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Técnicamente, no le he contado ninguna trola al decano o a ningún miembro de la facultad. La historia es cierta, lo único es que puede que quizá les falte un poco de contexto.
Uno: el casero en cuestión era uno de los novios de mi madre, Ed, quien tuvo muchas razones para echarnos tras descubrir que se estaba acostando con uno de sus compañeros de trabajo. Fue toda una pena. Ed tenía una casa muy bonita y casi no nos cobraba alquiler.
Dos: era invierno, sí.
Pero invierno en Mobile, Alabama.
La temperatura más baja ese año fueron 10 grados.
Pero decido no facilitarles ninguno de esos datos. Es más fácil sentir pena por alguien cuando ese alguien es la única víctima de la historia.
—Tan solo quiero recordarle que las solicitudes para la universidad están a la vuelta de la esquina, señorita Davis —me reprende el decano—.
Quizá el próximo semestre nos pueda presentar mejores notas, un par de asignaturas extraescolares y la carta de aceptación de una universidad.
—Su tono de voz es regio, pero puedo ver cómo su rostro muestra pena.
Ahora mismo soy un cachorro abandonado que se ha encontrado en una cuneta al que piensa rescatar.
Le proporciono la sonrisa más amplia que consigo esbozar.
—Estoy segura de que así será, señor.
Doy por concluida la presentación tras darle un apretón de manos a todo el mundo y tener que aceptar sus consejos de vida uno a uno.
No es que me apetezca mucho que un antiguo alumno lleno de canas me diga que tengo que «ser valiente y tirar para adelante» mientras el brillo de sus mocasines de mil dólares casi me deja ciega.
Yo solita estoy tirando para adelante.
Logré obtener muy buenas notas en la prueba de acceso y así fue como conseguí una beca para Lionswood.
Pero a esa historia, al igual que la que acabo de contar hoy, también le falta un poco de contexto.
Me vuelvo furiosa a mi dormitorio.
La chaqueta fina y raída que llevo puesta no sirve de mucho para evitar la gélida brisa que susurra entre los arces rojos que bordean el camino de piedra y lo único que evita que me castañeen los dientes es la furia que me hierve por las venas.
Todavía no he recibido noticias de Mickey. Ni una disculpa. Ni una excusa. Ni siquiera un mensaje con algo parecido a: «¡Espero que te haya ido bien!».
Otra fuerte ráfaga de viento sacude el follaje otoñal. Me apretujo más la chaqueta mientras dos chicas pasan por mi lado riéndose, ambas ataviadas con unos elegantes abrigos acolchados de Moncler.
Me burbujea la envidia antes de que pueda evitarlo.
Me gustaría poder decir que ya he superado el sentimiento de envidia por no tener una chaqueta de dos mil dólares, pero no es así. Vivir rodeada por los lujos para nada discretos que se respiran en Lionswood no me ha inmunizado para no desear cosas bonitas.
Tan solo me he vuelto más susceptible.
Intento dejar a un lado la amargura porque, aparte del desastre de presentación que he dado esta tarde, el cielo está muy bonito.
Los edificios góticos que conforman el campus de Lionswood casi parecen etéreos bajo la luna llena.
La mayoría de ellos no los han tocado desde principios del siglos dieciocho quitando alguna que otra reforma para instalar lo más básico, cableado eléctrico y fontanería.
El comité de antiguos alumnos se encarga personalmente, gracias a sus recursos económicos infinitos, de que el campus parezca recién sacado de una novela de Dickens.
Las hojas crujen debajo de mis zapatillas de deporte mientras giro la esquina tan familiar hacia los dormitorios de los alumnos de último año, más conocido como el ala oeste.
Se trata de un gran edificio en bloque con ventanas de cristal y una histórica torre del reloj, separado en secciones mixtas con suites privadas. Sigue siendo un dormitorio compartido, pero es la primera vez que dispongo de mi propio baño.
Necesito hacer fuerza con todos los músculos del cuerpo para abrir las enormes puerta de madera de roble, pero, por fortuna, no se encuentra nadie en la sala común que se dé cuenta de lo mucho que me cuesta abrirlas.
O para ver cómo me acerco a la chimenea humeante que se encuentra en la entrada para tratar de entrar en calor.
El espacio compartido que conforma la sala común es relativamente pequeño, dividido por dos escaleras estrechas y sinuosas: una que lleva a los dormitorios de las chicas y la otra a la de los chicos.
La furia vuelve a abrirse paso en mí en cuanto miro hacia la segunda.
Me pregunto si Mickey se encontrará ahora mismo en su dormitorio.
Podría estar con sus amigos. O jugando a videojuegos. O durmiendo. O haciendo cualquier otra actividad que le mantenga ocupado y distraído del hecho de que hoy me ha dejado completamente sola frente a la guarida del lobo.
Que te den, Mickey.
No me importa que finja que no existo en la cafetería o en los pasillos, al igual que el resto de mis compañeros, pero este es el único momento en el que se supone que tiene que cubrirme las espaldas. El único momento en el que se supone que debemos trabajar juntos.
Y estoy segura de que habrá ideado una disculpa muy elaborada para el decano Robins mañana por la mañana, pero yo también me merezco una.
La rabia se sigue extendiendo conforme sigo observando los escalones y entonces, antes de que pueda arrepentirme de esa decisión, me encuentro a mí misma subiendo la escalera que da a las habitaciones de los chicos con la intención de obtener la explicación y la disculpa cara a cara que merezco.
El primer rellano da a otra sala común, más grande que la anterior, decorada con tonos oscuros y neutros, camisetas de equipos de deportes y pósteres. Veo otra fogata encendida en la chimenea.
He oído cientos de historias sobre la sala común de los chicos.
Historias sobre qué se ha llegado a hacer aquí y, sobre todo, con quién, pero yo nunca me había aventurado a subir a este lugar antes.
Nunca he tenido ningún motivo para hacerlo.
Llevo aquí cuatro años y nunca ningún chico me ha invitado a subir estas escaleras o a su habitación.
Un pensamiento que trato de evitar que me haga daño en este momento.
Recorro la sala hasta que mis ojos se posan en el tablón de anuncios pegado a la pared, encima de un sofá verde oscuro, un tono más claro que la sopa de guisantes que me he tomado a la hora del almuerzo.
Es idéntico al que hay en la sala de las chicas. Se trata de una lista con todos los estudiantes que viven en esta parte del edificio.
Encuentro el nombre de Mickey en la lista ordenada por orden alfabético: habitación 504.
«Por supuesto, su habitación tenía que estar en la planta más alta».
Me queman los muslos en el momento en el que llego al final de la segunda escalera. Dedico parte de mi frustración a quien fuera que decidiera que un ascensor comprometería la integridad histórica del edificio.
La habitación 504 se encuentra al final del estrecho y oscuro vestíbulo que da a la parte trasera del edificio.
Giro la esquina y me quedo quieta al captar una silueta masculina que se encuentra al lado de la puerta de la escalera de la salida de incendios.
«¿Mickey?».
Entrecierro los ojos y trato de vislumbrar algún rasgo facial. Lo único que veo es lo que parece ser una cabellera rizada.
—¿Mickey? —digo en voz alta.
La silueta se sobresalta, pero, en lugar de girarse en mi dirección, abre la puerta de la salida de incendios y desaparece por la escalera. Se mueve con rapidez, pero, durante un instante, la figura queda bañada por las luces fluorescentes de la escalera y puedo ver su rostro.
¿Adrian Ellis?
Parpadeo cuando ya se ha marchado, pero es imposible confundir esa nariz aristocrática y esa mandíbula afilada que llevo viendo en la portada del periódico de la escuela durante cuatro años.
Supongo que él también vivirá aquí.
Una especie de escalofrío me sube por la espalda conforme me acerco a la puerta de Mickey.
Quizá esto sea una mala idea.
Podría girarme, volver a mi dormitorio y exigirle una disculpa mañana. Haberme aventurado hasta aquí quizá haya sido un poco exagerado, pero…
Ha sido él el que me ha dejado tirada hoy.
Así que tomo una larga inhalación.
Y llamo a la puerta.
No escucho ningún sonido al otro lado, ni siquiera el murmullo suave de la televisión o de un equipo de música. O está durmiendo o no está en su habitación, pero, en caso de que se trate de la primera opción, grito:
—¿Mickey? ¿Mickey, estás ahí?
Sigue sin responder.
Suelto un suspiro.
Un suspiro demasiado pesaroso para tratarse de una simple confrontación cara a cara.
Mis nudillos tocan con fuerza por última vez la puerta de madera antigua y, para mi sorpresa, esta se abre ante el peso de mi puño.
Abro la boca para disculparme por entrar en su habitación así como así, pero esta está vacía y la gran ventana de cristal junto al escritorio está totalmente abierta.
El frío gélido me golpea en el rostro, así que decido acercarme hacia la ventana.
A no ser que a Mickey le guste dormir a cinco grados con un viento helado, no tiene sentido que la haya dejado abierta.
Agarro el pestillo, pero mi cuerpo se queda rígido como una piedra.
Parpadeo una vez.
Y después otra, solo para asegurarme de que no se trata de una alucinación.
Pero en ese momento comienzan los gritos y sé que no soy la única que ha visto el cuerpo de Mickey tendido cinco plantas más abajo, con la cabeza abierta como si fuera un melón en medio del suelo de hormigón.