Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 49. Acker #2
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Capítulo 49. Acker #2

Me recuesto en el sillón y apuro la copa de un trago.

—¿Dónde lo encontrasteis? —pregunto—. Llevo más de una década tras él.

Su mirada se desliza hacia el hombre sentado a mi derecha y Chryse se remueve en el asiento.

—Es mi aportación.

Mi padre capta la pregunta en mis ojos.

—Cada líder debe entregar a una persona de interés como símbolo de lealtad a la nueva alianza. Chryse quería un obsequio concreto, y yo quería a Vad. Para ti.

No me gusta nada. Ni el silencio antinatural de la sala mientras me observan, ni la forma en que Vad se encoge ante mí.

He tenido suficientes encontronazos con él para saber que siempre fue arrogante.

Pero ahora, de rodillas, sus ojos están vacíos cuando alza la vista, como si ya hubiera aceptado su destino.

—Qué generoso —digo, despidiéndolo con un gesto—. Lleváoslo a los calabozos.

Se oyen algunas risas y mi padre sonríe con condescendencia al inclinarse hacia delante.

—No funciona así.

Hace un gesto con el dedo y los soldados tiran de Vad y lo estampan contra la mesa baja que tenemos delante, haciendo tintinear las copas.

Solo entonces el miedo aflora en su rostro, con la cabeza colgando por un lado de la mesa y los ojos desorbitados al mirarme.

Lanza su don contra mi mente y doy un respingo ante la presión inesperada cuando intenta colarse en ella.

Es débil. Antes me costaba mantenerlo fuera cuando lo intentaba, pero esto no es más que un susurro patético en comparación.

Mi padre se pone en pie.

—Hace milenios, los Herederos eran venerados como dioses —dice, avanzando hacia el hogar—.

Las líneas de sangre eran puras y el mestizaje con los desprovistos de don se consideraba un crimen contra la Madre Naturaleza.

—Coge una daga de piedra ígnea de la repisa.

Un arma larga, con un mango ornamentado tallado en forma de cuernos de alce—.

Y cuanto más se diluía la sangre, más débiles eran los dones cuando despertaban.

A medida que la magia se volvió cada vez más común, los Herederos dejaron de ser tratados con la reverencia que se otorgaba a los gobernantes del pasado.

—Se vuelve hacia mí—. Nos hemos obsesionado tanto con luchar entre nosotros que nos hemos olvidado quiénes somos.

El don de Vad sigue embistiendo contra la barrera de mi mente.

—Los Herederos —preciso.

—Los reyes —corrige mi padre.

Arqueo una ceja.

—¿Las reinas no cuentan?

—Por supuesto que sí —responde, como si mi pregunta fuera absurda—. Las que nosotros elijamos, claro.

Rodea la mesa y se acerca a Vad, sentándose sobre ella mientras un soldado mantiene una mano firme en la nuca del prisionero.

—Verás, cuando los Herederos gobernaban, su magia era la moneda suprema.

Alguien le entrega un cuenco, que coloca bajo el cuerpo encorvado de Vad. Su magia araña el exterior de mi mente, cava con desesperación para entrar.

—Un intercambio de dones —digo.

—Sí —responde mi padre, satisfecho con mi deducción—. Pero según nuestras reglas.

Saca una piedra del bolsillo, del tamaño de la palma de su mano, un mineral que no reconozco.

No hay rastro de metal identificable. Entonces la luz incide en el ángulo justo y los remolinos verdes se iluminan dentro del objeto gris.

Solo he visto antes esos colores y esos patrones en un único lugar.

Es la misma mezcla de verde que había en la losa sobre la que la sanadora de Roison me obligó a sujetar a Jovie cuando se desangraba en pleno despertar. En algún punto profundo del bosque de Roison, bajo la ilusión del marido de la sanadora.

—Esto es una piedra listón —dice mi padre, haciéndola girar entre los dedos—. La más valiosa y rara que existe en este mundo.

Me esfuerzo por mantener el gesto impasible.

—No parece gran cosa.

La sonrisa de mi padre es torva.

—Puede extraer la magia de una persona, si sabes dónde se encuentra.

Nadie entregaría esa información a menos que...

—¿Tortura? —pregunto.

Asiente.

—Por lo general.

—No habría cedido algo así con facilidad —digo, señalando a Vad con un leve gesto de la barbilla.

—No —conviene mi padre y apoya la punta de la hoja oscura contra el costado del cuello de Vad—. Pero gracias a tu hermana, supimos exactamente dónde buscar.

El horror se me asienta en los huesos al comprender por qué mi padre quería a Beau. Solo ella puede identificar la ubicación del don de una persona, como demostró cuando le indicó a Jovie dónde clavar su propia daga de piedra ígnea durante la traición.

Pero yo no he entregado a Beau. Entregué a Irina y ella no posee esa capacidad.

El corazón me da un vuelco cuando mi padre perfora la piel del cuello de Vad. El filo corta la yugular y la sangre brota a presión, salpicándome las espinillas antes de que el chorro se reduzca a un flujo constante que cae al suelo y se acumula en el cuenco.

Con un horror nauseabundo, Vad sigue luchando por entrar en mi mente, aun sabiendo que va a morir. El terror es suficiente para que le abra una rendija. No del todo; solo lo justo para entender qué intenta decirme con tanto empeño mientras consume sus últimos alientos.

Y es una imagen.

No. Un recuerdo.

El suyo, mientras mira a Beau. Está encadenada en los calabozos.

Pero él también sabe que no es mi hermana, sino Irina; su don de oráculo le permite ver la verdad alojada en su mente.

El guardia le grita que se dé prisa mientras mi padre observa a un lado.

Ella se estremece, pero no aparta la mirada de Vad.

En rápida sucesión, sus pensamientos le revelan nuestros planes.

Nuestra intención de matarlos a todos. Que, al parecer, era el plan de Vad desde el principio.

Había visto la depravación en la mente de uno de los comandantes cuando éramos niños. Cuando huyó a Roison, no pretendía delatar nuestra ubicación. Fue un accidente.