Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 56. Jo
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Capítulo 56. Jo

Jo

No hay forma de huir de lo inevitable.

Lo único que podemos hacer es prepararnos.

La mayor preocupación es que Wren tome el mando de nuestro ejército.

Sam no cree que Wren sea lo suficientemente fuerte para controlar a nuestros hombres, además de a los suyos propios, pero queremos estar preparados para cualquier posibilidad.

Aunque las dosis pequeñas de piedras mangi parecen no afectar a su habilidad, esperamos que la cantidad suficiente pueda al menos disuadirlo.

Especialmente si está debilitado. Reunimos tantas como podemos y se las damos a los soldados que estarán en la primera línea.

Contra los troles, poco podemos hacer aparte de resistir el impacto de su arremetida.

Nuestra única oportunidad de detenerlos es eliminar a quien los controla.

No sus cabezas, sino la mente que está detrás, y no estoy segura de quién es exactamente.

Messer dijo que seguían a Kai, pero después de descubrir su traición, no hay manera de saber qué es verdad y qué no.

La ciudad como un todo nos ofrece una protección que no tendríamos en un campo de batalla.

Contamos con el elemento sorpresa, pero también está llena de gente, así que pasamos toda la noche evacuando a tantos residentes como podemos.

Al resto los llevamos dentro de los muros del palacio.

Es la zona más fortificada de la ciudad, pero mientras depositamos incluso a los bebés más pequeños dentro de sus salas, temo que no sea suficiente.

Rezo para que sí; Beau y Hallis custodian las puertas.

La altura es nuestra mejor ventaja.

Nos da una visión clara de su avance mientras el sol de la mañana comienza a ascender.

Observamos cómo colocan sus catapultas. Desearía poder sentir el calor del sol, pero el cielo nublado lo impide.

Miro hacia arriba, el corazón me da un vuelco al encontrarlo vacío de un eyun negro.

Me duele respirar mientras, a pesar de todo, lo busco.

No puedo evitarlo. Estoy desesperada por ver su figura familiar surcando los vientos.

Los brazos de Acker ofrecen poco calor, pero aun así me aferro a ellos. Nos menea de lado a lado, para aflojar los músculos. De vez en cuando hunde la nariz en el hueco de mi cuello y respira profundo.

Su aliento me acaricia la piel cuando habla.

—¿Qué probabilidades hay de que tu madre me mate en medio de la batalla y diga que fue el fuego enemigo?

Sé que intenta distraerme, pero entro en su juego.

—Sesenta-cuarenta.

—Y yo pensando que cincuenta-cincuenta era ser conservador.

Sonrío, pero es momentáneo.

—Cambiará de opinión.

Él tararea.

—¿Como mi madre? —pregunta.

—Eh..., no. Esa mujer me odia desde que tenía doce años —digo, recordando el día en que me mudé a su lado en la Fila de los Olvidados—. ¿Sabes qué es extraño? Que no recuerdo que apareciera en Alaha. Era como si un día estuviera allí y la gente actuara como si siempre hubiera estado.

—Probablemente Wren manipuló la mente de la gente —dice él.

—Tal vez.

Entonces me gira en sus brazos y me pega a su frente mientras me mira.

—¿Estamos de acuerdo entonces? Sin suegros en nuestra boda.

—Acker —digo, con un tono a medio camino de la exasperación y la advertencia.

Él continúa:

—Quiero decir, podemos coincidir en que nuestros padres están descartados.

Freno nuestro vaivén.

—Yo sí tengo un padre. —Su expresión se vuelve seria mientras se lo digo—. Sam es el hombre que me crio. Hasta que tenía siete años, al menos.

—¿Sam? —pregunta, perplejo—. ¿El general? No es como recordaba a tu padre cuando éramos niños.

—Mi madre me llevaba a visitar a tu familia durante los veranos, pero también íbamos, en parte, para que Osiris, mi verdadero padre, me viera. Sam, o Leo como lo conoces, se quedaba en Maile.

—¿Sam sabía que no eras...?

—Sí —respondo, completando su pregunta no dicha—. Estaba al tanto de los errores de mi madre con su vínculo. Por eso ella odia tanto estar vinculada. Siente que le roba el raciocinio a las personas.

No comenta nada al respecto. En lugar de eso, retomamos nuestro vaivén.

—¿Siguen juntos ahora? —pregunta—. ¿Tu madre y Sam?

—No dicen nada. Antes de que mi madre matara a Osiris, Edmond aceptó extraer su magia para ella a cambio de perdonarle la vida, pues sabía que planeaba matarlo después. Dio la magia de Osiris a Sam con la esperanza de que el vínculo se transfiriera junto con la magia.

—¿No funcionó? —pregunta.

Niego con la cabeza.

—Obtuvo la magia de Osiris y la magia robada de otros, pero no el vínculo. Cambió de identidad para que nadie cuestionara cómo obtuvo sus nuevas habilidades.

—Entonces tu padre —dice, sonriendo—, él sí está invitado a la boda.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Podemos hablar de esto otro día? Si seguimos vivos.

Su mirada recorre mis facciones, suavemente, como en el barco, cuando lo veía enamorarse de mí mientras yo hacía lo mismo.

—Solo quiero escucharte decir que sí —replica, con una sonrisa irónica.

El sueño de mi recuerdo me lleva a tocar el pedacito de oro en su nariz.

—Supongo que... si hasta los nómadas se casan...

Fredrich nos interrumpe.

—Ha empezado.

Nos volvemos para mirar la línea del frente justo cuando una piedra impacta contra la muralla de la ciudad.

El sonido tarda un momento en llegar hasta donde estamos, sobre el techo de una tienda de reparación de muebles.

La segunda piedra ya vuela por el aire, pero golpea la tierra al quedarse corta. A lo lejos, comienzan a recargar.

—¿Por qué no envían primero a los troles? —pregunta Zion.

—Decías que son difíciles de controlar, quizá no cooperan —respondo.

Acker no está tan seguro.

—O tal vez esperan el momento oportuno.

—¿Qué demonios es eso? —pregunta Zion, señalando con su espada a los objetos que se acercan al ejército de Wren.

—Eso —digo con una pequeña sonrisa—. Son conejos.

Y nadie los ha alimentado desde que salieron de Maile, así que tienen mucha mucha hambre.

Incluso desde esta distancia, es obvio que los hombres en la línea del frente no saben qué hacer con estas criaturas al principio.

Luego comienzan a agitarse, blandiendo sus armas y cayendo fuera de formación mientras huyen de los animales.

Poco a poco, los hombres comienzan a encontrar su destino, cayendo, uno a uno, a muertes lentas y dolorosas.

—¿Qué cojones dices? —murmura Fredrich, perturbado totalmente.

—¿Son venenosos?

—Ponzoñosos —corrijo—. Y claro que sí.

Su ceño fruncido y sus ojos arrugados se vuelven hacia mí.

—¿No se te ocurrió decírmelo?

—No suponen una amenaza mientras estén alimentados. —Me encojo de hombros y vuelvo a dirigir la mirada más allá de los muros de la ciudad.

—Dioses —murmura—. Casi muero la noche que me colé en tu habitación.

—¿Qué vez? —pregunto.

Acker levanta una mano.

—No respondas. No quiero saberlo.

Zion nos mira a los tres.

—Yo tampoco —dice.

Los conejos obstaculizan los esfuerzos del ejército por romper los muros, y les lleva casi medio día avanzar.

Comienza como una grieta apenas lo bastante grande para que pase una persona.

Luego otra, un poco más grande, cuando tres o cuatro soldados empujan.

El asedio crece, ya no es una presión gradual, sino una avalancha imparable.

En la tercera embestida, mi madre da la orden.

No podemos oírla desde donde nos hallamos. Ella se encuentra en la muralla de la línea frontal. Cuando insistí en pelear a su lado, se negó. El acero en su voz contradijo la humedad en sus ojos mientras se mantenía firme en su razonamiento.

«Madres e hijas no están hechas para vivir una batalla juntas».

Vemos cómo una ola de arqueros prepara sus arcos y se disponen a tirar.

Sueltan los proyectiles en una sola oleada y las flechas cortan el aire con un silbido colectivo.

Es un espectáculo digno de contemplar, la elipsis que forman en el cielo para luego descender sobre el mar de hombres con una precisión devastadora. Caen como moscas.

Pero no es suficiente. Apenas hace daño, como sacar agua de un recipiente a cucharadas con la intención de vaciarlo.

Mi madre ordena otra tanda y el ciclo continúa hasta la tarde.

El objetivo nunca fue detenerlos para siempre, sino ralentizar su avance, con la esperanza de que Wren no estuviera lejos.

Pero mientras sus hombres rodean la ciudad desde el este, aún no lo hemos visto.

Cada vez más hombres se filtran por los muros hacia las calles.

Nuestros hombres en tierra trabajan para abatirlos.

El asedio a la muralla de la ciudad crece con cientos y cientos de hombres, y mi madre despliega su último esfuerzo: el alquitrán cae por la muralla sobre los hombres que están debajo.

Sus armaduras y uniformes mezclan colores de Roison y Alaha y no puedo evitar pensar en la gente con la que viví y entrené a lo largo de mi vida.

Muchos de ellos están allá abajo, mientras alguien prende fuego y envía una llamarada sobre el asedio.

De alguna manera, de todas las batallas que he librado contra los strou, esta es la que más me horroriza. Sus gritos se escuchan desde donde estamos mientras sus miembros se agitan en una protesta inútil. La bilis me quema la garganta.

Cuando luché contra ellos, casi no los veía como humanos. Con sus pieles y sus rostros marcados, se parecían más a monstruos. Su violencia parecía inhumana. Pero ahora entiendo con un terror horripilante que todos somos humanos y todos igualmente capaces de actos crueles y depravados. Yo incluida.

Acker intenta alcanzarme, pero me aparto. No puedo esconderme de esto y él tampoco.

—Venga ya —murmura Fredrich—. ¿Dónde está Wren?

La línea del frente colapsa y vemos cómo mi madre da la orden de retirada.

Como si fuera una roca en la orilla de un río, la marea de gente se separa a su alrededor.

Su intento de evitar la habilidad de mi madre es inútil: les arrebata el aire de los pulmones.

También me doy cuenta de lo indulgente que fue con Acker, porque los hombres a su alrededor mueren casi al instante.

Se desploman, mientras sus compañeros corren sobre sus cuerpos para huir.

Mantengo mis ojos en ella, deseando en silencio que ceda.

Entonces Sam se materializa como una aparición a su lado.

Y puedo respirar, de nuevo, mientras lo veo hablándole de la misma forma que a mí cuando me rebelo durante la batalla.

La postura firme y los hombros tensos. Finalmente, ella retrocede.

Sam le cubre las espaldas mientras ella cruza la muralla y alcanza un techo vecino.

El metal entrechocando resuena en las calles.

La lucha ha desbordado por completo la ciudad y los arqueros continúan eliminando a cualquiera que lleve insignias amarillas o azules en su uniforme.

El combate trepa a los tejados mientras el enemigo intenta eliminar a su mayor amenaza: nuestros arqueros.

La lucha nos alcanza cuando tres soldados de Roison saltan de tejado en tejado y llegan a nuestra ubicación.

Zion los elimina rápidamente con su espada.

En menos de cuatro movimientos ya están todos fuera del edificio y miro a Acker con las cejas alzadas.

Su sonrisa de respuesta es breve, porque otro grupo de soldados sube al tejado.

Y la batalla continúa hasta que no queda línea frontal alguna y solo el caos inunda la ciudad. Mantenemos nuestra posición para vigilar la llegada de Wren o Kai. En todo momento, Zion y Acker evitan que la lucha llegue a nuestro tejado.

Hasta que la situación vira hacia lo peor.

Un temblor sacude el aire, haciendo vibrar las ventanas de los edificios, y la batalla se detiene por completo.

Otro estruendo retumba y nos volvemos hacia el oeste; los gigantes corren directos hacia nosotros.

Uno blande un mangual y cada golpe de su bola de pinchos contra un edificio provoca un nuevo temblor.

—Santo cielo —murmura Fredrich mientras saca su espada del pecho de un soldado y empuja el cuerpo por el borde, sin apartar la vista del gigante que se acerca.

Acker prepara su espada.

—Mantengámonos juntos —dice, reiterando el plan.

Con la cabeza asomando sobre los edificios más altos de la ciudad, el gigante aplasta con la mano a los arqueros y los estruja en un puño. La sangre y las tripas se le escurren de la mano. Cuando abre la palma, saca la lengua y se lame los restos humanos de la piel.

Me cubro la boca para contener la bilis que amenaza con salir.