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La habitación de Mickey permanece revestida en cinta amarilla como si fuera la escena de un crimen y también aparecen unos hombres el miércoles por la mañana vestidos con unos trajes protectores para hacer una prueba química con la sangre que todavía se encuentra en la acera, pero, quitando eso, poco a poco las cosas comienzan a volver a la normalidad.

Retomamos las clases el resto de la semana.

Todos los profesores de último año nos han enviado distintas versiones del mismo correo electrónico: un recordatorio apenas disimulado de que no iban a ampliar los plazos de las fechas de entrega de ningún proyecto y después, en letra pequeña, que pidamos cita con el psicoterapeuta especializado en duelo en caso de que lo estemos pasando mal.

Incluso las publicaciones tristes que inundaban mis redes sociales hace tan solo unos días empiezan a disminuir considerablemente.

La gente parece que quiso empezar a leer entre líneas.

Mickey se convirtió en el pobre chico con beca que no pudo soportar el ambiente académico tan competitivo de Lionswood y que terminó explotando de la peor de las maneras.

Los cotilleos viran hacia un antiguo vídeo del equipo de lacrosse en el que todos los jugadores salen totalmente borrachos debatiendo sobre si BeeBee Landis se operó las tetas durante el verano o no.

En un simple parpadeo, la muerte de Mickey pasa a formar parte de la enorme pila de escándalos de Lionswood.

Y, tras eso, encuentro un panfleto pegado en mi puerta el viernes.

La sonrisa turbia de Mickey me devuelve la mirada en blanco y negro, seguida de la información para acudir a un velatorio a la luz de las velas en el patio el próximo sábado.

No paso por alto la letra pequeña casi microscópica al final del panfleto en la que pone que la familia Ellis se va a encargar por completo de organizar el evento.

Me lo imaginaba.

Sé que Adrian se ha mostrado muy generoso desde que se anunció que Mickey había muerto. Pagó de su bolsillo el cáterin para el almuerzo y supongo que el evento de despedida será de lo más elaborado, pero no puedo evitar sentir el estómago revuelto.

La gente solo miente cuando tiene algo que ocultar.

Eso es lo que Rick, el novio actual de mi madre y mi seudopadrastro, siempre me dice. También es verdad que las únicas fuentes de información de Rick son las teorías conspirativas que ve en Facebook y que sigue convencido de que siempre le robo el cambio en efectivo de su camioneta.

Así que supongo que tan solo me lo estaré imaginando todo.

Quizá Adrian mintió sobre su ubicación el día del accidente para prevenir que Sophie y sus amigos reaccionaran con más exageración de la cuenta.

Quizá no me escuchara llamar a Mickey. O quizá no quiso pasarse toda la noche siendo interrogado por varios inspectores en una sala de interrogatorios fría y desolada.

Como me esperaba, no falta ni un solo detalle en el velatorio en memoria de Mickey. Se celebra al más puro estilo de Lionswood. Veo el brillo de miles de velas y candelabros meticulosamente posicionados por todo el césped del patio bajo las estrellas del cielo crepuscular.

Rosas conmemorativas y nomeolvides se entretejen en los grandes arcos verdes que bordean el camino hacia el escenario, donde se encuentra sentado el decano Robins con la cabeza inclinada y las manos unidas al lado de una pareja mayor que me imagino que deberán de ser los padres de Mickey.

Comparten el mismo pelo rizado y encrespado de su hijo mientras miran hacia la pantalla gigante que no para de proyectar la misma foto poco agraciada del anuario de su hijo que también usaron para el panfleto.

Me siento un poco mal por Mickey, estoy segura de que yo odiaría que todo el mundo usara para recordarme la foto del anuario de primer año.

Tampoco es que nadie, a excepción de sus padres, se esté fijando mucho en la pantalla. Quizá este evento sea única y exclusivamente en nombre de Mickey, pero, para el resto de los estudiantes, estos eventos siempre son la oportunidad perfecta para algo más.

Para intentar dar buena imagen.

Siempre se rumorea sobre quién es la mejor vestida, quién ha reciclado algo de su armario, quién se ha arriesgado demasiado y ha terminado quedando en ridículo.

Sophie, por supuesto, parece estar luchando por ser la mejor vestida a juzgar por el vestido negro de Alexander McQueen que lleva puesto.

Me cruzo de brazos para tratar de ocultar el roto en la tela de la costura de mi vestido negro. Me queda bastante ajustado alrededor del pecho y las caderas, sin duda un efecto secundario de haber permanecido guardado en el fondo de mi armario desde el instituto.

Ha sido todo lo que he podido hacer para evitar que la envidia haga acto de presencia cada vez que veo otro increíble vestido tipo cóctel pasar por delante de mis narices.

Yo he venido aquí por Mickey.

Y puedo llorarle de la misma forma en un vestido que me compré en el centro comercial hace más de diez años como lo haría en uno de diseñador.

Una vez que todo el mundo está sentado, el decano Robins se acerca al podio y las velas proyectan un cálido resplandor sobre su piel morena.

Su discurso es más bien breve y nos proporciona varias estadísticas sobre el suicidio antes de volver a recordarnos que pidamos cita al maravilloso psicoterapeuta especializado en duelo de la escuela.

Agradece a los padres de Mickey haberle permitido asistir a la escuela y les expresa también sus condolencias de que el futuro tan brillante de Mickey haya tenido que terminar tan pronto.

Pronuncia el discurso sin soltar ni una sola lágrima, a pesar de que mantiene el pañuelo apretado en una mano, listo para pasar a la acción en cualquier momento.

Es el discurso totalmente vacío y perfecto que esperaba oír por parte del decano Robins.

Le ofrece sus disculpas a los padres sin inculpar en ningún momento a la escuela de absolutamente de nada.

Imagino que ya habrá tenido una reunión con los padres de Mickey y el abogado de la escuela para que firmen los papeles necesarios para asegurarse que no demandarán a Lionswood por el suicido de su hijo.

La madre de Mickey es la siguiente en subir al podio. Es una mujer de mediana edad con los mismos ojos azules que su hijo.

—Lionswood era el sueño de Mickey —dice a través de las lágrimas—. Amaba esta escuela. Siempre me llamaba para contarme todos los amigos que había hecho y lo mucho que le encantaban las clases. Era muy feliz aquí, jamás pensé que podría llegar a…

El dique emocional se viene abajo y termina sollozando con fuerza. Yo aparto la mirada, me siento como si estuviera entrometiéndome en un momento en el que no soy bienvenida.

Cuando giro la cabeza, me fijo en otra persona que también está llorando. Y no solo toqueteándose los ojos con un pañuelo como el resto de los estudiantes, no; esta chica parece que está llorando de verdad. Parece haber estallado en llanto.

Se encuentra al fondo del todo, justo casi al final, donde se terminan de congregar los estudiantes, como si no fuera uno de nosotros. Entrecierro los ojos mientras empieza a florecerme la curiosidad porque, conforme más la miro, más me doy cuenta de que no lo es.

No es una estudiante de Lionswood.

Cuando más la miro, más obvio me parece.

Soy buena recordando caras y nunca había visto la de ella antes.

Va vestida con una camiseta negra de manga larga y unos vaqueros. Le tiemblan tanto los hombros que le cae el pelo marrón por el rostro ocultándoselo.

¿Quizá sea una amiga de la familia?

Pero, si lo fuera, no entiendo por qué no se une a los padres de Mickey en el escenario en lugar de simplemente quedarse de pie entre los estudiantes.

Como si pudiera sentir que la estoy mirando, la chica alza la mirada y la clava en la mía el tiempo suficiente como para que abra los ojos en señal de alarma.

Y, después, sale disparada de allí.

Veo, totalmente confundida, cómo se dirige hacia la salida y se escabulle por la gran verja de hierro que bordea el campus y oculta el patio.

No, definitivamente, no era una estudiante.

Miro a mi alrededor, esperando a que alguien más se haya dado cuenta de lo que acabo de ver yo, pero todo el mundo parecer tener la atención puesta en el escenario, mientras que el señor Mabel ayuda a su mujer afligida a volver a su asiento.

Qué extraño.

Lo siguiente que veo es cómo proyectan una presentación de Mickey con una música instrumental de piano muy melancólica.

La mayoría de las diapositivas son recuerdos de su infancia, pero muchas también son del tiempo que pasó en Lionswood.

Veo fotos grupales en las que aparecen Sophie y Penelope junto a un grupito de chicos populares y, en casi todas ellas, Mickey se encuentra justo al final.

Es el chico sonriente que ha sido relegado al fondo del grupo.

Como si fuera un personaje secundario.

Solía pensar que Mickey no se daba cuenta de la forma en la que le trataban, pero supongo que debería sentirse más marginado de lo que yo pensaba.

Quiero decir, para llegar a hacer eso…

Algo me quema en el pecho, y no es culpa.

Yo lo intenté.

Intenté ser amiga de Mickey. Traté de acercarme a él, ya que ambos compartíamos el estatus de marginados, pero él siempre me rechazaba.

Y dado lo que ha ocurrido esta semana, no estoy muy segura de que sus esfuerzos para rechazarme e integrarse consiguieran otra cosa que no fuera que ambos nos sintiéramos solos aquí.

Lo que siento es pena.

Yo al menos puedo admitir, a pesar de mis grandes esfuerzos, que no pertenezco a este lugar.

O quizá Mickey tan solo te caló hondo y se dio cuenta de que tú sí eres una marginada de verdad.

Ese pensamiento aparece sin previo aviso, pero trato de detenerlo antes de que pueda extenderse en mi mente.

Escucho varios suspiros de alivio cuando termina la presentación antes de que el decano Robins le indique a Adrian Ellis que suba al escenario. Un murmullo de emoción se abre paso por todo el estudiantado.