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—¿Está segura de que el señor Mabel va a venir, señorita Davis? —A pesar de que se encuentra a varios metros de distancia, me sigue dando la impresión de que el decano Robins me está mirando a través de sus gafas de metal.

—Sí. —Esbozo una sonrisa hacia los miembros de la facultad de Lionswood que se encuentran en la primera fila del auditorio con una falsa confianza que no poseo ahora mismo—. Estoy segura de que Mickey llegará en cualquier momento.

No estoy para nada segura.

Le he mandado ya diez mensajes diferentes. Desde un simple «Oye, ¿vas a venir?» hasta un «¿Dónde demonios estás?».

Son casi las seis y media y todavía no ha respondido a ninguno.

El decano Robins suelta un suspiro dramático mientras comprueba la hora en su reloj y se recoloca las manos sobre el regazo.

—Dado que os hemos avisado con muy poca antelación, supongo que podremos otorgaros otros cinco minutos de cortesía.

Trato de evitar moverme muy cerca del micrófono.

Me he preocupado tanto en terminar mi parte de la presentación que ni me ha dado tiempo a cambiarme. Las medias se me pegan a los muslos y se han secado hasta el punto en el que todavía siguen húmedas y son muy incómodas.

Venga, Mickey.

El tictac del gran reloj que se encuentra sobre las puertas del auditorio es el único sonido que resuena por todo el lugar, hasta que el decano Robins vuelve a suspirar antes de inclinar de nuevo su cabeza pelada hacia la salida.

—Bueno, señorita Davis, parece que el señor Mabel no va a venir hoy, ¿no?

Trago saliva.

Que te den, Mickey.

Después de lo de hoy, espero no tener que volver a oír ningún comentario sarcástico sobre lo mucho que procrastino con las diapositivas de las presentaciones de la beca.

—No, señor.

—Entonces supongo que tendrá que hacer la presentación sola —dice el decano Robins. Como si esa fuera la señal que estaban esperando, varios miembros de la facultad abren sus libretas de cuero y se preparan para tomar notas.

—No me importaría dejarlo para otro día —digo. Me cuesta mucho tratar de evitar que no se me note lo nerviosa que estoy al hablar—. Para poder hacer la presentación conjunta con Mickey, quiero decir.

El decano alza una ceja espesa.

—Bueno, ya estamos todos aquí. Si dispone de su parte, no entiendo por qué no puede presentarla hoy, señorita Davis.

Fuerzo una sonrisa.

—No, claro que no. No hay ningún problema, señor.

Él asiente y se vuelve a reclinar en su asiento mientras yo hago clic sobre la presentación de diapositivas en la pantalla del auditorio.

Siento las luces del escenario de pronto demasiado brillantes y rezo para que no puedan ver cómo me cae el sudor por la frente mientras me aclaro la garganta.

—Como siempre, me gustaría agradecerles no solo por su presencia esta tarde, sino por el hecho de que estén invirtiendo en mi educación. Me han dado la oportunidad de estudiar en la escuela más famosa del mundo y sé que nunca podré devolverles el favor.

Literalmente. Solo la matrícula cuesta alrededor de seis cifras.

Juraría que puedo ver cómo el decano Robins endereza los hombros debajo de su chaqueta de tweed . Le encanta oír cómo le hacemos siempre la pelota a Lionswood.

Hago clic en la primera diapositiva, una foto de Mickey y mía enseñando nuestros libros de texto con unas enormes sonrisas muy cursis. Nos la hicimos al inicio de primero y quizá sea la única foto que tengamos juntos.

En la foto veo que mis ojos grandes y marrones están llenos de esperanza y que llevo el pelo rubio platino y liso como un alfiler recogido en una coleta alta.

No reconozco a esa chica.

Quizá seamos idénticas, pero esa Poppy no presenta ninguna de las líneas de preocupación que ahora me surcan el rostro y yo no poseo ya su espíritu optimista.

—Como pueden ver, estamos muy felices de tener la oportunidad de estar aquí.

Ya.

Respiro con dificultad mientras hago clic en la siguiente diapositiva.

Una captura de pantalla de mi último boletín de notas.

He tratado de disfrazar los notables y suficientes con transiciones divertidas y fuentes coloridas, pero cuando le echo un vistazo al público que me rodea y compruebo sus rostros serios, puedo ver que no he engañado a ninguno.

—Parece que ha sacado más de unos cuantos suficientes en Historia —comenta un señor con pelo gris al fondo. Creo que es del comité de antiguos alumnos.

—Y sus notas de Geometría no son para nada ejemplares —añade una de las profesoras de Matemáticas con una mirada perspicaz—. Me sorprende que todavía esté cursando esa asignatura en su último año. ¿Se ha apuntado a alguna asignatura extra para subir la media?

—Sí, he hecho algunas —respondo—. Sé que no son las notas… ideales. Pero acabamos de empezar octubre y me he estado poniendo al día con…

—Con las extraescolares, espero —añade otro profesor—. ¿Está en el club de debate? ¿Hace Matemáticas Aplicadas? ¿Marketing?

Noto cómo se me sonroja el cuello.

—En esas no, pero he asistido tres años a clases avanzadas de Arte. No he podido cuadrarlas con el horario de este año, pero si me permiten mostrarles…

Me dispongo a cambiar de diapositiva para enseñarles fotos de mi creciente portafolio repleto de obras de arte cuando el decano Robins alza una mano.

—No hace falta, señorita Davis. A pesar de que nos encanta que los alumnos desarrollen su lado más artístico, nuestra prioridad siempre serán las asignaturas troncales. Nos gustaría que se centrara en ellas si está teniendo problemas para aprobarlas.

Jugueteo con la madera desconchada del podio.

—Por supuesto, señor.

Y justo por esto necesito a Mickey.

Las presentaciones de la beca siempre han seguido una rutina sencilla y que nunca hemos tenido que verbalizar: Mickey se los camela con sus matrículas de honor y la cantidad de extraescolares que hace, mientras que yo me mantengo oculta con unas notas mediocres y doy el discurso de cierre explicando cómo esta beca me ha salvado de los horrores de la pobreza. Es para echarse a llorar, vaya.

El problema es que mi parte casi nunca funciona sin la suya. Al no estar aquí para que sus notas les sorprendan, solo se están fijando en las mías.

—Es usted una alumna muy inteligente, señorita Davis —dice el decano Robins—.

Las notas de la prueba de acceso de hace cuatro años lo demostraron, pero…

—Le echa un vistazo a su libreta—. Desde que comenzó a estudiar en Lionswood he podido ver cómo su desempeño académico ha ido bajando en varias ocasiones.

¿Sabría decirme el por qué? —Su mirada es más bien interrogatoria que acusatoria, pero noto cómo se me sube el corazón a la garganta de todos modos.

—Sí. Entiendo lo que pueden llegar a pensar, pero…

—Tan solo me preocupa, señorita Davis —continúa mientras sacude la cabeza—. Me he llegado a plantear si quizá Lionswood no sea la institución académica adecuada para usted.

Abro tanto los ojos que casi parezco un dibujo animado.

No, no, esto no puede estar pasando.

No voy a perder esta beca solo porque Mickey Mabel se haya entretenido con unos amigos, o se haya quedado dormido, o lo que sea que le haya impedido venir hoy.

Lionswood es mío. Me lo he ganado.

Inhalo con profundidad varias veces y observo las luces brillantes del escenario que parecen observarme de vuelta. Es como si estuviera mirando al sol y, unos segundos después, parpadeo a través de las lágrimas para volver a concentrarme en la multitud.

—Cuando tenía ocho años, mi madre y yo tuvimos un casero horrible que nos desahució sin motivo —comienzo—.

Ella era camarera en un bar de la ciudad.

Casi no teníamos suficiente para pagar la gasolina y la compra, por no hablar del alquiler, así que nos pasamos los siguientes tres meses viviendo en un coche mientras ella trataba de ahorrar algo de dinero.

Era invierno. Yo iba andando todos los días al colegio y después hacía los deberes en la barra del bar mientras ella trabajaba y después nos acurrucábamos en los asientos traseros del coche con unas cuantas mantas y las sobras que conseguía reunir durante su turno.

Con el tiempo, encontró otro trabajo. Encontramos un hogar y ese no fue nuestro peor invierno, pero…

Noto cómo me tiembla el labio y la voz mientras continúo hablando.

—A lo que me refiero es a que la beca de Lionswood me ha cambiado la vida, pero estoy tardando en acostumbrarme.

Me he pasado toda la infancia preocupándome por si podríamos pagar la factura de la luz en vez de aprenderme las tablas de multiplicar.

Y no estoy intentando que sientan pena por mí, tan solo quiero que entiendan que no habría un lugar mejor para mí que este.

Puede que mis notas no lo reflejen ahora mismo, pero estoy muy orgullosa de estudiar aquí y…

mi misión es enorgullecer a esta escuela.

Pienso hacerles sentir orgullosos este semestre y el que viene, y mucho más allá.

Les prometo que, dentro de diez años, estarán orgullosos de haberme tenido como alumna.

Tengo los nudillos blancos de tanto apretar el podio cuando termino y dejo que pasen unos cuantos segundos antes de echar un vistazo.

Antes de asegurarme de si he conseguido disipar la duda que han sembrado mis malas notas.

Solo me hace falta echarle una sola ojeada al decano Robins para saber que lo he conseguido.

Lo veo en sus ojos cristalizados, en el labio inferior tembloroso de la señorita Arnold y en el pañuelo de tela que se agita al fondo.

Me froto los ojos con la manga del uniforme.

El decano es quien rompe finalmente el silencio pesado.

—Eso ha sido toda una historia de superación, señorita Davis.

No es una que estemos acostumbrados a oír de parte de nuestros estudiantes.

—Se aclara la garganta—. Está claro que podría mejorar muchísimo su rendimiento académico, pero…

creo que hablo en nombre de todos en esta sala si digo que estamos deseando ver qué será de usted en el futuro gracias a la oportunidad académica que se le ha ofrecido aquí.

Un alivio dulce me penetra al instante.

Gracias a Dios.