Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 49. Acker
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Capítulo 49. Acker

Acker

El calabozo es una puta atrocidad. No hay luz.

El único sonido es el de los prisioneros deambulando de un lado a otro dentro de los límites diminutos de sus celdas mientras sacuden las cadenas ancladas a los muros.

Solo se oyen lamentos cuando la locura del cautiverio se vuelve demasiado difícil de soportar.

En verano, aquí abajo suele hacer un calor asfixiante, como dentro de un horno.

En invierno, el frío cala hasta los huesos.

Da igual la estación, siempre está húmedo.

La lluvia y el hielo derretido se filtran por el suelo bajo las losas del patio y resbalan en hilos constantes por las paredes del calabozo.

Y, joder, el olor.

La luz de la lámpara de aceite que llevo en la mano apenas me permite ver más allá de un par de metros. Las celdas se disponen en filas; algunas albergan a cuatro o cinco hombres por jaula. Sus insultos rebotan contra los muros de piedra y forman una cacofonía de odio que resuena a mi alrededor.

—... vi a tu padre aquí antes... —se burla uno de los hombres.

Otro continúa la mofa desde la celda contigua.

—Tan poca cosa..., sería facilísimo matarlo.

«Sí, claro. Me encantaría verlo».

Pero no son las voces airadas lo que más me perturba, sino las miradas afiladas de los silenciosos, clavándose en un lateral de mi cabeza, lo que me obliga a apartar la vista.

Las mujeres y, por los dioses, los niños.

Ninguno menor que un adolescente, pero, aun así, demasiado jóvenes para verse sometidos a esta pesadilla.

El estómago se me revuelve mientras mantengo el paso firme, concentrado en mi propósito. Por fin localizo a la mujer que busco: Irina está sentada sola en un rincón de la celda, con los brazos rodeando las rodillas encogidas y la cabeza hundida entre ellas.

—Beau —la llamo, agachándome hasta quedar a su altura.

Asoma la mirada por encima de las rodillas y entrecierra los ojos ante la escasa luz de la lámpara hasta que consigue adaptarse.

Dejo la lámpara en el suelo, saco la manzana del bolsillo y estiro el brazo a través de los barrotes.

Ella se inclina hacia delante y coge la fruta mientras procura seguir con la cabeza vuelta para evitar las miradas de las celdas vecinas.

Querría decirle algo alentador, pero algunos de los prisioneros están aquí por obra de mi hermana y venderían una mentira encantados si eso les diera una pizca de libertad.

Da un mordisco a la manzana y sé, sin lugar a dudas, que no aguantará mucho si no encuentro la forma de sacarla de aquí.

Recojo la lámpara y continúo por la fila de celdas hasta el final, luego giro hacia el siguiente pasillo. Mi padre sabrá que he venido a hablar con Zion pese a su advertencia, así que cuando paso junto a uno de los guardias que hace la ronda, inclino la cabeza en señal de respeto.

Encuentro a Zion en una celda del rincón, encadenado a la pared por las cuatro extremidades.

Me reconoce al instante, está sentado todo lo cerca de la reja que le permiten las cadenas.

La sangre seca le apelmaza el cabello alrededor de la sien y el tajo que luce sobre el ojo tiene pinta de ser de los que dejan cicatriz.

—Ace —dice, con una frialdad en la voz más que justificada.

La culpa me obstruye la garganta mientras busco palabras que no existen.

Igual que con Irina, lo he arruinado todo con él.

No hay nada que pueda decir que sea suficiente.

No después de haber suplicado que su padre ocupara un asiento en el consejo.

Tyreek era un buen hombre y, precisamente por eso, insistí tanto. Por la misma razón, ahora, está muerto.

—Estaba fuera —me limito a decir, incapaz de añadir lo demás: que habría evitado la muerte de su padre de haber podido. Sospecho que el mío esperó a que me marchara a propósito.

No responde. Sus ojos ocultos en la sombra, sin embargo, arden de rabia.

Giro el regulador de la lámpara para bajar la mecha y con ella la llama.

Saco la daga de la correa inferior del arnés del pecho, la deslizo bajo los barrotes y la lanzo por el suelo hacia él.

Consigue ocultarla bajo la suela del zapato.

Le doy la misma advertencia que a Irina.

—Pronto.

Se muestra cauteloso, pero asiente una sola vez para hacerme saber que lo entiende. No confía en mí. Aún no.

Al salir, entrego la manzana que había destinado a Zion a una niña de una de las primeras celdas que vi al entrar.

Él no la habría aceptado, con lo poco que confía en mí, por miedo a que estuviera envenenada.

La niña duda igual, pero la mujer que supongo que es su madre la agarra con rapidez y la esconde.

Me da las gracias con una breve inclinación de cabeza, consciente de que el intercambio debe ser rápido.

Cuando subo la escalera, el cielo empieza a oscurecer y me topo con Hallis.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta.

—No te preocupes —respondo al salir al patio. Está limpio, pero el hedor persiste. A mi padre siempre le han gustado las ejecuciones públicas, pero hacerlas en masa me deja la bilis pegada al fondo de la garganta—. Mi padre ya sabía que pensaba hablar con Zion.

Suelta el aire despacio.

—¿Y?

Niego con la cabeza.

—No confía en mí.

—¿Tu padre o Zion?

—Ninguno de los dos. —Camina a mi lado—. ¿Me buscabas?

—Sí —dice—. Tu padre solicita tu presencia en la sala privada.

Genial.

Lo detengo antes de llegar a las puertas del palacio. Anoche no pudimos hablar, para no dar demasiada munición a los soldados apostados frente a mi habitación cuando informaran a mi padre, pero necesito preguntarlo.

—¿Estás bien?

La pregunta lo pilla desprevenido, pero enseguida recupera la compostura.

—Estoy bien, Ace. Lo resolveremos, como siempre.

Asiento y le doy una palmada en la espalda cuando nos separamos al cruzar las puertas del palacio.

Paso por debajo de la escalera y cojo el pasillo serpenteante que conduce a la sala privada de mi padre.

Me preparo para lo que me espera, me detengo ante la puerta cuando llego a ella.

Nada bueno va a salir de esta reunión. Paso los dedos por el cordón de piedras mangi que me rodean el cuello.

Mi padre me llama en cuanto entro.

—Ace.

Está de pie frente al fuego, rodeado por los miembros del consejo.

La mayoría, al menos; faltan algunos. La ausencia de Tyreek era de esperar, pero hay más.

El último hombre de origen común que queda en el consejo es Johannes, que se sirve una copa del carrito de bebidas de mi padre.

Cuando cruzamos miradas, aparta los ojos de inmediato.

Mi padre me hace un gesto para que me acerque a la zona de asientos junto al hogar.

—Ven, tómate algo con nosotros.

Acepto la copa de licor oscuro de la sirvienta y doy un sorbo cauteloso mientras me hundo en una de las sillas vacías. Estoy de espaldas a la sala y no puedo evitar pensar que es deliberado. Chryse está sentado a mi izquierda y apenas me dedica una mirada fugaz.

Hay, sin embargo, una ausencia notable.

—¿Estamos todos? —pregunto.

—Si te refieres a Wren —responde mi padre, con la copa ya vacía—, se le ha pedido que se aparte temporalmente de los asuntos de la corte.

Lord Draken continúa:

—Se estaban difundiendo mensajes falsos por los territorios, que hacían su presencia aquí un tanto... incómoda.

Cruzo un tobillo sobre la rodilla y apoyo la copa en el brazo del sillón.

—¿Qué tipo de mensajes?

—Del tipo que no me tomo a la ligera —dice mi padre—. Y el consejo coincidió en que lo mejor era que se tomara un descanso. Al menos hasta que los rumores se disipen.

—¿Sigue formando parte de la alianza? —pregunto.

—Por supuesto —declara mi padre, como si la duda fuera absurda—. Ahora mismo está preparando los batallones estacionados más cerca de la ciudad, tras recibir informes de que Evelyn y sus hombres están adentrándose en nuestro territorio por el oeste.

Mierda.

—No es lo ideal —comento, sin comprometerme.

Mi padre sonríe de lado y cruza miradas con algunos de los otros hombres, como si compartiera una broma privada de la que no formo parte.

—En realidad tengo un regalo para ti —anuncia, captando la atención de todos.

—¿Y cuál es? —pregunto, impasible—. ¿Una nueva corona para tu hijo favorito?

Mi padre asiente hacia lord Draken, que se pone en pie.

—Has ido más allá de lo esperado para ayudarnos a asegurar a Beau. Es un activo importante y, gracias a ese sacrificio, la mayoría de los territorios volverán a unirse bajo una sola ley.

Esto es interesante.

—Pero... —Alargo la palabra, incitando a mi padre a continuar.

Él sonríe ampliamente.

—Pero tu regreso con tu vínculo ha encendido un conflicto adicional en una guerra que estábamos a punto de terminar y eso pone nervioso a este consejo.

—Y también al mío —interviene Chryse.

—Ajá —murmuro, observando cómo lord Draken cruza la sala hacia la puerta—. Has dicho «regalo», pero esto suena más a reprimenda.

Golpea la puerta: una señal.

—Oh, no —dice mi padre, con un brillo en los ojos que no me gusta—. Este regalo te va a gustar, te lo prometo.

Dos soldados introducen a un hombre por la puerta. O más bien lo arrastran, porque no consigue sostenerse lo suficiente como para caminar. Lleva un saco de arpillera sobre la cabeza, ropa corriente y raída, y las manos atadas delante. Cuando lo obligan a arrodillarse frente a mí, gime de dolor.

Pongo los pies en el suelo y me incorporo, mirando a mi padre en busca de indicaciones.

—Adelante —dice, animándome con un gesto.

Cojo el saco y lo arranco de la cabeza del hombre. Me encuentro cara a cara con alguien a quien deseo muerto desde que tenía trece años.

Vad.

El miembro de mi batallón de entrenamiento que vendió nuestra ubicación al campamento de Roison.

El motivo por el que caímos en una emboscada.

Todos menos seis murieron: yo y otros cinco soldados en formación, sin contar al propio Vad.

También es el hombre que atravesó el corazón de mi vínculo con una flecha de madera y estuvo a punto de matarla.

—¿Y bien? —apremia mi padre.