Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 50. Jo
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Capítulo 50. Jo

Jo

Despierto con el sonido de la puerta del dormitorio cerrándose. Messer se estira a mi lado en la cama, sus ojos felinos reflejan un brillo verde con la escasa luz que emana de la lámpara de aceite sobre la mesa.

Acker se desabrocha la correa de cuchillos del pecho y la deja en el extremo de la cama. Me lanza una mirada distraída y nota que estoy despierta.

—Vuelve a dormir —dice, desabrochándose los botones de la camisa uno a uno.

Entonces reparo en las salpicaduras de sangre en su cintura y en sus piernas, y me incorporo de golpe.

—Acker...

—No es mía —se apresura a decir—. Voy a lavarme.

Se quita la camisa, la hace un ovillo y se dirige al baño. Messer me mira y ya conozco lo suficiente todas sus expresiones, incluso en forma animal, como para saber que me está preguntando si quiero que se quede.

Niego con la cabeza.

—Ve a comprobar cómo está Fredrich —le digo.

Salta de la cama con elegancia antes de volver a su forma humana.

—Volveré a primera hora de la mañana —dice mientras abre la puerta del balcón de la terraza y me mira por encima del hombro.

Espera hasta que asiento, para asegurarse de que estoy bien.

Luego vuelve a cambiar de forma, esta vez a la de un búho, y se lanza al exterior.

Ajusto la correa de filigrana retorcida y me bajo de la cama para cerrar la puerta tras él.

Apenas ha estado abierta un minuto, pero la corriente de aire invernal ha hecho descender la temperatura de la habitación.

Oigo el agua corriendo en el baño y me acerco a la puerta, pero la correa me detiene en seco.

Bajo la vista al metal que me rodea la muñeca y sigo su longitud hasta la cama.

He tenido holgura de sobra todo el día, pero cuando vuelvo a tirar no cede, y me doy cuenta de que Acker me está impidiendo entrar en el baño a propósito.

La preocupación me deja paralizada mientras escucho cómo se lava la sangre del cuerpo, el chapoteo violento del agua. Ha dicho que no era suya, pero entonces... ¿de quién era? Se me cae el alma a los pies cuando lo oigo escupir en el lavabo.

Me arrastro de vuelta hasta la cama y pasa una eternidad hasta que por fin sale.

No hablamos cuando se desliza bajo las mantas.

Su piel está fría al tacto y solo lleva ropa interior, pero no me quejo cuando me atrae hacia él.

Dejo que me rodee la cintura con los brazos y esconda el rostro en mi cuello.

Ahí inhala. Una respiración profunda que suelta lentamente.

No necesito entrar en su mente para sentir lo sombrío que es su estado de ánimo.

Sea lo que sea que haya ocurrido esta noche, lo ha sacudido, y eso es lo que más me asusta.

Duermo a ratos y, cada vez que me despierto, noto que Acker sigue sin haber conciliado el sueño.

No es hasta la mañana cuando me atrevo a sacar el tema de lo ocurrido la noche anterior y me cuenta cómo su padre mató a Vad y todo lo que vino después.

Dice que era algo que llevaba mucho tiempo gestándose, pero que fue más difícil de lo que esperaba, dadas las circunstancias.

No hubo dignidad alguna, dice. Y cuando explica cómo Vad se introdujo en su mente y luego lo de la sangre que su padre lo obligó a beber, se me revuelve el estómago.

Con la mano apoyada en su pecho, encuentro consuelo en el latido constante de su corazón bajo su piel cálida.

—¿Crees que podrías robar la piedra? —pregunto.

Sus dedos me recorren el pelo y bajan por mi espalda.

—Tal vez.

Nos quedamos así un buen rato y no le pregunto si ahora puede leer mi mente.

Creo que no quiero saberlo.

Me besa despacio antes de vestirse y marcharse, y ese se convierte en el patrón de los días siguientes.

Yo, atrapada en la alcoba de Acker, pasando el tiempo con la lectura de uno de los muchos libros que ha acumulado, mientras Messer me hace compañía.

A veces como gato, otras como ratón o como un pequeño pinzón.

Supongo que depende del tipo de caricias que quiera ese día, pero siempre lo bastante pequeño como para escabullirse bajo las mantas o detrás de una almohada cuando entra una criada.

Me recuerda mucho a nuestro tiempo en Alaha. Hallis me trae comida, pero cada vez que intento sacarle información, se queda mudo y pone cualquier excusa para marcharse.

Tengo demasiado tiempo para pensar en todo y en nada.

Las criadas entran y salen, espiando para el rey y asegurándose de que sigo en mi lugar, encadenada a la cama.

Me preocupo, doy vueltas, espero el regreso de Acker.

A veces llega temprano, incluso antes de la cena, pero la mayoría de las veces ya me he dormido cuando se desliza en la cama.

Acker me sujeta con fuerza, los brazos como un torno alrededor de mí.

El deseo que inunda el vínculo resulta casi insoportable.

Pero aparte de los besos castos que deposita en mi hombro y mi cuello, no me toca.

No de la manera que deseo en secreto. Mi determinación se debilita con cada noche que pasa, el miedo me obliga a preguntarme si estoy desperdiciando el poco tiempo que nos queda.

El peso del poder siempre cambiante de su padre es aplastante.

Cada día que sale de esta habitación, temo lo que pueda enfrentar entre los muros del palacio.

Una noche me despiertan voces apagadas procedentes del balcón de la terraza; las sombras de Messer y Acker se proyectan en el cristal. Cuando me levanto para preguntar qué ocurre, Acker bloquea mi vista del patio, acortando la correa para que no pueda acercarme más.

—Están trasladando prisioneros a las minas —dice, cerrando las puertas tras él—. No te preocupes. Vuelve a dormir.

Y lo hago. Duermo mucho, en realidad. Es como si mi mente y mi cuerpo estuvieran recuperándose de los años que he pasado huyendo de mis sueños y me permitieran, por fin, un descanso pacífico en presencia de mi vínculo.

Dos días después, despierto y lo encuentro sentado en uno de los sillones frente a la cama, y sé que algo ha cambiado.

Normalmente ya se ha ido cuando sale el sol y es evidente que lleva un rato observándome.

Probablemente desde que despertó. Sus ojos son suaves y tiene un codo apoyado en el brazo del sillón.

Me recuerda a la vez que lo encontré esperando junto a mi cama en la casa de la sanadora, después de mi despertar.

Cuando él sabía que estábamos vinculados y yo no.

Entonces reparo en Messer, apoyado contra la puerta cerrada de la terraza.

—¿Qué ocurre? —pregunto, incorporándome y ajustando la tensión del metal retorcido que aún me ata a la maldita cama.

—Messer ha encontrado un punto débil en el muro oeste de la ciudad —dice Acker mientras se pasa distraídamente los nudillos por la línea de la mandíbula—. Fredrich y tú vais a cruzar el muro para que puedas llegar al valle donde tus hombres están esperándote.

—Eso suena mucho a una orden —respondo. El humor me cambia rápidamente—. No quieres que me quede a luchar contigo.

Niega con la cabeza.

—No —dice, inclinándose hacia delante—. Te necesito liderando el ataque desde el oeste.

—¿Cuándo? —pregunto sorprendida.

—Mi padre ha pedido que todos los líderes de la alianza estén presentes en una cena mañana por la noche. Ahí es cuando haremos nuestro movimiento.

—Porque la última cena en la que Jovie estuvo en el palacio salió de maravilla —comenta Messer con sorna—. Pensé que habría aprendido la lección la primera vez.

Acker y yo le lanzamos una mirada fulminante a la vez y él se encoge de hombros como diciendo: «¿Qué?».

—¿Kai ha conseguido colocar a sus hombres? —pregunto.

Messer se deja caer en uno de los sillones frente al hogar.

—Wren lo está poniendo difícil, pero ha conseguido colar en la ciudad a unos pocos cada noche.

Asiento.

—De acuerdo, pero no me llevo a Fredrich —digo, imponiendo mi única condición.

Acker me clava una mirada que haría temblar a cualquiera de sus hombres curtidos en batalla, pero me niego a ceder.

—Sí que te lo llevas.

Me encojo de hombros, despreocupada.

—Entonces no voy.

—Tendré que llevar las piedras mangi en la corte, Jovie. No podré sentir si me necesitas.

—Puedes comprobar cómo estoy cuando puedas —replico—. Lo has hecho durante años.

Un músculo le palpita en la mandíbula.

—¿Por qué tienes que hacer que todo sea tan difícil?

—No lo sé. ¿Por qué tienes que ser tan imbécil?

Messer se atreve a intervenir.

—Estoy de acuerdo con ella. —Levanta las manos en rendición ante la mirada cortante de Acker—. Solo digo que no siempre piensas con lógica cuando se trata de B.

—Ya sabes, ¿como cuando me drogaste y me secuestraste? —añado, arqueando una ceja.

A juzgar por su expresión, no le hace ninguna gracia. Messer se queda inmóvil, y una sonrisa enorme se le extiende por el rostro al observar nuestras posturas defensivas reflejadas.

Tras un largo silencio, Acker suelta el aire por la nariz. Ya sé que he ganado.

—Messer, ¿puedes guiarla a través de la ciudad hasta la puerta oeste? —pide.

Mi amigo abandona cualquier atisbo de broma al encontrarse con su mirada.

—Sin problema. Puedo llevarla justo antes de la cena programada y regresar.

Acker asiente, aunque a regañadientes.

—Informa a Fredrich del cambio de planes.

Messer se levanta.

—Hecho.

Entonces, como si se le ocurriera algo, Acker se pone en pie y lo detiene antes de que empiece a quitarse los pantalones, apoyándole una mano en el hombro.

—Es probable que Wells tenga un alijo de armas de piedra ígnea escondido. Dile a Fredrich que mire bajo las tablas del suelo.

Tras ver cómo se marcha Messer, me entran ganas de hacer un último intento desesperado por convencer a Acker de que me deje quedarme y luchar a su lado, pero ya está negando con la cabeza mientras se acerca a mí y me coge el rostro entre las manos.

—Lo mejor que puedes hacer por mí es darme la tranquilidad de saber que no estarás dentro de los muros de este palacio cuando llegue el momento.

Le agarro las muñecas.

—Me sentiré mejor sabiendo que Fredrich está contigo.

Veo el titubeo en su mirada antes de ceder y besarme la frente.

—Está bien.

El alivio me inunda.

—Gracias.

Su respuesta es cubrir mi boca con la suya, dejándome claro que no piensa discutir más conmigo en las horas que nos quedan, sino disfrutarme todo lo posible, mientras me tumba en la cama. Saboreo su cuerpo sobre el mío y me obligo a creer que no será la última vez.

No hay prisa en sus movimientos mientras me desnuda.

Cada vez que intento acelerar, se niega, ralentizando hasta el punto de llevarme casi a la locura.

Y aprendo a rendirme al ritmo lánguido de sus besos y de sus caricias, y al empuje constante de sus caderas.

Para cuando me permite finalmente llegar al clímax, el placer se prolonga tanto que me deja exhausta cuando termina.

Después permanecemos durante un largo rato en la cama. Sin hablar, pensando en cómo serán los próximos días para nosotros. Separados, pero trabajando juntos hacia un mismo objetivo. El plan es decente. Lo bastante bueno como para funcionar si todo sale bien.

Pero si hay algo que he aprendido, es que nada sale nunca según lo planeado.