inapropiadas?
Eso no puede ser cierto.
La inspectora Mills fue toda una profesional y muy amable las dos veces que habló conmigo. Y, aparte de la familia de Mickey, solo hay otro estudiante al que haya podido interrogar.
Aprieto la mandíbula.
Qué casualidad que hayan despedido a la inspectora Mills justo después de que sacara a Adrian de clase el otro día para interrogarle.
Una casualidad muy grande.
Él es un Ellis.
Su familia normalmente cena con los senadores de Estados Unidos y diplomáticos del extranjero. Los famosos se codean con ellos y no al revés. Por Dios, hasta he llegado a escuchar que reciben galletas de Navidad de parte del vicepresidente todos los años.
Cuando se menciona su apellido en las revistas y las noticias, lo único que aparecen son elogios. Nunca he oído ni un solo escándalo ni he visto titulares jugosos o falsos cuando se trata de la familia Ellis.
Son intocables.
Y la inspectora Mills, en búsqueda de la verdad, parece haber amenazado ese estatus. Quizá haya sido por haber esparcido rumores al haber sacado a Adrian de clase o quizá haya sido por algo más, no lo sé.
Pero fuera lo que fuera, le ha costado su puesto de trabajo.
El corazón me bombea tan rápido que casi puedo sentir el latido en las orejas. Dejo de caminar para apoyarme sobre la silla de mi escritorio.
Quizá solo estoy delirando.
Hay una remota posibilidad de que su despido no haya tenido nada que ver con Adrian Ellis y que esté relacionando ambos sucesos por error. Quizá haya escuchado demasiadas teorías conspirativas de Rick estos últimos años y estas me estén pasando factura.
Y ves a la gente. Sobre todo a aquellos que no son tan buenos como parecen. Las palabras de la inspectora me resuenan en la mente. Esos instintos son muy valiosos, señorita Davis. Jamás los pongas en duda.
Podría quedarme aquí sentada el resto de la noche, apretando la silla hasta que se me pongan los nudillos blancos y tratando de llegar a cualquier conclusión lógica, pero estoy empezando a pensar que la inspectora Mills llevaba razón en varias cosas.
Mi instinto me dice que Adrian Ellis es el culpable tanto del despido de la inspectora como de que se haya cerrado abruptamente el caso de Mickey.
Adrian está ocultando algo.
Me quedo mirando a la estúpida invitación de color crema sobre la que se ha empezado a acumular polvo en el escritorio y decido que la sangre de cerdo no será suficiente para asustarme antes de que descubra qué es lo que está pasando aquí.