6 #2
Lleva la cabeza afeitada y sus ojos azules como el océano que le resaltan contra la piel oscura han hecho que sea muy popular entre la población femenina. Y, ahora que me encuentro a muy pocos centímetros de él, puedo apreciar bien el porqué.
—Sé que no has recibido ninguna invitación para la fiesta de Adrian Ellis —le suelto de repente. No ha sido una introducción muy suave que digamos.
—¿Y a ti eso qué te importa? —Se cruza de brazos y veo cómo sus bíceps del tamaño de un tronco hacen que le apriete la chaqueta.
Me pongo a toquetear las asas de mi mochila.
—Yo puedo ayudarte con eso —le digo—. Tengo una invitación. Y es toda tuya si la quieres.
La hostilidad desaparece de su expresión al instante y veo cómo abre mucho los ojos.
—Espera. ¿Qué tú tienes una invitación para fiesta de Adrian? —Sé que ese «tú» no significa que sepa quién soy, sino que se refiere a que soy una chica sin nombre e invisible.
—Sí.
La llevo ahora mismo en la mochila, entre un libro de química y una lectura obligatoria para Inglés.
Freddy me da un repaso con la mirada.
—¿Eres nueva o algo?
Necesito reunir algo de esfuerzo para no poner los ojos en blanco.
—No, no soy nueva. Yo también soy de último año. Vamos juntos a Historia… desde hace cuatro años.
Él parpadea en mi dirección.
—Anda.
—Sobre la invitación… ¿Te interesa? —Para demostrarle que no estoy mintiendo, me pongo la mochila por delante y saco la invitación.
Casi me parece tranquilizador enseñársela a alguien. Si Freddy es capaz de ver la misma caligrafía que he visto yo, al menos puedo estar segura de que no estoy alucinando y que no he confundido una ficha de estudio con una invitación para una fiesta.
A Freddy se le cae la mandíbula al suelo.
—Joder. Tienes una de verdad. Estoy más que interesado en ella.
—Bien. ¿Cuánto estás dispuesto a pagar por ella?
Freddy lanza una maldición y suspira.
—Bueno, la cosa es… —Se frota la nuca—. No puedo pagarte. Al menos, no con dinero. Me pasé muchísimo del límite de mi tarjeta de crédito el mes pasado, así que mi padre me la ha bloqueado para que aprenda la lección.
Me encojo de hombros y vuelvo a meter la invitación en la mochila.
—Vale. Supongo que ya encontraré a otra persona que…
— No. —Me atrapa la muñeca con una mano enorme y veo la desesperación en sus ojos—. Quiero la invitación. Puedo darte algo a cambio.
—¿El qué?
Hace un gesto hacia mi mochila. Los bordes están deshilachados y una de las correas lleva cinta adhesiva.
—Parece que necesitas una nueva mochila. Mi madre trabaja en Burberry. Con una sola llamada podría conseguirte una nueva.
Sopeso su oferta.
Había pensado vender la invitación por algo de dinero en metálico para tener unos pocos ahorros y usarlos para las solicitudes de la universidad. Una mochila de diseñador no me sirve para nada en ese aspecto.
Pero de solo pensar en que podría ser capaz de caminar por estos pasillos con algo que no provenga de una estantería de rebajas…
—Hagamos una cosa —le digo—. Te doy la invitación por una mochila y doscientos pavos.
Él sacude la cabeza.
—Te lo acabo de decir. No tengo dinero. Estoy sin blanca hasta que a mi padre le dé la gana.
Por fortuna, si he aprendido algo en este lugar, es que los estudiantes de Lionswood tienen un concepto muy diferente de «sin blanca» al del resto del mundo.
Para ellos estar sin blanca es no disponer de una paga de dos mil dólares al mes. O una tarjeta de crédito con un límite de verdad. O tener que esperar cinco años para poder cobrar una herencia.
Por eso no tengo ningún problema en alzar una ceja en su dirección.
—Bueno, supongo que si estás sin blanca tendré que encontrar a otra…
—Vale, vale, de acuerdo. Lo pillo. —Freddy se gira de nuevo hacia su taquilla, derrotado, y saca la cartera.
Freddy cumple con su palabra y me regala una increíble mochila de Burberry y doscientos dólares antes de que caiga la noche.
Sin duda, es el objeto más preciado que he tenido nunca.
No puedo dejar de pasar los dedos por la tela de cuadros.
Esta mochila cuesta dos mil pavos, lo que sé que es simple calderilla para los estudiantes de Lionswood que se suelen dejar esa misma cantidad de dinero en salir a cenar los viernes.
Pero sí significa algo para mí.
Esta mochila es la primera cosa en cuatro años que me acerca un poco a mis compañeros. La primera cosa en cuatro años que podré lucir con orgullo en este lugar.
Mientras me quedo admirando la mochila que está colgada de la silla de mi escritorio, oigo cierto revuelo en el pasillo que logra que alce las orejas casi al instante.
Miro hacia la puerta de mi habitación y se me cae el alma a los pies cuando veo cómo empujan otra nota por debajo.
En un abrir y cerrar de ojos cruzo la habitación y abro la puerta de par en par, pero el pasillo está vacío. Quien sea que haya entregado la nota ha desaparecido.
Aprieto la mandíbula mientras me agacho al suelo y observo la misma invitación de color crema esperando a que alguien la recoja.
¿Qué cojones?
Como me esperaba, me encuentro con la misma caligrafía que promete mandarme detalles de la fiesta de otoño de Adrian cuando la recojo.
Pero, cuando le doy la vuelta, la sangre me desaparece del rostro.
Espero verte allí, Poppy.
Adrian