Capítulo 57. Jo
Jo
Todos estamos distraídos por lo que vemos y no nos damos cuenta de que nos están emboscando hasta que nos hallamos rodeados por todos lados.
Acker gira la espada en la mano como si fuera un látigo, el arma describe un arco amplio y corta las caras y los cuellos de los soldados que están frente a nosotros en un solo movimiento.
Caen todos al suelo, salvo uno. El que queda está furioso, tiene los ojos desorbitados, la nariz cortada de raíz, y se lanza hacia nosotros.
Pero tan pronto como la espada regresa a la mano de Acker, él la estabiliza, da un paso adelante y la hunde en el pecho del hombre. El sonido del metal atravesando hueso y carne llega a mis oídos justo cuando Acker retira la hoja.
Zion lucha con dos soldados, pero sus armas captan mi atención. Negras.
—Piedra ígnea —susurra Acker.
No hay manera de saber cuántas de estas armas letales tienen nuestros enemigos.
Pero es el soldado de Alaha con el que Fredrich lucha lo que me corta la respiración.
La única forma de superar el escudo de Fredrich es acercarse lo suficiente sin atacar.
Una vez dentro, es muy posible infligir daño, tal como yo hice cuando me cargó sobre su hombro y me secuestró.
Y parece que Lawson ha descubierto eso: con la espada tirada a sus pies y los brazos apretados alrededor del cuello de Fredrich, está dejándolo sin aire.
Acker saca una hoja del cinturón cruzado en su pecho.
—¡Espera! —grito, con la mano extendida hacia Fredrich, hacia mi amigo de Alaha—. ¡Lawson, espera!
Fredrich me lanza una mirada como diciendo: «¿Qué diablos estás haciendo?», especialmente cuando su rostro se vuelve de un rojo alarmante.
Lo llamo por su nombre:
—Lawson. Por favor. Suéltalo.
Hay un destello de reconocimiento en su mirada cuando la dirige a mí, antes de endurecerla aún más y dar un paso hacia el borde del techo.
—Traidora —escupe, con una ira como ninguna que recuerde en su rostro—. Te has convertido en uno de ellos. En los mismos condenados moradores de la tierra que nos encarcelaron.
Acker no me mira mientras habla.
—No existe la posibilidad de que ambos vivan, Jovie. Lo único que haces es retrasar su muerte.
—Puedo salvarlo.
—No puedes. Su mente ha sido manipulada. Ya sea por influencia o adoctrinamiento, nunca te verá como otra cosa que el enemigo.
Me aparto de Acker, de su voz no deseada. Sostengo la mirada de Lawson mientras le suplico:
—No puedo evitar que te maten si no lo sueltas.
Sus ojos se desplazan hacia Acker y luego hacia mí, pero no ve a Zion mientras se acerca por detrás de Lawson.
—Suéltalo, Lawson —insisto.
Tal vez ve la sinceridad en mis ojos, o percibe el peligro en el avance lento de Acker, pero libera a Fredrich con un empujón antes de saltar al tejado que está en el otro lateral. Zion se mueve hacia él, pero Acker le da la orden de detenerse.
—Mantengámonos juntos —repite Acker.
Su amigo no está contento con la liberación del hombre que amenazó la vida de Fredrich y dirige esa ira hacia mí con una mirada intensa ante la que me niego a retroceder.
El edificio donde estamos tiembla, lo que nos hace caer a gatas al suelo.
Unos ojos del tamaño de velas de viento nos observan desde el borde del techo, el abismo negro de sus pupilas está rodeado de un verde turbio que parece coincidir con su hedor.
Unos dedos enormes se cierran sobre el borde, desmoronando el ladrillo y el estuco.
—¡Corred! —grita Acker.
Nos ponemos en pie como podemos y hacemos justo lo que nos dice, mientras el trol barre con la mano la parte superior del edificio.
El viento nos catapulta hacia el siguiente tejado, siguiendo el mismo camino que Lawson, y me doy cuenta de que no huía de nosotros, sino del gigante que sabía que descendía sobre nosotros.
El trol ruge su descontento y el hedor de su aliento me provoca una arcada. El gigante nos persigue, golpeando los tejados con las manos mientras intenta atraparnos, y cada golpe casi nos derriba.
En nuestro siguiente intento, Acker gira y lanza su espada al ojo del trol. Impacta perfectamente y explota con un fuerte estallido que esparce un líquido mucoso sobre nosotros y los soldados de abajo. El grito de la criatura nos obliga a taparnos los oídos a todos.
—¡Tenemos que movernos! —grita Zion.
Pero es demasiado tarde: el otro trol aplasta su mano sobre nosotros.
Fredrich gruñe mientras la fuerza del gigante prueba su escudo, con la palma sobre nosotros haciendo temblar el aire mientras el escudo lucha por mantenerlo apartado.
Cogemos nuestras espadas y apuñalamos la mano que se cierne sobre nosotros, lo que solo consigue enfurecer más al trol, que baja su puño de nuevo.
Fredrich cae de rodillas.
—¡Corred! —logra decir entre dientes apretados.
Acker me empuja fuera del peso de la mano del trol y resbalo al otro lado del tejado mientras el primer trol ayuda a su compañero a alcanzar a los hombres atrapados debajo de su palma, barriendo con los dedos la barrera invisible que los bloquea.
—¡Eh! —grito, saltando para llamar su atención—. ¡Aquí!
Giran la cabeza hacia mí y mis ojos se abren desmesurados al ver que abandonan su misión y sus horribles rostros y cuerpos se mueven hacia donde estoy.
Acker me grita que corra, y lo hago, dirigiéndome hacia la escalera de metal en el otro lado del tejado.
Me balanceo sobre el borde y pierdo los primeros peldaños antes de lograr agarrarme a un travesaño.
Un golpe de suerte, porque la mano del trol se estrella contra la parte superior de la escalera y aplasta el metal bajo su puño.
El impacto me desequilibra y caigo al suelo de espaldas, con las manos aferrándose al vacío mientras el aire se me escapa de golpe del cuerpo.
Lucho por respirar, girando de lado para que los pulmones funcionen, luego me pongo a gatas antes de que mis órganos me permitan finalmente inhalar.
Observo la lucha a mi alrededor: cuerpos amontonados entre callejones, espadas y puños moviéndose demasiado rápido y sangre manchando la nieve que está debajo de mí.
Alguien cae sobre mi espalda, un soldado kenta. Veo su expresión horrorizada mientras un guardia de Alaha le clava una espada en el pecho. Levanto la vista y me encuentro cara a cara con Lawson una vez más.
Me pongo en pie rápidamente.
—Lawson —digo, con dificultad para respirar.
Arranca la espada del cuerpo sin vida del soldado, con los ojos fijos mientras avanza hacia mí.
Levanto las manos en señal de rendición.
—Me conoces —digo, manteniendo la mirada firme—. Entrenamos juntos, nos escapábamos para nadar de noche y nos reíamos cuando pillaban a Messer haciendo trampa a las cartas...
—¿Te refieres al otro traidor? —gruñe.
Lanza un golpe ascendente con su espada que debo esquivar y mi hombro choca contra el ladrillo del muro.
Veo a Acker al final del callejón, entre la multitud.
Su mirada es letal mientras elimina hombres en su camino hacia mí.
Apuñala a uno en el cuello y, con pasos firmes, pasa de un soldado a otro.
Todo mientras su mirada vuelve hacia mí, hacia la espalda de Lawson.
—Lawson, escúchame —digo en un último intento—. El hombre por el que luchas no es quien crees.
Él responde con un tajo hacia mi cuello, la hoja golpea el ladrillo mientras me agacho y giro para ganar distancia.
Mis ojos buscan a Acker, que se encuentra mucho más cerca de lo que debería desde la última vez que lo miré.
Su intención es clara: no hace falta decir nada cuando su mirada se encuentra con la mía y hace regresar a su mano una daga aún ensangrentada.
No va a perdonarle la vida a Lawson nuevamente.
—¿Estás dispuesto a morir por el hombre que te condenó a vivir sin un vínculo en la Fila de los Olvidados?
Eso casi lo hace vacilar. Veo el titubeo momentáneo en su mirada antes de endurecerse de nuevo.
—Las cosas son distintas en tierra —argumenta.
—Nunca has conocido la paz en tierra —replico—. Ven a Maile, te mostraré...
No puedo terminar antes de verme obligada a apartarme de un salto de la punta del filo de su espada.
—No necesito nada de ti —gruñe—. No después de que nos abandonaras.
Mi mirada se desplaza sobre su hombro y hacia Acker por encima de su hombro, siguiendo la estela de cuerpos a su paso. Sigue demasiado cerca.
—Kai lo sabía. Él quería que yo matara al rey —digo deprisa.
Acker está a distancia de ataque y sé que podría acabar con Lawson con un simple movimiento de muñeca, pero me da tiempo suficiente para negociar unos segundos más.
—Y mira lo que has hecho con esa libertad —dice Lawson, con el labio superior curvado con desdén—. La desperdiciaste por una polla mediocre y una corona para ti.
Y, en un instante, sé que no es Lawson con quien estoy hablando..., sino Wren, sus ojos llenos de odio me atraviesan. Mis ojos buscan ventanas y tejados cercanos, pero no encuentro nada.
—Basta —dice Acker, con la espada apuntando al cuello de Lawson.
Si tenía dudas sobre el control de Wren, estas desaparecen ante la falta de miedo en los ojos color miel de Lawson.
—Hazlo —dice con una sonrisa.
Sacudo la cabeza, sabiendo que Wren disfrutaría viéndome matar a mi amigo.
—Wren lo está controlando —digo en voz baja, solo para los tres—. Está en la ciudad. En algún lugar cercano.
La ira de Acker vacila, su boca se tensa antes de soltar la espada. Manteniéndola en el aire, golpea con la empuñadura la parte trasera del cráneo de Lawson, produciendo un fuerte crujido y dejándolo inconsciente.
La expresión descontenta de Acker se dirige hacia mí.
—La lista de hombres a los que me has impedido matar es casi tan larga como la de hombres que realmente he matado.
—No seas dramático —digo mientras cojo la espada abandonada de Lawson.
Entonces veo a Fredrich y a Zion en sendos extremos del callejón, protegiéndonos de las amenazas entrantes. La vibración de los pasos de los troles se intensifica al acercarse. Los gritos resuenan en las calles y el olor a carne quemada me llena las fosas nasales.
—Tenemos que retirarnos. —Miro a Acker a los ojos.
Él observa el callejón ensangrentado y la calle tomada más allá. No le gusta la idea, pero tampoco puede negar la necesidad.
—Podemos huir —dice—. Hacia las islas al sur del continente. Tú y yo.
Y sonrío ante su amor por mí, que esté dispuesto a abandonar a todos y todo si eso conlleva mi seguridad. Porque lucharía en esta batalla hasta el final si no fuera por mí. No le teme a la muerte más que a la vida.
—Tengo un plan —digo—. Convoca a los hombres.
Sabiendo ya cuál iba a ser mi respuesta, sacude la cabeza. No como una protesta genuina, sino frustrado.
—Nos masacrarán en el valle.
—No será bonito —concuerdo—. Por algo es nuestro último recurso, pero... solo necesito que confíes en mí.
Suspira y mira el cuerpo de Lawson.
—Déjame adivinar. Quieres que traiga a este imbécil con nosotros.
No puedo evitar sonreír.