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—Muchas gracias por el magnífico discurso, decano —dice Adrian y, para sorpresa de nadie, va vestido de punta en blanco con un traje negro muy elegante que probablemente haya costado más que todo ese evento a la luz de las velas.
No tiene sentido fingir que no se ve impresionante, con sus rizos negros bien peinados, sobre todo cuando la mitad de los estudiantes parece soltar un suspiro colectivo al verle.
Se toma su tiempo para colocarse frente al micro. Como si estuviera reuniendo el valor necesario para soltar su discurso.
—Como muchos ya sabréis —comienza Adrian y el tono de dolor en su voz es más que notorio—, Mickey y yo éramos amigos.
Se podría decir que le acogí cuando llegó a Lionswood.
Aquellos que lo conocían sabrán que era una persona increíble y muy amable.
No creo que existiera un ápice de maldad en él.
Cuando éramos voluntarios en el comedor social de primer año, solíamos echar jornadas de doce horas y Mickey nunca se quejó. Ni una sola vez.
Unos murmullos de apreciación se expanden por la multitud, pero estoy segura de que no tienen nada que ver con la dedicación de Mickey en su trabajo como voluntario.
—Pero, a pesar de la cantidad de buenos recuerdos de los que dispongo con Mickey —continúa—, no puedo evitar preguntarme cuánto estaría sufriendo en secreto. Lo que le ha ocurrido a Mickey es algo de lo que jamás podría…
Se le rompe la voz. Hace una pausa y se enjuaga unas lágrimas inexistentes.
—Lo siento. No quería emocionarme hoy. —Suelta eso casi sin aliento y hasta la propia madre de Mickey le ofrece una sonrisa para calmarle. El decano Robins finalmente se limpia una lágrima de los ojos.
Este momento de vulnerabilidad del chico de oro de Lionswood debería de ser muy conmovedor, pero no puedo evitar mirar hacia sus grandes manos colocadas sobre el borde del podio.
No veo tensión en ellas.
No está apretando el podio hasta casi tener los nudillos blancos como hago yo cuando estoy nerviosa. Simplemente está descansando las manos allí, completamente relajado.
Quizá sea una observación sin importancia, pero todo este numerito parece tan…
Vacío.
Falso.
¿El duelo de la madre de Mickey? Eso sí ha sido real.
¿La chica misteriosa que ha desaparecido en el momento en el que me he dado cuenta de su presencia? También era real.
Pero esto no.
Es un pensamiento terrible y sé que soy la única que lo piensa, ya que la breve exposición de Adrian ha suscitado más emoción en la multitud de la que he podido ver en toda la noche.
Siento un regustillo amargo al final de la garganta.
Desconecto durante el resto de su pequeño discurso, tan solo oigo que suelta algo sobre preocuparnos siempre por nuestros amigos y asegurarnos de que todo les vaya bien, y después veo cómo el decano Robins vuelve a ocupar el micrófono.
Adrian abraza a los padres de Mickey antes de bajar del escenario. Es el epítome de la empatía en todo momento, incluso cuando la madre de Mickey vuelve a romper en llanto en sus brazos y él la ayuda a calmarse.
Tengo que estar totalmente equivocada porque, cuanto más lo observo, menos puedo dejar de pensar que algo anda mal.
Parece como si estuviera viendo a un actor interpretando el papel de alguien que acaba de perder a un amigo, en lugar de que ese alguien haya perdido a un amigo de verdad.
El chico de oro de Lionswood se abre paso por la multitud, recibe palmaditas en el hombro y elogios por el discurso tan conmovedor que ha improvisado con una sonrisa humilde.
Cuando pasa por mi lado, me muevo por impulso, y termino haciendo algo muy poco común en mí: estiro a Adrian de una de las mangas de su traje de diseño.
Y, después, me dirijo por primera vez a él.
—Has dicho que eras cercano a Mickey —le digo—. Debió de ser horrible verle así. Después de lo que ha ocurrido.
Estoy tan cerca que jamás me habría podido imaginar lo alto que es y lo anchos que son sus hombros. Tengo que echar el cuello hacia atrás para llegar a mirarle a los ojos.
Debo sonar como otra estudiante pesada a punto de bailarle el agua, porque ni siquiera me mira mucho al pasar.
—La verdad es que no lo sé. Por suerte, estuve en la biblioteca cuando Mickey decidió saltar.
En voz muy baja para que nadie excepto él me escuche, digo:
—No estuviste ahí. Estás mintiendo.
Eso sí que llama su atención.
Adrian se gira y me mira con sus ojos oscuros.
Se me corta la respiración por el miedo y la sorpresa.
Sus ojos, enmarcados por unas pestaña largas y negras, son tan oscuros que casi parecen negros, y de cerca parecen incluso más vacíos.
Me da un repaso y no parece la mirada de apreciación con la que un chico podría mirar a una chica, sino que parece algo más.
Es como si me estuviera evaluando.
Necesito hacer acopio de todo mi valor para evitar encogerme bajo su mirada.
Tras unos instantes, curva los labios en una sonrisa, pero parece que la ha practicado demasiado como para ser genuina.
—Supongo que tienes razón —me dice—. No estaba en la biblioteca cuando ocurrió. Justo estaba saliendo.
—No —reitero—. No estabas en la biblioteca. Estabas en el dormitorio de los chicos cuando ocurrió. En el piso de Mickey. Tuviste que ver su cuerpo. O, al menos, escuchar los gritos.
No deja de sonreír en ningún momento, pero sí estrecha la mirada.
—Creo que me debes de estar confundiendo con otra persona. —Y, antes de que pueda refutarlo, se sacude la manga de mi agarre—. Si me disculpas, creo que he visto a un compañero que quiere hablar conmigo.
No consigo volver a alcanzarle.
Si intento retenerle en contra de su voluntad, lo único que conseguiré será montar un numerito.
Da un paso a mi alrededor y, cuando ya creo que hemos terminado, hace una pausa y vuelve a mirarme por última vez.
—Creo que no me has dicho cómo te llamas.
Trago saliva.
—Poppy.
— Poppy. —Mi nombre se le deshace en la lengua como si fuera mantequilla y de repente entiendo por qué Sophie se pone tan contenta cuando se dirige a ella por su nombre—. Ha sido un placer conocerte.
Desaparece en medio de la multitud y no es hasta que se encuentra a varios metros de distancia, ocupado en una conversación con un grupito de jugadores de lacrosse , que el corazón deja de martillearme en el pecho.