Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 48. Acker
80%

Capítulo 48. Acker

Acker

Un tintineo resuena en la puerta de cristal que da al balcón.

Me pongo una camisa y me asomo a través del vidrio esmerilado: un pájaro está posado en la barandilla.

Me aseguro de que Jovie esté bien cubierta bajo las sábanas antes de abrir.

Cierro de inmediato cuando el halcón se cuela por el hueco.

Al soltar el bulto que llevaba en las garras, Messer cambia de forma.

—Buenos días —canta.

Jovie se despierta de golpe, desorientada y recorre la habitación con la mirada hasta que sus ojos se posan en el trasero desnudo de Messer. Se apresura a cerrarse bien la bata justo cuando él vuelve la cabeza en su dirección.

—Buenos días a vos también, alteza real.

Ella pone los ojos en blanco.

—Sabes cuánto odio eso.

Recojo lo que ha dejado caer: unos pantalones que se despliegan entre mis manos.

—¿De dónde has sacado estos? —pregunto, lanzándo­selos.

Los atrapa contra el pecho.

—Estaban tendidos en una cuerda —responde, rascándose la nuca—. Una señora me ha dado unos cuantos escobazos.

—Eso sí que me habría gustado verlo —le digo.

—Ya me imagino.

—¿Te importaría vestirte de una vez?

Frunce los labios, pero accede.

—Estás empezando a crearme un complejo —dice, metiendo una pierna y luego la otra.

—Quizá te haga falta.

Se incorpora, se abrocha el pantalón y se vuelve hacia Jovie.

—Parece que has dormido bien. Yo estaba... —se interrumpe, entornando los ojos—. ¿Eso es...? ¿Estás encadenada a la cama?

Su mirada vuelve a mí.

—Creía que ya habíamos superado esto.

—Yo también —murmura Jovie.

—Era una garantía que tenía que darle a mi padre. No me gusta más que a vosotros.

Messer parpadea.

—¿Por qué tengo la sensación de que estás mintiendo?

—Porque en el fondo le encanta —asegura Jovie.

Y no puedo negarlo. Hay una parte de mí a la que le gusta saber que no puede irse a ninguna parte. Ni por voluntad propia ni por cualquier otra razón. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero apacigua algo dentro de mí que aún no estoy preparado para analizar.

Las cejas de Messer se arquean.

—Interesante.

Me toca a mí poner los ojos en blanco mientras hago venir una daga desde la correa que colgué del extremo del armazón de la cama.

—¿Fredrich llegó a la herrería de Wells?

Su expresión se vuelve grave al asentir.

—Sí, pero estaba ocupada por unos vagabundos. No fueron precisamente... hospitalarios con los recién llegados. Nos ocupamos de ellos y ahora mismo sus cuerpos están en un contenedor de basura cerca del centro. Con este tiempo, tardarán días en empezar a oler.

Hago girar la daga entre los dedos.

—Si no semanas.

—Ojalá —conviene.

—Tengo que dejarme ver en la corte —les digo—. Y necesito comprobar cómo está Irina en los calabozos.

—¿Quieres que me quede con B?

—Por ahora, sí. No sé cuánto tardaré.

—No tendría problema en colarme esta noche si quieres.

Niego con la cabeza.

—También hay un amigo al que debo ver.

—¿Zion? —pregunta Jovie.

—Sí —respondo, rodeando la cama—. Y por mucho que prefiera verte vestido, será mejor que pases más desapercibido por si a alguien se le ocurre entrar mientras no estoy. Mi padre probablemente enviará doncellas para espiar y darle parte.

—Sin problema —dice, desabrochándose los pantalones con una sonrisa torcida—. Sé ser discreto.

Se los quita con un ademán exagerado y yo suspiro, esperando a que el crujido de huesos y cartílagos termine antes de volver a mirar. O, mejor dicho, antes de mirar al suelo, donde ahora hay una criatura de cuatro patas ocupando su lugar.

—Un gato doméstico —constato, sin emoción.

—Oooh —arrulla Jovie.

Da unas palmadas sobre la cama para que el pequeño atigrado naranja salte. Se estira mientras ella le pasa la mano por el lomo y no puedo creer que tenga celos de ese cabrón. Tras pasearse por la manta, se acomoda sobre su regazo.

—¿Eres consciente de que es un hombre adulto? —pregunto, acercándome.

—Pero es monísimo —dice ella, rascándole detrás de las orejas.

Juro que ronronea más fuerte solo para fastidiarme.

—¿Y qué hago si necesito ir al baño? —pregunta.

Alzo la mano y desenrosco más filigrana del cabecero, retorciendo el metal plateado para alargar la cadena.

Sus ojos se abren de par en par.

—¿Durante todo este tiempo podías haberme dado esa libertad?

Sonrío cuando comprende que podía haberlo hecho..., pero no quise. Me gustó tener su cuerpo pegado al mío toda la noche y no puedo evitar sonreír mientras me ajusto la correa de las dagas sobre el pecho.

—Eres un cabrón —dice, pero no es un insulto.

Saco del cajón de la mesilla un cordón de piedras mangi. Jovie me observa mientras me lo pongo, con los labios fruncidos, y le devuelvo la mirada como diciendo: «Mira, yo también tengo que llevarlas».

Apoyo una mano en la cama y me inclino para besarla. Pretendía que fuera rápido, pero el hecho de dejarla atrás me lleva a profundizar. Un pequeño maullido desde su regazo me obliga a separarme.

Por mal que me haya sentido al pensar que tenía que separarme de ella cuando planeaba dejarla con los padres de Wells, no hay comparación con el nudo que se me forma en el estómago al dejarla en el peor lugar posible: encadenada, con un collar y sin forma de defenderse.

Solo esos pensamientos me llevan a rascar con brusquedad la cabeza felina de Messer.

—Protégela —le digo.

Me lanza un zarpazo, pero retiro la mano justo a tiempo.

Los soldados apostados frente a mi puerta son los mismos que estaban ayer por la noche. No reconozco a ninguno como guardias habituales de mis estancias, sin duda una decisión consciente de mi padre, pero aun así les hago un gesto respetuoso con la cabeza.

—¿Cuándo es el relevo? —pregunto.

—Al mediodía —responde el de la derecha.

Es bueno saberlo.

—Que tengáis buen día, chicos.

A medida que abandono mi ala del palacio, los pasillos se vuelven cada vez más concurridos.

Gente a la que nunca había visto deambula por ellos, vestida con sus mejores galas, agrupándose, algunos ya con copas en la mano cuando apenas es la hora de desayunar.

Hay más soldados de lo habitual y, aunque eso debería tranquilizarme, solo aumenta mi inquietud.

En el comedor por fin reconozco algunas caras.

Miembros del consejo de mi padre y sus familias, además de señores vecinos que solían frecuentar la corte antes de la invasión de Roison.

Algunos, sin embargo, no parecen nada contentos con mi regreso.

Paul y Draken son los que más lo evidencian: se giran de espaldas al ver que me acerco a su mesa.

—Caballeros —saludo, sentándome en un hueco del banco—. Debo disculparme por mi prolongada ausencia. Mi padre me encomendó una misión especial.

—Lo hemos oído —dice lord Furlough—. Traer de vuelta a vuestra hermana, ¿no?

—Así es.

Paul casi me escupe la respuesta.

—Y a vuestra zorra traicionera también. No os olvidéis de mencionarla.

Cojo una manzana del frutero, la froto contra la camisa y le doy un mordisco.

—Consideradla mencionada —le digo, señalándolo con el dedo—. Pero vigilad esa puta bocaza.

Su rostro enrojece bajo la mirada de los demás.

—No podéis hablarme así, muchacho.

—Diría que acaba de hacerlo.

Todos volvemos la cabeza hacia mi padre. Su sola presencia basta para callar a Paul.

—Hijo —dice—. Hay alguien a quien quiero presentarte.

Doy otro mordisco a la manzana y dejo lo que queda en el plato de Paul antes de ponerme en pie.

—Lord Draken. Furlough —me despido con una inclinación de cabeza.

Mi padre me agarra por la nuca al apartarnos y hago un esfuerzo por no estremecerme.

—Creí que ibas a clavarle un tenedor en la garganta —dice, divertido, cuando nadie nos ve.

—No quería incomodar a las damas —respondo, saludando con la mano a la esposa de uno de los consejeros.

—Aprecio tu contención —afirma y me sonríe—. Estás de muy buen humor esta mañana.

—Qué le voy a hacer. Me alegra estar en casa.

—Y con tu vínculo —añade, radiante—. ¿Supongo que has pasado una buena noche?

Mi sonrisa no resulta forzada.

—La mejor en mucho tiempo.

—Me alegro.

Y me recuerda al hombre al que admiraba de niño.

Al padre que parecía preocuparse por mí.

Es la primera vez en mucho tiempo que siento que no me mira con segundas intenciones, lo que me inquieta aún más.

Busco cualquier agitación en mi magia, algún rastro de su influencia, pero si intenta manipularme es demasiado sutil para notarlo...

o quizá el pequeño cordón de mangi alrededor de mi cuello esté entorpeciendo sus habilidades cuando me toca.

No sé hasta qué punto cada uno de sus dones es más poderoso que los demás.

Me conduce hasta un hombre al que nunca había visto, pero el emblema amarillo en su solapa delata su identidad antes de que mi padre diga nada. Supongo que, después de todo, Kai es digno de cierta confianza.

—Chryse, este es mi hijo, Acker —dice mi padre—. Hijo, este es el rey de Roison.

El hombre que hizo un trato con mi vínculo para intercambiar su vida por la mía. El peso de todas las miradas del comedor recae sobre nosotros.

Le tiendo la mano.

—Es un placer conoceros.

Me devuelve el gesto, pero a diferencia de mí, no hay ni rastro de sonrisa en su rostro.

—Igualmente —responde con desgana—. Está bien ponerle cara al hombre que lleva años colándose en mi territorio y matando a mis hombres.

Le suelto la mano y me meto la mía en el bolsillo con calma. Podría enumerar todas las razones por las que fue en defensa propia, pero no serviría de nada. No cuando no me arrepiento de ninguna de esas muertes.

—Chryse —interviene mi padre con tono reprobatorio—. He asegurado el activo que solicitasteis expresamente. ¿Estáis o no comprometido con el funcionamiento de esta alianza?

El rey de Roison es imponente: hombros anchos y al menos una cabeza más alto que yo. No duda en usar su presencia física como herramienta de intimidación.

—Un activo al que aún no he visto —dice, bebiendo del cáliz.

—Pronto —le asegura mi padre—. Está a buen recaudo en los calabozos.

Tras unos minutos más de charla trivial sobre el estancamiento del frente oriental, Chryse abandona el salón lanzándome una mirada indiferente, seguido de los hombres de Roison.

Me vuelvo hacia mi padre.

—¿Por qué demonios íbamos a aliarnos con Chryse?

—Ha accedido a unirse bajo una tregua. El frente se ha quedado paralizado bajo bandera blanca hace apenas unas horas. Quiere acabar con esta guerra tanto como nosotros.

—¿Wren ha aceptado esto? —murmuro—. Después de todo el discurso sobre apoderarse del territorio de Roison... —Recorro el comedor con la mirada—. ¿Dónde está el capitán de los alaha?

Mi padre me hace callar con una mirada severa mientras me conduce fuera de la estancia y por el estrecho pasadizo de servicio que sube desde las cocinas.

—He convocado una reunión para esta noche. Han pasado muchas cosas en tu ausencia, pero ahora no es el momento de hablar de ellas.

Aprieto los dientes. Hay una línea muy fina entre no parecer demasiado complaciente y señalar que acaba de presentarme, ante toda la corte de Kenta, al gobernante contra el que llevamos años luchando abiertamente.

Chryse es el mismo hombre que ha empujado el frente hasta las murallas de nuestra ciudad.

Lo único que le impide invadirnos de verdad es algún acuerdo que le permite robar la magia de alguien.

Incluso sin mi intención secreta de hacer caer el castillo de naipes que mi padre ha levantado, no hace falta ser un genio para ver lo endeble que es todo esto.

—Tengo noticias lamentables —dice mi padre, con una expresión de compasión estudiada—. Tyreek se ha negado a aceptar el nuevo orden y estaba incitando a algunos consejeros contra mí.

Inclino la cabeza para ocultar la rabia que amenaza con aflorar.

—Hallis me lo ha dicho —respondo cuando logro controlar mis emociones—. Dijo que Zion está en los calabozos. Quiero ir a hablar con él.

Una vez más me agarra por la nuca y vuelvo a concentrarme en no estremecerme.

—Por supuesto. Sé cuánto valoras tu amistad con el muchacho, por eso le he perdonado la vida. —Las siguientes palabras me hielan la sangre—. Pero no se te ocurra tener ideas imprudentes.