Limerencia 1 #2
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—Dicen que ha sido por un cambio de horario.

Yo ya he terminado mi parte de la presentación, solo falta que termines la tuya.

¿Crees que podrás tenerla lista… preferiblemente antes de las 5:59?

¿Y sin faltas de ortografía esta vez? —Me doy cuenta de que está tratando con todas su fuerzas de no sonar fastidiado, pero ese tono se termina filtrando en su voz de todas formas.

Ambos sabemos que soy el eslabón débil en las presentaciones.

Le ofrezco una sonrisa tensa.

—Sí, no te preocupes, Mickey. Estoy segura de que podré tenerla lista antes de esa hora.

Siempre y cuando empiece justo después del almuerzo.

No pasa nada.

No pasa nada de nada.

De todas formas, habría tenido que hacer la presentación la semana que viene.

—Vale. —Él asiente y, por primera vez, parece más nervioso por la presentación que yo—. Gracias.

—Sí, claro.

Empujo un guisante con el tenedor y me aclaro la garganta.

—Oye, el ensayo de historia de la semana pasada fue bastante intenso, ¿verdad? Es que…

—Debería ir a pillar algo de comida antes de que cierre la cocina —me corta—. Te veo esta tarde, Poppy. —Veo cómo zigzaguea en dirección contraria, seguramente antes de que le coloque una pistola en la cabeza y le obligue a seguir hablando sobre nimiedades conmigo.

Aplasto un guisante con la cuchara.

No le echo la culpa a Mickey por ignorarme al igual que hace el resto. En otro contexto, venir de familias que utilizan cheques de ahorro en el supermercado seguramente habría sido suficiente para que fuéramos amigos, pero aquí…

Una vez llegué a pensar que llegaríamos a ser amigos algún día.

Dos novatos que se cubrirían las espaldas mientras tratan de navegar por unas aguas infestadas de tiburones.

Pero parece ser que Mickey ha logrado navegar las aguas mucho mejor que yo. Si entrecierro un poco los ojos, casi podría llegar a jurar que ya es uno de ellos.

Y acercarse demasiado a mí quizá llegue a surtir el efecto contrario.

Solo un año más.

Puedo sobrevivir un año más aquí.

Sigo enfurruñada cuando las puertas de la cafetería se abren y la sala parece hacer una pausa cuando el chico más cotizado de Lionswood entra por ellas.

Después de cuatro años aquí ya debería estar acostumbrada a la cantidad de atención que todo el mundo le presta a Adrian Ellis, pero a veces me sigue pareciendo surrealista. Todas las cabezas se giran en su dirección. Las conversaciones se detienen. La gente se queda paralizada a medio bocado.

Casi parece que estemos en una función de teatro.

—¡Adrian! Te veremos en el partido del viernes, ¿no?

—Tienes el pelo precioso hoy, Adrian. ¿Qué productos usas?

—¡Ven y siéntate con nosotros, Adrian!

—Vi tu presentación la semana pasada, Adrian. ¡Estuviste increíble!

—¿Puedo invitarte al almuerzo, Adrian?

El susodicho nunca demuestra si le molesta o no la cantidad de admiradores que tiene.

Acepta los halagos con amabilidad y se pasea por las mesas para desearle suerte al equipo de lacrosse y para bromear con los chicos del club de teatro.

Le pregunta a Roddy Locke si se está recuperando de la pierna que se rompió hace poco.

Se acerca al mostrador de magdalenas de chocolate para comprar una y deja quinientos dólares en la caja de donaciones mientras espera a que se la sirvan.

—¡Muchísimas gracias, Adrian! —dicen los chicos de la banda, con la boca abierta. Me siento como si estuviera viendo a la Madre Teresa de Lionswood en acción.

Uno de ellos intenta ofrecerle toda la cesta de magdalenas, pero él simplemente sacude la cabeza con una sonrisa.

—No, tranquilos. Solo quiero apoyar al equipo. —Incluso su voz es asquerosamente perfecta. Suave y grave como el tacto de la seda sobre la piel.

—¡Adrian! —Esta vez es la voz de Sophie la que destaca sobre el resto. Le hace un gesto con la mano y menea los dedos en su dirección—. ¿Vienes a almorzar conmigo? —Toda la mesa, incluida la propia Sophie, se mueve hacia los lados para que el asiento del medio quede libre para Adrian.

—Claro —dice él y se dirige hacia allí exudando confianza como alguien que solo entiende el rechazo por antonomasia y no porque alguna vez lo haya experimentado en sus propias carnes.

Sophie parece encenderse como un árbol de Navidad cuando él se acerca y coloca sus largas piernas en el asiento que han creado solo para él. Es tan alto que me imagino que las rodillas deben rozarle por debajo de la mesa, pero consigue acomodarse con gracia.

Nunca he tenido un flechazo con Adrian Ellis, no tanto como para preguntarle si puedo invitarle al almuerzo, pero tampoco puedo afirmar que sea inmune a sus encantos.

Después de todo, yo también tengo ojos y decir que Adrian Ellis es guapo es quedarse muy corto.

Es tan hermoso que hace que me duelan hasta los dientes.

El pelo oscuro y rizado que le besa la nuca, las pestañas largas y espesas y la mandíbula afilada ya es una combinación bastante peligrosa, pero si a eso le añadimos su gran altura y el físico que ha construido durante años por ser el capitán del equipo de natación de Lionswood, se podría decir que su aspecto es francamente mortal.

Es todo un aristócrata, tan reconocible por la forma de su nariz como por el Rolex que lleva sobre la muñeca.

Se apellido Ellis indica que se encuentra en otra liga, incluso en una escuela repleta de los hijos de los mayores magnates. Él es el uno por ciento del uno por ciento del uno por ciento, lo que significa que, un día, llegará a disponer de más dinero que el mismísimo Dios.

Así que no puedo culpar a todo el estudiantado por saltar ante la más mínima oportunidad y tratar de caerle bien. Aunque, dejando a un lado su belleza y su fortuna, siempre ha habido algo en Adrian Ellis que me ha dado mala espina.

Sus ojos.

Uno podría pensar que alguien que ofrece ayuda voluntaria en los hospitales locales, que lidera la comisión antiacoso de la escuela y que, seguramente, tras todo lo que sé sobre él, también se dedique a escalar árboles y rescatar gatitos, debería de tener una mirada amable y cálida que reflejara su estilo de vida altruista.

Pues ni mucho menos.

Sus ojos están vacíos. No hay ningún tipo de amabilidad, luz o calidez humana en ellos. Son tan oscuros que me ponen los pelos de punta. Si se supone que los ojos son la ventana del alma, la de Adrian parece un lugar bastante hostil.

—Estoy muy emocionada de la fiesta que vas a dar este finde, Adrian —le dice Sophie, acercándose a él y apoyándose en su bíceps.

Se supone que debería ser un gesto dulce, pero gracias a las uñas acrílicas y afiladas que lleva Sophie más bien parece que esté cerrando una garra alrededor de su presa—.

Yo organicé el banquete de los Adams el año pasado.

Tuvo lugar en Londres. Mi prima estuvo allí, la duquesa Camilla.

Claro.

La duquesa Camilla.

Una prima segunda impuesta por matrimonio y, a pesar de que su conexión con la monarquía británica es más que cuestionable, ella nunca pierde la oportunidad de recordárselo a todo el mundo.

Se tira otros dos minutos de reloj enumerando sus dotes como organizadora de eventos y Adrian le dedica una actuación digna de un Óscar al fingir que le importa mucho lo que le está contando.

Quizá mi imaginación me haya jugado una mala pasada porque es cierto que el chaval es un santo.

Le doy otro sorbo asqueroso a la sopa de guisantes y observo cómo Mickey escoge una bandeja y se dirige hacia la mesa de Sophie.

Los mejores y más brillantes estudiantes de Lionswood se han instalado en dicha mesa, que está ya hasta los topes, y nadie parece especialmente interesado en hacerle un hueco a Mickey, al menos no hasta que Adrian interviene.

Le hace un gesto a Mickey para que se acerque y todo el mundo comienza a moverse, intercambiarse y reajustarse como si fuera el juego de las sillas musicales hasta que hay espacio suficiente para que Mickey se apretuje entre ellos.

La sonrisa de Sophie se desvanece cuando a ella también le toca recolocarse, pero no discute en ningún momento con Adrian.

Nadie lo hace.

Caerle bien a Adrian es como conseguir un pase dorado en Lionswood y, a pesar de que no estoy muy segura de qué ha hecho Mickey para ganarse el suyo, supongo que debería estar contenta de que al menos uno de los dos lo haya conseguido.

Yo puedo seguir siendo invisible un año más.

Miro hacia la bandeja de Mickey y noto cierto regustillo de satisfacción cuando me doy cuenta de que él también se está comiendo la misma sopa de guisantes que yo.