Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 45. Acker
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Capítulo 45. Acker

Acker

Muevo los dedos hacia Jovie, en un gesto para que se acerque, y no puedo evitar sonreír ante su disgusto por estar esposada y otra vez bajo mis órdenes. La agarro por las caderas y hundo la cabeza en el hueco de su cuello, aspirando su olor.

—Esto lo has elegido tú —le recuerdo.

Sonrío aún más al ver el matiz rosado que no logra ocultar cuando se le sube a las mejillas.

—Eres un cabrón —murmura.

La alzo y la coloco sobre mi caballo antes de subirme detrás de ella.

Tiro de los bordes de mi capa de piel todo lo que puedo para cubrirle los hombros, y eso logra calmar un poco su temblor.

Echo un vistazo a Irina para asegurarme de que puede guiar bien a su caballo y ella asiente.

Es buena montando a caballo. Es la única actividad extraescolar proporcionada por sus padres que no fue inútil, y que ahora juega a nuestro favor para que resulte creíble como Beau.

Me preocupa su fortaleza mental si acaba enfrentándose a los calabozos, pero Jovie tenía razón.

Estamos atrapados aquí. No podemos ir hacia el oeste, con los soldados de mi padre bloqueando el valle, ni avanzar hacia el este por las líneas del frente de la guerra.

Solo nos quedan dos opciones: avanzar o retroceder, y dar marcha atrás nos llevaría demasiado tiempo.

Avanzar hacia el palacio es, de algún modo, nuestra única salida.

El cielo encapotado limita la visibilidad.

Llevo una brújula en la mano y voy palpando la aguja para ayudarnos a mantener el rumbo hacia el norte.

Jovie se estremece entre mis brazos y entierro el rostro en su cuello, con la esperanza de que mi aliento le proporcione al menos algo de calor.

Además, sé que le gusta cuando la rozo con la barba incipiente.

Su pulso me canta, su fuerza vital marca un ritmo constante en el costado de su cuello. El deseo de sentirlo bajo mis labios y mi lengua me ha perseguido durante años. Incluso ahora, mientras saboreo el aleteo bajo mis labios, se me hace la boca agua.

La voz de Jovie vibra contra mi boca.

—Ni se te ocurra.

—¿Ocurrírseme el qué?

—Puedo oír prácticamente lo que estás pensando y no tengo ningún interés en convertirme en tu comida antes de morir congelada.

Emito un ruido satisfecho y sonrío ante el estremecimiento que le recorre el cuerpo, sé que no tiene nada que ver con el frío.

Un poco más adelante, aparece una figura, como una sombra espectral emergiendo de la noche. Luego, a medida que el camino que conduce a las puertas de la ciudad se define con más claridad, aparece otra, a caballo.

Apoyo la mano en el lateral del cuello de Jovie y le inclino la cabeza hacia atrás, contra mi hombro, alzándole el rostro hacia el mío.

—Pase lo que pase, diga lo que diga o haga lo que haga, ten presente que es para mantenerte a salvo.

Ella asiente.

—Lo entiendo.

Cubro su boca con la mía y vuelco en ese beso toda la calma que puedo transmitirle, dejando que perciba, a través del vínculo, el amor que siento por ella mientras la saboreo, fundiéndome durante largos instantes en su calor, antes de soltarla.

Un pinchazo agudo me atraviesa el pecho y no sé distinguir si es miedo o la advertencia del juramento conforme la ciudad empieza a perfilarse ante nosotros.

Hay soldados apostados en la puerta de la ciudad y muchos más en las almenas.

Las carreteras se congestionan cuanto más nos acercamos a las murallas y me veo obligado a abrirnos paso entre la multitud, con Irina justo detrás.

No tarda en resultar evidente que pretendemos entrar.

El más corpulento de los hombres da un paso al frente y nos grita antes de que alcancemos la estructura de hierro.

—Al final de la fila —ordena.

Cuando queda claro que no pensamos obedecer, vuelve a avanzar, con la mano en la empuñadura de la espada.

—He dicho que os detengáis.

—Bajad la espada, soldado. —Me echo la capucha hacia atrás y dejo mi rostro al descubierto. Aunque no me reconozcan, el aro de la nariz es un distintivo suficiente, una joya poco común entre la realeza, para que todos se queden inmóviles—. Regreso a casa tras un largo viaje —les digo.

El soldado parece escéptico.

—No hemos recibido aviso de vuestra llegada inminente —responde—. El palacio habría enviado un carruaje.

—¿Os parece que necesito un carruaje? —replico.

Un murmullo bajo, procedente de uno de los soldados que se mueven tras el guardia principal, nos llega a los oídos.

—El rey dijo que el príncipe debería de llegar de un momento a otro.

Inclino la cabeza.

—¿Hay algún problema?

El primer soldado retrocede.

—No, alteza. Perdonadme. Daré orden de que alcen la puerta.

Hace un gesto hacia uno de los soldados de las almenas y el estruendo de hierro rozando contra hierro resuena cuando la puerta comienza a elevarse. Me vuelvo y veo cómo la tensión de los hombros de Irina se relaja al pasar bajo las murallas.

—Espero que Fredrich haya logrado entrar —susurra Jovie.

Yo también.

La ciudad está abarrotada de familias provenientes de las granjas cercanas que se han refugiado tras las murallas, vestidas con ropa sencilla y abrigos raídos.

Cruzamos la plaza central, donde la estatua de la Madre que se alza en la fuente permanece seca, privada de agua, como si hubiera retirado el sustento de la vida en castigo por nuestras transgresiones en esta guerra.

Poco saben estas gentes que el verdadero peligro se encuentra dentro de estas mismas murallas, con ellos.

Los soldados de las puertas del palacio están más relajados que sus compañeros de la muralla, dan por hecho que el primer control ha hecho su trabajo.

Sea como sea, reconozco algunos rostros y uno de ellos me saluda con una inclinación de cabeza, casi a regañadientes, y me pregunto si intuye realmente a quién sirve.

—Por favor, manteneos en el extremo izquierdo al entrar en el patio —dice—. Ha visto... tiempos mejores.

Al pasar bajo la puerta, siento a Irina casi suspirar de alivio.

—Lo estás haciendo muy bien —le dice Jovie en voz baja.

—Apenas hemos pisado el recinto —responde ella.

Mantengo la vista al frente, pero añado:

—Lo cual demuestra lo bien que estás manteniendo el personaje. Nadie nos ha detenido todavía.

El zumbido de las moscas nos alcanza antes que el olor.

La sangre en descomposición es un hedor que no se olvida una vez se ha olido y me impresiona la capacidad de Irina para mantenerse imperturbable cuando por fin entramos en el patio principal.

El suelo está cubierto de una mezcla de sangre vieja y hielo que forma una masa lodosa y grumosa.

Algunas criadas transportan cubos de agua para intentar limpiarlo.

Los soldados permanecen alrededor, observando cómo las mujeres frotan las piedras con cepillos.

Me hierve la sangre al verlos ahí plantados.

—¿Qué coño estáis haciendo? —les grito y se sobresaltan al notar mi presencia—. ¡Ayudadlas a limpiar esta mierda!

Salen disparados como hormigas.

Hace demasiado frío para que haya espectadores en la galería, pero una figura conocida aguarda en lo alto de la escalera, frente a las puertas del palacio.

Mi propia voz me suena lejana.

—Hallis.

—Ace —responde, recorriéndonos con la mirada a Jovie y a mí, y luego a la mujer a caballo a nuestro lado—. ¿Beau?

Hay determinación en cada paso que da al bajar la escalera hacia ella y detesto no poder decirle la verdad, no mientras estamos a la vista de otros.

Su preocupación por la llegada de mi hermana es evidente.

Está a punto de pisar el último escalón cuando abre la boca para decir algo, pero se detiene a mitad de movimiento, escrutando los rasgos de Beau.

Desmonto y me apresuro a alcanzarlo, y le pongo una mano en el pecho.

—Luego te lo explico —murmuro, sonriendo como si estuviera encantado de ver a mi amigo de vuelta del frente sano y salvo. Algo que es verdad. Le doy una palmada en la mejilla, en parte para atraer su atención hacia mí, pero también para que pueda ver la honestidad en mis ojos—. Me alegra verte.

Poco a poco, su tensión se disipa, aunque no del todo. Me sostiene la mirada.

—Estoy deseando intercambiar historias con unas copas —dice.

—¿Zion? —pregunto.

—Vivo —responde, desviando los ojos hacia el otro lado del patio. No necesito mirar para saber a qué se refiere: los calabozos—. Por ahora.

Me muerdo la lengua. Quiero saber por qué lo tienen encerrado, pero no es ni el momento ni el lugar, así que me limito a asentir.

—¿Dónde está mi padre?

Aprieta los dientes ante la mera mención.

—Si no está ya en el comedor, llegará pronto. Se pasa la mayoría de las noches agasajando a sus invitados. —El desprecio en su voz al pronunciar la última palabra es evidente.

Percibo a un soldado que sale a la galería.

—Entremos —digo.

Hago una seña a Irina y voy a ayudar a Jovie a bajar del caballo. El pecho se me oprime más con cada paso que damos hacia el palacio. El recuerdo del cuerpo encogido y ajado de mi madre en Maile es un recordatorio constante de lo que mi padre es capaz de hacer.

La mirada de Hallis se posa en las muñecas esposadas de Jovie; alza las cejas, pero no comenta nada.

Luego vuelve a observar a Beau mientras nos guía a través de las puertas del palacio.

Avanzamos a buen ritmo por la inmensidad del gran vestíbulo mientras el techo dorado refleja nuestros movimientos.

Todos los que han venido a reclamar algo se agrupan a lo largo del corredor; nos siguen con la mirada al pasar.

Hallis primero, Irina después y, luego, Jovie y yo.

Sus grilletes tintinean a cada paso. Giramos a la derecha, hacia un pasillo que está bajo la escalera, y Hallis empuja una puerta panelada.

Le debo todas mis alabanzas a la Madre por el hecho de que la sala de almacenamiento esté completamente vacía.

Nada más cruzar el umbral y quedarnos a solas, Hallis se vuelve hacia nosotros.

—¿Quién coño es esta? —exige saber, señalando la figura de Beau.

Le hago un gesto para que baje la voz. Con todo lo que ha pasado, ya no se sabe de qué es capaz cualquiera en este palacio, ni quién puede estar escuchando en cualquier momento.

Asiento hacia Irina y esta deja que la ilusión parpadee lo justo para que Hallis vea a través de ella, antes de recomponerla de inmediato.

Se pasa la lengua por el interior de la mejilla y cierra los ojos.

—Se va a dar cuenta.

—Tú no lo hiciste —replica Irina.

No hay tiempo para esto. Enseguida se correrá la voz de nuestra llegada y lo último que quiero es que nos pillen escondidos en un cuarto de escobas.

—¿Qué ha pasado con Zion?

Hallis niega con la cabeza, con la boca cerrada a cal y canto, casi como si tuviera miedo de hablar.

—Hallis —ladro.

Suspira.

—Cuando regresamos, tu padre había reorganizado a los hombres de su consejo.

El corazón se me hunde. No.

—Amenazó con matar a cualquiera que se opusiera a la nueva alianza con Roison y ya conoces a Tyreek.

—Baja la mirada al suelo, incapaz de sostenerme la vista mientras continúa—.

Exhibió sus muertes públicamente en el patio, como un espectáculo, y Zion perdió el control cuando se enteró. Mató a varios soldados.

Joder. Joder. Joder.

Cierro los ojos, luchando por asimilar sus palabras, y me froto la nuca con la mano. Zion no tiene don. No hay motivo para mantenerlo con vida.

—¿Por qué iba mi padre a perdonarle la vida a Zion? —pregunto, abriendo los ojos.

Niega con la cabeza, tan desconcertado como yo.

—Ni idea. Cuando por fin los guardias lograron reducirlo, tu padre ordenó que lo llevaran a los calabozos.

Supongo que no importa. Sean cuales sean sus motivos, agradezco que al menos siga con vida, aunque sea en ese infierno conocido como calabozos.

—Pero, Ace... —Hallis se acerca un paso mientras su mirada salta entre Jovie y yo—. No deberías haber vuelto.

No hay tiempo para entrar en detalles sobre por qué lo he hecho.

—Escucha —digo, armándome de determinación—. Busca a mi padre y hazle saber que he regresado con Beau. Consigue que se reúna conmigo en su sala privada. Te lo explicaré todo después.

Me mira con preocupación y no estoy seguro de que crea que vaya a haber un «después», pero asiento con firmeza para que cumpla mis instrucciones.

—Confía en mí.