Limerencia
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Necesito hacer uso de todo mi autocontrol para evitar que me den arcadas en este mismo momento.
Mi estómago se encuentra en un territorio muy peligroso y de solo volver a pensarlo…
Puedes hacerlo.
Inhalo con profundidad, aprieto el abdomen, me recuerdo a mí misma que me he comido cosas mucho peores y le doy otro sorbo a la sopa.
No sé cómo, pero consigo no escupirla sobre la bandeja del almuerzo que está vacía.
Los martes sirven en la cafetería una sopa de guisantes muy asquerosa sin gluten y sin lactosa. Es de un tono verde más oscuro que el vómito y tiene la misma textura que el yogur caliente. Y me la he comido enterita.
Cuesta la mitad que el resto de las opciones, así que me la meto en la boca con asco y trato de evitar pensar en todas las porciones de pizza de pepperoni que se encuentran esparcidas dos mesas más allá de la mía, ahora mismo repleta de miembros del equipo de lacrosse .
O de la cantidad ingente de magdalenas de chocolate que está vendiendo la banda de la escuela para tratar de recaudar fondos.
He llegado incluso a plantearme robar una.
Una magdalena de chocolate, eso es justo lo que necesito. No parece que los chavales que tocan en la banda estén muy fuertes.
Incluso me planteo acercarme a la zona de ensaladas, pero no podría justificar gastarme tres dólares más por un puñado de lechuga y una salsa ranchera sin calorías que solo logrará que mi estómago vuelva a rugir antes de que termine la hora del almuerzo.
—¡Mierda!
Los miembros del equipo de lacrosse estallan en carcajadas cuando su portero lanza una porción de pizza al otro lado de la cafetería como si fuera un frisbi y no acierta en la papelera.
La pizza cae con un golpe sordo y el queso y la grasa se derriten sobre el suelo de madera de la escuela que tiene más de doscientos años de antigüedad.
—Tío, ¡has estado a punto de acertar!
La verdad es que no lo ha estado. Freedy Rook se ha quedado al menos a tres metros de la papelera, así que dudo que en el futuro llegue a convertirse en jugador de la NBA.
Es vergonzoso tener que admitir que esa porción de pizza en cuestión, ahora recubierta con una nueva capa de suciedad y polvo, me sigue pareciendo más apetitosa que la sopa.
Un segundo miembro del equipo intenta acertar y el resto de la mesa comienza a corear para animarle, y yo me pregunto brevemente si alguno de ellos habrá tenido que pagar la compra en monedas de cinco y diez centavos. O si alguna vez se habrán saltado alguna comida porque no tenían dinero.
Me quedo mirando la porción de pizza.
No, supongo que no.
En Lionswood, el dinero siempre suele venir acompañado de una tarjeta negra y resplandeciente.
Hablando de consumismo.
De pronto aparece Sophie Adams con su elegante ensalada en la mano y se sienta en una de las mesas de madera más grandes justo en el centro de la cafetería. Lleva la misma falda plisada azul marino y camisa blanca que yo, pero parece un atuendo completamente diferente sobre su cuerpo delgado.
A veces me pregunto cómo no se deforma como una servilleta de papel al tener que cargar con su mochila de Burberry.
—No me decido —suspira Sophie hacia las chicas que están sentadas a ambos lados de ella. Empieza a comerse la ensalada con el mismo entusiasmo que un gato doméstico miraría su comida diaria—. Estoy muy estresada y mis niveles de cortisol están por las nubes. Estoy a punto de venirme abajo.
Puedo oír su voz como si estuviera casi a mi lado, no a dos mesas de distancia. Esa es la única ventaja de la esquina solitaria en la que siempre me siento. Desde aquí consigo captar las ondas sonoras como si fueran imanes.
Tampoco es que crea que alguna de estas personas llegara a inmutarse si me subiera a sus hombros o si les respirara en la nuca.
Aquí soy un fantasma.
Un fantasma vivito y coleando, pero un fantasma al fin y al cabo.
Completamente invisible, pero sujeto a los caprichos de mi sistema digestivo humano.
—Los dos vestidos te quedarían genial, Soph —le dice Penelope, quien se encuentra a la derecha de Sophie.
Durante estos últimos cuatro años, Penelope se lo ha currado para ascender de categoría y llegar a formar parte del círculo más cercano de Sophie.
Ha conseguido hacerlo dominando el arte de hablar sin llegar a decir realmente ni una sola palabra.
Ha sido gracias a eso y porque toda su familia tiene mucho poder, ya que se dedican al mundo de la publicidad y de la abogacía.
—Eso es obvio —le espeta Sophie y se aparta un mechón rebelde de color caoba del rostro. Tiene los mismo pómulos afilados, labios carnosos y ojos verdes y grandes que podría tener una muñeca Bratz.
Pero estamos en Lionswood, hogar de los ganadores de la lotería de la genética y tierra de los mejores cirujanos plásticos. Se podría crear un juego que consistiera en tratar de adivinar qué rasgos físicos son obra de cada cirujano.
—A mí me gusta más el vestido de Prada —le dice Ava a su izquierda—. Te ves muy sexi. Te acentúa mucho la figura. —El padre de Ava dirige una empresa tecnológica china, pero su madre es la estilista de muchas famosas, así que su opinión suele importarle mucho más a Sophie.
—Me imaginaba que a ti te gustaría más ese —dice Sophie—. A ti te va mucho el cuero.
La verdad es que nunca he visto a Ava Chen sin el uniforme escolar, pero su maquillaje pesado, brillante y negro, y sus botas de plataforma hasta a la rodilla me daban una pista de lo que le gustaba ponerse fuera de la escuela.
—No solo estamos decidiendo qué vestido me queda mejor —continúa Sophie—, sino qué vestido le va a gustar más a Adrian. —Abre mucho sus ojos verdes, como si acabara de confesarles un secreto increíble, aunque no creo que eso sea sorpresa para nadie y mucho menos para sus amigas.
Estoy segura de que la mayoría de los conjuntos de Sophie, y seguramente los de más de la mitad del estudiantado, han sido creados única y exclusivamente para alegrarle la vista a Adrian Ellis.
—Podrías preguntarle —dice Penelope—. A muchos chicos les gusta mucho hacer eso. Ya sabes, escogerle la ropa a su chica. —Le lanza una sonrisa a Sophie en la que se asegura de enseñar todos los dientes para mostrarle el blanqueamiento dental que sus padres le regalaron por su graduación.
Aunque no parece acertar mucho con el comentario. Yo lo sé y Sophie también lo sabe. Esta se gira para enfrentarse a Penelope con los ojos entrecerrados hasta que los convierte en dos rendijas.
—No pienso preguntarle —le dice—. Si Adrian llega a pensar que me estoy vistiendo para él, quedaré como una chica desesperada y repipi. Te aseguro que a los chicos no les gusta eso.
Penelope tiene el descaro de mostrarse avergonzada, pero mi documental de máxima audiencia se ve interrumpido momentáneamente cuando uno de los jugadores de lacrosse clava el codo por accidente en la bandeja de mi almuerzo y me derrama el vaso de agua sobre la falda azul marino.
—¡Oye! —grito, pero él ya se ha marchado hacia su mesa sin darse cuenta de que me acaba de mojar todos los muslos con el agua helada.
Uf. Genial.
Ya se me han empezado a humedecer la falda y las medias.
Noto la irritación que siento mientras intento limpiar la mancha con la servilleta que tengo en la bandeja. No me da tiempo de volver al dormitorio y cambiarme, así que supongo que me va a tocar llevar esta enorme mancha a clase de historia.
Me quedo mirando fijamente hacia la nuca del jugador de lacrosse . El muy idiota ni se ha dado cuenta de lo que ha hecho.
—Toma —dice una nueva voz—. Tengo servilletas de sobra.
Alzo la vista, sorprendida de que alguien haya visto el accidente, y sonrío con gratitud mientras recojo el fajo de servilletas que me tiende con una mano extendida.
—Gracias, Mickey.
—No pasa nada. —Mickey Mabel se revuelve, incómodo.
Es como si quisiera estar en cualquier otra parte menos aquí mientras yo termino de frotarme la mancha de humedad.
Es un tío alto y desgarbado con unos brazos demasiado largos para el jersey azul marino que lleva puesto y con una colección de rizos encrespados, ya que no parece saber muy bien qué hacer con ellos—.
De hecho, me alegro de haberme topado contigo antes de que termine el almuerzo, Poppy.
Me cuesta mucho no mostrarme sorprendida. Estoy muy segura de que aquí nadie se ha alegrado nunca de toparse conmigo.
—No sé si habrás abierto el correo electrónico, pero el decano Robins ha cambiado de fecha la presentación de la beca —me explica—. Quiere que la hagamos esta tarde.
Se me revuelve la sopa de guisantes que tengo en el estómago.
—¿Esta tarde?
No, definitivamente no he abierto ese correo.
Desbloqueo el móvil y me doy cuenta de que Mickey me está diciendo la verdad: el decano ha cambiado la presentación de la beca que hacemos dos veces al año a esta tarde, a las seis, en el auditorio.
Se supone que las presentaciones no son más que puras formalidades. Una especie de paripé que le ofrecemos a la facultad para demostrar que Mickey y yo no estamos desperdiciando nuestras becas holgazaneando o saliendo de fiesta.
Pero, aparte de eso, este tipo de reuniones sirven como recordatorio.
Porque, a pesar de que Mickey y yo fuimos los dos estudiantes del país con las mejores notas en la prueba de acceso a la escuela y a los que terminaron ofreciendo una beca completa para asistir a Lionswood, seguimos siendo unos forasteros que deben demostrarle al mundo que realmente pertenecemos a un lugar como este.
Es la actividad que más odio de todo el semestre y, a pesar de que ya he hecho esta presentación unas seis veces junto a Mickey, el miedo a que me acaben expulsando siempre termina haciendo acto de presencia.
Mickey coloca un pie delante del otro.