Capítulo 58. Jo
Jo
El último toque de cuerno, que señala la retirada, suena justo cuando llegamos al campamento base de Maile, en el valle al oeste de la ciudad.
Se acerca el anochecer. Los soldados que estaban más cerca de la retaguardia ya descansan con comida y agua.
Los sanadores tienen una tienda lista para recibir a los heridos y ahí es donde Acker deposita al hombre de casi dos metros que carga sobre el hombro.
Lo deja caer sobre un catre. Cuando le indica a una de las mujeres que lo inmovilice, me lanza una mirada, desafiándome a decir algo, y mantengo la boca cerrada.
—¡Jo!
Me giro al escuchar la voz de Raina. Distingo su pelo recogido en lo alto a unos catres de distancia.
La sanadora atiende a un soldado sentado frente a ella, cuyo rostro está contorsionado por el dolor, mientras coloca las manos donde una espada debe de haberle atravesado directamente la articulación del hombro. El sudor le perla la frente.
Grita por encima de los sonidos rotos de los heridos y los gritos de los demás sanadores.
—¡Tu padre acaba de pasar por aquí buscándote!
Asiento y me dirijo hacia la apertura de la tienda.
Fredrich y Zion se alinean a nuestro lado, junto a Acker y a mí, al emerger en el creciente frenesí del campamento.
Los soldados entran y salen, buscando algo o a alguien; el caos de la batalla aún se refleja en sus expresiones.
Todavía no ha llegado el descanso. Retiramos nuestras escaleras de asedio de los muros occidentales, pero el sonido de los troles derribando la barrera de piedra y hierro resuena valle abajo.
No pasará mucho tiempo antes de que el ejército de Wren se reorganice y caiga sobre nosotros.
Entre la multitud de soldados, mis ojos se fijan en el general Samasu y, en un instante, está frente a mí.
—Jovinnia —dice, exhalando.
Y no estoy preparada para su abrazo ni para la fuerza con la que me lo da.
Mi relación con Sam ha crecido de manera diferente desde mi regreso a Maile, especialmente comparada con la que tengo con mi madre.
Ha sido más lenta, pero constante. Aunque nunca he dudado de que me aprecia, su afecto suele mostrarse en forma de guía y actos de servicio.
Protección, incluso. Pero si alguna vez hubo una semilla de duda sobre si me quería como si fuera su verdadera hija, se disipa en este instante.
Y luego termina.
Se aparta, con expresión serena, y vuelve a lo práctico.
—Se están trasladando municiones mientras hablamos.
—¿Dónde está mi madre?
—Organizando la nueva línea del frente. —Su mirada recorre a los hombres que están a mi lado, fijándose primero en Fredrich antes de pasar a Acker.
Extiende la mano a modo de saludo.
Acker observa la mano de Sam, desconcertado ante el saludo de Alaha, antes de aceptar el gesto.
—Un placer conoceros —dice, y puedo imaginar los engranajes de su mente girando mientras mira a Sam a los ojos—. Aunque desearía que fuera en mejores circunstancias.
—¿En qué aspecto? —desafía Sam, soltando la mano de Acker—. ¿La batalla o el secuestro de mi hija?
Le lanzo una mirada exasperada, pero Acker se lo toma con buen humor.
—¿Sabéis qué? Elegid vos.
La severidad de Sam no titubea.
—Decidiré después de ganar esta batalla. Id a ayudar a Evelyn mientras hablo con mi hija.
No es una pregunta, sino una orden. Y la última vez que Sam intentó alejarme de Acker, él no se lo tomó muy bien.
Pero cualquier preocupación momentánea desaparece al sentir el beso que Acker deposita en mi sien.
—Ven a buscarme —dice, inclinando ligeramente la barbilla, como despedida hacia Sam, mientras se gira en dirección a la ciudad.
Zion lo sigue con rapidez, pero Fredrich, en cambio, vacila.
—General, si me permitís un momento —dice con una valentía notable—. Me gustaría pedir disculpas.
Sam lo mira con fría indiferencia.
—Si mi hija está conforme teniéndoos bajo su mando, que así sea —dice—. Pero nunca más serviréis bajo mis órdenes.
La boca se me abre ante la dureza de sus palabras, su sentencia tajante tras los años que Fredrich ha pasado bajo el mando de Sam, la camaradería y confianza que construyeron. Vuelvo mi cabeza hacia Fredrich, mi amigo, y veo cómo acepta la decisión de Sam con un solemne asentimiento.
—Entendido —dice. Sus ojos se cruzan con los míos antes de girarse hacia Zion y Acker, que se han detenido a esperarlo.
Cuando miro a Sam, sacude levemente la cabeza.
—No me mires así. Algún día entenderás que perdonar no es fácil cuando alguien lastima a tus hijos.
El suelo tiembla bajo nuestros pies y envía una ola de inquietud sobre el campamento justo antes de que un estruendo como ningún otro nos llegue desde el este. Dirijo la vista hacia la ciudad, pero no puedo ver la devastación desde donde estoy, en medio del campamento.
—Jo, escucha —dice Sam, cogiéndome por los hombros hasta que lo miro—. Si algo sé sobre Wren es que solo persigue lo que cree una victoria segura. Avanzará con fuerza y querrás retroceder, pero no lo hagas. No hasta que te dé la señal, ¿de acuerdo?
Asiento, soltando un suspiro tembloroso.
—¿Puedes ir a ver a Beau al palacio?
Me suelta.
—Sí, pero primero ve con tus hombres. Están asustados. Dales la fuerza que necesitan para mirar de frente a la muerte.
Después, desaparece.
Otro temblor sacude el suelo y los hombres corren a mi alrededor, armas en mano, hacia la línea del frente.
El pelo me flota alrededor del rostro mientras miro de nuevo hacia el este y, de repente, recuerdo que supuestamente debería de sentir frío.
Y no lo siento mientras el viento corta la tierra y las tiendas alrededor de mí se sacuden por su fuerza.
Algo que sé que debería de doler, pero lo siento ligero y fresco contra mis mejillas cálidas.
Pequeños copos blancos bailan en el viento y levanto la vista, observando cómo empieza a nevar.
Quizá este sea el momento que mi madre siempre me ha dicho que llegaría, el momento en el que me adaptaría al frío.
Me abro paso por el campamento hasta la línea del frente.
Una vez fuera de los límites del campamento, puedo fijar la vista en la retaguardia.
Los soldados me ven, se apartan para dejarme paso, el silencio se extiende entre la horda de hombres.
Las antorchas, colocadas de manera intermitente, iluminan el camino.
Sus rostros están firmes, las manos aferradas a espadas y escudos.
Algunos tienen la mirada fija, casi eterna, y trago saliva al darme cuenta de que los hombres que están frente a mí podrían no durar mucho en la batalla que se avecina.
Recuerdo a la reina Asa. Las batallas que lideró, los hombres que murieron bajo su corona.
Se la representa como una gobernante que quería el control total, desplazar a los líderes de los tronos vecinos.
Los mismos hombres que luego pasarían sus títulos a sus hijos.
A Edmond y a Osiris, y me pregunto si estaba luchando la misma batalla que yo ahora, intentando defender no solo a su gente, sino a todos.
Que quizá la fuerza de su don como portadora de luz solo alimentaba las narrativas de los hombres que la temían, incluido su propio amante.
Sigo el vínculo, sabiendo que me guiará.
Y cuando el último grupo de hombres se separa, alcanzo a ver a Acker animando a los soldados, y a Fredrich y a Zion haciendo lo mismo, insuflando nueva vida en esos hombres exhaustos.
Física y emocionalmente, ofreciendo palabras de ánimo.
Enderezando sus escudos, asegurándose de que protejan sus cuerpos.
Los copos de nieve les caen sobre el pelo y los hombros, incluso sobre las pestañas.
Acker se endereza, su mirada se topa con la mía.
Un miedo como ningún otro provoca que tiemble al respirar.
No quiero perderlo ahora que lo he recuperado.
Ya he perdido a mi mejor amigo. Messer era mi familia antes de entender siquiera qué significaba tener una.
Pero todavía están mi madre, mi padre, mis amigos.
Fredrich, Beau e incluso Zion. No he pasado suficiente tiempo con ninguno de ellos como para perderlos ahora.
¿Acaso no fue suficiente penitencia vivir en Alaha sin ellos?
¿Tener que vivir sin la sonrisa arrogante y la risa contagiosa de Messer?
Y es como si Acker pudiera sentir mis pensamientos, porque se coloca una mano sobre el pecho y su mirada es suave mientras me observa.
Los hombres de su alrededor notan su cambio de actitud y vuelven la cabeza mientras salgo de entre el gentío.
Y una vez libre de la línea del frente, tengo una vista clara de la destrucción de la ciudad, con el grueso del ejército preparándose para otra lucha.
Wren piensa que será una victoria fácil.
A sus ojos, probablemente crea tener ya las llaves del territorio.
El peso de las miradas de los soldados a mi espalda me hace preparar la voz.
—Estoy cansada —digo, y la verdad es evidente mientras los enfrento—. Hoy ha sido terrible. Igual que ayer y anteayer. Y sé que muchos de vosotros también estáis cansados.
Mi madre aparece entre la refriega, espada en mano. Reconozco el arma de su arsenal personal y ella asiente hacia mí, en un gesto alentador. Ya siento cómo mi magia empieza a despertar y el calor se expande por mis venas.
Me tomo un momento para mirar a tantos como puedo a los ojos y continúo:
—Quiero que sepáis que no estáis luchando por mí ni por Maile.
No lucháis por ningún territorio. Estáis luchando por vosotros mismos.
Por vuestras familias y seres queridos, para que no tengan que vivir bajo el dominio de un hombre como Wren.
O Edmond. O Chryse. Por un lugar donde la magia exista sin vergüenza ni control. Hoy, luchamos por nosotros.
Levanto mi espada por encima de la cabeza, encendiéndola con mi luz, y los gritos comienzan a estallar en el valle, una ola de emoción que parece no terminar nunca. Siento su energía en el pecho; en el aire que respiro.