Epílogo. Messer
Epílogo
Messer
El viento no es ideal.
Estiro las alas mientras me balanceo en el alféizar de la ventana y el dolor me irradia por el pecho. Pero no puedo esperar más.
He oído a la madre hablar con su marido sobre el príncipe y su vínculo, que parten hoy hacia Maile. La gente se está reuniendo abajo, llenando las calles para verlos marchar, en parte como despedida y en parte como celebración de la victoria por el fin de la guerra.
La voz de Lindy suena en la escalera y sé que se me acaba el tiempo.
El chico se ha tomado como misión personal cuidarme hasta que sanara, para gran disgusto de su madre.
Le debo la vida. No habría sobrevivido después de que me dejaran en el frío helado.
Me encontró en el callejón y me metió en su casa, donde me mantuvo caliente junto al fuego, me dio sus sobras y su leche caliente.
Pero el crío cree que soy su nueva mascota. Planea entrenarme para cazar ratones. Lo cual es admirable, pero tengo gente que sé que me echa de menos. O al menos, más les vale hacerlo. Espero que estén destrozados por el dolor y la pena. Me refiero a lágrimas de verdad y todo eso.
—... a ver cómo está Duende —le grita Lindy a su madre desde arriba.
El maldito niño me llamó Duende .
Allá vamos.
Salto por la ventana abierta y un chillido se escapa de mi pico.
Un dolor abrasador me atraviesa todo el cuerpo mientras aleteo, intentando desesperadamente atrapar el viento.
Oigo los gritos de Lindy a mi espalda, pero no puedo darle mi sincero agradecimiento mientras lucho por no precipitarme a una segunda muerte.
Asciendo, solo para ser golpeado por vientos cruzados.
Desciendo un poco, encuentro una corriente decente y extiendo las alas.
La derecha no se estira del todo. La articulación cerca del hombro sigue hecha un desastre, aún no se ha curado por completo.
Pero funciona lo suficiente como para permitirme dirigir un ascenso. Sigo los vítores hacia la puerta sur.
Las calles se vuelven menos concurridas a medida que me acerco y entonces veo por qué.
Tres carruajes salen en desfile por la puerta de la ciudad, uno tras otro.
Si hubiera elegido transformarme en cualquier otra ave antes de resultar herido, podría sentirla a ella, pero los halcones tienen un sentido del olfato estúpidamente limitado.
Doblo las alas lo justo para lanzarme en picado hacia ellos, pero el aire cede y voy dando tumbos hacia el techo del último carruaje. Golpeo la superficie y ruedo sobre ella. Consigo evitar caerme por el lateral y acabar aplastado por las ruedas usando las garras, las uñas rascan el techo.
—¿Qué coño ha sido eso? —pregunta una voz masculina que no reconozco.
Entonces la oigo a ella, la cadencia familiar de la voz de B en el primer carruaje.
Me tambaleo hasta ponerme en pie y calculo la distancia hasta el carruaje del medio.
El cochero de este, sin embargo, mira por encima del hombro y me ve.
Hace un sonido para espantarme, agitando la mano, y yo salto sobre su brazo.
Él grita, me lanza hacia delante y los caballos se alteran.
No es una maniobra elegante en absoluto, pero aterrizo en el carruaje con las patas torpes.
¿El dolor? Agonizante.
Pero un éxito es un éxito.
La puerta del carruaje delantero se abre de golpe y la cabeza de Acker se gira bruscamente hacia mí.
Debe de haber sentido la familiaridad de mi sangre, y uso el último resto de fuerza que me queda para lanzarme por la abertura, recogiendo las alas.
Aterrizo en el banco acolchado hecho un desastre.
Ala sobre cola sobre cabeza sobre garras hasta quedar boca arriba.
B jadea.
Cuando vuelvo la cabeza para mirarla, se me cae el alma a los pies. Retiro todo lo que pensé antes sobre que estuvieran tristes por mi desaparición. Puedo ver el dolor en su rostro cuando las lágrimas le brotan al instante y se derraman por sus mejillas mientras me mira conmocionada.
No he intentado cambiar de forma desde que me derribaron del cielo con una flecha con punta de piedra ígnea y, probablemente, no debería hacerlo después de este vuelo infernal, pero no puedo soportar mirar a B llorando siendo un halcón.
Transformarse nunca es indoloro, pero este cambio es peor que el primero. Mientras los huesos, la sangre y los músculos vuelven a su forma humana, un nuevo dolor insoportable se prende en mi hombro derecho y un grito me brota de la garganta en cuanto termina.
Pero inmediatamente después, el dolor se atenúa hasta convertirse en una molestia persistente y consigo esbozar una sonrisa entre respiraciones cortas.
—Hola, B.
Sus sollozos se convierten en pleno llanto cuando se lanza sobre mi pecho. Gruño por el peso mientras le doy palmaditas en la espalda con el brazo sano. Mis ojos se cruzan con los de Acker al otro lado del carruaje. Que no está muy lejos. Estamos aquí como sardinas en barril.
—¿Sabes?, si fueras cualquier otro, ya estarías mirando el filo de mi espada —dice.
Se quita el abrigo de los hombros y lo lanza sobre mi pene al aire. Pero incluso mientras me lanza una mirada seca, no puede ocultar el deleite en sus ojos.
—Vamos, admite que te alegras de verme —le digo.
Lo único que hace es sonreír.
Al final, B se incorpora y me mira mientras sus manos recorren la piel destrozada de mi pecho.
—¿Cómo...? ¿Qué? ¿Dónde?
Me río de su balbuceo incoherente, con la cara llena de mocos.
—Tardé un tiempo en curarme —digo, mientras se apaga mi sonrisa—. Siento haberme perdido toda la diversión.
Ella niega con la cabeza, secándose la cara con el dorso de las manos.
—Necesitas un sanador.
—Por los dioses, eso sería maravilloso —respondo.
Por fin, Jovie sonríe. Su alegría se transforma en risa mientras se seca las lágrimas.
Tengo cuidado de mantenerme cubierto al incorporarme.
—¿Dónde está Kai?
Acker se inclina hacia delante, intrigado.
—¿Por qué?
Recuerdo cómo Aurora me encontró herido en la nieve. Estaba frenética cuando partió la flecha y la arrancó, lo que dolió como un infierno, pero fue todo lo que pudo hacer antes de que Kai la llamara.
«Déjalo».
Su orden fue dejarme morir.
El dolor ya ha pasado. Tuve tiempo de sobra para asimilarlo mientras me curaba lentamente detrás de un contenedor de la calle.
Ahora solo siento rabia, porque hay algo que sé con absoluta certeza.
Sin lugar a dudas, Aurora jamás habría permitido que eso ocurriera.
Nunca me habría dejado desangrándome en el frío helado como si no fuera nadie para ella. La única explicación posible es...
Kai la estaba influenciando.
Mirando a Acker, digo:
—Tiene a mi chica.