Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 46. Jo
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Capítulo 46. Jo

Jo

Edmond es tal y como lo recuerdo. Menos imponente que en mis pesadillas, sin embargo, y de algún modo, eso me tranquiliza. Es una contradicción, porque sé que ahora es más poderoso que nunca. Sospecho que le gusta que sea así: parecer menos amenazante de lo que en realidad es.

—Vaya, vaya, vaya —canturrea, recorriéndonos con la mirada—. Esto es interesante. —Mira a Hallis, que lo ha escoltado hasta aquí—. ¿Nos disculpas?

Hallis inclina la cabeza al modo habitual de Kenta antes de marcharse y entonces reparo en los dos hombres que han entrado en la sala tras el rey. El que está vestido con atuendo de cortesano sonríe de lado mientras se acerca al carrito de bebidas; el soldado que lo acompaña lo sigue de cerca.

—¿Os apetece un trago, Edmond? —pregunta, sirviéndose una copa.

El rey declina la oferta y se dirige a los sillones acolchados frente al hogar. Hace un gesto con la mano hacia los troncos medio carbonizados, que prenden con un rugido de fuego.

—¿Ace? —pregunta el hombre, volviendo su atención hacia Acker, aún con la botella destapada en la mano.

—No, gracias —responde Acker.

El hombre le pasa entonces la copa al soldado y, cuando el muchacho da un sorbo, me invade un placer inmenso al darme cuenta de que debe de ser un catador de la corte. Me muerdo la mejilla para no sonreír.

—Hijo —dice el rey, entrelazando las manos en el regazo al sentarse—. Empezaba a preguntarme si te habías marchado para siempre.

Acker saca una daga de la correa cruzada sobre su pecho.

—¿Qué te causó esa impresión? —pregunta, haciendo girar el arma entre los dedos—. Fue idea tuya que fuera a por mi hermana, ¿no?

Edmond arquea una ceja con curiosidad.

—¿Y cuándo llegaste a esa conclusión?

—Más o menos cuando zarpé hacia Maile.

Acker toma asiento en uno de los sillones.

—Como puedes ver —dice, señalando a Irina con la punta de la daga—, he cumplido.

Con el cortesano y el soldado a nuestra espalda, hago todo lo posible por transmitirle apoyo a Irina cuando la miro.

Ella se mantiene imperturbable.

—Hola, padre.

No es lo mejor, pero podría ser peor.

El rey la despacha sin siquiera comprobar si su forma es una ilusión y su atención se desliza hacia mí.

—Y te has traído contigo a la zorra traidora.

—Cuidado —escupe Acker, mirando a su padre antes de volver la vista hacia mí—. Es una zorra traidora, sí, pero no es diferente de Greta. ¿Cuántas veces intentó matarte tu vínculo? ¿Dos o tres antes de que la encerraras en la biblioteca?

¿Qué demonios está haciendo? Entrecierro los ojos, todavía plantada con rigidez en mitad de la sala.

Edmond muestra la primera emoción real desde que entró: una sonrisa se le dibuja en la boca.

—Tres —responde.

Acker me hace un gesto con el dedo para que me acerque; la arrogancia le baila en el rostro mientras doy pasos cautelosos hacia él.

Se da unas palmadas sobre el muslo, una orden silenciosa para que me siente en su regazo.

No hay forma de disimular el asco que se me refleja en la cara y eso solo consigue ensanchar su sonrisa.

—Siéntate.

Me muerdo el labio para no decir lo que realmente quiero y me siento en su muslo, con la postura rígida mientras intento recolocar los grilletes para que no se me claven dolorosamente en la piel.

A Edmond le complace, los ojos se le arrugan ante mi incomodidad evidente.

—Así que ahora coopera —dice, mirando a su hijo—. ¿Cómo lo has conseguido?

—Cooperar es mucho decir —responde Acker, apretándome la cadera—. Pero llegará.

—¿Y tu esposa? —inquiere Edmond—. ¿Dónde está?

Acker chasquea la lengua y deja que el silencio se alargue antes de atraerme por completo a su regazo. Es totalmente inapropiado sentarse así en presencia del rey, pero me recuerda a otra ocasión muy parecida, cuando yo ocupaba una posición similar, invisible para todos salvo para mi vínculo.

—Si quieres una conversación honesta, padre, necesito garantías de que me darás el mismo trato —dice Acker. Me quedo muy quieta cuando hace girar la daga y desliza el lado plano del arma a lo largo de mi brazo—. Necesito saber que no vas a intentar manipularme con tu don de influencia.

Edmond se mueve en su asiento y cruza una pierna sobre la otra.

—Entonces no estaba seguro de poder confiar en ti. Ordenar que me siguieran no fue precisamente la mejor forma de generar confianza, ¿no crees?

Acker detiene la hoja y la aparta de mi piel mientras la hace girar entre los dedos, y yo suelto el aire despacio.

—Sabía que me ocultabas cosas.

Veo el movimiento de su muñeca un segundo antes de que clave la daga en la mesa de madera a nuestro lado.

—Cosas como la forma de drenar la magia de otro Heredero con una piedra listón.

Edmond se inclina hacia delante; hay un destello de codicia en sus ojos que me indica que debo mantenerme alerta.

—¿Cómo lo has descubierto?

El aliento de Acker me roza la piel.

—Beau.

Al oír su nombre, todos miran a Irina, que sigue de pie donde la dejamos. Durante un segundo parece asustada, antes de recomponer la máscara. Sin saber quién es en realidad, probablemente sea imposible notar nada.

—Ups —dice, como si estuviera aburrida.

Las cejas de Edmond se fruncen mientras la observa.

—¿Cómo lo supiste?

—No creerías de verdad que intenté matarte a ti y a todo tu consejo solo porque no era tu hija favorita, ¿verdad? —replica con mordacidad.

Su cadencia falla. La interpretación no es perfecta. Pero las palabras... impecables.

Dudo que Edmond prestara suficiente atención a su hija como para notar los matices que fallan.

—Siempre has sido demasiado entrometida para tu propio bien —dice y su mirada se mueve para dirigirse al cortesano que está a su espalda—. Envía a buscar más hombres y que la escolten a los calabozos. Asegúrate de que haya al menos cinco vigilándola en todo momento. Es escurridiza.

El hombre abre la puerta, da órdenes a un soldado apostado fuera y la cierra de nuevo.

—¿No vais a ponerle un collar? —pregunta el cortesano sin nombre.

Acker le lanza una mirada afilada.

—Si supierais lo que le hace su don cuando tiene demasiadas emociones intensas alrededor, entenderíais que estar en los calabozos bastará para mantenerla a raya.

El rey medita la respuesta de su hijo antes de asentir.

—Su amenaza es principalmente física, no mágica. Aseguraos de que esté en una celda.

—Y de que esté sola —añade Acker—. Puede manipular a cualquiera para que haga su voluntad.

El cortesano observa a Irina de arriba abajo.

—¿Pensáis utilizarla?

Edmond sonríe de medio lado.

—Tiene razón en que siempre fue mi hija menos querida, pero ha demostrado ser útil de vez en cuando.

—¿Para qué? —pregunta Acker.

Su padre lo mira largo rato antes de responder:

—Te lo explicaré más adelante.

Su mirada se desliza hacia mí.

El soldado regresa con más guardias de los cinco que Edmond había pedido en un principio. Se abalanzan sobre Irina, pero ella se aparta con rapidez, la barbilla en alto, y se dirige hacia la puerta por su propio pie.

—Sé dónde están los calabozos. He metido a suficientes hombres allí como para llenarlos diez veces —declara y encabeza la marcha en lugar de ser arrastrada.

—¿Qué probabilidades hay de que lleguen vivos? —murmura Acker.

—Diría que la mitad —responde Edmond con una sonrisa satisfecha.

Su mirada se detiene en mí, desciende hasta el espacio bajo mi barbilla y pierde el enfoque un instante.

Reprimo un estremecimiento de repulsión—.

Debería haber esperado que no pudieras resistirte a la tentación que te supone tu vínculo, si ibas a Maile.

Acker me pasa el pulgar por la cadera.

—Como dijiste, soy tu hijo.

—Sí que lo eres. Pero ¿no has pensado ni una sola vez en las consecuencias de traer de vuelta contigo a la princesa de Maile?

Acker inspira hondo; su pecho se expande contra mi espalda.

—Lo hice. Y aunque un ejército de Maile se dirige hacia aquí ahora mismo —dice, deslizando un dedo por el lateral de mi rostro en un gesto que resulta tan afectuoso como intimidante—, confío en que, con la creciente cooperación de mi vínculo, pueda ordenar su retirada a Maile cuando llegue el momento.

¿Has oído que Jovie ocupa ahora el trono?

—¿Es reina? —pregunta su padre, sorprendido—. ¿Desde cuándo?

Cuando el dedo de Acker llega a la base de mi cuello, abre la mano sobre mi garganta y entiendo que espera que responda yo.

—Desde hace un año y algunos meses —digo, tragando saliva.

No parece convencido, a juzgar por cómo vuelve a mirar a Acker, desestimándome.

—¿Y qué van a pensar los padres de Irina, Joss y Urich, cuando se enteren de que tu esposa está... exactamente dónde?

—No puedo asegurarlo, pero existe la posibilidad de que siga con vida —responde Acker, haciendo girar la daga—. Dependerá de su capacidad para nadar.

Edmond suspira, como si el asesinato de la esposa de su hijo fuera una molestia y no un asunto grave.

—Supongo que no hay forma de demostrar que su muerte no fue un accidente. En el peor de los casos, señalarán con el dedo, pero tampoco es que vayan a unir fuerzas con Evelyn.

—No después de haber asediado las fronteras de Maile durante meses —dice Acker—. Estoy bastante satisfecho con esa jugada.

Su padre asiente.

—Hay mucho más que discutir —dice, mirándome—. Hablaremos en privado. Mientras tanto, pediré que Stassia prepare una habitación de invitados para tu futura esposa...

—En absoluto —lo interrumpe Acker—. Se quedará conmigo.

—Resultará sospechoso que traslades a tu vínculo a tus aposentos justo cuando informemos de la desaparición de tu esposa.

Acker se inclina hacia delante, obligándome a apoyarme en su rodilla.

—Me da igual lo que parezca. Hallis me ha hablado de los invitados que has reunido en mi ausencia, y no confío en ninguno como para dejarlo a solas cerca de mi vínculo y de la rareza de su don.

La expresión de Edmond se endurece.

—Pondremos soldados ante su puerta.

—Entonces ponlos ante la mía —replica Acker—. Ella es demasiado valiosa y demasiado tentadora.

El rey se pone en pie y, por su postura, es evidente que va a intentar imponerse tanto física como metafóricamente. Acker se levanta de golpe y casi me lanza al suelo, pero logro mantener el equilibrio.

—Soy tu hijo, sí —dice Acker, con un tono pasivo y a la vez inamovible—. Pero esto no es negociable. Si la pones en una habitación de invitados, sabes que acabaré allí de todos modos.

Edmond observa a su hijo. Es unos centímetros más bajo y ver la presencia dominante de Acker enfrentada a la menor estatura de su padre crea una dicotomía interesante. Pero por su título y la magia que ha acumulado, Edmond es quien ostenta todo el poder en esta sala.

Tras un largo momento, finalmente cede.

—La historia tiende a repetirse, hijo.

Sonríe mientras agarra a Acker por el cuello con firmeza.

—Ponle un collar, asegúrate de que esté bien sujeta y no permitas que vuelva a ganarte. No habrá indulgencia. Para ninguno de los dos.

—Entendido.

La sonrisa insolente de Acker reaparece con toda su fuerza.

—Y no hay nada de qué preocuparse. No podrá tramar nada cuando esté encadenada a mi cama.