Capítulo 54. Jo
Jo
Una corona de flores silvestres descansa sobre el cubo.
Flores de todos los colores. La cojo e inspecciono su delicado trabajo antes de colocármela sobre la cabeza.
Se inclina sobre mi frente, más como una diadema que como una corona.
La hierba alta se engancha en el extremo de mi vestido amarillo mientras me alejo de la cabaña para ir a buscarlo.
Cruzo la ladera hasta llegar al arroyo, donde lo veo.
Está de espaldas a mí y me alegra no ver a Hallis en ningún sitio.
Tengo cosas que decirle a Acker sin que su amigo se burle de mí.
Me acerco a él con paso firme.
—No quiero casarme contigo cuando sea mayor —digo, soltando las palabras de golpe.
Se gira para mirarme por encima del hombro mientras entrecierra los ojos ante el sol.
—No creo que tengas mucha opción —responde mientras vuelve a su tarea.
Me acerco más y veo cómo recoge piedras del lecho del arroyo. Son bonitas. Azules, verdes y rosas. El agua es clara como el cristal y veo a los peces huyendo cuando mete la mano en ella.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
—Buscando oro.
Me siento en cuclillas a su lado.
—Mi madre dice que no hay oro en este arroyo porque se seca cada verano.
—Sí que hay oro —dice, con la barbilla apoyada en la rodilla.
—No, no lo hay.
—Ya verás.
Odio cuando finge saberlo todo. Mamá dice que lo hace porque es un niño, pero yo creo que es porque es un sabelotodo.
—Bueno, solo he venido para decirte que no me voy a casar contigo, aunque tenga que hacerlo —insisto.
Sonríe, pero no me mira, mientras sigue revisando las piedras del lecho del arroyo.
—¿Y si te doy un anillo de oro?
—Todos los reyes le dan a la reina un anillo de oro. Eso no es especial.
—Espera —dice, levantando la palma del agua y señalando el barro en el centro—. Mira.
Me inclino, entrecerrando los ojos ante la masa negra en su mano.
—Estás imaginándote cosas.
—Jovie, está justo ahí —insiste.
Luego mueve la mano y pequeñas motas de... algo... reflejan la luz del sol. No puedo ocultar mi asombro y él se emociona más.
—El arroyo está lleno de esto —dice, extendiendo la mano sobre el agua.
—¿Cómo lo sabes?
Se encoge de hombros.
—Lo sé y punto.
Pongo los ojos en blanco.
—Genial. Quizá puedas juntar suficiente para hacer un anillo de oro para ti.
—No seas tonta, Jovie.
—No lo soy —digo, con una mano en la cadera—. No quiero un anillo, ni casarme y, sobre todo, no contigo.
Me mira de un modo que me hace sentir que he sido demasiado cruel. Quería serlo, pero ahora que me doy cuenta de que quizá haya herido sus sentimientos, me siento un poco mal.
—Ni siquiera te gusto —insisto.
—¿Quién ha dicho que no me gustas? —pregunta.
—Hallis y tú siempre sois malos conmigo.
—Hallis es... Hallis —explica—. Pero yo no quiero ser malo contigo. Por eso te hice otra corona.
Había olvidado las flores sobre mi frente.
—Es demasiado grande —digo, quitándomela y colocándosela a él. Luego me río, porque le queda perfectamente—. ¿La mediste en tu cabeza?
Molesto por mi actitud burlona, se quita las flores de la cabeza y las arroja al arroyo y me doy cuenta, una vez más, de que he herido sus sentimientos.
—¿De verdad quieres casarte conmigo, Acker?
Me mira.
—¿Por qué no iba a querer? Eres la chica más guapa que conozco.
Me río, porque es lo más absurdo que he escuchado nunca.
—Conoces a unas... siete chicas.
Se lava las manos en el arroyo.
—La mejor de siete no está mal.
Suspiro y me inclino para mirarlo a la cara.
—Te ofrezco un trato —le digo. Por un momento olvido lo que estoy diciendo, demasiado fascinada por sus largas pestañas antes de encontrar mis palabras de nuevo—. Me casaré contigo, pero solo si usas el anillo de oro.
Su sonrisa empieza a reaparecer.
—Pero tienes que llevarlo en la nariz —digo, tocándole la punta.
Él me aparta la mano.
—Solo los nómadas usan anillos en la cara.
—¿Los nómadas tienen compromisos?
Se ríe con fuerza y me salpica. Se desata una guerra de agua, porque, por supuesto, no puedo dejar que se salga con la suya.
Terminamos ambos en el arroyo mientras intentamos empaparnos mutuamente.
No pasa mucho tiempo antes de que ambos estemos empapados y nos rindamos, olvidando nuestra disputa mientras comenzamos a buscar más oro.
Acker me muestra dónde buscarlo, el lugar donde el agua recoge sedimento entre rocas y hendiduras.
Cogemos el barro sedoso en nuestras manos y dejamos que la corriente arrastre las piezas más pesadas hasta que solo queden pequeñas motas que parecen óxido.
Después de un rato, Acker se pone de pie y mira al cielo.
—El sol ha salido hace ya un buen rato —dice, y luego me mira—. Creo que deberías despertarte.
No dice más que tonterías, pero sacudo la cabeza.
—Todavía no.
Seguimos buscando durante lo que parece una eternidad.
El sol no se mueve y eso me hace feliz. Por alguna razón, sé que no quiero que el día termine.
Quiero quedarme aquí el mayor tiempo posible.
Recogemos nuestro hallazgo, juntando las motas de oro en mi palma, lo justo para pellizcar entre dos dedos, mientras seguimos metidos en el arroyo hasta las rodillas.
—Tenemos que ir a casa —dice Acker, inspeccionando el cielo de nuevo—. Tienes que despertar.
—Pero no tenemos suficiente para un anillo de oro —replico.
Sin embargo, cuando levanto la vista, Acker ya no es el niño de mis sueños. Es el hombre al que amo.
Su expresión es severa.
—Tienes que despertarte, Jovie.
Sacudo la cabeza.
—No quiero.
Me agarra de los brazos, ya no los de un niña, sino los de una adulta.
—Necesito que te despiertes. Ahora mismo, Jovie. Despierta. —Sacudo la cabeza, pero él se muestra firme. El anillo de oro en su fosa nasal brilla bajo el sol del mediodía. Esto no es real. Ya no—. Despierta. Despierta. Desp...
El aire me llena los pulmones como si emergiera del agua y, con un fuerte jadeo, abro los ojos de golpe.
El techo dorado en la parte de arriba me refleja mientras estoy tendida sobre la mesa del estrado.
Fredrich maldice y puedo ver el alivio de Acker.
El peso se disipa de sus hombros, el aire sale de él mientras se inclina sobre mí. Me lleva un momento procesarlo todo.
Miro a mi derecha, al hombre de mis sueños, sus ojos oscuros, las pestañas desplegadas.
—¿Messer? —pregunto.
El rostro abatido de Acker debería ser suficiente respuesta, pero no lo es. Necesito que diga las palabras.
—Habla —exijo.
Niega con la cabeza.
—No lo sé, Jovie. No lo sé. Lo siento.
Pero creo que yo sí lo sé. El recuerdo de su forma de ave golpeando el suelo duro, el pecho agitado mientras luchaba por respirar...
Y me derrumbo. En cuanto las lágrimas me llenan la visión, se desbordan.
Acker me acuna contra su pecho, con los brazos apretados, como si sostenerme con fuerza pudiera mantenerme entera.
No es real. No puede serlo. Messer no. Pero mientras el recuerdo de su muerte me atraviesa la mente, sé que es verdad y el dolor resulta insoportable. Ese tipo de ruptura que no puede arreglarse, que me parte en dos.
—Escúchame —dice, apartándome el pelo de la cara con las manos y secando la humedad de mis mejillas—. Jovie, escucha. Necesito que luches conmigo, ¿de acuerdo?
Lucho por entender sus palabras, pero me siento perdida mientras miro sus ojos oscuros.
Busco su rostro, tratando de encontrar algo real.
Cualquier cosa a la que aferrarme. Está cubierto de sudor y siento la humedad desde lo alto de su pómulo, desciende hacia la hendidura de debajo, hasta el anillo de oro en su fosa nasal.
Su sonrisa es fugaz, teñida de tristeza, mientras me besa la palma.
—Quieres esta lucha, Jovie —dice. Se limpia una lágrima rebelde mientras me sostiene el rostro entre las manos para que no pueda apartar la mirada—.
Te vas a levantar y lucharás por Messer, por mí y por toda esta maldita tierra.
—La voz se le llena de emoción y la llama de su propia lucha se le enciende en los ojos—.
No vas a permitir que él dé el golpe final.
Él. Wren.
Me incorporo.
—¿Dónde está?
—Se fue —dice Acker, amargamente—. Sabía que no lo mataría, que no podía sin arriesgarme a que no despertaras nunca.
Poco sabe él que este hombre ha pasado cuatro años presionando más allá de los límites de las piedras mangi para llegar a mí. Nada habría podido detenerlo.
La vergüenza provoca que Acker desvíe la mirada.
—Y sabe que tu madre viene —dice.
Mierda.
—Kai nos vendió a su padre, así que debemos detener a tu madre antes de que mate a todos mis hombres.
Asiento, pero mi mente está desconectada. Siento como si mi cabeza no estuviera unida a mis hombros.
—Jovie —dice Acker, fijando sus ojos en los míos—. Vamos a encontrar a ese desgraciado y terminar con esto.
Esta vez mi asentimiento resulta más firme.
Hay una sensación de promesa mortal irradiando de él mientras me ofrece la mano para ayudarme a bajar de la mesa.
Entonces la habitación entra en mi campo de visión.
Estamos en el salón de banquetes, pero está vacío.
No, vacío no, me percato mientras observo los cuerpos de todo el consejo esparcidos por el suelo.
Yacen desordenadamente como si huyeran de algo.
Sigo la línea de salpicaduras de cada cuerpo, que regresa al estrado, a los pies de Acker, donde él se mantiene firme, con gotas que le caen de las dagas de su cinturón.
Luego veo las trazas secas de sangre alrededor de sus uñas, en los huecos de las manos y las muñecas, en marcado contraste con la palidez de mi piel junto a la suya.
Encuentro la mirada de Acker y entonces comprendo lo que ocurrió mientras yo dormía. La furia que sintió hacia cada hombre de esta sala que contribuyó a este momento. Hambrientos de poder, egoístas, codiciosos.
—Tenemos que irnos —dice Fredrich, llamando nuestra atención.
—Espera —dice Acker y camina hacia un hombre muerto en el suelo.
Su padre, me doy cuenta con asombrosa claridad, mientras observo a Acker registrándole los bolsillos hasta encontrar lo que buscaba. Una piedra gris del tamaño del puño de un niño, que se guarda en su propio bolsillo.
Acker desciende los escalones del estrado y se acerca a uno de sus soldados caídos, ya sin casco, con el mismo destino que el consejo.
Coloca su mano sobre la espada que el soldado aún agarra, y la levanta, como si estuviera atada a un hilo invisible, hasta su palma.
Inspecciona el arma antes de extender la mano hacia otro soldado muerto, cogiendo también su arma.
Con ambas espadas en la mano, se aproxima hacia mí, mostrándome una, sostenida por la hoja, como ofrenda.
—Wren ha declarado la guerra contra mi corona y contra Maile, mientras tu madre introduce su ejército en la ciudad —dice—.
Pase lo que pase, no te separes de Fredrich.
¿Lo entiendes? —No se molesta en esperar mi respuesta y fija la mirada en su amigo como si las palabras fueran para él y no para mí.
—Los tres nos quedamos juntos —dice Fredrich mientras dirige a Acker una mirada seria.
Él asiente.
—Sí. —Luego me atrae hacia su boca con una mano que me coge la nuca. Cuando se aparta, dice—: Si alguna vez me dejas de nuevo, te encadenaré permanentemente a mi cama.
Le empujo el pecho.
—Tú insististe en que estaría más segura lejos de aquí.
—¿Desde cuándo me escuchas? —pregunta, con una sonrisa incrédula al girarse hacia la escalera.
—Serás... —No termino el insulto, sabiendo que solo intenta provocarme mientras lo sigo hacia la cocina.
La risa de Fredrich resuena en las paredes detrás de mí.
—Matamos a Wren en cuanto alguien lo vea.
Acker asiente.
—Sospecho que liderará la carga. Mantén los ojos abiertos. Le gusta tener el control.
—¿Y su hijo? —pregunta Fredrich.
Acker no me mira cuando responde mientras gira la espada con la muñeca.
—Más le vale rezar a los dioses para que no sea yo quien lo encuentre.