Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 60. Jo
99%

Capítulo 60. Jo

Jo

Acker apoya las manos a ambos lados de la veranda y yo me recuesto contra su calor. El invierno se niega a soltar su agarre mortal.

—¿Estás lista para volver a casa?

«Casa».

Un lugar en el que hace un tiempo no estaba segura de seguir creyendo, pero que ahora se parece mucho a la persona que tengo a mi espalda.

Asiento y dejo caer la cabeza contra su pecho.

—Sí. ¿Y tú? —pregunto mientras lo miro y veo el reflejo del fuego de la chimenea bailándole en los ojos—. ¿Estás listo para vivir en Maile?

Asiente.

—Es una ciudad preciosa.

Lo es.

—Vamos a tener que encontrar nuestro propio sitio —digo.

—¿No vamos a vivir en el palacio?

—¿Con mi madre?

Hace un chasquido con la lengua.

—Vamos a tener que encontrar nuestro propio sitio —repite y me hace sonreír.

Es algo que me ha resultado difícil en estas semanas que han pasado desde la batalla.

Cada sonrisa me recuerda todas las razones por las que debería hacerlo y, al mismo tiempo, todas las razones por las que no quiero.

La culpa es una noción extraña. Querer encontrar la felicidad, pero no saber muy bien qué hacer con ella cuando te encuentra, aunque solo sea un poco.

—¿Cómo te sientes? —pregunta.

Hace esto con bastante regularidad, comprobar qué tal voy. Algunos días son más fáciles que otros. Pero esta noche se me hace más difícil por alguna razón. Si intento explicar por qué, los sentimientos se vuelven demasiado intensos, demasiado grandes para articularlos y entonces me pondré a llorar.

Le ofrezco lo que puedo.

—Estoy bien.

Me besa en la mejilla.

—Entremos antes de que empieces a tiritar.

Dejo que me lleve a su dormitorio. Me corrijo mentalmente, sabiendo cuánto odia que lo llame así, «suyo», puesto que ya llevamos semanas en el palacio, pero estoy lista para tener nuestro propio lugar.

Un fuego bajo arde en el hogar y hay un montón de almohadas y mantas delante.

Después de la batalla, pasé días frente al fuego.

Era como si no pudiera entrar en calor, como si el frío se me hubiera quedado en los huesos.

Esa sensación helada todavía me golpea de repente, a veces.

Se ha convertido en una rutina nuestra, pasar las noches frente al fuego.

Cuando Acker se gira para cerrar las puertas que dan al balcón, lo detengo con una mano en el brazo.

—Déjalas abiertas.

No tengo que explicarle por qué.

Nos acomodamos sobre las mantas. Mi cabeza reposa en su pecho mientras él juguetea con mi pelo.

—¿Cuánto crees que tardará Beau en suplicar para volver a Maile?

—Oh, unos tres días y medio —dice—. ¿Y tú?

—No lo sé —reflexiono—. Su insistencia en que es más que capaz de dirigir el territorio es tan fuerte que casi me inclino a creerla. No es que haya dudado nunca de que pudiera hacerlo, es solo que no puedo creer que se ofreciera voluntaria. Odia Kenta.

—Hallis juró vigilarla.

Sonrío y es una sonrisa de verdad.

—No lo dudo.

—Te burlas demasiado de él —dice Acker—. Beau nunca le ha hecho ni caso.

—Nunca se sabe. Pueden pasar muchas cosas con solo ellos dos, solos en este palacio gigantesco...

Puedo oír la sonrisa en su voz.

—Y con un nuevo consejo al que aclimatar y una ciudad que reconstruir.

Apoyo la barbilla en su pecho y lo miro.

—Si nosotros pudimos enamorarnos en mitad del océano y en plena guerra, ellos tendrán muchas oportunidades mientras ayudan a organizar el nuevo sistema de catalogación de Greta.

Se ríe, echando la cabeza hacia atrás.

Aunque Greta ha dejado claro que no piensa quedarse para siempre, quiere dejar la biblioteca en las mejores condiciones posibles antes de que el siguiente bibliotecario y archivero tomen el relevo. Además, sospecho que quiere quedarse con Beau. Le preocupa.

Kai y Aurora también se quedan aquí. De momento, los alaha se han dispersado por la ciudad y la pareja actuará como enlace con el consejo.

Al menos, por ahora. Y aunque Beau insiste en que no hay engaño alguno en sus auras, sigo teniendo mis dudas.

Nunca encontramos a Messer. Buscamos por toda la ciudad, el territorio y más allá, pero hay demasiado terreno y no los suficientes hombres para cubrirlo todo.

Me entristece no poder llevar sus restos a Alaha para darle el entierro marino que sé que habría querido.

Al cabo de un rato, Acker dice:

—Vamos a necesitar un lugar lo bastante grande para que tengas una sala de dibujo.

Pongo los ojos en blanco. Hemos hablado de esto una y otra vez.

—Ya no dibujo.

—Lo sé —dice, jugando con mi pelo—. Pero creo que es un buen momento para retomarlo.

Mi sonrisa es triste.

—Nunca se me ha dado bien.

Sus manos se detienen antes de girarme de espaldas y mirarme desde arriba sobre el montón de mantas que hemos convertido en una cama improvisada.

—No puedes estar hablando en serio.

—Mis bocetos eran horribles, Acker. Admítelo. Prometo que no herirá mis sentimientos.

Me mira con absoluta incredulidad.

—Nunca lo admitiré, porque no es verdad. Todavía conservo el dibujo que hiciste de un caballo ganador.

—Eso dice muy poco de ti —respondo.

Alza una ceja y su sonrisa se ladea.

—Más bien de ti, porque Zion y Fredrich se han pasado toda la tarde empaquetando tus antiguos materiales de arte en el carruaje para el viaje de mañana por la mañana.

Suspiro, incapaz siquiera de enfadarme con él.

—Supongo que tenemos la habitación extra desde que Irina se fue a su casa a principios de esta semana.

Puedo oír la sonrisa en su voz.

—Prácticamente salió volando por las puertas del palacio.

Cojo su mano entre las mías, admirándolo en toda su perfección. Dedos largos, fuertes, venas en los lugares justos. No demasiado curtidos, pero lo suficiente como para dar firmeza a su agarre. Manos de un hombre trabajador, pero capaces de tareas minuciosas.

Me llevo su dedo corazón a la boca y le muerdo la yema.

Suspiro, encontrando algo profundamente satisfactorio en poder hacer por fin lo que he deseado.

No hay nada abiertamente sexual en ello, pero el calor se enciende en la mirada de Acker mientras continúo con el resto de sus dedos y termino con el pulgar.

Muerdo un poco demasiado fuerte y él se aparta con un siseo.

Pero sonríe, travieso, y me encanta lo fácil que le resulta.

—¿Me amas, Jovie?

—Qué pregunta tan ridícula —digo.

Se encoge de hombros.

—Respóndela de todos modos.

No puedo evitar sonreír.

—Sí, te amo.

—Entonces di que te casarás conmigo. —Pasa el pulgar por mis labios, con los ojos fijos en el movimiento—. Miénteme si hace falta. Solo quiero oírte decir que sí.

Apoyándome en un codo, me incorporo hasta quedar a su altura.

—¿Por qué es tan importante para ti?

—Nuestra unión podría disipar cualquier duda persistente. Le daría a la gente algo por lo que esperar con ilusión después de todo lo que ha soportado bajo la corona de mi padre, ayudaría a unificar nuestros dos territorios bajo un solo gobierno.

La gente ya lo ha pedido en las calles, coreando nuestros nombres como si ya estuviéramos prometidos, pero...

—¿Estás seguro de que esto no tiene nada que ver con encontrar otra forma de asegurarte de que estaré atada a ti para siempre?

Mi sonrisa se apaga al notar su expresión seria.

Sigue pasándome los dedos por el pelo antes de mirarme a los ojos.

—Es lo que hace la gente normal cuando se ama. Quiero pensar... que si no estuviéramos vinculados, aun así me elegirías.

Mi corazón sensible se rompe un poco con su confesión y trato de no llorar por enésima vez hoy.

Ha insistido otras veces en las últimas semanas y yo he estado esquivando sus peticiones.

La idea de tener una boda sin mi mejor amigo a mi lado es dolorosa.

Un dolor profundo, como el frío de mis huesos.

Él siente ese dolor y sus ojos se suavizan. O quizá lo oye en mis pensamientos; ya no sé distinguirlo.

—Messer querría que fueras feliz.

Trago saliva para apartar el nudo ardiente de mi garganta, y asiento.

—De acuerdo —digo impulsivamente, sabiendo cuánto necesita esto—. Me casaré contigo.

—Gracias —susurra contra mi boca, recostándome de nuevo sobre las mantas. Me quita la camisa por la cabeza, su voz es como una caricia sobre mi piel—. Brilla para mí, Jovie.

Niego con la cabeza.

—Nunca he podido hacerlo a propósito. Normalmente solo sucede cuando me siento fuera de control.

Oigo la sonrisa en su voz mientras alcanza la cintura de mis pantalones.

—Puedo hacer que eso pase.