Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 53. Acker
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Capítulo 53. Acker

Acker

Los grilletes alrededor de sus tobillos obligan a Irina a avanzar arrastrando los pies hasta el estrado.

Lleva la capucha echada sobre la cabeza, de modo que le oculta el rostro a la congregación.

No levanta la vista mientras la conducen hacia la escalera.

Está cubierta de suciedad y puedo imaginar lo humillante que debe de ser esto para la princesa de Strou.

Hay incluso una parte de mí que se avergüenza de haber puesto a mi propia esposa en esta situación.

Volvería a hacerlo para proteger a mi vínculo, pero jamás habría imaginado someter a ninguna mujer con la que me casara a semejante abandono.

—Con su don, puedes obtener cualquier don que desees —dice mi padre, extendiendo la mano con un gesto ampuloso cuando Irina alcanza el suelo del estrado. Como si fuera engalanada con sedas y no cubierta de inmundicia.

Wren recorre su cuerpo desnutrido con una mirada indiferente.

—Empezaba a pensar que no la tenías —dice, acercándose a Irina—. Sobre todo después de que tú y el consejo me expulsarais de la corte.

—Wren —interviene mi padre, conciliador—. Sabes que no fue una decisión tomada a la ligera, pero eso ya quedó atrás. Solicitaste esta cena para culminar el último paso de nuestra alianza. Por favor, pasemos a mi salón privado.

Wren sonríe y no me gusta nada.

—Solo una cosa más —dice mientras le retira la capucha a Irina.

Sigo impresionado por la imagen de mi hermana. Los ojos de Irina no titubean cuando alza la mirada hacia Wren. Cabello oscuro, ojos oscuros y unos labios carnosos que reflejan tantos de mis propios rasgos.

—La infame y aterradora Beau —declara con tono burlón y la primera sonrisa auténtica que cruza sus labios—. Tenía muchas ganas de conoceros después de que las historias sobre vuestra capacidad para hacer llorar a los hombres más despiadados llegaran hasta mí, al otro lado del mar.

Irina no responde a su admiración y es evidente que a Wren le decepciona su silencio.

Se desabrocha la espada que lleva al cinto y toda la congregación se inquieta.

Aflojo una daga de mi correa. Los ojos de mi padre se deslizan hacia mí; una severa y furiosa sacudida de cabeza me ordena no intervenir.

Wren se inclina hacia el oído de Irina, susurrando lo bastante bajo como para que solo ella, y quienes estamos en el estrado, lo oigamos.

—¿Podéis señalar a todos los hombres y mujeres de esta sala que han cogido la magia de otros?

Mi padre da un paso al frente.

—¿Qué estás haciendo?

Wren le lanza una mirada de advertencia.

—Me aseguro de que hayas sido sincero al afirmar que no has compartido ese conocimiento con nadie fuera de la alianza.

Eso parece tranquilizar a mi padre y Wren vuelve a centrar su atención en la figura de mi hermana.

—¿Beau?

Irina sostiene su mirada durante un largo instante antes de negar con la cabeza.

—No puedo —dice.

—¿Por los grilletes? Son molestos, lo sé.

Chasquea los dedos hacia los soldados de mi padre, que avanzan para retirarle las cadenas de los tobillos. Miro a mi padre, preguntándole en silencio si va a permitir que otro hombre dé órdenes a sus soldados, pero él se limita a negar con la cabeza.

Irina casi se desploma de alivio cuando queda libre. No dura mucho: Wren la agarra por los hombros y la coloca frente a él, encarando a la mayor parte de la sala, de espaldas al estrado. Un gesto valiente, mientras hago girar la daga entre los dedos.

—Bien —dice—. Solo tenéis que señalar a quienes han participado en el robo del don ajeno.

Veo la parte superior de la cabeza de Irina volverse de un lado a otro.

—¿Es más fácil señalar a quienes no lo han hecho? —pregunta Wren.

Aun así, ella sigue negándose.

Wren se aparta de detrás de Irina y la examina.

—¿Es que... no podéis?

Entrecierra los ojos y no hay forma de detener lo que viene cuando alza la mano para tocarle el rostro. No es evidente a la vista lo que provoca el estallido de voces indignadas de la congregación, pero yo ya sé lo que sucedió cuando la mirada acusadora de Wren se clava en mi padre.

—Creí que sabíais que no debíais engañarme —dice, con la voz velada de amenaza.

Mi padre está confundido. Wren agarra a Irina por la cara y la gira hacia el estrado y la confusión de mi padre se transforma rápidamente en furia cuando la ilusión de Irina se desvanece y revela su verdadera identidad.

Toda la congregación jadea. Bru, el regente de Strou, grita su indignación a la espalda de mi padre.

Pero mi padre solo me mira a mí, fuera de sí.

—Desgraciado —escupe.

Mantengo una postura relajada, los movimientos tranquilos mientras sigo manipulando la daga entre las manos.

—Al fin y al cabo, soy tu hijo —digo, devolviéndole sus propias palabras una vez más.

No ve venir la espada.

Fredrich le hunde la hoja directamente en la espalda; la punta de la oscura piedra ígnea emerge por su pecho.

La sangre burbujea en su boca abierta, el asombro grabado en su rostro mientras cae de rodillas.

Fredrich apoya una bota en su espalda, empujándolo hacia delante hasta estrellarlo contra el suelo boca abajo, antes de arrancar la hoja.

No se oye ni una palabra, ni siquiera un susurro, cuando descarga el golpe final en la nuca de mi padre, separándole la cabeza del cuerpo.

Y por primera vez desde la premonición de Greta, respiro aliviado.

Los soldados con casco que bordean la sala no saben cómo reaccionar, con las manos en las empuñaduras de sus espadas. Les hago un gesto para que bajen las armas con una sacudida de cabeza. Están tensos, pero acatan la orden.

Wren es el primero en hablar.

—Edmond siempre tuvo su casa algo desorganizada —dice, sin emoción alguna.

Fredrich limpia la sangre de su espada en el muslo del pantalón.

—Consideradla ordenada —responde.

Wren hace una mueca.

—No del todo.

Sube el primer escalón del estrado y alza la vista hacia mí.

—Veréis, pedí a Beau con el propósito de hacer limpieza. Sin su pericia, no me queda otra opción que asumir que todos los presentes son culpables.

—¿Culpables? —pregunta Chryse, levantándose de su asiento—. ¿De qué? ¿De acabar con la guerra?

Irina aprovecha la distracción para correr hacia Bru, el regente de Strou, que la cubre con su cuerpo, protegiéndola del resto de la sala, de Wren. Juntos intentan huir hacia la escalera, pero Wren los detiene señalándolos con un dedo.

—Sentaos —ordena y el poder de su don resuena en esa única palabra.

Obedecen sin resistencia. Da la misma orden a Chryse, aunque al rey de Roison no le hace falta la presión del influjo para acatarla.

—Afirmar que habéis solucionado el problema que vos mismo creasteis es una falacia, Chryse.

—Empezasteis esta guerra conmigo —protesta, golpeando la mesa con el puño.

—No me dejasteis elección —dice Wren, subiendo otro escalón—. Vivía conforme entre mi gente, al otro lado del océano, pero después de que se nos prohibiera el acceso al mercado, habríamos muerto de hambre si no me hubiera unido a ti en tu empeño por desplazar el control de Edmond.

—Se estaba volviendo demasiado poderoso —replica Chryse.

El labio superior de Wren se curva, delatando la ira que hierve bajo la superficie.

—Y aun así, aquí seguís, sentado en su estrado como la sanguijuela que sois.

—¡Por vuestra culpa! —grita, poniéndose en pie de nuevo. El aire empieza a crujir a su alrededor, la electricidad brota de su cuerpo—. Fuisteis a cerrar un trato con él a mis espaldas y eso después de que vuestro vínculo incumpliera nuestro acuerdo —concluye, señalándome con un dedo.

No me inmuto ante las acusaciones y me limito a encogerme de hombros con indiferencia.

Wren tampoco parece preocupado.

—Solo buscaba la raíz del veneno —responde, llegando al último escalón—. No os lo dije porque sabía lo falible que erais. En cuanto Edmond me echó del palacio, vinisteis corriendo como el maldito perro que sois.

Un rayo surge de la mano de Chryse hacia Wren, pero es como si el capitán lo esperara, y se mueve justo a tiempo para que la electricidad pase por su lado sin tocarlo.

En el instante siguiente, emite una orden, su don de influencia retumba por todo el estrado.

—Sacad la daga de su vaina y claváosla en la sien.

Los ojos de Chryse se abren de par en par, aterrorizados.

Sus manos tiemblan mientras extrae la daga de la funda que lleva a la cintura.

El metal brilla bajo la luz de los candelabros mientras le vibra en la mano.

Sus músculos se tensan en un esfuerzo inútil por detener lo que ya está ocurriendo, pero la orden de Wren está por encima de todo.

Y el capitán permanece con un pie sobre el estrado, el codo apoyado en la rodilla doblada, completamente relajado mientras observa al rey de Roison colocando la punta en el punto blando detrás de su ojo.

—Hacedlo —dice.

Irina se cubre los ojos justo en el momento en que Chryse se clava su propia daga en el lateral de la cabeza, con los ojos abiertos, y se desploma hacia delante, golpeando la mesa con un crujido nauseabundo.

Fredrich y yo nos miramos, atónitos, pero no menos complacidos por el giro de los acontecimientos. No podríamos haber planeado nada mejor.

El resto de la congregación, en cambio, reacciona de manera completamente opuesta y comienza a correr hacia la salida más cercana.

Wren no aparta la vista de mí mientras dice:

—De aquí no se va nadie.

Santo cielo.

Su don es jodidamente inigualable.

Cualquier duda sobre la veracidad de las historias acerca de su capacidad para manipular ejércitos enteros se desvanece cuando la multitud se detiene en seco. La mayoría de los soldados abandona sus puestos, se quita los cascos y se queda entre el consejo. Los pocos leales tiemblan en su puesto.

Siento cómo se acerca Fredrich y nunca he estado más agradecido de que Jovie insistiera tanto para que se quedara conmigo, porque de otro modo no tendría ninguna oportunidad contra el hombre que tengo frente a mí.

Un grito ahogado se escucha a lo lejos, en algún lugar fuera de las puertas del comedor. Zion liberando a los prisioneros. ¿Dónde diablos están los hombres de Kai?

Wren emite su siguiente orden con demasiada confianza.

—Tomad asiento.

Hay un instante en que mantengo su mirada y una lenta sonrisa asoma en mi rostro ante su evidente confusión al ver que no obedezco.

Observa las piedras alrededor de mi cuello, y aunque es lo suficiente fuerte como para dominarlas, Fredrich también lo es.

Preparo la hoja en mi mano, listo para acabar con esto con un movimiento preciso de muñeca.

Un destello de miedo cruza el rostro de Wren.

—Tengo a vuestro vínculo.

Dejo de respirar. Todo el aire en mis pulmones se niega a moverse mientras me detengo en seco.

Es lo único que podría decir para hacerme vacilar.

Inmediatamente me quito las piedras del cuello y busco el anclaje.

Se engancha en su lugar, atándome al otro extremo del vínculo.

No en el oeste, donde debería estar, sino aquí, en el palacio.

No necesito saltar a través del vínculo para encontrarla, porque dos guardias alaha la llevan a rastras por las puertas del comedor.

—Ace —advierte Fredrich cuando empiezo a moverme hacia ella.

—Es mi seguridad —dice Wren, metiéndose las manos en los bolsillos.

La congregación se aparta mientras los dos guardias la conducen al estrado.

Tan pronto como la dejan en la mesa, tengo dos dagas levantadas, apuntando a sus gargantas.

Retroceden con las manos en alto, prácticamente de puntillas para evitar la presión de las hojas sobre sus yugulares.

Coloco una tercera daga dirigida a la nuca de Wren, lista para cortar su columna en cualquier momento.

Él lo percibe al inclinar la cabeza hacia la hoja.

—Si me matáis a mí o a cualquiera de mis hombres, ella nunca despertará —dice.

Miro a Fredrich, quien asiente, dejándome saber que se quedará conmigo mientras nos acercamos juntos a la mesa. El pecho de Jovie sube y baja con respiraciones uniformes, como si realmente durmiera.

—¿Dónde diablos está Messer? —pregunto.

—Muerto, probablemente —responde Wren, como si hablara del clima.

«No».

Un odio que nunca había sentido en mi vida me nubla la visión.

Escucho a Fredrich, pero no distingo sus palabras mientras llamo a dos de las tres dagas a mis manos.

Están cubiertas de sangre y carne, los dos guardias caen como sacos de patatas.

Pero sus muertes no me parecen suficientes.

Quiero la vida del hombre que dio la orden.

Me giro hacia Wren.

—Despertadla ahora mismo —digo, sorprendentemente calmado.

—No.

Avanzo hacia él, con dagas ensangrentadas en cada puño.

—Os mataré a vos, luego a vuestra esposa y a vuestro patético hijo, si no la despertáis ahora mismo.

No se inmuta ante mi furia.

—De todas formas me mataréis.

Cada una de sus respiraciones es un testimonio de mi contención, porque tiene razón y lo sabe. Giro sobre mí mismo, con los ojos clavados en Irina, que tiembla en su asiento, con Bru a su lado, protegiendo a la princesa de la vista de Wren.

Apunto hacia ellos con una daga.

—Dejadlos ir.

Cuando vuelvo a mirarlo, busco sus ojos. Quiero que vea mi seriedad cuando digo:

—Dejadlos ir u os partiré la columna. No han hecho nada malo.

Su mirada se clava en ellos y, con un renuente movimiento de cabeza, los libera.

—Podéis ir —dice.

Huyen de sus asientos hacia la escalera que conduce a la cocina. La mirada preocupada de Irina se detiene en Jovie y luego en mí, y asiento para darle permiso para marcharse.

Hallis aparece en lo alto de la escalera, justo cuando los otros pasan, y evalúa la sala a gran velocidad.

—Evelyn está invadiendo la ciudad. ¿Qué ordenas?

Aunque quería que Evelyn actuara exactamente así, lo daba por hecho suponiendo que Jovie lideraría la carga. Ahora, mi padre está muerto y Evelyn, sin duda, viene a por sangre. La de mis hombres. La mía.

Fredrich observa el cuerpo inmóvil de Jovie.

—Si la encuentra así, estaremos todos muertos en cuestión de segundos.

Niego con la cabeza, sabiendo que la única esperanza que tengo es rendirme.

—Decid a los hombres que se retiren...

—No podéis dar esa orden —interrumpe Wren.

Lo inmovilizo con la mirada.

—¿Perdonad?

El arrogante hijo de puta se encoge de hombros.

—Según el acuerdo que hicisteis con mi hijo, ya no tenéis derecho al trono.

«Ese imbécil sin agallas».

Sabía que no debía confiar en Kai, pero esperaba que el odio que Messer juró que su amigo de la infancia sentía hacia su padre superara su odio hacia mí.

—Os habéis saltado una parte vital de ese acuerdo —digo con desdén— que incluía vuestra muerte.

Él sonríe.

—Entonces parece que tendremos una batalla, ¿no es así?