5
—¿Hablo con la inspectora Mills? —Tanto mi voz como la mano que tengo apretada alrededor del teléfono están temblando.
—Sí, ¿con quién tengo el placer de hablar yo?
—Soy Poppy. Poppy Davis.
Me pregunto si puede escuchar lo rápido que me late el corazón.
Oigo algo de ruido al otro lado de la línea antes de que una voz familiar me responda.
—Sí, señorita Davis. Me acuerdo de usted. ¿Hay alguna razón para que me esté llamando a las diez de la noche?
Toqueteo su tarjeta de visita, la misma que me extendió cuando me marché de la sala de interrogatorios de la policía. La misma que no pensaba que fuera a necesitar.
—Siento tener que molestarla —le digo—. No quiero hacerle perder el tiempo y quizá este dato no tenga importancia, pero… me dijo que la llamara si recordaba algo más. No se trata específicamente de algo sobre Mickey y quizá esto no sea muy relevante para el caso, pero…
—¿Por qué no se pasa por mi oficina antes de ir a clase mañana? —me interrumpe. Suena mucho menos exasperada que hace unos instantes—. Así lo hablamos en persona.
Me dejo caer sobre el edredón, aliviada por no tener que contárselo por teléfono.
—Sí, vale, me parece bien.
Y así es como termino de nuevo sentada frente a la inspectora Mills a la mañana siguiente, nerviosa y sin haber pegado ojo. Nos encontramos de nuevo en la sala de interrogatorios, que parece mucho menos intimidante por la mañana.
—Tome —me dice, pasándome una taza de café sobre la mesa—. Parece que lo necesita.
Esa vez la acepto sin miramientos y le doy un largo trago.
—Gracias.
La inspectora Mills no parece haber descansado mucho más que yo. Lleva el pelo castaño peinado hacia atrás en el mismo moño apretado que le vi hace unas noches. Me gustaría preguntarle si fue militar o no.
—Bien, señorita Davis —dice mientras hace sonar su bolígrafo—. Cuénteme lo que sabe.
Y eso hago.
Le cuento que vi a Adrian Ellis en los dormitorios.
Que este mintió diciendo que estuvo en la biblioteca el día del accidente.
Sobre nuestra conversación la noche del velatorio.
La historia parece menos incriminatoria cuanto más hablo.
De hecho, parece que la loca soy yo al haber escuchado las conversaciones privadas de Adrian y al haberme enfrentado a él en un velatorio que él mismo organizó.
Parece que Adrian ha hecho más por Mickey tras su muerte que lo que pude hacer yo por él cuando estaba vivo.
Pero la inspectora Mills no me interrumpe. Lo anota todo en su pequeña libreta amarilla y, cuando finalmente hago una pausa para tomar algo de aire, me pregunta:
—¿Eso es todo?
Asiento mientras toqueteo el cartón del café.
—Puede decirme con total tranquilidad si estoy siendo exagerada o no. Sé que sueno así. Adrian Ellis siempre ha sido muy amable con la escuela e, incluso aunque esté mintiendo, probablemente no sea nada grave. O al menos no tenga nada que ver con Mickey.
—Mentir sobre tu paradero la noche en la que alguien muere no es moco de pavo.
—Pero fue un suicido, ¿no? Tampoco es que necesitara una coartada.
—Sí, el forense cree que fue un suicidio —murmura.
—¿Y usted también?
La inspectora hace una pausa mientras escribe algo en su libreta y se aclara la garganta.
—La causa más probable de la muerte de Mickey es un suicido, pero hay algunos detalles que no me encajan del todo.
Me quedo quieta y con la respiración entrecortada.
—¿Detalles?
Pasan algunos segundos en los que la inspectora Mills no dice nada. Coloca el bolígrafo sobre la libreta y yo le doy un trago al café en silencio.
Pero después alza la vista y me mira directamente a los ojos con los suyos marrones y astutos.
—No es como el resto de sus compañeros de clase, ¿verdad, señorita Davis?
Parpadeo en su dirección.
—Eh… No estoy segura de a qué se refiere, inspectora.
—No creció con dinero, ¿cierto?
—No, señora. Más bien lo contrario.
No me explayo mucho más. No le cuento sobre el aparcamiento de caravanas, el coche o la cantidad de viviendas sociales de las que fui yendo y viniendo durante mi infancia, aunque ella me ofrece una larga mirada y asiente.
—Yo tampoco.
La curiosidad me corroe mientras ella se apoya hacia atrás con un suspiro mientras se aprieta el puente de la nariz.
—A primera vista, la muerte de Mickey parece el típico suicido.
Un niño perfeccionista que se quedó atrapado en un ambiente muy competitivo con mucha presión académica.
Pero lo que no me cuadra es que parece ser que Mickey se estaba integrando bien en Lionswood.
Era un chico inteligente. Por eso consiguió entrar a esa escuela. Y tenía amigos. No era un marginado.
Trago saliva.
—Pero la depresión…
—No tiene ningún historial clínico depresivo —me corta—.
De hecho, no tiene antecedentes psiquiátricos.
No había ninguna nota de suicidio. No tuvo grandes cambios en su vida, no hubo ningún catalizador con el que podamos descubrir qué le llevó a hacer algo tan drástico.
Y la caída… La mayoría de las víctimas suicidas que deciden acabar con su vida saltando de algún lado suelen tener una caída recta y limpia, y la de Mickey no se parece en nada a eso.
Aterrizó de espaldas, lo cual quiere decir que cayó de la misma manera, con mucha más velocidad y traumatismo corporal de lo que nos esperábamos.
Me remuevo en la silla con la cabeza a mil por hora.
Si está diciendo lo que creo que está diciendo…
—¿Cree que pueden haber asesinado a Mickey? ¿Y que Adrian pueda estar envuelto en el crimen? —Se me para el corazón.
Espero que me vaya a echar de la sala en el momento en el que pronuncio el nombre de Adrian. No me esperaba para nada lo contrario.
Aun así, la inspectora me mira con dureza.
—Nadie ha dicho eso. El caso requiere más investigación. Yo sacaré mis propias conclusiones y usted no le va a hablar sobre esto a nadie . Más le vale, por su propio bien, que las palabras «asesinato» y «Adrian Ellis» no salgan por su boca a la misma vez. ¿Está claro, señorita Davis?
Asiento con rapidez.
—Muy claro.
Su expresión dura se ablanda un poco.
—Pero, por lo que me ha contado esta mañana, quizá este sea el indicio que nos proporcione las respuestas que necesitamos para descubrir qué le ocurrió a Mickey.
—Pero si Adrian está envuelto, no creo que vaya a ser fácil para nadie. Es un Ellis. Ese apellido casi parece parte de la realeza en este país.
Tuerce la boca en lo más parecido a una sonrisa que he podido verle nunca.
—Bueno, yo soy de Canadá.
Me acompaña a la puerta, con la libreta en la mano, y hace una pausa. Tras eso, vuelve a mirarme largo y tendido.
—No importa cuánto mejore tu vida o cuánto te alejes del pasado —me dice en voz baja—.
Cuando creces como hemos crecido nosotras, hay algo que se quedará para siempre contigo.
Aprendes a apañártelas entre la mierda más temprano de lo que deberías.
Y ves a la gente. Los ves de verdad. Sobre todo a aquellos que no son tan buenos como parecen.
—Me coloca una mano sobre la hombrera de la chaqueta escolar—.
Esos instintos son muy valiosos, señorita Davis. Jamás los ponga en duda.
No estoy muy segura de qué esperar tras mi reunión con la inspectora Mills, pero recibo la respuesta el siguiente lunes, en medio de la clase que tenemos para empezar a preparar las solicitudes para la universidad. Es la única hora que comparten los ciento doce estudiantes de último año.
Y, dado que estamos en Lionswood, es bastante innecesaria.
La mitad de los estudiantes llevan preparando dichas solicitudes desde los doce y la otra mitad seguramente se tomará un año sabático con todos los gastos pagados, con la certeza de que podrán entrar a la universidad al año siguiente sin ningún problema.
En lo que a mí respecta, solo hay una única universidad a la que espero poder asistir el año que viene, así que no necesito que el profesor Kane, un señor canoso y barrigudo a punto ya de jubilarse, me explique cómo se cita en formato APA.
Normalmente suelo sentarme al fondo de la gran aula para invertir esa hora en estudiar para las asignaturas en las que no voy a obtener un aprobado tan solo por asistir a clase.
Hoy me doy cuenta de la distancia exacta que me separa de Adrian Ellis. Tres filas y quince asientos. Parece ser que yo soy la única que se ha dado cuenta, ya que no me ha mirado en ningún momento desde nuestra breve conversación el día del velatorio.
Sigo siendo igual de invisible que siempre.
—Bien, vamos a ver cómo se han citado las obras en este ensayo a modo de ejemplo…
Un golpe en la puerta corta de raíz la verborrea del profesor Kane y, un segundo después, aparece el decano Robins por ella. Su expresión decaída hace que me enderece en el asiento.
—Decano Robins —le saluda el profesor Kane—. ¿A qué debo el placer?
—Disculpe la interrupción —dice el decano—, pero necesito que uno de sus estudiantes me acompañe. —Comienza a buscar entre los rostros de la clase—. Adrian Ellis. ¿Le importaría venir conmigo un segundo?
Unos murmullos de curiosidad se abren paso por todo el aula y, a pesar de que no me ha nombrado a mí, siento un nudo en el estómago.
Adrian no parece para nada preocupado cuando se levanta, más bien sonríe con pereza.
—Por supuesto, señor. No me habré metido en ningún problema, ¿verdad?
En ese momento aparece la inspectora Mills por la puerta, con los brazos cruzados y el semblante más serio que nunca. La placa le resplandece bajo la luz; hoy lleva una pistola en la funda de la cadera.
—Tengo unas cuantas preguntas para usted, señor Ellis —dice con un tono cortante—. No se olvide de recoger la mochila.
Juro que durante un segundo veo cómo le desaparecía la sonrisa relajada, pero, antes de que pueda darme cuenta, ya ha vuelto a esbozarla, por lo que llego a pensar que me lo debo de haber imaginado.
—Por supuesto. Lo que necesite, inspectora. ¿Necesitará también llamar a mis padres? —Suelta esa pregunta en un tono juguetón y consigue sacar algunas risitas al resto de compañeros.
La inspectora Mills no parece estar de humor para bromitas.
—Tiene dieciocho años, señor Ellis, así que no. No será necesario. Si es tan amable de acompañarme. —Hace un gesto hacia la salida y Adrian comienza a descender los escalones con la mochila de cuero sobre los hombros.
La inspectora lo guía fuera del aula, pero, teniendo en cuenta que Adrian le saca varias cabezas, la escena casi resulta cómica.
Los susurros se abren paso por la multitud en cuanto la puerta se cierra, y al profesor Kane, probablemente igual de sorprendido que el resto, le cuesta recuperar el control de la clase.
—De acuerdo. Basta de cháchara. Volvamos al formato APA.
Me dejo caer en el asiento y noto cómo la ansiedad me trepa por la espalda.
El hecho de que la inspectora Mills se haya tomado tan en serio lo que le he contado como para interrogar a Adrian me hace sentir un poco mejor.
Pero ¿que haya decidido venir hasta la escuela y montar una escena delante de toda la clase de último año? Eso ya no me gusta tanto.
Adrian seguramente vaya a atar cabos y descubrir que he sido yo la que lo ha delatado después de lo que le dije el día del velatorio. Sabrá que yo he sido el motivo por el que lo han sacado de clase como si fuera un sospechoso delante de todo el mundo.
Solo me queda esperar que valga la pena cualquier conclusión que puedan llegar a sacar de esto, porque estoy más que segura de que me acabo de ganar como enemigo al estudiante más influyente de toda la escuela.
No veo a Adrian el resto del día, pero los cotilleos se extienden como el fuego, sobre todo si es Sophie Adams la que habla sobre ello.
Cuando acaban las clases parece haberse transformado en la agente de relaciones públicas improvisada de Adrian y se ha asegurado de que nadie crea de verdad que es un criminal.
No, no se ha metido en ningún lío con la policía.
De hecho, les está ayudando a cerrar la investigación sobre la muerte de Mickey para que la familia Mabel pueda descansar al fin de todo este tema. Ya conocéis a Adrian. Tiene un corazón demasiado grande. No sabe decirle que no a la gente.
Es una historia creíble y, si yo no estuviera inmiscuida en todo este asunto, seguramente también me la habría creído.
Pero, en cambio, me paso toda la siguiente semana en un estado de tensión constante.
Miro por encima del hombro y espero el momento en el que Adrian venga a acusarme por haberle delatado a la policía, pero dicho momento nunca llega.
Las posibilidades de que haga eso son escasas, teniendo en cuenta que solo compartimos la clase en la que preparamos las solicitudes para la universidad y la hora del almuerzo, aunque tengo el presentimiento de que podría darme caza en cualquier momento si él quisiera.
Aun así, Adrian no me mira ni se digna a hablar conmigo.
Sea lo que sea lo que le esté contando a la gente sobre su interrogatorio con la inspectora Mills, a mí no me menciona en ningún momento.
Y las cosas pronto vuelven de nuevo a la normalidad.
La muerte de Mickey deja de estar en boca de todos. Nadie vuelve a sacar a Adrian de clase y yo vuelvo a ser igual de invisible que siempre, a pesar de que la tensión sigue ahí presente, como si fuera una araña fantasmal que me recorre la piel.
No puedo apartar el pensamiento de que esto es solo el principio.