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No me bebo el agua que me tiende la inspectora.
He visto suficientes capítulos de Ley y orden para saber que pueden extraer el ADN de estos vasitos de plástico y, a pesar de que esta inspectora bajita y de aspecto severo me ha dejado claro que no soy sospechosa del crimen, yo sigo dándole vueltas a mi propia paranoia.
El espejo unidireccional que hay en la sala de interrogación tampoco es que ayude mucho.
—Ahora mismo no estoy investigando a nadie en concreto —me asegura la inspectora Mills—. Tan solo estoy tratando de descubrir qué ocurrió y por qué. —Me ha reiterado eso al menos cinco veces ya—. Vuelva a contarme lo que vio.
Y, de nuevo, vuelvo a responder las mismas preguntas que me ha hecho por lo menos otras cinco veces.
No, Mickey no me dijo nada en la cafetería que pudiera indicar que iba a hacerse daño a sí mismo.
No, nadie dijo nada que pudiera indicar que quería hacerle daño a Mickey.
No, no le vi saltar.
No, ya no soy menor y no necesito que llames a mi madre.
Sí, estoy bien.
Parece darse cuenta de que soy un poco escurridiza con las fuerzas de la ley, aunque no es que eso le haya impedido dejarme frita en esta silla rígida y metálica mientras trataba de confirmar mi coartada durante la presentación de la beca.
La misma presentación que Mickey pasó en su dormitorio, seguramente antes de…
Sacudo la cabeza y suspiro.
—Le he visto esta mañana. Durante el almuerzo.
—Han pasado horas ya desde que las fuerzas de la ley me han sacado de la habitación de Mickey, totalmente paralizada y horripilada, aunque todavía sigo recuperándome de la conmoción—.
Teníamos planes. Se supone que teníamos que hacer la presentación juntos. Se aseguró de que yo hiciera mi parte.
—¿Y cómo parecía cuando habló con él? —Se recoloca un mechón de pelo de color chocolate en su moño apretado y de estilo militar. Es joven. Quizá tenga unos treinta y algo, pero las sombras que tiene debajo de sus ojos marrones dejan entrever que quizá lleva sin dormir los últimos diez.
Parpadeo hacia la mesa de metal, justo hacia las ranuras vacías por donde pasarían un par de esposas si las llevara puestas.
—Parecía… —Intento recordar nuestra interacción durante el almuerzo, pero los detalles parecen escapárseme. No recuerdo si estaba sonriendo, frunciendo el ceño, llorando o alguna otra cosa—. Normal. No parecía como si fuera a volver a su dormitorio a…
Se me seca la garganta.
No puedo decirlo.
«A suicidarse» parecen las palabras incorrectas.
Unas palabras vulgares.
Pero es lo que llevamos elucubrando durante toda la noche tanto yo como los estudiantes llorosos que encontraron su cuerpo sin vida aplastado contra el cemento y los primeros paramédicos que llegaron a la escena.
Ninguno de nosotros quiere ser el primero en llamar a las cosas por su nombre.
La inspectora Mills suspira.
—Mickey y usted eran los únicos alumnos con beca en Lionswood, ¿verdad? Una escuela privada tan grande y competitiva como esa, estar rodeado de niños ricos todo el día… Imagino que debe de ser muy solitario. ¿Eran cercanos? ¿Confiaba Mickey en usted? ¿Le contaba cosas?
Coloco las manos en los huecos vacíos de la mesa.
—No. Se podría decir que no éramos muy amigos.
Estoy segura de que la policía habrá confiscado el móvil de Mickey como prueba y ahora no puedo parar de pensar en todos los mensajes que le envié enfadada durante la presentación, los cuales seguramente me hagan quedar como una gilipollas.
Parece que he pasado los últimos momentos de la existencia de Mickey en la tierra maldiciéndole, así que, sí, quizá sí sea una gilipollas.
—En cualquier caso, este tipo de incidentes… —Se aclara la garganta—. No siempre son espontáneos. A veces hay señales de advertencia previas. Drogas, alcohol, desprenderse de posesiones preciadas, expresar felicidad después de una depresión. ¿Notó algo de eso?
Sacudo la cabeza.
—Creo que no soy la persona a la que deba estar haciéndole estas preguntas. Sí, Mickey y yo éramos los dos únicos alumnos con beca, pero solo hablábamos dos veces al año por motivos académicos y poco más. Él no… —tamborileo los dedos sobre la mesa— confiaba en mí.
La inspectora aprieta los labios y vuelve a suspirar. Llevamos así un buen rato y dudo que sea la primera ni la última estudiante que se vaya a sentar en esta silla esta noche.
—De acuerdo, señorita Davis. Si llega a recordar cualquier otra cosa, incluso aunque crea que sea irrelevante, avíseme. Me pondré en contacto con usted si se me ocurren más preguntas que hacerle. Parece que se ha hecho tarde. Le pediré a uno de mis oficiales que la acompañe de vuelta al campus.
No he consumido ni un gramo de cafeína hoy, pero me siento algo nerviosa cuando me levanto. Me acompaña hasta la puerta antes de darme una palmadita en la espalda y me recomienda que intente conciliar el sueño.
Un oficial alto y con mostacho me lleva de vuelta al ala oeste. Veo a unos cuantos investigadores dando vueltas todavía por la escena del crimen y seccionando el edificio con cinta amarilla.
Pero no veo estudiantes.
Todo el mundo debe estar ya en sus dormitorios según el correo electrónico urgente que han enviado desde la oficina del decano cuyo asunto citaba «terrible accidente».
El dormitorio está en total silencio cuando subo por las escaleras y mi habitación sigue igual que la he dejado esta mañana. Los utensilios de arte siguen desparramados sobre mi escritorio barato de pino y mi cama doble está medio deshecha.
No me molesto en tratar de arreglar el caos. Esta noche no.
Me quito los zapatos, me arrastro debajo de mi edredón azul marino y cierro los ojos. Un grave error.
Porque todo lo que veo es a Mickey.
Mickey en la cafetería. Mickey en el vestíbulo. El cerebro de Mickey aplastado contra el pavimento.
No consigo dormir.
Me despierto con un nuevo correo electrónico en la bandeja de entrada en el que nos informan de que la policía sigue investigando la muerte de un estudiante y que se han cancelado todas las clases de ese día.
En ningún momento nombran de qué estudiante se trata, pero al menos cinco o diez personas vieron a los paramédicos cargar el cuerpo de Mickey en una camilla, así que no creo que siga siendo un gran misterio a estas alturas.
Pronto llega otro correo electrónico en el que indican que los estudiantes tienen a su disposición a los psicólogos de la escuela o a los psicoterapeutas especializados en duelo en caso de que sientan que necesitan hablar con alguien sobre lo ocurrido seguido de algo relacionado con que unos perros de terapia visitarán el campus la semana que viene.
No es el tipo de respuesta que esperaba por parte de Lionswood y, sin embargo, no sé muy bien qué hacer con esa información.
No es que Mickey y yo tengamos una gran historia juntos que pudiera servir para sentarme delante del psicólogo de la escuela y sonarme la nariz con un paquete entero de pañuelos.
La televisión no me ayuda a distraerme, así que me meto en internet. Otro gran error.
En todas mis redes sociales están hablando sobre Mickey.
Instagram está repleto de fotos tristes y citas inspiracionales acompañadas de textos como «Vuela alto, Mickey» o «El cielo le dio la bienvenida a otro ángel anoche».
La publicación de Sophie se ha vuelto prácticamente viral, una foto suya editada y en blanco y negro mirando a través de la ventana de su dormitorio, con la cara totalmente maquillada y un chándal negro ajustado.
«Hoy me siento más que agradecida por toda la gente que hay en mi vida» es lo que pone en su publicación, y los comentarios están repletos de gente expresando condolencias por su pérdida.
Decido bloquear el teléfono después de ver eso.
Me siento completamente fuera de lugar, a la deriva e incapaz de pensar con claridad.
No es que sea el único estudiante de Lionswood que haya muerto.
Durante mi primer año, murió una chica un año o dos mayor que yo junto a toda su familia después de que se estrellara su jet privado en la costa del Cabo San Lucas.
El año pasado, un chico murió atropellado en un accidente de carreras con sus amigos.
Pero Mickey…
¿Será porque fue un suicidio? ¿Porque vi su cuerpo?
¿O quizá porque se estaba riendo con sus amigos en la cafetería tan solo unas horas antes?
Continúo analizando la situación mentalmente, pero algo no termina de encajarme.
Mickey parecía feliz aquí. Tenía amigos.
Buenas notas. Un futuro mucho más brillante que el mío.
Y estoy segura de que el psicoterapeuta especializado en duelo seguramente me diría que la depresión clínica no tiene piedad con nadie, pero…
¿Por qué terminó su parte de la presentación si no tenía pensado llegar a hacerla nunca?
Tras un rato, no puedo ignorar los ruidos que hace mi estómago y me obligo a salir de la habitación para buscar un bocadillo y un poco de aire fresco.
Espero que el campus siga igual de silencioso que la noche anterior y que todo el mundo esté de luto en la privacidad de sus dormitorios, pero me encuentro la cafetería llena de estudiantes.
El ambiente es sombrío, como cabe esperar, pero alguien ha pedido comida italiana para todos los alumnos de último año, así que todo el mundo parece estar compartiendo su tristeza entre focaccias y lasañas.
El luto no va a evitar que me salte una comida gratis, así que me cargo el plato y me siento en una mesa vacía. Sophie Adams se encuentra en la mesa de al lado, rodeada por las mismas chicas de siempre.
—He contactado con mi terapeuta esta mañana —dice, dándose toquecitos en los ojos con un pañuelo bordado.
Su pelo castaño parece recién alisado y no parece que haya probado bocado de la lasaña—.
Me ha dicho que es muy normal que nos echemos la culpa en estas situaciones, pero tenemos que recordar que la elección fue solo de Mickey.
—Tú eres la que menos debería preocuparse, Soph.
—Penelope le pasa una mano por la espalda a Sophie e incluso Ava parece haberse olvidado de aplicarse un maquillaje tan cargado como siempre y solo se ha puesto un poco de máscara de pestañas—.
Le hiciste sentir incluido. Como si fuera uno más de nosotros.
Ambas asienten.
—Fuiste muy amable con él —añade Ava—. Sus ojos prácticamente brillaban cada vez que le dejabas sentarse a comer con nosotras.
—O unirse a las fotos grupales —dice Penelope.
—O cuando finalmente le seguiste en Instagram —dice Ava—. ¿Te acuerdas? Se puso súpercontento.
Sophie asiente mientras sigue lloriqueando.
—También iba a invitarle este año a mi fiesta de Halloween. Me dijo que él se encargaría del ponche.
Se cubre el rostro con el pañuelo, lo que consigue que le llueva otra ronda de palmaditas de apoyo en la espalda.
—No se me ha corrido la máscara de pestañas, ¿no?
Pincho con cierta violencia la lasaña hasta que parece sangrar queso ricota.
Sé que no debería actuar como la policía del duelo de nadie, pero Mickey se tiró cuatro años intentando infiltrarse en su círculo social, solo para que ahora hablen de él como si fuera un chucho perdido al que dejaban dormir en el garaje.
Parece que, después de todo, Mickey sigue siendo un acto de caridad.
El chico de la beca.
Si la muerte no puede hacerles cambiar de opinión, no sé muy bien qué lo hará.
Por supuesto, todos los alumnos de último año se animan al instante en cuanto Adrian Ellis aparece en la cafetería unos instantes después, yo incluida.
Él estuvo allí anoche.
Lo recuerdo.
Estuvo allí.
Es en ese momento que recuerdo cómo desapareció por las escaleras cuando le llamé. Bueno, técnicamente no le llamé a él, ya que confundí las ondas oscuras que le caen por la frente con el pelo encrespado de Mickey.
La verdad es que fue una situación la mar de extraña, ahora que lo miro en retrospectiva.
No puedo evitar preguntarme si me vio tan claramente como yo lo vi a él. Me quedo esperando a que mire en mi dirección conforme entra en la cafetería, pero no lo hace.
Sophie se lanza a por él en cuanto puede alcanzarle.
—Me alegro muchísimo de que estés aquí, Adrian —lloriquea—. Esta mañana ha sido horrible, pero… —Aparta a Penelope del banco para que Adrian pueda sentarse a su lado—. No sé, creo que será mucho más soportable ahora que estás aquí.
Le ofrece una sonrisa simpática, pero sus ojos están más vacíos que nunca. No parece para nada perturbado, aunque estoy segura de que debe de estarlo.
—La lasaña está deliciosa —dice Ava—. Gracias por el servicio de cáterin, Adrian.
Así que este enorme bufé gourmet de comida italiana ha sido gracias él. Otra obra de caridad altruista por parte de Adrian Ellis.
—No pasa nada —responde encogiéndose de hombros—. Mi abuelo siempre decía que la comida italiana es lo mejor para un corazón que está de luto. —Esto desencadena un coro de suspiros por parte de las chicas. Incluso los atletas que se encuentran al final de la mesa parecen conmovidos por el gesto.
—Siempre piensas en los demás, Adrian —añade Penelope con un tono cargado de admiración mientras se coloca un mechón de pelo rubio como la miel detrás de las orejas.
Sophie se aclara la garganta.
—¿Sabes? Estaba en mi dormitorio cuando Mickey…
—se acerca a él y abre la boca como si fuera un secreto— saltó.
Gracias a Dios que no escuché lo que ocurrió, pero sí oí los gritos.
¿Sabes que Melanie Cohen pasó por ahí cuando se tiró?
Me ha dicho que vio cómo impactó contra el suelo.
En serio. Menudo trauma. Creo que yo tendría que ir a terapia toda la vida si hubiera llegado a verlo con mis propios ojos.
Unos gritos ahogados y asentimientos aparecen por toda la mesa.
Adrian frunce el ceño con preocupación.
—Qué horrible.
—Lo fue —suspira ella. Le da un apretón en uno de sus anchos hombros—. ¿Dónde estuviste tú? No viste lo que ocurrió, ¿no?
Adrian sacude la cabeza.
—Por fortuna, no. Estuve en la biblioteca toda la tarde, así que me perdí lo que ocurrió, aunque he oído que fue horripilante.
Hago una pausa a medio bocado.
¿Qué?
Debo de haberlo escuchado mal, porque estoy segura de que vi a Adrian anoche. Estoy tan segura de ello como lo estoy de mi propio nombre.
Estaba al final del pasillo cuando Mickey se tiró de un quinto piso. Debió de ver a los paramédicos recoger el cuerpo de Mickey cuando salió del dormitorio. De hecho, es imposible que haya podido evitar por completo los gritos de los estudiantes y las sirenas de la policía.
Lo que significa que está mintiendo.
Adrian Ellis está mintiendo abiertamente sobre dónde se encontraba anoche.
Me quedo mirándole.
Ahora mismo está reconfortando a Sophie, mientras deja que llore en su hombro y hable sobre lo injusta que es la muerte.
Aparto el plato de lasaña sobre la mesa. Ya no tengo apetito.