Capítulo 51. Jo
Jo
—Jovie.
Abro los ojos y me encuentro a Acker inclinado sobre mí. Debo de haberme quedado dormida.
Me aparta el pelo de la cara.
—Es hora.
Al incorporarme, veo a Messer junto a las puertas del balcón y reparo en el sol que se apaga tras la ventana. Su expresión resulta apenas más tranquilizadora que la de Acker, aunque la tensión que le recorre el cuerpo es evidente. Se gira para darme algo de intimidad mientras salgo de la cama.
—Te veré en un rato —dice.
Después lo oigo cambiar de forma y el batir de alas que anuncia su partida.
Acker me libera de la correa metálica y me apresuro a vestirme. Cuando me paso la camisa por la cabeza, aparece con uno de sus abrigos y me ayuda a ponérmelo. Es grueso, de lana. Estoy abrochándomelo cuando noto que Acker sostiene algo que no había visto en muchos años. La cuerda metálica de Beau.
—La has conservado —digo, observando su expresión hermética—. ¿Por qué?
—No estoy seguro —responde, acomodando el peso sobre uno de mis hombros—. Pero creo que le gustaría recuperarla.
Creo que ambos sabemos que Beau está esperando en el valle con los soldados de Maile. Jamás se quedaría de brazos cruzados sabiendo que probablemente los dos estemos metidos en esta lucha, aunque no puedo evitar preguntarme si cree que lo estamos haciendo juntos.
—Tendrás que moverte rápido —dice, subiéndome la capucha del abrigo—. Busca a Messer sobre la muralla del palacio. El pasaje está oculto tras unas enredaderas venenosas. Mantente cubierta hasta estar justo debajo.
—Cuando esté fuera de las murallas, te esperaré —digo, repitiendo el plan.
Asiente.
—¿Y si no voy a buscarte?
Expreso la posibilidad que menos me gusta mientras le paso la mano por el atuendo impecable; la solapa de su camisa es de seda prensada.
—Me repliego.
Me besa con rapidez y, al salir de la alcoba, se cuelga al cuello el cordón de piedras mangi.
Los soldados apostados frente a su habitación han desaparecido y descubro exactamente dónde están cuando nos deslizamos por el pasadizo oculto tras el muro, sus cuerpos apenas son visibles antes de que nos encerremos de nuevo.
Acker ha estado ocupado mientras yo dormía.
Creo una pequeña luz en la mano para guiarnos, mientras pasamos sobre los soldados muertos y Acker me adentra en el laberinto secreto de pasadizos, más lejos de lo que había llegado en mi visita de años atrás.
Se detiene ante una puerta y tantea la presencia de metales en movimiento que delatarían gente al otro lado.
Empuja un panel de la pared hasta que cede y entramos en la estrecha escalera que baja a las cocinas; apago mi resplandor.
Los trabajadores preparan la cena, los sirvientes se mueven con prisa.
Sus miradas se fijan en nosotros; sin duda correrá el rumor de que el príncipe se escabulle por el castillo con su vínculo, pero supongo que para cuando el rey se entere yo ya estaré lejos y no necesito el vínculo para saber que esa es la única preocupación de Acker ahora mismo.
Seguimos más allá de la despensa del mayordomo y entramos en otro pasillo.
Al llegar al final, Acker me gira hacia él y me enmarca el rostro con las manos.
—Te quiero —susurra, sin apresurar las palabras pese a la situación.
No encuentro nada que decir sin sentir la amenaza de las lágrimas que quieren salir.
Lo agarro por la correa de los cuchillos y tiro de su boca hacia la mía. Me besa con la fuerza justa para que no parezca una despedida. Sonríe contra mis labios.
—¿Cuál será tu primera orden cuando sirva bajo tu corona? —pregunta.
No me hace ninguna gracia, pero sigo el juego para contener el llanto.
—Probablemente algo que te obligue a estar de rodillas.
Sus ojos brillan entre los míos.
—Lo espero con ganas.
Retiro la cuerda de mi hombro y retuerzo los hilos metálicos en las manos para tensarlos y evitar cualquier tintineo.
Me besa una vez más antes de abrir la puerta y hacerme señas para que salga al frío.
No debería sorprenderme la temperatura, pero me corta el aliento; llevaba casi una semana dentro, desde que llegamos, solo expuesta al aire cortante cuando se abrían las puertas del balcón para dejar entrar a Messer.
Un halcón se posa sobre la muralla del palacio y compruebo la reja en busca de soldados.
Hay dos en el parapeto más cercano y espero a que se den la vuelta antes de echar a correr.
Uno de ellos ríe y le da una palmada en la espalda al otro.
La cabeza de Messer gira al pasar la mirada de los hombres a mí y de vuelta.
Las enredaderas cubren el pasadizo, pero no distingo exactamente dónde está y mis ojos vuelan hacia los soldados, presa del pánico, justo cuando una mano surge desde debajo del velo.
Antes de que pueda tocarla, una espada aparta las plantas y me deslizo bajo el follaje.
—¿Fredrich? —susurro.
—Sí —responde en voz baja—. Coge esto.
No veo qué me pasa, pero lo reconozco en cuanto lo toco: un cinturón con una espada envainada. Me enrollo la cuerda de Beau alrededor de la cintura y la sujeto bajo el cinturón antes de abrochármelo con firmeza a las caderas.
Un trino agudo de Messer, una advertencia, y Fredrich me aprieta el brazo a modo de despedida antes de escabullirse bajo las enredaderas y regresar hacia la entrada de servicio.
Escucho con atención por si hay cualquier señal de problemas mientras pasa bajo los soldados del parapeto y no suelto el aliento hasta que solo me responde el silencio.
Al otro lado del muro hay una puerta, a la que le han dejado una abertura apenas suficiente para que yo pase, lo que me hace preguntarme cómo logró atravesarla Fredrich. Ya fuera, mantengo la espalda pegada a la piedra y sigo a Messer mientras vuela en círculos sobre mi cabeza.
El sol empieza a ponerse cuando alcanzamos el punto medio entre dos parapetos, donde las lámparas están más separadas y la luz lucha por imponerse a las sombras.
Allí, Messer se posa en el tejado de un edificio cercano para señalar el lugar de un atajo que conduce a una calle principal.
No veo a un solo soldado desde mi posición, así que corro a ciegas y no miro atrás.
El callejón es estrecho; me deslizo entre los edificios y freno en seco unos metros más adelante para escuchar si me están siguiendo.
Alzo la vista hacia Messer, que vigila desde arriba, asegurándose de que nadie haya visto nada antes de volver a alzar el vuelo.
Una vez fuera de la vista del palacio, respiro con mayor facilidad.
Hay muy poca gente en las calles; la temperatura desciende al ritmo del sol.
Mantengo un ojo en Messer mientras se desliza sobre los tejados, comprobando distintas rutas en busca de peligros.
Va por un callejón, vuelve por otro, una y otra vez.
Divido la atención entre el entorno y el ave en el cielo.
A veces tenemos que retroceder para esquivar patrullas, pero cuando ocurre dos veces seguidas empiezo a inquietarme.
Messer desciende en picado hacia un callejón y me quedo paralizada.
Algo no va bien.
Giro sobre mí misma, escuchando el silencio inquietante de la ciudad. La luz apagada de la luna se refleja en el suelo helado y, por un instante, incluso contemplo la posibilidad de estar soñando. Sacudo la cabeza para despejar esa sensación extraña y casi irreal, y continúo doblando una esquina.
Oigo el silbido de la flecha un instante antes del grito de dolor de Messer.
El alarido rasga el aire cuando la flecha lo derriba. Cae pesadamente sobre el empedrado del callejón, la sangre de la herida salpica el hielo. Una flecha de punta negra sobresale de su cuerpo. Piedra ígnea.
—¡No! —grito, abalanzándome hacia su cuerpo convulso, solo para que unas manos desconocidas me detengan.
Las lágrimas me inundan los ojos mientras lanzo un gemido, me resbalan los pies, pero no llego a caer de rodillas cuando quedo cara a cara con Wren. Y es entonces cuando comprendo lo precaria que es la situación. Hay hombres rodeándome por todos lados. Estoy superada en número, doce contra una.
Busco el vínculo, pero solo encuentro la ligereza familiar que indica que las mangi están sofocándolo del lado de Acker.
Convoco mi magia; el calor de mi luz empieza a brillar en mis manos.
—Ya basta —ordena Wren y mi cuerpo se vuelve pesado, mi magia se apaga—. No hace falta violencia.
—¿Por qué?
Me observa durante tanto tiempo que empiezo a pensar que no va a responder, pero finalmente suspira.
—Edmond intenta echarme de la alianza. —Pone los ojos en blanco—. Como si alguna vez hubiera querido formar parte de su blasfema panda de chupamagias.
Estoy tan conmocionada por la revelación como confundida.
—No lo entiendo.
—Es la misma razón por la que intenté tomar el control de todos los territorios en el pasado: detener la agenda corrupta de Edmond antes de que fuera más lejos.
Y él lo retorció todo para hacer creer que yo era el hambriento de poder, manipuló sus mentes con el don de la influencia —dice, negando con la cabeza como si la sola idea fuera absurda—.
Pero esta vez voy a impedir que siga propagando su enfermedad de una vez por todas.
La visión se me nubla por las lágrimas prendidas de las pestañas.
—¿Qué quieres de mí?
Supongo que ya no importa, porque las últimas palabras de Wren ponen fin a la conversación con brusquedad.
—Duerme.