Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 47. Jo
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Capítulo 47. Jo

Jo

Las armas que antes adornaban la pared que está sobre su cama han desaparecido. Todas las superficies están marcadas. Desde el armazón de la cama hasta el techo, no queda ni un centímetro intacto. No me cuesta imaginar qué causó los destrozos. O, más bien, quién.

Acker regresa tras hablar con los soldados asignados a vigilar la puerta. Lleva en las manos un collar de mangi... y unas cadenas.

Alzo una ceja, interrogante, cuando deja el metal y el collar sobre la mesa junto a la cama.

—He pensado que querrías darte un baño como los dioses mandan antes de tener que ponértelo.

Durante un instante nos limitamos a mirarnos, casi sin dar crédito al hecho de que Edmond se haya tragado las mentiras de Acker con tanta facilidad. Hemos superado el primer obstáculo para entrar en el palacio.

—¿Estás bien? —pregunta Acker.

Me había advertido, pero había olvidado lo fácil que le resulta colocarse esa máscara de dureza.

Es la misma fanfarronería que exhibió cuando nos rodearon los soldados en los bosques de Roison: arrogante, teatral.

Solo puedo confiar en que su padre se lo haya tragado y que no me haya metido yo solita en la boca del lobo.

Acker inclina la cabeza hasta quedar a mi altura.

—¿Jovie?

—Eh..., sí —balbuceo, extendiendo las muñecas aún encadenadas—. ¿Puedes...?

Avanza con cautela, como si temiera asustarme. Sus manos envuelven mis muñecas y sus dedos abarcan por completo las esposas de metal. Los cierres se abren con un leve tintineo y suelto el aire despacio.

Mientras me froto las muñecas, vuelvo a examinar la estancia: el escritorio arrinconado y las pilas de libros desbordándose por el suelo, el hogar apagado, las velas medio consumidas alineadas sobre la repisa. Lo último que miro es la cama en la que vi a Irina.

Alzo una ceja al encontrarme con la mirada de Acker.

—Habría preferido mis propios aposentos —comento.

La tensión alrededor de su boca se disipa al ver que vuelvo en mí.

—Si tenías preferencias sobre dónde dormir, tendrías que haber aceptado quedarte con los padres de Wells.

Aparto la mirada y paso junto a él de camino al baño.

Dentro, me maravillo ante una opulencia que yo también había olvidado.

Lavabos de piedra con herrajes dorados, espejos ornamentados y una lámpara de araña de latón suspendida sobre la bañera de cobre.

Cada metal es distinto, pulido hasta el extremo, y aun así todo encaja con armonía.

Paso la mano por el borde de la bañera y abro el grifo para llenarla.

Sobre un pedestal hay distintos jabones, y me imagino a Irina sumergida en el agua, rebuscando entre los aceites.

La imagen me encoge el estómago y, por mucho que desee bañarme, hay algo que necesito saber antes.

Regreso al dormitorio.

Acker está sentado, desnudo de cintura para arriba, al borde de la cama, desatándose las botas. Alza la cabeza de golpe al verme volver.

Casi detesto las palabras que estoy a punto de pronunciar, pero tengo que hacerlo.

—Necesito saber... —Me detengo, aparto la vista de él y la llevo al suelo y luego a las puertas del balcón, que debió de abrir mientras yo estaba en el baño—. Para quedarme tranquila —empiezo de nuevo, buscando valor—. Irina dijo que tú... que no... después, pero la noche de vuestra boda...

Al comprender mi torpe pregunta, se incorpora y me presta toda su atención. El corazón me retumba en el pecho; la imagen de ella sentada a horcajadas sobre su regazo, en una de las sillas frente al hogar, acude con fuerza a mi mente. Ella, en la misma cama en la que él está ahora.

Acker se pone en pie y se acerca a grandes zancadas. Sus ojos son suaves al escrutar mi rostro.

—No, Jovie —responde con sinceridad evidente—. Lo intenté, pero no fui capaz de seguir adelante.

Alza la mano con cuidado y me sostiene la mejilla.

—Porque podía sentir cada latido de tu dolor a través del vínculo.

Yo había pasado la noche ahogando las penas en vino. Luego en otra botella, hasta que el dolor punzante del pecho se volvió un latido sordo. A la mañana siguiente, mi madre me sujetó el pelo mientras devolvía hasta la última gota.

—¿Lo que hice con Fredrich fue más que...? —Ni siquiera consigo terminar la pregunta.

—Mucho más —responde, sonriendo con los ojos—. ¿Te sientes mejor ahora? ¿Sabiendo que nunca toqué a mi esposa?

Hay algo en la forma en que lo dice que despierta un pulso bajo en mi vientre.

Me aparta unos mechones de la cara y sonríe de verdad.

—Ve a darte un baño, Jovie.

Por una vez, obedezco.

En el baño me despojo de la ropa sucia y me sumerjo en la bañera ya llena.

El calor me eriza la piel y me permito un baño largo, relajándome al fin...

hasta que recuerdo que Irina está en los calabozos.

La culpa es suficiente para hacerme salir del agua.

Me pongo la bata que cuelga junto a la bañera.

Cuando vuelvo al dormitorio, Acker está encendiendo las velas de la repisa. Una lámpara de aceite ya ilumina el escritorio y, cuando se vuelve hacia mí, el aro dorado de su nariz reluce al recorrerme con la mirada. La bata es tan fina que se me pega a la piel húmeda.

—Stassia enviará ropa limpia y algo de cena —dice, apartando la vista mientras apaga la cerilla con un gesto—. Voy a asearme. Si vuelve mientras tanto, no abras la puerta.

Y desaparece en el baño.

Suspirando, me acerco a la cama, pero decido que me interesa más el trabajo inconcluso del escritorio. Los libros abarcan desde registros históricos hasta puro folclore y todo tipo de temas intermedios. El que está abierto, sin embargo, trata de alquimia y tiene notas garabateadas en los márgenes.

Me aburro y acabo metiéndome en la cama; el cansancio me vence más de lo que esperaba. Aunque Acker llevaba semanas fuera, las sábanas huelen exactamente a él. Me recuerdan a los bosques de Roison: aire cargado de vida, masculino, embriagador.

Debo de haberme quedado dormida, porque, al despertar, Acker está inclinado sobre mí.

Me lleva un instante espabilarme, pero, cuando lo hago, noto el peso de su mirada.

Está desnudo de cintura para arriba, con solo una toalla baja en las caderas.

Unas gotas de agua le recorren los hombros. En sus manos hay unas cadenas.

Llaman a la puerta y, por la insistencia, deduzco que no es la primera vez.

—Sin duda el servicio tendrá órdenes de vigilarnos para asegurarse de que cumplo lo que dije —explica.

Me incorporo y extiendo las manos. Acker desenrolla los finos eslabones de hierro hasta mostrar un único grillete.

Introduzco la muñeca y él lo cierra; el mecanismo encaja al instante.

Sigo la cadena hasta donde está entrelazada en la filigrana de hierro del cabecero.

Luego alza el collar y detesto, de nuevo, el peso de las piedras rodeándome el cuello.

Acker me pellizca el labio inferior.

—No hagas pucheros.

Lo fulmino con la mirada mientras va hacia la puerta, ajustándose la toalla. Pruebo la longitud de la cadena: alcanza justo el ancho de la cama.

Acker vuelve con un plato cubierto por una campana de plata y una jarra de agua. Deja la jarra en la mesilla y destapa el plato.

—No estoy seguro de que debamos comer nada de lo que venga de la cocina —dice, examinando la comida—. Hallis vendrá en breve y le pediré que nos traiga algo.

Sería muy propio de Edmond envenenarme por venganza.

Recuerdo la última vez que comí: la noche anterior, antes de abandonar el campamento improvisado, apenas unas tiras de carne seca y unos dados de queso.

Nada que ver con lo que parece ser gallina asada con zanahorias.

Mi estómago me traiciona al rugir ante el olor.

La mirada de Acker sube hasta mí y se detiene, pensativa, en mi vientre. Entonces coge una zanahoria y se la mete en la boca, seguida de un trozo de carne, antes de que pueda reaccionar.

—¿Qué estás haciendo? —exclamo, incrédula.

Mastica, traga y coge la jarra por el asa. Me lanzo sobre la cama a tiempo de arrebatársela con ambas manos. El agua se derrama y me empapa la pechera de la bata. Lo miro de rodillas, atónita.

—Acabas de decir que no deberíamos comer nada.

—Tienes hambre —responde, como si fuera evidente—. Y ahora yo tengo sed. Dame el agua.

Al no moverme, alza una ceja.

—Por favor.

—¿Y si te desplomas y te mueres?

—Lo dije por exceso de prudencia, pero estoy seguro de que no pasa nada. Mi padre no se arriesgaría a envenenarnos a los dos.

Le paso la jarra despacio y observo cómo bebe; el agua le corre por la barbilla y el pecho desnudo. Sonríe al darse cuenta de que lo estoy mirando y deja la jarra.

—Supongo —añade.

Le empujo el pecho.

—Qué asco. Eres lo peor. Si te mueres y me dejas encadenada a esta cama, me comeré el resto solo para encontrarte en el más allá y matarte dos veces.

Sonríe y me coge la muñeca.

—Yo solo he oído que no puedes vivir sin mí.

—No te crezcas. He sobrevivido perfectamente los últimos cuatro años.

Inclina la cabeza; su expresión se vuelve menos burlona, más sincera.

—¿Ah, sí? —Se acerca, imponente, sin soltarme la mano. Con la otra roza el tejido húmedo de mi bata—. Cuéntame cómo es eso de que estabas tan bien.

Me distraigo cuando su dedo se desliza por la abertura de la bata, recorre la curva de mi pecho y pasa sobre la cicatriz entre ellos, recuerdo del día en que me cargó con una flecha clavada en el pecho.

—Mentí —admito, con la respiración agitada.

Alza la vista; las pestañas le proyectan sombras sobre las mejillas.

—Lo sé —dice, sonriendo.

Me rodea la cintura y me deja caer de espaldas sobre la cama.

La bata se me abre aún más y su mirada ardiente me recorre antes de que sus labios busquen los míos.

El beso es pausado, fácil. Le rodeo el cuello con los brazos y disfruto de su peso, de su piel contra la mía.

Es el recordatorio que necesitaba de que es el hombre en quien confío.

Con mi cuerpo, con mi bienestar, con mi...

Como un jarro de agua fría, recuerdo la situación de Irina, el sacrificio que hizo para darnos tiempo, y apoyo las manos en el pecho de Acker para romper el beso.

—Irina —digo, dejando su nombre entre nosotros.

Él llega a la misma conclusión; el momento se desmorona cuando la realidad vuelve. Se sienta sobre los talones y me mira. Mi bata está arrugada; su toalla cuelga peligrosamente baja. Se pasa una mano por la cara y el pelo, exhalando con fuerza.

Llaman a la puerta y vuelve la cabeza.

—Debe de ser Hallis.

Se inclina y me da un beso rápido.

—Come. Creo que estamos a salvo.

Lo veo levantándose de la cama y una sensación de pérdida me golpea como una ola, aunque esté a solo unos pasos. Sí, he sobrevivido los últimos cuatro años sin él, pero no fue fácil. Y estoy bastante segura de que sería aún peor si tuviera que hacerlo otra vez.

Por primera vez en mucho tiempo, el miedo echa raíces en mí.