6
No me doy cuenta de lo mucho que me ha consumido la muerte de Mickey hasta que me llama mi madre el domingo por la noche. Ya metida en la cama, hago una mueca de asco cuando veo su nombre en la pantalla.
—Hola, mamá.
Oigo un suspiro exasperado al otro lado de la línea.
—Vaya, mira quién ha decidido responder al teléfono de una vez por todas. He intentado ponerme en contacto contigo tres veces esta semana. —Su acento sureño suena especialmente marcado esta noche, una señal de que no está para nada contenta conmigo.
—Ya, lo siento. El nuevo semestre está siendo una locura.
—Estás a mil kilómetros de mí y ni siquiera sé cómo te va. ¿Cómo crees que me siento, Poppy?
Aprieto los ojos con fuerza. Ni siquiera me ha dado tiempo a prepararme un poco antes de usar la baza de la culpa.
—Lo siento, mamá. Han pasado muchas cosas últimamente. He tenido que hacer otra presentación de la beca y…
—¿Una presentación? ¿Solo por eso has estado evitando mis llamadas?
—Alguien ha muerto hace poco…
—¿Que ha muerto alguien? —Su tono es de sorpresa—. ¿Quién?
—Uno de mis compañeros —le explico—. Se suicidó hace dos semanas. Ha sido… duro.
—¿Se ha suicidado? Qué horrible.
—Sí, y yo…
—No hablemos sobre eso —suspira—. No quiero ponerme triste. Acabo de terminar un turno de doce horas.
Me duele mucho que me corte tan de pronto, pero termino apretando los dientes y acatando su orden.
—Parece que últimamente trabajas muchas horas. ¿Rick todavía no ha encontrado trabajo?
Hablar de Rick con mamá es como caminar por un campo de minas. No sé por qué sigo intentándolo si quiera.
—Tu padrastro… —vuelvo a hacer una mueca de asco al oír esa palabra— hace mucho por nosotras.
Incorrecto. Rick solo ha hecho una sola cosa por mí, y es odiar tanto mi presencia como para llegar a convencer a mi madre de que dejarme asistir a Lionswood era la mejor opción para mí.
—Y sí tiene trabajo —continúa—. Está ayudando a unos amigos con unos contratos. Arregla motos antiguas. Le pagan en mano todos esos trabajillos.
Pongo los ojos en blanco. Rick odia los trabajos de ocho horas con sueldos estables casi tanto como odia al gobierno.
—Me alegro por él —digo. Dejo que se cuele solo un poquito de sarcasmo en mi respuesta.
—¿La escuela va bien? ¿Te va bien en clase?
—Sí. El último año está siendo chupado. Estoy tomándomelo con calma hasta que llegue la hora de empezar a preparar las solicitudes para la universidad.
—Me alegro, cielo —responde.
Qué fácil es mentir.
Desde que me marché a Lionswood parece que mi madre está esperando el día en que regrese con la cola entre las piernas como una fracasada que no tuvo habilidades suficientes para salir de Mobile.
—Hablando de las solicitudes para la universidad —comienzo a decir, adivinando el rumbo de la conversación al instante—. Voy a tener que empezar a enviarlas pronto. Algunas, bueno, casi todas cuestan dinero. No sé si habría alguna forma de que tú…
Su tono se endurece como siempre que hablamos de dinero.
—¿Cuánto?
Aprieto el edredón entre las manos.
—Pues… unos cincuenta pavos. Quizá cien, dependiendo de la universidad.
Oigo una exhalación larga y cansada.
—¿Y esa súperescuela privada tuya no debería cubrir también las tasas de las solicitudes para la universidad? Vamos, Poppy, me parece ridículo.
—Lo sé, pero no necesito tanto. Solo lo suficiente para Pratt y quizá un par de opciones de repuesto. Con ciento cincuenta debería de ser…
—¿Ciento cincuenta dólares? —Suelta una risita ahogada—.
Por Dios, Poppy. ¿Acaso no te he dicho que acabo de terminar un turno de doce horas?
Casi no hemos conseguido pagar el alquiler este mes ¿y ahora me pides que me saque cien pavos de la manga o algo?
No sé para qué necesitas tanto si estás segura de que vas a entrar en esa universidad de artes tan pija el año que viene.
Siento cómo la culpa me pesa en el pecho.
—No, tienes razón. Lo siento, mamá. —Y tras eso, como sigo desesperada, le pregunto algo de lo que sé que me voy a arrepentir—. Me has dicho que Rick está ganando algo de dinero extra. No sé si él podría prestarme algo…
—No pienso pedirle a Rick que pague las tasas de las solicitudes para la universidad de mi hija —dice como si fuera la idea más ridícula que jamás haya escuchado—. Cielo, lo siento mucho, pero vas a tener que buscarte otra forma de conseguir el dinero.
Claro, porque Rick solo es mi padrastro cuando a mi madre le da la gana, no cuando realmente le necesito.
Pero me encuentro demasiado cansada para sacar ese tema ahora mismo.
—Ya. Lo entiendo. Seguro que lo termino solucionando por mi cuenta. Tan solo quería preguntártelo por si acaso —le digo—. En fin… Tengo que estudiar, pero nos veremos pronto. Iré durante las vacaciones.
Nos despedimos y dejo escapar un gran suspiro mientras me doy la vuelta sobre el edredón.
No me apetece nada ir en vacaciones.
Las conversaciones telefónicas con mi madre ya son lo suficientemente agotadoras y sé que no habrá forma de escapar de ella cuando convivamos de nuevo en la misma caravana.
Es como caminar por un campo de minas sabiendo que cualquier paso en falso podría hacer explotar a mi madre y que se tire varias semanas autocompadeciéndose con el apoyo de Rick.
Mientras le doy vueltas a cómo voy a afrontar las vacaciones en casa, noto algo de movimiento por el rabillo del ojo.
Alguien ha introducido un trozo de papel por debajo de la puerta de mi habitación.
Cruzo la estancia en un par de zancadas esperando encontrar una nota de la delegada del dormitorio de chicas para que no hagamos tanto ruido cuando afilemos los lápices o algo por el estilo, pero no se trata de eso.
Definitivamente, no es nada de eso.
La confusión se abre paso en mí cuando me quedo mirando la invitación de color crema que tengo entre las manos. La vuelvo a leer una vez y luego otra para asegurarme de que es lo que creo que es, pero las palabras son bien claras y están manuscritas con una caligrafía negra.
Por la presente se le invita a la fiesta de otoño que organiza Adrian Ellis el viernes, 3 de octubre.
Próximamente recibirá más información.
Esto debe de ser un error.
O una broma de mal gusto.
Llevo cuatro años estudiando en Lionswood y nunca me habían invitado a una fiesta, y mucho menos a una organizada por Adrian, cuyas invitaciones son tan exclusivas como una cena en la Casa Blanca.
Y legendarias.
La gente hablará durante el resto del curso de a quién le dio un coma etílico y acabó desnudo en mitad del campus o quién se folló a quién el 3 de octubre.
Estoy casi segura de que la fiesta iba a tener lugar hace una semana, pero, debido a la muerte de Mickey, Adrian decidió aplazarla.
Me quedo mirando la invitación como si fuera a empezar a contarme algún secreto o quizá simplemente cómo ha acabado debajo de mi puerta.
Dados los últimos acontecimientos, esta invitación quizá sea una excusa para que tengamos una conversación en persona. Quizá esta sea la forma de Adrian de hablar conmigo fuera de clase al haberme chivado a la poli.
O quizá tan solo haya sido un simple error. Quizá el novato de primer año al que le hayan encomendado la tarea de entregar las invitaciones en persona se haya olvidado de comprobar los números de las puertas de los dormitorios y haya confundido el mío con el de otra persona.
No estoy para nada contenta con ninguna de esas conclusiones.
Si esto me hubiera sucedido en cualquier otro año sé que sí lo habría estado. Habría usado este accidente para quitarme la capa de invisibilidad que llevo usando durante los últimos cuatro años. Pero no es el momento de probar suerte con Adrian Ellis.
Absolutamente no.
Lanzo la invitación sobre el escritorio mientras se me empieza a ocurrir una idea.
Quizá no vaya a usar la invitación para unirme a la fiesta, pero eso no significa que no vaya a servirme de ayuda.
Muevo ficha después de la clase de historia.
Para sorpresa de nadie, la fiesta de Adrian está en boca de todos, y los estudiantes que han tenido la suerte de recibir una invitación se dedican a exhibirlas como si fueran billetes dorados.
Lo que hace que los pobres desdichados que no han recibido ninguna se lamenten por no encontrarse entre el círculo más íntimo de Adrian. La mayoría demuestran su decepción con unas cuantas miradas amargas, mientras que otros son más atrevidos.
Freddy Rook se encuentra en la última categoría.
Se sienta delante de mí en Historia, flanqueado por dos de sus compañeros del equipo de lacrosse , así que me encuentro en primera fila para apreciar su enfado.
—No puede ser que Locke haya recibido una y yo no —le dice a sus amigos—. Adrian y yo somos muy cercanos.
—Bueno, Locke antes estaba en el equipo de natación —dice Connor Gibbs mientras se coloca una bolsa de hielo detrás de la cabeza—. Y ya sabes que Adrian siempre se preocupa por su equipo.
Connor ha tenido ya dos conmociones cerebrales este año jugando a lacrosse , pero otra visita al hospital no va a evitar que asista a la fiesta de Adrian.
—Yo soy el único jugador de lacrosse que no ha recibido ninguna —murmura Freddy—. Menuda mierda.
Cuando suena el timbre sigo a Freddy a su taquilla. Se encuentra en una de las zonas más solitarias de la escuela. Unas altas ventanas de medialuna enmarcadas en hierro dan al patio y, a pesar de que todos mis pasos resuenan en el suelo de piedra, Freddy parece no oírme cuando me acerco a él.
—¿Freddy?
Sigue sin oírme, así que tengo que extender un brazo y darle unos toquecitos en el hombro recubierto por una chaqueta bómber.
Se podría decir que es más corpulento que alto y, por lo que he podido comprobar, también es el único jugador de lacrosse que lleva a diario la chaqueta bómber que usan para los entrenamientos.
Freddy cierra la puerta de la taquilla y se me queda mirando con el ceño fruncido.
—¿Qué?
Se supone que su mirada debería intimidarme, pero, después de haber sentido el peso de la mirada vacía de Adrian, la de Freddy no me da ningún miedo.
Además, Freddy es guapísimo.