Capítulo 55. Acker
Acker
Las mujeres y los niños de las mazmorras se apiñan en el centro del patio mientras los más fuertes de entre sus compañeros empujan contra los soldados Kenta que vigilan la puerta.
El resto de los soldados que están a lo largo de las murallas lucha, en una batalla invisible, desde el otro lado del muro.
Me meto el índice y el pulgar en la boca y silbo tres veces seguidas, una señal lo suficientemente familiar como para que los soldados se detengan.
—¡Alto el fuego! —grito mientras atravieso el patio—. ¡Rendíos!
Los prisioneros se apartan hacia nosotros y veo a Zion frente a la puerta, con dos hombres tendidos a sus pies y un tercero acunado en sus brazos. Al ver que me acerco, deja caer al soldado inconsciente y el cuerpo golpea el suelo en un montón húmedo.
—Mi palabra es decreto; ordeno a mis soldados que se retiren —digo, dirigiéndome a toda la corte. Pero no aparto la vista de Zion. Él es la mayor amenaza y responsabilidad para mí, para mis hombres y para mi vínculo—. Mi palabra es decreto; ordeno a mis soldados que se retiren.
Un comandante grita desde la almena:
—¿El rey?
—Muerto —anuncio—. Yo detento la corona.
Los ojos de Zion se fijan en el hombre que está a mi lado, Fredrich.
—¿Es cierto?
—Yo mismo lo maté —dice Fredrich. El muy arrogante.
No hay tiempo para lidiar con la culpa por la muerte de su padre ni para verbalizar una disculpa. Por ahora, le doy lo que puedo.
—Lo siento. Tu padre era un buen hombre.
Sus ojos brillan bajo la luz de las antorchas.
—El mejor —concuerda, con voz áspera.
Me arriesgo mucho al cogerlo por la pechera de la camisa y atraerlo hacia un abrazo y me siento, a la vez, aliviado e indignamente merecedor del abrazo que me devuelve.
Es breve y nos separamos ante el sonido de flechas volando sobre el palacio, seguido de un momento de silencio.
Luego, gritos.
—¿Cuál es la orden? —grita el comandante desde abajo—. Seguimos recibiendo fuego.
Miro a Fredrich y él me da un asentimiento ya exasperado, confirmando que tiene a Jovie segura mientras subo la escalera hacia la muralla.
Las flechas continúan cayendo y chocando contra los escudos mientras los soldados se alinean para protegerse. Entre los huecos, hago inventario de la batalla que ocurre dentro de la ciudad.
Maile ha penetrado por completo. Su ejército tiene el doble de hombres que el nuestro.
Ocupan tanto los tejados como las calles, y se mueven por los barrios de la ciudad como hormigas en una colina, convergiendo con el asedio que ocurre abajo.
Sus arqueros son precisos, acaban de alcanzar a uno de mis hombres a pocos metros de donde estoy, la flecha le atravesó el ojo.
Me inclino sobre el parapeto que da al patio y hago señas a Jovie. Fredrich la sigue escalera arriba, pero es el hecho de que Zion los acompañe lo que calma la preocupación dentro de mí. Está conmigo. Está con nosotros.
Jovie coge mi mano al llegar a lo alto de la escalera y la guío, junto con Fredrich, hacia el hueco más cercano en la muralla, entre los escudos.
No necesita instrucciones y usa mi mano como palanca para subir al muro de piedra.
Se mantiene erguida, sin miedo a la altura ni a las flechas que rebotan en el escudo de Fredrich.
—Soy Jovinnia, reina de Maile —exclama, con una voz clara en el aire invernal—. Y ordeno que ceséis vuestro ataque.
El asedio abajo titubea, pero el ataque no se detiene.
Alza su espada por encima de la cabeza y la enciende en un resplandor de luz blanca.
Solo entonces las flechas comienzan a ralentizarse, el sonido agudo de los proyectiles golpeando el metal disminuye mientras se difunde la noticia de la orden de su reina.
La última vez que estuvo en esta muralla empuñando una espada de luz, me pareció deslumbrante, y sigue siendo magnífica en esta ocasión. Ahora es divina. Fuerte. Segura. Iracunda.
Cuando se vuelve a mirarme, me planteo arrodillarme en actitud de adoración. Ella lo sabe también y se le escapa una sonrisa antes de que pueda ocultarla.
El rostro del comandante está enrojecido por el miedo y la adrenalina mientras se vuelve hacia mí.
—¿Cuál es vuestra orden, mi rey?
—Levantad el portón.
Se sorprende por mi mandato.
—¿Q-qué?
Fredrich responde.
—Ha dicho que levantéis el portón.
El sonido del metal rozando contra el metal ahoga el silencio mientras la puerta comienza a levantarse del suelo. Hay un flujo vacilante pero persistente de prisioneros que salen del patio. Una vez al otro lado, se apresuran a huir por las calles de la ciudad.
Viro hacia el oeste y avanzo hasta el extremo más lejano de la muralla. El ejército es visible a lo lejos, aunque no sea nada más que una mancha en el horizonte. Un soldado me entrega su catalejo y me lo llevo al ojo. La lente afina la imagen y se me corta la respiración. Me cago en...
El ejército enemigo supera con creces al nuestro. Posiblemente por decenas de miles. Están equipados con catapultas y arietes y flanqueados por dos troles gigantescos que avanzan como montañas en movimiento.
Mierda.
Vuelvo para informar de la situación, pero Jovie ya está llena de energía. No logro decir una palabra antes de que ella descienda la escalera de la muralla, y Fredrich y yo nos apresuramos para seguirle el paso.
—¿Qué demonios es esto? —pregunta Zion desde atrás—. ¿Os la estáis follando los dos o qué?
Fredrich estalla en risas justo al llegar al suelo del patio y yo le lanzo una mirada fulminante a Zion.
Pero es Beau quien interviene.
—Los celos nunca te han sentado bien, Zion —dice mientras se enrolla la cuerda metálica en las manos.
Al ver a mi hermana, Zion se queda congelado. Es la única persona en este mundo capaz de dejarlo sin palabras.
Jovie abraza a Beau, pero el abrazo dura poco y enseguida extiende la mano hacia la cuerda metálica en manos de mi hermana.
—¿Qué pasa? —pregunta Beau, buscando la mirada de Jovie.
Exhala las palabras.
—¿Messer? ¿Has encontrado a Messer?
Beau niega con la cabeza, confundida.
—Un soldado encontró mi cuerda y una espada metida en un cinturón, pero eso es todo —dice. Luego considera el último detalle antes de añadir—: Y sangre. Dijo que no estaba seguro de quién era, pero que no era mucha.
Por muy esperanzadora que sea esa información para mí, no consigue calmar los temores de Jovie.
—No puede transformarse cuando está herido. Y si nadie le quita la flecha...
Al juntar las piezas, los rasgos de Beau se vuelven rígidos.
—¿Messer?
Las lágrimas de Jovie amenazan con resurgir mientras lucha por responder y se limita a asentir, apartándose de Beau para ocultar su emoción.
No nota la expresión de mi hermana, pero yo sí.
Los rasgos bronceados de Beau se vuelven fantasmales, con los ojos muy abiertos, al comprender el probable destino de Messer.
—Joder —murmura Fredrich.
Todos miramos rápidamente en la dirección que señala, hacia el palacio.
Las tropas de Evelyn salen por las puertas principales espada en mano, seguidas de varios soldados de Maile.
Obviamente había planeado la emboscada como distracción de su verdadero plan: colarse por la parte trasera del palacio y llevarse a su hija de mi...
Joder.
Fredrich toca la nieve un instante antes que yo, ambos tosiendo.
—¡Madre! —grita Jovie—. ¡Detente!
Mis soldados toman la defensa, pero no hay nada que pueda pensar o hacer, excepto luchar por cada respiración. Es inútil, lo sé, pero eso no elimina el esfuerzo.
Caigo a cuatro patas, las manos me resbalan sobre el suelo húmedo, la visión se vuelve negra en los bordes.
En algún lugar de mi periferia, escucho la voz de Jovie:
—¿Dónde está Sam?
Pero se distorsiona a medida que comienza a desvanecerse.
Esto es todo.
Morir a manos de mi propia suegra.
Sé que la Madre se está riendo.
Entonces, justo antes de perder la consciencia por completo, el aire me llena los pulmones.
Es tan doloroso como glorioso. Jadeo, aspirando el aire helado y magnífico.
Mientras me siento sobre los talones, miro a la antigua reina de Maile.
La mujer que me entregó el puñal que Jovie fabricó con su padre para que lo llevara en mis viajes.
Y sé, sin sombra de duda, que me odia.
Inclino la cabeza en señal de sumisión.
—Perdonadme.
Su tono es cortante.
—¿Cómo podría perdonaros por algo por lo que ni siquiera sentís remordimiento?
Bueno, en eso tiene razón. Me atrevo a mirarla. Vestida con armadura y la espada lo suficientemente cerca como para arrancarme la cabeza. Jovie está a su lado y sus manos aferran el codo de su madre.
Podría mentir. Debería mentir.
—Solo lamento el peligro en el que puse a Jovie, pero lo hice con la intención de mantenerla a salvo.
Evelyn me mira con desprecio, la repulsión se ve clara en su rostro.
—No eres más que un esclavo del vínculo y eso te hace débil.
—Madre —reprende Jovie.
No lo niego.
—He jurado lealtad a la corona de vuestra hija. Mientras ella viva, yo vivo a su merced. Mis hombres son sus hombres. Mi vida es su vida. Puede hacer con ellos lo que le plazca.
Esta declaración hace que Evelyn se detenga.
Incluso Zion maldice, dando un paso para alejarse de mí.
Pero no me avergüenza el amor que siento por Jovie.
Es la única decisión que he tomado que no siento contaminada por fuerzas externas.
Ella es mía y yo soy suyo. No hay nada en este mundo, ni en otro, que pueda cambiar esos hechos.
—Ahora que eso está claro —digo, poniéndome en pie lentamente—, hay un ejército cinco veces más grande que el nuestro al oeste y sugiero que comencemos a prepararnos para la masacre que se avecina.