Capítulo 52. Acker
Acker
Stassia abre la puerta de su habitación privada y sus ojos se agrandan hasta duplicar su tamaño al vernos a mí y al hombre que me acompaña.
—Por favor —digo y desvío la mirada hacia el pasillo que conduce a las cocinas.
Nos hace señas para que entremos y Fredrich y yo nos apresuramos a hacerlo. El espacio apenas alcanza para una cama y un pequeño escritorio, mucho menos para que tres adultos se apiñen dentro, pero Stassia se pega a la pared para hacernos sitio.
—Gracias —le digo.
Sospecho que mi padre me otorgó el don del oráculo únicamente porque sabía cuánto lo detestaría.
Mi madre me volvió paranoico con la gente que lee mentes y me obligó a entrenar cómo protegerme de esa habilidad.
Ahora lo entiendo, teniendo en cuenta lo que mi padre le hacía, pero cometió un grave error al forzarme a asumir ese don.
En los días siguientes, luché por controlar la avalancha de ruido mental procedente de quienes me rodeaban, sobre todo de aquellos que nunca habían aprendido a blindar su mente en presencia de Herederos.
Proyectaban sus pensamientos más íntimos como una baliza, casi como si me los gritaran directamente.
Y fue durante uno de esos horribles momentos cuando percibí el asco que Stassia sentía hacia mi padre.
La sirvienta de mayor confianza de mi padre lo detesta en todos los sentidos posibles, hasta en la forma en que respira, y él no tiene ni puta idea.
Fredrich se baja la capucha y se sacude el hielo de los hombros antes de dejar caer sobre la cama, perfectamente hecha, el alijo de espadas y dagas.
—Estaban justo donde dijiste —dice.
Observo la cantidad de armas talladas en piedra ígnea.
—Sabía que Wells se quedaba con una parte, pero, joder...
—Y esto ni siquiera es todo —añade Fredrich, levantando un arma que le gusta—. Solo lo que pude cargar.
Pasa el pulgar por el plano de la hoja de doble filo.
Stassia observa el intercambio con atención y yo señalo las armas con la cabeza.
—Coge una.
Vive únicamente del salario de una sirvienta, que es prácticamente nada, y sé que su familia jamás podría permitirse armas básicas de hierro y mucho menos de piedra ígnea. Elige la daga más pequeña y se la esconde con cuidado bajo la manga del uniforme.
Fredrich mira a Stassia, luego a mí y a las piedras que llevo alrededor del cuello.
—¿Cómo has convencido a Jo para que se fuera? —pregunta.
Lo miro como si fuera idiota.
—Estás aquí, ¿no?
Al menos tiene la decencia de disimular la sonrisa, sabiendo que el único motivo por el que Jovie aceptaría marcharse sería la seguridad de que yo esté a salvo, y tener a su escudo aquí es lo mejor para garantizarla.
—Entonces, ¿cómo va a ser esto?
—Esperamos a Kai. Está organizando a sus hombres para tender la emboscada durante la cena.
—¿Y Zion? —pregunta, informado ya de su encarcelamiento por Messer.
—No he conseguido hacerme con una llave en toda la semana. La paranoia de mi padre ha hecho que las esconda. Ni siquiera los guardias saben dónde están.
—Yo tengo una llave.
Los dos volvemos la cabeza hacia Stassia al mismo tiempo.
—La cocina envía gachas a las mazmorras cada noche para la cena. Puedo asegurarme de que le llegue una llave a... ¿Zion, verdad?
Asiento.
—Eso es.
—No debería de haber problema —dice.
—Bien. —Miro a Fredrich—. Quédate aquí.
—¿Cuál es la señal? —pregunta él.
Encuentro un par de dagas con empuñaduras metálicas entre las armas de piedra ígnea, me las meto en la cintura del pantalón y me ajusto la camisa.
—Enviaré a Hallis a por ti. Si no aparece, entra cuando oigas los gritos.
—De acuerdo —responde con un suspiro—. Pero si no oigo nada en una hora, iré igualmente.
Nos abrazamos y luego sigo a Stassia fuera de su habitación, hacia el pasillo.
Me detiene con una mano en el codo.
—Vuestro padre ha dicho que la cena de esta noche es para declarar oficialmente el fin de la guerra y la creación formal de la nueva alianza, pero... —Mira a ambos lados antes de inclinarse—. Igual que hicisteis con Jovie, ha sacado del palacio a Greta.
La sorpresa me obliga a dar un paso atrás. No había logrado encontrarla y había llegado a la conclusión de que la mantenía en sus aposentos, al no hallarla en la biblioteca. Nunca se me ocurrió que se desprendería de ella.
—¿Dijo adónde la mandaba?
Niega con la cabeza.
—No. Fue poco antes de que llegarais. —Traga saliva antes de continuar—. Pero creo que tiene miedo.
—¿De qué?
—No lo sé, pero me pareció que debía advertiros.
—Gracias, Stassia.
Inclina la cabeza y se excusa.
Sigo hacia el salón de banquetes mientras intento procesar lo que acaba de decirme.
Mi padre jamás había alejado a Greta del palacio. Aunque la ha ignorado durante años, la acapara como si fuera una posesión valiosa. No la enviaría lejos a menos que estuviera realmente preocupado por que le ocurriera algo. ¿Quién querría hacerle daño a Greta? Es prácticamente una santa.
Para cuando llego al salón, tengo el estómago revuelto.
Todo parece normal. Hileras de soldados con casco custodian los bordes de la sala, vigilando las celebraciones.
Cada gobernante territorial tiene su asiento en la mesa del estrado: mi padre, Chryse, los asientos de los padres de Irina, Joss y Ulrich, aunque solo uno está ocupado, por Bru, su regente designado al no estar presentes, y Wren.
Esta noche, mi lugar está entre el resto del consejo, fuera del estrado, sobre el suelo del salón.
Hasta que se sirve la cena, todos se mezclan en pequeños grupos entre las mesas. Cruzo miradas con Hallis y rodeamos a la mayoría de la gente para encontrarnos en un rincón discreto.
—¿Dónde coño te habías metido? —pregunta.
—Estaba sacándola a ella y metiendo a Fredrich —respondo, deliberadamente vago.
Lo entiende y es suficiente para apaciguar su enfado.
—¿Y Z? —pregunta, abreviando el nombre de Zion.
—Está controlado.
Suelta un suspiro de alivio. Deslizo una de las dagas de la cintura y se la paso con el mayor sigilo posible, manteniendo la vista en la sala abarrotada.
—Eres mi mejor amigo, Hallis, pero no te culparía si... —Dejo la frase en el aire.
—Cállate —me corta.
No respondo; solo le doy una palmada en el hombro y lo dejo para cumplir con mis compromisos sociales.
Las familias de los miembros del consejo ya no están en la corte; se marcharon cuando supieron que el frente de batalla se dirigía directamente a las murallas de la ciudad, así que la sala está llena, sobre todo, de dignatarios.
Hombres acostumbrados a hablar a subordinados y convencidos de que todo lo que dicen es ley.
Tras cumplir con lo imprescindible, me acerco a mi padre, que charla con lord Draken.
—¿Dónde está Wren? —pregunto, interrumpiendo.
Se disculpa y se vuelve hacia mí, visiblemente molesto.
—Probablemente aparecerá cuando le convenga.
—¿Y vas a permitirlo?
Da un sorbo a su vino y traga con brusquedad.
—Mientras yo tenga la piedra listón, obedecerá —dice, aunque a sus palabras les falta la arrogancia habitual.
Nunca lo había visto tan... inestable. Los dedos tamborilean en la copa, el pulso se le acelera en el cuello mientras escruta la sala.
Un sirviente pasa y cojo una copa de bebida espumosa de la bandeja.
—Sabes cuánto detesto estas cenas —digo, forzando conversación.
No me mira al responder.
—Es importante dejarse ver, hijo.
—Tu fachada se resquebraja —señalo, clavándole la mirada.
Mi franqueza parece sacarlo de sus pensamientos; el rostro se le endurece.
—Tu insolencia es la menor de mis preocupaciones esta noche.
Un sirviente informa a mi padre de que la cena está lista y él me deja para subir al estrado, donde indica a la sala que tome asiento.
Todos se dispersan hacia sus mesas asignadas y el vacío de la silla de Wren provoca que su ausencia resulte aún más notoria.
El aroma de la comida invade el salón mientras llega un plato tras otro en una sucesión interminable de excesos.
Me obligo a llenar el mío, sin dejar de observar a mi padre, que apenas prueba bocado.
De pronto, el olor a flores silvestres me cosquillea en la nariz y desaparece al siguiente aliento.
Durante unos segundos estoy convencido de que Jovie está detrás de mí.
Busco las piedras de mi cuello, tentado de quitármelas pese a lo visibles que son.
Justo cuando estoy a punto de levantarme para encontrar un lugar privado donde hacerlo sin ser visto, el protagonista de la noche hace por fin su aparición.
Wren cruza el salón con pasos firmes y medidos, tan tranquilo como si fuera el dueño del lugar. Vuelvo la cabeza para observar a mi padre mientras Wren se acerca al estrado y toda la sala enmudece.
—Edmond —lo saluda Wren—. Veo que has empezado sin mí.
Mi padre se pone en pie.
—No te has perdido nada, amigo mío —dice, señalando la silla vacía a su lado—. Te hemos guardado sitio.
La sonrisa de Wren es hueca.
—Sé que es descortés apresurar las cosas, pero estoy seguro de que un hombre tan importante como tú comprende el valor de saltarse las cortesías y pasar directamente a lo esencial cuando es necesario.
El vello de la nuca se me eriza. Kai utilizó casi las mismas palabras en nuestra reunión.
Se produce un silencio incómodo mientras mi padre sostiene la sonrisa de Wren con otra igual de vacía antes de ceder.
—Por supuesto.
Hace un gesto a un soldado cercano y le habla al oído. El hombre asiente y se retira por la puerta lateral del estrado, por la escalera que da a la cocina. Un murmullo contenido recorre la sala.
La mirada de Wren se alza hacia el techo dorado, con sus lámparas de araña cargadas de cristales y los tapices entre las vidrieras.
—No has escatimado en gastos al construir tu imperio, Edmond.
Vuelve la vista a mi padre.
—Un auténtico prodigio —dice, para que lo oiga toda la sala.
Mi padre pasa por alto la condescendencia, o decide ignorarla. Inclina la cabeza con orgullo.
—Me gusta un hombre que sabe apreciar los detalles más refinados de la vida —responde desde el estrado.
Desde su perspectiva puede parecer que tiene la ventaja, pero desde aquí abajo resulta evidente quién tiene las cartas buenas y no me gusta nada esa diferencia.
Me pongo en pie y miro a Hallis, dándole la señal, mientras avanzo hacia el estrado.
Los ojos de mi padre se clavan en mí y no logra ocultar el alivio que le produce mi acercamiento.
Veamos cuánto dura.